¡Pon Atención!

Atención 3

Silvia tiene los ojos hinchados permanentemente. La madre de tres hijos y abuela de una preciosa niña de ojos azules como el cielo, se sienta y saca automáticamente un pañuelo desechable de su bolsa revuelta. Se aprieta las manos y mirando al suelo con la espalda encogida me dice que su vida es una pesadilla. Al hablar, descubrimos que hay una persona en su vida que está viviendo una dificultad, pero que el resto de las personas y condiciones de su vida son mejores que el promedio. Sin embargo, lo bueno que sí tiene, es consumido por el hoyo negro de su preocupación.

Anita Moorjani, de quien hablo en un artículo anterior, hace un ejercicio interesante en sus conferencias: le pide a la audiencia que se fije y recuerde todos los objetos azules que hay en la sala en la que se encuentran. Después les pide que cierren los ojos y enumeren los objetos rojos que hay en la misma sala. La mayoría de la gente, por haberse enfocado en los azules, no puede recordar más de uno o dos, pero al abrir los ojos, se dan cuenta de que los objetos rojos eran abundantes.

Ella utiliza este ejercicio para demostrar que nuestra atención es selectiva y aquello en lo que la enfocamos configura nuestro mundo y nuestra realidad, esto es, nuestra experiencia de vida está definida por aquello a lo que elegimos poner atención. Pero esto no es novedad, John Milton ya dijo en el siglo XVI: “La mente es su propio lugar, y dentro de sí puede hacer un cielo del infierno y un infierno del cielo”.

En relación a este tema, Steven Yantis, neurocientífico de la Universidad Johns Hopkins, hace la siguiente pregunta al auditorio en sus conferencias: “¿Qué sensación te produce el respaldo de la silla en la espalda?” Hasta ese momento, nadie había reparado en ese estímulo táctil que, sin embargo, ha estado ahí todo el tiempo. Nuestro cerebro no lo enfoca en su atención hasta que hacemos el esfuerzo. Y cuando lo hacemos, “bajamos el volumen” de otros estímulos. Así es como funciona nuestra atención: aquello en lo que se enfoca hace que el resto de la experiencia se desdibuje.

Como podrán apreciar, esto sucedía en el caso de Silvia: toda su atención estaba en la percepción negativa que tenía de la situación de una persona importante en su vida. Como un primer paso a su cambio de actitud, la angustiada mujer hizo una lista de lo que podía y lo que no podía hacer por esa persona, dedicando bastante tiempo a evaluar en qué le correspondía a ella ayudar y en qué no. Después, eligió algunas acciones a realizar en favor de su ser querido.

Un segundo paso que decidió tomar, ya que se dio cuenta de su enfoque unilateral de su vida, fue dedicar unos minutos de cada día a apreciar y agradecer lo que le gustaba de su día a día y lo que estaba bien. Al principio, fueron cosas básicas como el techo y el alimento, después pudo reconocer el amor que su familia tenía por ella y la excelente labor que había hecho en la educación de sus hijos. Al final, logró agradecer las lecciones que la vida le había brindado, incluso de las vivencias difíciles.

Como pueden ver, este proceso no cambió la situación de quien sufría más que muy mínimamente, pero sí la de Silvia, pues encontró un balance en su vida que le permitió disfrutar lo mucho que estaba bien en ella y cuidar de sus seres queridos sin culpa y sin enfocar en ellos toda su atención. O como ella misma lo dijo: “me permitió vivir mi vida, pero completa.”

No Hay Solución

No hay solución

El título de este artículo es fuerte, pero así debe ser. No es para quienes batallamos con alguna situación difícil en este momento, porque para eso siempre hay soluciones y opciones; esta frase es para quienes pretenden solucionar problemas o conflictos de otros y quisiera que la recibieran tan fuerte como suena: No Hay Solución.

¿Por qué quiero decir esto? Porque ya son demasiadas las personas que encuentro destrozadas, con el ánimo por los suelos y la autoestima arrastrándose un par de pasos detrás; porque ya he contado demasiados años desperdiciados y arañados de frustración y angustia; porque me duele su dolor y me entristece esa carrera sin fin que siguen a pesar de no obtener ni resultados ni agradecimiento y todo por querer solucionar asuntos que no les corresponden.

Cuando menciono la palabra codependencia, muchas personas me miran extrañadas. ¿Codependiente yo? ¿Pero, no es mi responsabilidad preocuparme por mis hijos/padres/pareja/amigos? ¿No es mi deber ayudar al que me necesita? Pues sí y no.

Por supuesto que hay que amar a los demás y darles lo mejor de nosotros mismos, pero no hay que confundir el amor con la dependencia afectiva. El amor empieza por uno mismo. La persona dependiente, en cambio, se olvida de sí mismo por ocuparse de otros. Relega sus sueños, sus ideas, sus valores y hasta sus necesidades por satisfacer los sueños, deseos, ideas y necesidades de otros. La tragedia es que pierde su vida en vano porque aquellos a quienes “ayudó” no agradecerán su intromisión en sus vidas.

La codependencia es aún un término e desarrollo y existen muchos psicólogos e investigadores que han contribuido a definirla. Emergió en 1979 en relación a las personas que vivían con un alcohólico o adicto, pero desde entonces ha ido cambiando. Melody Beaty en su libro “No más codependencia” define a las personas codependientes como “alguien que ha permitido que la conducta de otro le afecte y que está obsesionado con controlar dicha conducta”. Quienes hemos visto el efecto de este comportamiento, sabemos que es catastrófico y permea la vida entera de quien lo sufre.

Y ahora que ya sabemos qué es, ¿qué hacemos? Primero que nada, entender que las personas vamos por la vida tomando decisiones y eligiendo caminos que pueden parecer inadecuados o incómodos para algunos aun cuando para nosotros sean correctos. Tenemos el maravilloso derecho de hacerlo y además la obligación para con nosotros mismos. Claro, cometemos errores y corregimos el rumbo, pero eso no quiere decir que seamos incapaces, eso es simplemente vivir la vida.

El problema para muchos es la falta de confianza en las capacidades de ese otro a quien “quieren ayudar”. Confunden sus decisiones y consecuencias con mala fortuna. Lo cierto es que las personas aprendemos de esas consecuencias y, si se nos permite vivirlas, crecemos y adquirimos sabiduría para decidir mejor. Si, por otro lado, encontramos la manera de evitarlas, como humanamente intentaremos, entonces desgraciadamente, volvemos al primer cuadrito del juego y volvemos a empezar.

El primer paso para salir de la codependencia entonces, es confiar en la capacidad del otro y permitirle vivir su vida y sus consecuencias. Para poder lograr esto, sin embargo, necesitaremos tener la fortaleza que sólo el amor a nosotros mismos nos puede dar, esa es la palanca que nos permitirá saltar a la independencia emocional.

Mi invitación para esta semana es a hacer algo para aumentar la valoración personal y el amor propio. Haz algo que disfrutes, lee un libro, da un paseo en la naturaleza y respira profundo, reúnete con un amigo o amiga, siéntate a recordar tus sueños y elige uno para trabajar en él este año, inscríbete a un curso interesante, ve a terapia, únete a un grupo de ayuda… las opciones son infinitas. Cada paso que des para aumentar tu autoestima, por pequeño que sea, es un paso a tu libertad emocional y a tu felicidad.

Pero les digo algo más: si eligen seguir sufriendo y prefieren continuar sacrificando su vida por otros, respeto su decisión. Yo sí confío en ustedes.

Lecciones de un joven de corazón

Lecciones de Joven Anciano 2

La excusa no fue que andaba lejos de mi rumbo, porque los que me conocen saben que en mi propio rumbo me pierdo con relativa facilidad. La excusa fue que me invadió la nostalgia.

Tenía la mañana del jueves maravillosamente libre y me dispuse a recorrer la ciudad de polo a polo para buscar una pieza que necesito para construir una fuente en el patio. Tenía localizada la dirección a la que iba en el mapa del teléfono, que coloqué en el asiento a mi lado. La mala suerte fue que, esquivando a un conductor acelerado, salió disparado y se metió tan debajo del asiento que no logré localizarlo, pues me fue imposible parar en aquella avenida repleta de tráfico.

La señorita del GPS me dictaba direcciones desde el fondo del asiento, pero por lo visto no las escuché muy bien, porque de repente me encontré dando vueltas en un laberinto de calles desconocidas. Intenté volver a la avenida principal y giré a la izquierda, cuando de pronto me topé de frente con la casa en la que nuestro amigo Elio había pasado los últimos días de su vida.

Joven de corazón, a pesar de sus setenta años, Elio cursó conmigo la maestría en Desarrollo Humano sin despeinarse demasiado y, con su mirada de niño, solía decirme con frecuencia que me tomaba la vida demasiado en serio. Me detuve cerca de su casa para recuperar el aliento, que se me había ido, y de paso el teléfono perdido porque al fin me di cuenta de lo desviada que estaba de mi destino, y decidí que en el blog esta semana compartiría las lecciones que ese amigo de mirada celeste me dejó… estoy segura que a ustedes también les servirán:

1. Soluciona tus asuntos

Cierra círculos, despídete, da las gracias, pide perdón, perdona. Los asuntos inconclusos, no importa cuántos años hayan transcurrido, seguirán consumiendo nuestra energía mientras no los solucionemos. Ese pensamiento recurrente, ese deseo de cambiar algo, ese recuerdo que te duele de pronto, te están indicando que aún tienes algo que hacer. Escucha tu voz interior y se proactivo con tu estado emocional.

2. Si no te mató, no era tan grave

Cuántas veces repasamos eventos dolorosos o difíciles de nuestra vida o nos lamentamos de lo que hemos vivido. La realidad es que el pasado no tiene más poder sobre nosotros que el que le queramos dar. Lo que nos pasó es una parte de nuestra historia que podemos apreciar como una lección valiosa, pero nuestra historia no es nuestro destino y después de todo, la sobrevivimos. ¡Miremos hacia adelante!

3. Encuentra a alguien a quien amar

El ser humano en sociable por naturaleza y necesidad. Aunque nos parezca ideal la libertad de no tener que responder ante nadie, el precio que pagamos por ello es muy alto. Ya sea que elijamos tener pareja o amistades profundas y satisfactorias, vale la pena hacer el esfuerzo, atrevernos a ser vulnerables y a mostrarnos como somos porque es la única manera de encontrar alguien a quien amar.

4. Nunca te rindas

Mi último contacto con Elio fue breve, nunca pensé que no volvería a verlo. En esa conversación me habló de un proyecto que llevaba varios años pensando cómo hacer y creía tener un camino claro. Era un proyecto muy personal y algo complejo, pero habló de él con serenidad y fuerza. Me encanta pensar que así será también mi muerte: a medio vuelo, trabajando y con planes para el futuro.

Querido Elio, te recuerdo con cariño. Gracias por tus enseñanzas, por tu alegría y por los chocolates.

La Vida Como Aprendizaje

El siguiente texto no es mío, desafortunadamente, pero me gustó tanto que quise compartirlo en esta página. Borja Vilaseca es un escritor y conferencista español experto en desarrollo personal y liderazgo. Léanlo despacio…

“La vida es un proceso pedagógico cuya principal finalidad es crecer, madurar y evolucionar como seres humanos, aprendiendo a ser felices por nosotros mismos, de manera que sepamos cómo amar a los demás y a la vida tal como son.”

No hemos venido a este mundo a ganar dinero. Ni tampoco a proyectar una imagen del agrado de los demás, logrando éxito, estatus, respetabilidad y reconocimiento. Nuestra existencia como seres humanos tampoco está orientada a comprar, poseer y acumular cosas que no necesitamos. Ni mucho menos a evadirnos constantemente de nosotros mismos por medio del entretenimiento. De hecho, no estamos aquí -solamente- para sobrevivir física, emocional y económicamente.

Y entonces, ¿hay algún propósito más trascendente? ¿Para qué vivimos? Aunque cada uno está llamado a encontrar su propia respuesta, los sabios de todos los tiempos nos han invitado- una y otra vez- a ver la vida como “un continuo proceso de aprendizaje”. Si bien el resto de los mamíferos nacen como lo que son, nosotros nacemos todavía por hacer. Ser humanos es una potencialidad. De ahí que en un principio no vivamos de forma responsable, libre, madura y consciente. Todas estas cualidades y capacidades están latentes en nuestro interior. Y así siguen hasta que las desarrollamos a través de la comprensión y el entrenamiento.

No en vano, adoptar una postura victimista frente a nuestras circunstancias nos impide aprender y desplegar todo nuestro potencial. Sólo en la medida que padecemos la crisis de los cuarenta- orientando nuestra existencia a la transformación-, empezamos a cuestionar nuestro sistema de creencias, modificando- a su vez- nuestra escala de valores, prioridades y aspiraciones. Es entonces cuando decidimos que lo más importante es “aprender a ser felices por nosotros mismos”. Es decir, a sentirnos realmente a gusto sin necesidad de ninguna persona, estímulo, cosa o circunstancia externa. Más que nada porque ¿de qué nos sirve llevar una vida de éxito y de abundancia material si nos sentimos vacíos e insatisfechos por dentro?

En general, solemos confundir la felicidad con el placer y la satisfacción que nos proporciona el consumo de bienes materiales. Y también con la euforia de conseguir lo que deseamos. Sin embargo, la verdadera felicidad no está relacionada con lo que hacemos ni con lo que poseemos. Aunque no es posible describirla con palabras, podría definirse como la ausencia de lucha, conflicto y sufrimiento internos. Por eso se dice que somos felices cuando nos aceptamos tal como somos y- desde un punto de vista emocional- sentimos que no nos falta nada.

Y es que la felicidad no tiene ninguna causa externa: es nuestra verdadera naturaleza. Igual que no tenemos que hacer nada para ver- la vista surge como consecuencia natural de abrir los ojos-, tampoco tenemos que hacer nada para ser felices. Tanto la vista como la felicidad vienen de serie: son propiedades naturales e inherentes a nuestra condición humana. Así, nuestro esfuerzo consciente debe centrarse en eliminar todas las obstrucciones que nublan y distorsionan nuestra manera de pensar y de comportarnos, como el victimismo, la inseguridad, la impaciencia, el aburrimiento o el apego.

Cultivar la Paz Interior

Más allá de aprender a ser felices por nosotros mismos, hemos venido al mundo a aprender a “sentir una paz invulnerable”. Y para lograrla, hemos de trascender nuestro instinto de supervivencia emocional, que nos lleva a reaccionar mecánica e impulsivamente cada vez que la realidad no se adapta a nuestros deseos, necesidades y expectativas. Como descubrió el psicoterapeuta Víctor Frankl, “entre cualquier estimulo externo y nuestra consiguiente reacción, existe un espacio en el que tenemos la posibilidad de dar una respuesta más constructiva”. Esta es la esencia de la proactividad.

Eso sí, para poder ser proactivos hemos de vivir conscientemente. Es decir, dándonos cuenta en todo momento y frente a cualquier situación de que no son las situaciones sino nuestros pensamientos, los que determinan nuestro estado emocional. Al tener presente esta verdad fundamental, podemos entrenar el músculo de la aceptación en todas nuestras interacciones cotidianas. Sobre todo, porque no hay mejor maestro que la vida ni mayor escuela de aprendizaje que nuestras propias circunstancias.

El reto consiste en aprender a aceptar a los demás tal como son y fluir con las cosas tal como vienen. Y aceptar no quiere decir resignarse. Tampoco significa reprimir o ser indiferente. Ni siquiera es sinónimo de tolerar o estar de acuerdo. Y está muy lejos de ser un acto de debilidad, pasotismo, dejadez o inmovilidad. Más bien se trata de todo lo contrario. La auténtica aceptación nace de una profunda comprensión, e implica dejar de reaccionar impulsivamente para empezar a dar la respuesta más eficiente en cada situación. Así es como podemos cultivar y preservar nuestra paz interior. Tal como dijo el sabio Gerardo Schmedling, “aquello que no somos capaces de aceptar es la única causa de nuestro sufrimiento”.

En la medida que aprendemos a ser felices por nosotros mismos- dejando de sufrir- y a sentir una paz invulnerable- dejando de reaccionar-, también aprendemos a “amarnos a nosotros mismos y a los demás”. Y al hablar de amor no nos referimos al sentimiento, sino al comportamiento. De ahí que amar sea sinónimo de comprender, empatizar, aceptar, respetar, agradecer, valorar, perdonar, escuchar, atender, ofrecer, servir y, en definitiva, de aprovechar cada circunstancia de la vida para dar lo mejor de nosotros mismos.

Como dijo el sabio Anthony de Mello, “el amor beneficia en primer lugar al que ama y no tanto al que es amado”. De ahí que limitar nuestra capacidad de amar nos perjudica- principalmente- a nosotros mismos. Además, cuanto más entrenamos los músculos de la responsabilidad (como motor de nuestra felicidad), la aceptación (como motor de nuestra paz interior) y el servicio (como motor de nuestro amor), más abundante y próspera se vuelve nuestra red de relaciones y vínculos afectivos.

Llegados a este punto, cabe preguntarse: ¿somos verdaderamente felices? ¿O más bien solemos sufrir? ¿Sentimos una paz invulnerable? ¿O más bien solemos reaccionar? ¿Nos amamos a nosotros mimos y, en consecuencia, a los demás? ¿O más bien seguimos luchando y creando conflictos? ¿Estamos dando lo mejor de nosotros mismos? ¿O más bien seguimos limitando nuestra capacidad de amar y de servir, esperando que sean los demás quienes se adapten a nuestros deseos y expectativas? Sean cuales sean las respuestas, cabe recordar que el aprendizaje es el camino y la meta de nuestra existencia. Así, el hecho de que estemos vivos implica que, seguramente, todavía tenemos mucho por aprender.

Este texto es un extracto del libro “El sentido común”, publicado por Borja Vilaseca en octubre del 2011 aquí está este y otros títulos del autor que te interesarán. .

                                                                                           

Tras el Incendio

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El incendio inició a las tres de la mañana. La mamá, enfermiza y débil, notó algo raro y se levantó, sin darse cuenta de lo extraordinario que fue que notara algo raro a las tres de la mañana. Cuando se percataron de lo que sucedía, las llamas llegaban al techo del recibidor y estaban ocupadas consumiendo unas cajas con recuerdos de viajes que casualmente tenían provisionalmente junto al enchufe que hizo el corto. Eso evitó que el incendio avanzara más rápido y bloqueara la única ruta de escape de la casa completamente enrejada.

No hubo heridos, los daños fueron mínimos y sólo la mancha del hollín queda como recuerdo de la sombra negra que cubrió la casa por dentro, como el mal que pudo ser. En medio del caos y del miedo, surgen muchas preguntas:  ¿Te das cuenta de que nos pudimos haber muerto? ¿Te imaginas lo que hubiera pasado?.. Después, hay un tiempo para evaluar los daños: lo que se perdió, lo que ya no funciona, lo que pensé que conservaría para siempre, lo que no sé para qué guardaba… Finalmente, llega el momento de reflexionar.

Quienes creemos que hay un motivo para todo lo que sucede, investigamos el mensaje oculto en los hechos. ¿Cuál es la lección que hay que aprender aquí?

La primera que me viene a la mente es la figura de esa madre que todos consideraban enferma y débil, pero que resultó ser la salvadora de todos. Como si hubiera dado a luz otra vez, los regresó a la vida y de nuevo impulsada por fuerzas que estaban más allá de ella, fuertes e inevitables como la vida misma. La mujer, fuerte en su debilidad, ocupó su lugar y no hay más que dárselo y reconocer que le pertenece. De nuevo, nadie viviría si no es por ella.

La segunda lección para mi es que podemos vivir desechando el 99% de las cosas sin las que creemos que no podríamos vivir. Al final de un incendio, las personas se dan cuenta de que muchas de las cosas que se perdieron no eran necesarias, sólo estaban acostumbradas a ocupar el espacio que tenían. Al contrario, a las llamadas de auxilio acuden los que importan y hay un momento en el que todos los malentendidos se olvidan y las antiguas diferencias se ponen a un lado para poder ayudar y decir “cuenta conmigo”. Entonces podemos darnos cuenta de que las ganancias fueron realmente más que las pérdidas.

Hay aún una lección más que se dio por casualidad: entre el fuego y el agua, un teléfono celular dejó de funcionar. Como se ha convertido en nuestra única forma de vínculo, esta persona se aisló involuntariamente de todos sus contactos y vivió los siguientes días sólo acompañada por su familia y sus pensamientos. Ahí, en ese regalo que le trajo el incendio, se dio la transformación. En ese silencio acompañado y sereno fue donde esa ave fénix pudo tomar fuerzas para renacer de entre las cenizas a un mundo lleno de nuevas posibilidades.

Demos gracias al incendio por todas sus bendiciones.

Cartas al Espejo

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¿Cómo sería entrar de pronto en la cabeza de alguien más? ¿De verdad encontraríamos lo que creemos? ¿Serán sus ideas como las imaginamos? ¿O serán sólo nuestras ideas escritas en el espejo?

Hace unas semanas tuve el gusto de ayudar a organizar una fiesta sorpresa para una muy querida amiga. Como regalo para ella, el grupo de amigas que la festejamos le escribimos cartas en las que recordamos momentos vividos juntas y aprendizajes que habíamos compartido. Tuve el encargo de recopilar las cartas y pegarlas en un cuaderno con fotos nuestras de diferentes épocas. Al principio me fue imposible evitar leer algo de las cartas al pegarlas y después tengo que confesarles que me piqué con algunas que narraban sucesos que yo también había compartido con ellas y que me encantó recordar.

En resumen, lo que leí fue un retrato de un ser humano único, lleno de talentos y dones que comparte generosamente y que ha sabido acompañar a quienes convivimos con ella con sabiduría y cariño. Lo sorprendente de este retrato es que es muy distinto a la imagen que esa persona tiene de sí misma y a lo que pensaba que era la opinión de las demás. ¡Que conocido me suena esto!

Varias veces en la semana escucho a personas quejarse de la incomprensión de los demás: de lo poco valorados que se sienten, de que no son vistos ni tomados en cuenta… Estoy segura de que si esos “los demás” estuvieran presentes diría algo parecido. Pero todos sentimos que nosotros sí valoramos al otro correctamente y sí le demostramos nuestro aprecio… Hay algo aquí que no suma.

Son innumerables los autores que actualmente hablan de este tema: los demás son espejos en los que podemos aprender a conocernos mejor. Esto funciona de dos formas: por un lado, las personas nos muestran rasgos de carácter que nos cuesta ver en nosotros mismos pero que invariablemente tenemos; por otro lado, lo que creemos que piensan o sienten es usualmente nuestro propio sentir y pensar.

Y esto es lo que yo pude ver en el regalo de las cartas. Sin darnos cuenta, ponemos en la cabeza de los demás nuestros juicios hacia nosotros mismos, nuestras inseguridades, nuestra poca aceptación y valoración de lo que somos y después pensamos que el otro es el dueño de todo eso. Entender que ese “otro” no es más que una imagen que un espejo nos refleja nos permitirá adueñarnos de de esas emociones negativas y juicios y trabajarlos.

El ejercicio de decirle a alguien lo que nos importa y lo que admiramos en él o ella es una oportunidad maravillosa para aclarar emociones malentendidas y para mejorar relaciones personales. Qué bueno será que nos ocupemos en hacer eso, eligiendo consciente y proactivamente el tipo de relación que queremos tener y el tipo de persona que queremos ser, en lugar de inventar escenarios que, como el vapor, empañan el espejo e impiden ver lo que brilla en quien se ve reflejado.

En esta semana, les deseo claridad.

 

¿Qué aprendimos?

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Durante toda la semana, no he escuchado más que un tema: Trump y el daño que puede hacernos. En mis clases, en las calles, en las reuniones sociales o familiares o en las redes sociales, todo el mundo habla de eso. No voy a alimentar el cúmulo de especulaciones terroríficas, porque creo que ya tenemos suficientes; en lugar de eso, quisiera invitarlos a una reflexión que nos lleve a aprovechar este suceso para ser mejores personas.

El aprendizaje más importante que a mí me deja la elección presidencial estadounidense, es el hecho de que no vemos o más bien, vemos sólo lo que queremos ver. El señor Trump ganó de todas, todas. No hay equivocación posible en que ese era el preferido de millones de personas. Sin embargo, para todos fue sorpresa su victoria. ¿Por qué? Porque cuando algo va en contra de lo que queremos que sea o de lo que creemos que es, no lo vemos. Claro, los medios contribuyeron al gran engaño y sin duda, debe haber habido intereses económicos de por medio, pero yo observé por largo rato a los comentaristas de CNN en el trascurso de la tarde-noche y les aseguro que su confusión era similar a la nuestra: hacían conjeturas, cálculos, intentaban explicar lo que podía pasar si esto y si aquello, pero ninguno tenía una explicación para la cantidad de cuadritos rojos que seguían apareciendo en el mapa de su país.

Una de mis maestras relacionó este fenómeno con el que se da en cualquier guerra: justo antes de que suceda, nadie cree que va a suceder. Esa es la razón, por ejemplo, de que miles de judíos permanecieran en sus países amenazados por el nazismo sin aceptar el peligro que se avecinaba. De ahí viene este aprendizaje de la elección estadounidense: nos cuesta ver lo que no nos gusta.

Aterrizado en nuestras realidades personales, es normal que cueste ver los problemas matrimoniales, por ejemplo, hasta que alguien “de la nada” anuncia que quiere el divorcio; también sucede que no se vea el problema que tiene un hijo o hija hasta que nos encontramos con él o ella en el hospital, y entonces nos preguntamos cómo pudo suceder aquello y por supuesto nos cuesta ver al familiar enfermo, al alcohólico, al diferente… etc.

¿De qué nos sirve este aprendizaje? Pues primero que nada y como dijo el lobo feroz: para ver mejor. Aceptar que vemos parcialmente nos permitirá cuestionar nuestra visión de todas las cosas y eso nos ayudará a ver otras realidades y nos permitirá ampliar nuestra mirada para incluirlas. En la política nacional y en la economía de nuestro propio país hay muchas cosas que debemos ver con urgencia para poder lograr la paz, la prosperidad y la justicia social; pero lo más importante será poder vernos a nosotros mismos y luego a nuestros seres queridos de manera más auténtica y real. Regalarnos o regalarle a alguien nuestra aceptación de su ser completo es la mejor muestra de amor que podemos dar y es lo único que permite, en caso de así elegirlo, cambiar. ¿Tu cómo lo ves?

El Bueno y El Malo

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Piensen en cualquier fábula o cuento de hadas. En todos ellos el tema se desarrollo alrededor de una lucha entre el bueno y el malo en cualquiera de sus variaciones. Por ejemplo, en “La tortuga y la liebre” hay una lucha entre el perseverante y el acelerado, en la “Bella durmiente” entre la princesa buena y la bruja mala, y así es en todos los cuentos. Más aún, en las parábolas y en las historias de la Biblia sucede lo mismo: el pasaje de David contra Goliat nos muestra la lucha entre la sabiduría y la fuerza bruta, la parábola del fariseo y el publicano nos enseñan al soberbio contra el humilde… la lista es interminable y en todas ellas sucede lo mismo: hay un bien y un mal en competencia.

Lo sorprendente de estas historias es lo que sucede frente a las páginas de los libros: en nosotros. La gran mayoría de las personas nos identificamos con el bueno de la historia: con el vencedor, con el listo, el bondadoso, con el príncipe o la princesa. Al leer uno de estos relatos, siempre creemos que estamos del lado del bien, incluso nos viene una ligera sensación de orgullo colectivo cuando el valiente gana la batalla, como si fuéramos nosotros los que vencieron al ogro, los buenos samaritanos o los que lograron descifrar el acertijo que deshizo el hechizo.

Lo malo de esta situación es que eso impide el aprendizaje del cuento. Si yo me siento la tortuga, no tengo nada que aprender. Si yo me identifico con el buen samaritano, o con la honorable doncella, entonces los demás son los que tienen que cambiar… o desintegrarse. Y a eso le llamo una gran oportunidad de crecimiento desperdiciada.

La realidad que necesitamos observar es que el bien y el mal viven en cada uno de nosotros. Si, en todos. Además hay algo más importante aún que hay que entender: estamos bien así como somos. Ese “malo” que tenemos dentro nos ha ayudado muchas veces en la vida: cuando hemos necesitado ser fuertes o cuando hemos tenido que sobrellevar alguna dificultad o defendernos de algún “villano” de carne y hueso.

La dificultad de aceptarnos como somos nace de nuestra necesidad humana básica de ser aceptados. Carl Jung, entre otros famosos psicólogos, nos ha introducido al fenómeno de “la sombra”, la parte de nosotros mismos que no queremos ver ni aceptar por miedo a ser rechazados. Desde muy temprana edad, aprendimos que, para ser queridos por nuestros padres y demás cuidadores, teníamos que comportarnos de cierta manera. Eso nos hizo rechazar algunas conductas que para ellos eran negativas y relegarlas al último rincón de nuestro subconsciente, donde creemos que no vamos a encontrarlas. Y digo “para ellos” porque los comportamientos no aceptables varían de familia en familia. Para una puede ser la deshonestidad y para otra el ser directo al hablar.

Lo malo, por supuesto, es que no podemos evitar ser lo que somos y de vez en cuando queremos ser agresivos para defendernos de un bully o queremos ser egoístas y comernos en último chocolate de la bolsa. Entonces sacamos nuestra peor parte y nos sentimos culpables y nos rechazamos a nosotros mismos como pensamos que lo harían los demás. Esto genera por ejemplo, relaciones de abuso en las que una persona regresa con su agresor porque se siente culpable de que éste sufra por su partida o relaciones en las que no se ponen límites sanos por sentimientos de culpa al reconocer las necesidades personales.

Aceptarnos como somos, con el “bueno” y el “malo” que nos habitan, nos dará un mayor repertorio de conductas adecuadas para poder elegir. Además, nos permitirá mejorar o cambiar lo que queramos ya que podremos aprender de las lecciones de la vida y de las fábulas o historias al reconocer nuestras debilidades de carácter.

Si logramos tomar todo lo que somos, podremos utilizar toda nuestra fuerza para nuestro bien y el de los demás. Seremos más auténticos y más respetuosos y, lo más importante, podremos aceptar a los demás también en su totalidad y sin juicios, lo cual les dará una libertad maravillosa de ser lo que son en plenitud y confianza.

Seguramente la perseverante tortuga nos deja una lección importante en la famosa fábula de Esopo, pero es indiscutible que hay veces en que la velocidad y la agilidad de la liebre son requeridas y más adecuadas a una tarea. Esta semana, los invito a pensar en la dualidad que compartimos y en cómo nos enriquece.

 

Cuando las Cabezas de las Mujeres se Juntan Alrededor del Fuego

diálogo

Quiero compartirles en el blog de esta semana, un poema de la uruguaya Simone Seija Paseyro. La primera vez que lo escuché, fue recitado por una alumna valiente y fuerte que había aprendido el poder de ser mujer. Siempre he dicho que la paradoja de ser maestra es que quien más aprende soy yo.

A ella, a mi sobrina nieta que está estrenando vida y a todas las maravillosas mujeres que comparten mi camino va dedicado este texto:

 

Cuando las Cabezas de las Mujeres se juntan Alrededor del Fuego
Alguien me dijo que no es casual… que desde siempre las elegimos. Que las encontramos en el camino de la vida, nos reconocemos y sabemos que en algún lugar de la historia de los mundos fuimos del mismo clan. Pasan las décadas y al volver a recorrer los ríos esos cauces, tengo muy presentes las cualidades que las trajeron a mi tierra personal.
Valientes, reidoras y con labia. Capaces de pasar horas enteras escuchando, muriéndose de risa, consolando. Arquitectas de sueños, hacedoras de planes, ingenieras de la cocina, cantautoras de canciones de cuna.
Cuando las cabezas de las mujeres se juntan alrededor de “un fuego”, nacen fuerzas, crecen magias, arden brasas, que gozan, festejan, curan, recomponen, inventan, crean, unen, desunen, entierran, dan vida, rezongan, se conduelen.
Ese fuego puede ser la mesa de un bar, las idas para afuera en vacaciones, el patio de un colegio, el galpón donde jugábamos en la infancia, el living de una casa, el corredor de una facultad, un mate en el parque, la señal de alarma de que alguna nos necesita o ese tesoro incalculable que son las quedadas a dormir en la casa de las otras.
Las de adolescentes después de un baile, o para preparar un examen, o para cerrar una noche de cine. Las de “venite el sábado” porque no hay nada mejor que hacer en el mundo que escuchar música, y hablar, hablar y hablar hasta cansarse. Las de adultas, a veces para asilar en nuestras almas a una con desesperanza en los ojos, y entonces nos desdoblamos en abrazos, en mimos, en palabras, para recordarle que siempre hay un mañana. A veces para compartir, departir, construir, sin excusas, solo por las meras ganas.
El futuro en un tiempo no existía. Cualquiera mayor de 25 era de una vejez no imaginada…y sin embargo…detrás de cada una de nosotras, nuestros ojos.
Cambiamos. Crecimos. Nos dolimos. Parimos hijos. Enterramos muertos. Amamos. Fuimos y somos amadas. Dejamos y nos dejaron. Nos enojamos para toda la vida, para descubrir que toda la vida es mucho y no valía la pena. Cuidamos y en el mejor de los casos nos dejamos cuidar. Nos casamos, nos juntamos, nos divorciamos. O no.
Creímos morirnos muchas veces, y encontramos en algún lugar la fuerza de seguir. Bailamos con un hombre, pero la danza más lograda la hicimos para nuestros hijos al enseñarles a caminar.
Pasamos noches en blanco, noches en negro, noches en rojo, noches de luz y de sombras. Noches de miles de estrellas y noches desangeladas. Hicimos el amor, y cuando correspondió, también la guerra. Nos entregamos. Nos protegimos. Fuimos heridas e inevitablemente, herimos.
Entonces…los cuerpos dieron cuenta de esas lides, pero todas mantuvimos intacta la mirada. La que nos define, la que nos hace saber que ahí estamos, que seguimos estando y nunca dejamos de estar.
Porque juntas construimos nuestros propios cimientos, en tiempos donde nuestro edificio recién se empezaba a erigir.
Somos más sabias, más hermosas, más completas, más plenas, más dulces, más risueñas y por suerte, de alguna manera, más salvajes.
Y en aquel tiempo también lo éramos, sólo que no lo sabíamos. Hoy somos todas espejos de las unas, y al vernos reflejadas en esta danza cotidiana, me emociono.
Porque cuando las cabezas de las mujeres se juntan alrededor “del fuego” que deciden avivar con su presencia, hay fiesta, hay aquelarre, misterio, tormenta, centellas y armonía. Como siempre. Como nunca. Como toda la vida.
Para todas las brasas de mi vida, las que arden desde hace tanto, y las que recién se suman al fogón.

Escucha Espacial

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No conozco mucho sobre el espacio, es más, diría que conozco muy poco sobre él. Sin embargo, yo pienso igual que los filósofos que afirman que el universo entero está contenido en cada hombre y mujer y para comprender el funcionamiento total del cosmos, sólo hay que comprender a los seres humanos y su comportamiento… Sólo… en fin.

Hoy quiero invitarlos a hacer una comparación de este tipo que tal vez nos ayude a comprendernos mejor: la de observar las similitudes entre el oído humano y los agujeros negros.

Los agujeros negros u “hoyos negros” que existen en el espacio de acuerdo a las investigaciones de científicos tan reconocidos como Einstein o el ahora, gracias a Hollywood famoso Steven Hawking, son objetos de una masa inmensa pero contenida en un lugar muy pequeño. Como si metiéramos el sol dentro de una pelota de soccer. Por esa relación entre masa y gravedad, tienen una fuerza de gravitacional extrema, tanta que nada puede escapar de ellos una vez que entra, ni siquiera la luz.

Observemos ahora el oído del hombre: ¡cuántas cosas caben en él! Ya lo decía Felipito, maravilloso personaje de las historietas de Mafalda: traer los oídos siempre puestos tiene algunas desventajas, como estar expuesto a escuchar comentarios de todo tipo. Así, a nuestro oído entran mentiras, verdades, chismes, chistes o simple ruido y éste absorbe los sonidos como si tuviera gravedad y nunca vuelven a salir. Lo que ya una vez escuchaste, no puedes desoírlo jamás. Me consta, yo tengo adentro la música de reggaetón contra todos mis deseos.

Hay otra característica de los “hoyos negros” que es interesante: de acuerdo a las últimas investigaciones realizadas en la Universidad de Princeton, éstos absorben partículas con carga similar a la que tienen. Así, un agujero formado por elementos con carga positiva, tenderá a absorber sólo los de carga semejante y aquellos que tienen elementos de carga negativa, solamente dejarán pasar electrones negativos. ¿Les suena conocido esto?

¿Les ha pasado que están con otra persona escuchando a una tercera y las dos oyen algo diferente? La realidad es que escuchamos lo que nos conviene o lo que más se parece a lo que pensamos que vamos a oír. Si tenemos una opinión o creencia, escucharemos solamente aquello que la confirme y si a nuestro lado hay alguien con una creencia contraria, mágicamente escuchará también lo que confirme la suya. Sin darnos cuenta, nuestro oído elegirá aquello que va consigo y desechará el resto, lo que nos hace inevitablemente parciales.

Hay algo más en los descubrimientos recientes sobre los misteriosos agujeros espaciales que me ha llamado la atención y es que están sujetos al principio de la entropía que dice que todo lo que existe tiende a terminar tarde o temprano. La buena noticia de esto es que todo lo que estaba atrapado dentro, algún día podrá salir… la mala noticia es que esto puede tardar trillones de años.

En la escucha humana, si bien no hay manera de que lo que entre pueda salir, sí hay una opción para lograr que se transforme: se llama hacer conciencia. Ésta puede convertir la información que recibe nuestro oído en material valioso para nuestro crecimiento y realización. La buena noticia es que esto puede tardar un segundo… la mala es que es necesario un elemento muy difícil de encontrar: la humildad. Humildad para cuestionar lo que creemos que escuchamos.

Si dejamos de estar cien por ciento seguros de que lo que nosotros pensamos en la realidad total y de que lo que nosotros escuchamos es lo que en verdad se dijo, podremos estar abiertos a tomar en cuenta otras opciones y a ampliar nuestras ideas. La humildad es la llave maestra que logra que bajemos la guardia y dejemos de aferrarnos a aquello que nos separa de los demás.

Hacer conciencia no es cuestión de desechar o negar lo que creemos, al contrario, se trata de observarlo, entender de dónde viene y elegirlo no por miedo sino libremente. Al mismo tiempo, observar las creencias de otros y considerarlas como igualmente respetables por el simple hecho de que pertenecen a otro ser humano, hermano nuestro en este planeta Tierra.

Si logramos que la tremenda fuerza gravitacional de nuestro ego no intervenga, si realmente logramos ver a ese otro tan diferente como a un igual a nosotros en todo, entonces tal vez pueda la luz por fin escapar desde dentro y el entendimiento brille.

El ser humano es fascinante para mi, tanto como lo es el espacio e igual de misterioso. Al intentar conocernos mejor, descubriendo lo que guía nuestra conducta y entendiendo lo que nos hace reaccionar, asustarnos, odiar y hasta amar, logramos aprender que siempre tenemos opciones de actuar y pensar diferentes y tal vez mejores. Si cambiamos nosotros, cambiará también el universo entero.