Cuento: La Confusión

AUTOR: Martha López de López

 

EN EL INSTANTE EN QUE chocó, iba dándole gracias a Dios por no ser una de aquellas personas que esperaban el autobús en medio de la intensa lluvia. El camión de carga la embistió por su lado con tanta fuerza que su camioneta quedó hecha un revoltijo de hierros irreconocible y ella ni lo vio venir ni supo lo que había pasado. Simplemente despertó en una cama blanca casi una semana después.

Al principio no supo dónde estaba. Tardó buen rato en salir de aquella espesa niebla que tenía por dentro y por fuera y que no la dejaba moverse ni pensar. Todo era silencio excepto por un fastidioso sonido constante de máquinas moverse.

Quiso gritar, llamar a alguien. ¿A quién? Entonces se dio cuenta de que estaba en un hospital. En ese momento también notó que no podía hablar, pues un tubo le salía de la boca. Al querer tocárselo, realizó un nuevo descubrimiento: tenía las manos amarradas a la cama, atadas a sus lados por unas correas amarillentas con las hebillas oxidadas que, de pronto, le dieron un aspecto siniestro a todo lo que la rodeaba.

La niebla desapareció con el susto y la blancura de la luz reflejada en todo la deslumbró. Miles de preguntas hicieron que su cabeza empezara a dar vueltas. Todo el cuerpo le dolía y sentía el corazón casi saliéndosele del pecho. De pronto, una claridad le hizo levantar la cabeza. “¿Será que al fin lo hice?

Cerró los ojos con fuerza tratando de recordar. Tantas veces dijo que un día lo haría, pero no, no se creía capaz. Aquello había pasado. Las depresiones, ese sentimiento de ahogo, la soledad que había vivido en su época de juventud. Ahora llevaba una vida normal. Estaba felizmente casada, le iba bien en el trabajo, no tenía motivos. ¿O sí?

Bueno, a últimas fechas su marido viajaba más que nunca. Eso la obligaba a regresar cada noche a una casa obscura y fría y a un silencio que a toda costa trataba de evitar pero que seguía oyendo siempre por lo bajo, detrás de la música, detrás de la televisión, detrás de su misma voz, recordándole todo el tiempo que estaba sola, como antes.

Y él, al llegar, tan fresco y tan ocupado, no tenía tiempo para escuchar ni entendía su manía esa del silencio. “¿Cómo, chiquita? ¿Qué es lo que oyes si no hay ruido?” Al preguntarle, miraba su reloj y sonreía. Pensó que tal vez fue eso lo que la había hecho decidirse al fin.  Al recordarlo, esa sonrisa ausente le pareció cruel.

Una gruesa lágrima rodó hasta dejar huella en la blancura de la sábana. Ahora estaba segura, había tratado de quitarse la vida. No encontraba ningún otro motivo para estar atada mas que un serio problema psiquiátrico. Pero no permitiría que la encerraran. Fingiría cordura y engañaría a todos. Saldría de ahí y cumpliría su propósito. Se preguntó qué le habría fallado. No recordaba la manera en que se había hecho este daño pero recordaba que antes, cuando pensaba mucho en eso, había hecho varios planes.

Lentamente recorrió la habitación con los ojos y quiso ver más allá de las paredes. Ansiaba algún contacto que la enfocara de nuevo en la realidad. Sentía calor, pero no pudo empujar la gruesa manta que la cubría. Sin embargo, al mover los pies, escuchó que algo caía al suelo. Con trabajo estiró la cabeza y pudo ver que un sencillo ramo de flores silvestres se había desparramado en la blancura.

Se quedó inmóvil al recordar el primer ramo. Flores del campo que había cortado para ella y que al pobre le habían provocado una alergia terrible y una comezón que le duró tres días. Pero ella le había dicho que eran sus favoritas y él nunca se había quejado. Recordó también el segundo, el tercero y el que llegó un día antes de su boda, perfumando de paz su casa y su vida.

La sábana tenía ya dos grandes círculos obscuros y las lágrimas seguían cayendo una tras otra. Se arrepentía. Una y otra vez lo repetía y se maldecía por haber sido tan tonta, tan cobarde “¿En qué estaba pensando?  Mejor no me quiero morir, mejor no.

Aunque él habló en un susurro, su voz la interrumpió con la fuerza de un trueno. “¡Qué bueno que ya despertaste! No llores, chiquita”, le dijo, “te vas a poner bien. El choque fue muy fuerte pero la operación fue un éxito y el doctor dice que en unos días estarás como nueva.”

Sin duda notó el completo asombro en su mirada, por lo que siguió explicando que tenía varias heridas pero ninguna de gravedad y que le habían atado las manos para que no se lastimada las puntadas que le habían dado en la frente, porque había estado sedada mientras disminuía la inflamación.  Como ella seguía llorando; trató de tranquilizarla avisándole con ánimo que la camioneta había sido pérdida total, pero que no se preocupara, ya había hablado con el seguro y se las iban a pagar muy bien.

Al escucharlo, contempló su realidad como nunca antes y un silencio absoluto envolvió la habitación. Lo observó recoger las flores distraídamente, mientras mantenía una mirada de preocupación en ella. Intentó estirar la mano para tocarle el cabello pero él la tomó entre las suyas y la besó. De pronto sintió el corazón lleno, respiró profundo y, a pesar del respirador,  esbozó una sonrisa feliz.

 

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