¡Eres Otra Persona!

mujer de compras

La vi en aquella tienda llena de gente y la saludé a lo lejos, pero ya no pude apartar mi mirada de ella, porque de inmediato noté pasmada que se dirigía hacia mí con paso rápido, firme y decidido. Tuve la sensación de estar observando a un halcón volar hacia a su presa y me acerqué a la persona que me precedía en la fila sin darme cuenta, como para protegerme.

– ¡Martha! – fue su saludo entusiasta- ¡Pero si eres otra persona!

Mi mente permaneció en blanco por cuatro segundos exactos.

– ¡Estas flaquísima mujer! ¿Cómo le hiciste? Yo estoy probando con un doctor nuevo que te da un tratamiento de una…

¿Otra persona? – pensé- ¿bajar tres kilos pueden hacerme otra persona? ¡Cuántos años y dinero gasta el mundo tan equivocadamente en terapia! ¡Cuánta gente buscando la paz en grupos de apoyo y crecimiento a base de esfuerzo y autoconocimiento sin saber que el secreto es perder peso! ¡Cuántos alumnos en las aulas del Desarrollo Humano y tantos otros talleres similares perdiendo su tiempo en lugar de simplemente cambiar sus hábitos alimenticios!

– … verdad?- dijo al hacer una pausa para tomar aire. Me miró, y por un momento pensé horrorizada que tendría que contestar, pero afortunadamente continuó diciendo: -Es lo que te digo, pero fíjate que Laura me contó que a ella le había…

Ella continuó su monólogo y yo el mío, en silencio: ¿En qué persona me habré convertido? ¿será que ya no me dan miedo los gatos? ¿o tal vez ya dejé de angustiarme por cosas que no están en mi control? ¿Sería ya por fin la mujer paciente y bondadosa que siempre he querido ser? A lo mejor ya no me exaspera la política nacional casi hasta el llanto… Con cuidado me toqué el cabello a ver si por suerte lo que me había cambiado era el pelo chino… eso sí hubiera sido buenísimo.

– … tu crees? – Me sorprendió de nuevo la pausa en su discurso y esta vez pensé confiada que seguiría hablando pero no: esperó mi respuesta y congeló su sonrisa.

– Em… pues… no sé… fue lo único que logré articular.

Se despidió de mi algo extrañada pero con el mismo aplomo de siempre y probablemente se fue pensando que mis neuronas también habían sufrido algo de adelgazamiento. Yo en cambio, salí de ahí contenta. No solamente logré en efecto bajar tres molestos kilos, sino que además sé que eso no me convierte en otra persona… y, a pesar de todo, lo celebro.

Navegar en el Río de la Vida

Rio de la vida

Imagina que estás parado en la cima de un valle. A tus pies, se extienden suaves lomas verdes llenas de árboles y pinos. Entre ellas, abajo, fluye un río ancho de agua cristalina. En algunas partes, la corriente aumenta y el agua ruge y salpica, golpeando las rocas con furia. En otras secciones, el río parece descansar en su cauce y se mueve lento, reflejando en su espejo al bosque que lo acompaña en su camino hacia el mar.

Con curiosidad observas que hay mucha gente flotando en el río. Algunos llevan salvavidas y algunos, más osados, no; pero todos flotan río abajo y cada uno por su cuenta. El agua se te antoja fresca y el sol cae pesado sobre tu espalda de modo que quieres entrar a nadar, pero aún decides contemplar otro rato a las personas que van pasando.

Observas a un hombre delgado que es rozado por una rama y de pronto se asusta. Velozmente, toma el brazo de una mujer que va pasando a su lado en ese momento y ésta, reacciona con enojo porque piensa que la quiere hundir en el agua. No se da cuenta de que él sólo tenía miedo. Más adelante, un joven empuja a una señora mayor para que la rama no la golpee. La anciana no ve la rama y se queda maldiciendo a quien la ayudó por varios kilómetros de río.

Aferrado a un roca, observas a un hombre que lucha contra la feroz corriente que hay en esa parte del río. Su cuerpo flota empujado por la torrente espumosa del agua y hasta ha perdido los zapatos pero, ni el agua que le da en la cara y que casi lo ahoga por momentos, lo hace decidirse a soltarse. Y se queda ahí sufriendo para siempre, sin saber que a pocos metros de distancia, el agua se aquieta de nuevo.

De vez en cuando, pasan personas que tienen algo en las manos, a veces un objeto o incluso a otra persona. El curso del agua los conduce con certeza a remolinos que hacen que se golpeen con aquello que cuidan. Aún así, hay quienes maltrechos y heridos, siguen río abajo sin soltarlo.

Pero también observas que hay personas, jóvenes, niños, viejos, de todas edades, que se deciden a fluir con el agua y se hacen uno con el río. En los remansos, disfrutan la vista y conversan entre ellos; más cuando la corriente toma velocidad, sus sentidos se alertan y observan, pero se dejan guiar por la sabiduría de las aguas. Pasan junto a los escollos sin luchar contra ellos, sólo conscientes de que ahí están por un tiempo y después, estarán detrás, donde ya no pueden nunca hacerles daño, y los olvidan. Con asombro contemplas que, algunos de ellos, incluso pasan por todo sin perder la serenidad, confiando en el conjunto de fuerzas que forman su realidad.

Al final, sientes la llamada del río y decides entrar. ¿Cómo quieres que sea tu viaje? El primer contacto con el agua te produce un escalofrío de emoción. Esperas y miras la superficie plateada, siempre en movimiento, alrededor de ti. Te asombra el misterio de lo que viene detrás del horizonte que limita tu vista y que sólo te permite ver este trecho del río. Cierras los ojos por un segundo y luego, saltas al cauce de aguas profundas. Sonríes y confías. Todo estará bien.

Las 5 Trampas de la Realización Personal

Laberinto 2

Susana es una mujer joven, guapa, exitosa en su trabajo y con una disposición tierna y noble. Siempre ha querido encontrar una pareja y formar una familia pero, por algún extraño motivo, todas sus relaciones terminan después de poco tiempo y casi siempre por decisión de ella. Probablemente tú conoces una historia similar a esta. ¿Qué podría estar impidiéndole a Susana, y a tantos otros que desean lo mismo, establecerse en una relación sana y duradera? ¿Será mala suerte?

 

Elisabeth Lukas, precursora de la escuela de Logoterapia y alumna de Victor Frankl, en su libro El Sentido del Momento, explica que hay varias razones por las que los seres humanos podemos bloquear nuestras propias metas y sueños e impedir nuestra realización personal, aún cuando estos pudieran ser  fácilmente asequibles en nuestras circunstancias. Particularmente, describe estas 5 trampas en la que podemos caer:

TRAMPA #1 CULPAR

“Mi papá era muy dominante”, “mi marido me engañó”… Todos tenemos o hemos tenido personas o experiencias que nos hayan dejado una huella dolorosa en el corazón. Es necesario reconocer que culparlos por nuestra situación presente nos evita, no sólo dejarlos ir, sino también aprender la lección que esa experiencia puede dejarnos para el futuro.

Sólo tomando responsabilidad por la propia vida, lograremos salir de esta trampa y avanzar hacia lo que si queremos. Sin importar el pasado, siempre tendremos la opción de cambiar el rumbo que hasta hoy hemos seguido. Víctor Frankl, en su libro Psicoanálisis y Existencialismo dice sobre esto: “La conciencia y la responsabilidad constituyen precisamente los dos hechos fundamentales de la existencia humana.”

TRAMPA #2 “VOLTEAR LA TORTILLA”

Este fenómeno sucede cuando alguien se cansa de vivir en una situación indeseable y decide pasar de prisionero a verdugo. Elisabeth Lukas explica que “dan vuelta a la tortilla, pero la tortilla es la misma”.

Parece justificado y para algunos hasta aplaudible, que una persona que es víctima de violencia, por ejemplo, se defienda y de al otro una prueba de su propio chocolate. Sin embargo, en el fondo sigue estando controlada por las acciones de otros y no conseguirá vivir autenticamente hasta que decida actuar desde su propio fuero interno, independientemente de cómo actúen los demás. Solo tenemos una vida, pero esa es la que hay que vivir. Click To TweetEsa es la que tiene guardada para nosotros la verdadera realización.

TRAMPA #3 EL “CINE DEL CEREBRO”

Los pensamientos, ideas y fantasías que rondan en nuestra mente día y noche sin descanso, influyen de manera importante en nuestras acciones. Tal como cuando vamos al cine y lloramos o nos asustamos con la trama de la película, así hacemos con nuestras propio cine interior. Lo malo es que en el primer caso, al terminar la película nos vamos a casa, mientras que al cine interno le damos el contundente peso de la realidad, provocando que vivamos en dramas inútiles e imaginarios. Como directores de nuestra película, hay que saber cuándo gritar ¡corte!

Acerca de esto, Elisabeth Lukas comenta: “Cada idea que se presenta al Yo dice: “¿Me tomas en serio, me aceptas, me llevas contigo?” En ese preciso instante es cuando hay que separar el grano de la paja, y pobre de aquel que deja pasar ese momento.”

TRAMPA #4 BUSCAR APROBACIÓN

La autora lo dice muy elegantemente: “doblegarse al afán de observaciones positivas”. La palabra clave en este caso es “doblegarse“, porque una cosa es recibir una opinión para evaluarla y otra es cargar con el peso de todo lo que otros traigan en la cabeza o en el corazón.

Es comprensible querer que los demás aprueben de nosotros, la pertenencia a un grupo es una necesidad natural del ser humano. Sin embargo, hacer de eso nuestro único objetivo, nulifica nuestra vida, nos hace manipulables y nos impide cumplir con muestra misión de vida por estar satisfaciendo las misiones de los demás. Vale la pena el reto de buscar la propia aprobación.

TRAMPA #5 VIVIR A MEDIAS

Esta debe ser la trampa de nuestro tiempo porque una de sus causas es la enorme cantidad de estímulos que inundan nuestros sentidos y que nos distraen de lo esencial. Escuchar sin ver el teléfono parece ya ser algo de pasado. La segunda causa de vivir a medias es mantener la atención ya sea en el pasado o en el futuro, de manera que al ir manejando, un parte de nosotros está detrás del volante y otra parte está en 1978.

¿Qué hacer? Volver al presente, vivir con la consciencia de cada momento, cerrar ciclos y entender que viviendo a medias, nos restamos muchos años de vida llenos de posibilidades. La realización personal solamente es posible en el tiempo presente.

Susana ha hecho varios cambios importantes en su vida. Asesorada con la Logoterapia, tomó la decisión de no tener una pareja por seis meses. Eso le permitió relajarse y, al asistir a eventos sociales, no le costaba hacer amistades. Trabajamos con sus fantasías catastróficas acerca del matrimonio y logró entender mejor a sus padres y establecer una mejor relación con ellos. Poco tiempo después, me presentó a su pareja actual y hoy, tiene una relación estable de varios meses con él.

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Poema Luz

Mujeres con Velas B 306 x 209

¡Luz!

¡Luz para los caminantes!

Luz para andar erguidos,

luz para guiar nuestros pasos y los de otros.

Luz para avanzar y para seguir avanzando.

 

Luz, luz para los que ven y para los que no ven.

Luz para saber, para conocer y para reconocer.

Luz para las dudas, para los encuentros.

 

Por favor, Luz.

Luz para los padres, luz para los hijos.

Luz para los hombres.

Luz para cuando nos persigue el miedo

de saber lo que es.

 

¡Queremos Luz!

Queremos el coraje de la luz,

arrojarnos a ella y dejar que nos tome

y que ilumine por fin.

 

¡Luz para ver! Para oír, para pensar.

Luz para recordar imágenes suaves y comprendidas

que puedan penetrar el alma y la enciendan.

Luz afuera y luz adentro.

 

Luz para reír y para sufrir mejor.

Luz para consolar.

Luz para encontrar el sentido extraviado en la piedra

con la que tropezamos la última vez.

 

Luz para compartirla con mi hermano,

el que también la tiene.

Para que juntos sumemos luz

y podamos, al fin, vernos.

 

Como el ciego de nacimiento hizo a gritos,

¡clamamos luz!

Espera, parece que el alba clarea por fin.

Narrativa Mexicana

Narrativa Mexicana

Soy, como diría Jorge Negrete, puro mexicano. Pero, seré sincera. Nací en Monterrey, casi Texas, y de niña, prefería a Santa Clós porque los Reyes Magos se tardaban demasiado en llegar. Me da pena admitirlo, pero conocí los altares de muertos en un programa de televisión por cable. Por estos motivos, las tradiciones Mexicanas siguen sorprendiéndome; y lo disfruto.

Esa mañana de Diciembre, me decidí a visitar la Basílica de Guadalupe de mi ciudad. Se acercaba el 12 y quise disfrutar de las festividades. Entusiasmé a mis tres hijos y partimos.

La palabra fiesta no había sido la adecuada para describir la congestión peatonal que enfrentamos. Los trapos se daban gusto haciendo señales. Nos estacionamos bastante lejos y bajamos a un olor de canela y humo que yo recordaba, no sé por qué. Las calles eran pasillos estrechos porque, en ambas aceras, se habían acomodado puesteros ambulantes, amparados por una lideresa local.

Conforme nos acercábamos, aumentaban el gentío y el ruido. Mis hijos se detenían en cada puesto y señalaban cosas, asombrados. Había dulces de leche y charamuscas de todas las formas, acomodadas junto a crucifijos, estampitas y bolsas de papas fritas con chile y limón.  Había caramelos colgando de un mecate encima de juguetes chinos que emitían sonidos electrónicos. ¡Mira, mamá! ¡Mamá, mira! No sé quién estaba más sorprendido. Caminamos junto a panes de muertos que cantaban albures y refranes, provocando carcajadas y  tuvimos que esquivar la cubeta de agua que el tendero del “Restorán y Tortería el Piojo” arrojó a la calle, causando que mi hijo menor casi tumbara una olla de champurrado que humeaba furiosa.

Para cuando llegamos al patio de la iglesia, habíamos comido churros, tamales y unos tamarindos con chile que nos pintaron de rojo los dedos y la lengua. Todo acompañado con dos cocas heladas, hablando de tradiciones.

El olor a cera nos llegó de la pequeña capilla que está junto al templo. Las veladoras cubrían el suelo como una alfombra hirviente de luces de colores. Compramos una y la encendimos, acomodándola junto a todas las demás. Fue en ese momento, que nos sentimos parte de ese Todo. Nuestra luz se sumaba a las demás y nuestros deseos se fundían con los de todos los mexicanos, haciéndose uno. Todos lo sentimos y, sin notarlo, nos tomamos de las manos.

Salimos en silencio. Entonces, escuché que alguien me llamaba. Volví la cabeza y vi que directo hacia mi venía un monstruo. Gritaba algo, pero mi cerebro, horrorizado, no registraba las palabras. Era un hombre con todo el cuerpo cubierto de pelo y con cara de simio. Al acercarse, el gorila se quitó la máscara y pude ver la cara sudorosa de don Memo, un simpático señor que asiste a los cursos de alfabetización para adultos que imparto los jueves. Con mucho orgullo me contó que es parte del grupo de matlachines de su colonia y que venía de danzarle a “su Virgencita”. Todavía no averiguo por qué los matlachines llevan un chango en su peregrinar ¿Ustedes saben?

El Día de la Mujer

Dia de la Mujer A

Hola Queridas,

Fíjense que quería felicitarlas en el Día Internacional de la Mujer y dedicarles algunas palabras alentadoras sobre nuestro género. Sin embargo, a la hora de cuestionarme sobre lo que significa para mí ser mujer, me encontré ante una hoja en blanco.

Claro, siempre podemos decir que somos poseedoras de la capacidad de dar la vida y sin duda es un don maravilloso que además nos brinda el beneficio de poder chantajear a nuestros hijos para siempre (¿Estuve 45 horas en trabajo de parto para que me hables así?) Sin embargo, estoy segura de que si somos sinceras, más de una quisiera trasladarle las estrías a nuestros adorables mariditos, por no hablar de los kilos de más, las várices, hemorroides, y el recuerdo oculto en el fondo de nuestro subconsciente de haber brindado un espectáculo nudista y gratis a un grupo de estudiantes de medicina.

¿Qué significa entonces ser mujer? Descartemos lo obvio. La cocina ya hace mucho que pasó a ser territorio masculino. Lo siento. Por más bien que cocines, siempre estará un chef en la televisión haciéndote sentir culpable de haber hecho otra vez picadillo en lugar de “consentir a tu familia” con esa deliciosa y sencillísima receta de chiles poblanos rellenos de cangrejo con tofu al ajillo en un espejo de salsa de mango con vino blanco. Aparte su cocina está impecable y es modernísima.

Otro territorio perdido es el de las estéticas y spas. Ahora los “metros” no solo abarrotan estos lugares sino que hasta los han mejorado al grado que hay que arreglarse para irse a arreglar. No me juzguen mal, no es que yo tenga algo en contra de que ellos quieran verse bien. Lo único malo es que antes, el lugar en el que te ponían picos de aluminio en la cabeza,  tubos, cera y todo lo que te hacía lucir “naturalmente bella” era privado y ahora es “open house” y, digo, hay formas. La última vez que estuve bajo una de esas secadoras usadas en los pica piedra que usan en mi salón, se sentó junto a mi un jovencito de alrededor de 18 años y les juro que no podía dejar de reírse. Le doy como mérito que al menos trataba de disimular. Pobre.

En otros términos pero igual de perdido tenemos el asunto de la sensibilidad. Hasta hace poco, la frase “estoy depre” era de exclusividad femenina. ¿Pero ahora? La persona (obviamente mujer) a quien se le ocurrió decir que los hombres debían ponerse en contacto con su lado femenino, derrumbó un dique nunca previsto y con consecuencias que aún no hemos empezado a comprender. Puedo ver el beneficio de esta teoría, no me malinterpreten, pero no deja de sorprenderme escuchar a un habitante de Marte hablar el lenguaje de Venus y sobre todo si trae luces en el pelo y a él no se le nota la raíz.

Entonces ¿qué es lo que debemos celebrar en este Día de la Mujer? ¿Qué nos hace únicas? ¿La discriminación constante que se hace de nosotras en todas las áreas? ¿El tener que escuchar chisteos y siseos por la calle? ¿La predestinación de ir por el mundo con una fragilidad indigna de otras hembras de la creación? (Una leona no requiere ayuda para cargar el mandado.) ¿Qué, mujeres, qué?

Hoy, en el Día Internacional de la Mujer, vuelvo a comprobar la importancia de ser consideradas primero y ante todo como Seres Humanos: valiosos y dignos de respeto por el simple hecho de existir. Que decidamos ir taconeando por la calle en lugar de simplemente caminar es una decisión personal que no nos da ni nos quita importancia.

O sea que, amigas mías, les deseo un hermoso día, hoy y siempre y cuando vean a alguien por la calle moviendo la cadera al caminar, bríndenle su mejor sonrisa para que sienta su valor. Bueno, valdría la pena asegurarse primero de que sea mujer…

Mis Sueños

Después de considerar los acontecimientos, he llegado a la conclusión de que no es que yo tenga sueños raros, sino que Freud está tratando de comunicarse conmigo.

Siempre me ha encantado Freud. Debió haber sido un hombre muy intenso para lanzar semejante bomba atómica como fue su teoría, en la sociedad austriaca de principios del siglo pasado. Yo pienso que el pobre no supo cuánto se proyectaba a sí mismo por medio de ella, a pesar de verse tan seriecito. Sin embargo, su aportación más fascinante para mí es el estudio de los sueños.

Desde que tengo uso de razón, he soñado frecuentemente con volar. Consultando a mi amigo Sigismundo, logré entender que esa es mi manera de escapar de todo lo que no me gustaba de mi vida. Un día, sin embargo, hace algunos años, la idea de que podía escapar estando despierta me cayó encima como la primera lluvia de Septiembre. Claro, no fue fácil: tuve que aprender a utilizar la palabra “No” y todas sus variaciones: “No sé”, “No quiero”, “No puedo” y  “No me importa”, entre otras. Poco a poco, mis sueños fueron aterrizando hasta que me olvidé por completo del asunto.

El problema surgió una mañana, hace unas semanas, en que desperté muy agitada. Algo no estaba bien. Le ponía canela a mi licuado cuando lo recordé de pronto: mi sueño de volar había regresado. Sin embargo, existía una importante variación y ese era el motivo de mi intranquilidad: me había pasado la noche volando hacia arriba. En efecto, subí y subí, como diría Rubén Darío: hasta el cielo y más allá. Mi sueño se repitió varios días: a la velocidad de un cohete espacial, ascendía aterrada hasta el infinito y bajaba aún más aprisa. Al despertar, la sensación de haber dejado el estómago junto a las estrellas hacía que me temblaran las manos hasta medio día.

De acuerdo con la última moda, achaqué mis pesadillas al estrés y decidí despejarme. Me cité en cafés con amigas y devoré libros buenos y malos por igual. Pero mi luna de miel con las horas terminó el día que me encontré viendo la televisión nacional. Hasta Freud hubiera necesitado un buen terapeuta de haberme acompañado. A pesar de todo, mis noches cósmicas continuaban.

Bastante desalentada, me resigné a mi destino de cosmonauta sin saber que ésa era la clave que había estado buscando. Si, al dejar de cuestionarme el por qué y de concentrarme en el miedo, mis ojos se abrieron a la maravilla que es el universo. Yo me imagino que Avatar debe haber salido de un sueño parecido a los míos. Cada, noche, llegaba un poco más lejos y bajaba un poco más feliz.

Finalmente, una noche, llegué hasta un planeta pequeño y rojo. Ahí, fumando una pipa, me esperaba el mismísimo padre de la psicología, quien, después de mirar su reloj de oro, me dijo que me había tardado mucho en llegar. Asombrada, me senté a su lado, esperando escuchar palabras trascendentales, significativas, llenas de sabiduría. Al verme tan ansiosa y expectante, sin embargo, me miró fijamente a los ojos, luego hizo un bizco y comenzó a reír a carcajadas. Reía tanto que tosía y se golpeaba la pierna con fuerza. La confusión inició mi descenso, pero alcancé a ver que sacaba un pañuelo para secarse las lágrimas antes de seguir riendo.

Me desperté con la certeza de que Freud había querido decirme algo con todo esto. Aunque no he vuelto a verlo, seguiré disfrutando del mundo celeste hasta que lo haga. Esta vez, en lugar de perder el tiempo, me uniré a su risa.

De mamás y de espinas

 

Imagen Post De Mamás y de Espinas

Me encantaría haber iniciado este párrafo con la inspiración de una de esas imágenes de madres sonrientes abrazando a sus sonrientes hijos en medio de sonrientes circunstancias. Y no me malinterpreten, también las tengo. Sin embrago, la vida es en verdad una mezcla de realidades que se contraponen unas a otras, dejándome con frecuencia con la cabeza como cuando termina la vuelta de la montaña rusa: no se en dónde estoy, no entiendo qué pasó y quiero correr de allí antes de que vuelva a empezar.

Los expertos dicen que la disciplina es esencial en el desarrollo del niño. Lo intenté, lo juro. Probé métodos de disciplina positiva, tablitas con estrellas, carteles monos con mensajes positivos, contratos y consecuencias, y todo lo que los mejores psicólogos infantiles proponían. Después probé castigos, reclamos, ruegos y sermones. Las dos técnicas me dieron el mismo resultado. Mis hijos tienen más disciplina que yo.

Mi tía Mary me dijo un día que no era necesario nada de eso: “tu sólo quiérelos mucho”, fue su consejo. Descansé en el hecho de que siempre los he adorado. En las buenas y en las saladas, mis hijos son mi tesoro más grande. Decidí relajarme y disfrutarlos más. Aprendí a cerrar la puerta de su cuarto para no ver el desorden, a ser más flexible con sus horarios y a ser empática ante sus necesidades y deseos. El resultado no fue mejor, bien lo dice el dicho: “Tanto quería la loca a sus hijos, que los mató a cariños”.

Hay una cosa que la vida me ha enseñado: nada prepara para la vida. Mis hijos son ya adultos jóvenes y son mi inspiración: brillantes, únicos, llenos de vida  y capaces de sacarme de quicio como nadie. Cada uno de ellos tiene mucho que aprender, como yo. Cada uno de ellos tiene innumerables cualidades y algunos muy persistentes defectos, como yo. Cada uno de ellos tiene su vida en sus manos, como yo. Y como yo, tendrán que encontrar el camino a su propia realización y a los aprendizajes que necesitan para sortear las sorpresas tan grandes y tan deslumbrantes que la vida, sin duda, les tiene preparadas. La felicidad es siempre posible, sólo es necesario encontrar la manera de navegar entre las espinas para que puedan, en donde estén, florecer.

Lo Que Soy

Dia de la mujer

El camino del autoconocimiento es largo y angosto. Ayer, mi hija y yo platicábamos de por qué se le daba a alguien el Premio Nobel de la Paz. Después de hablar sobre las vidas y cualidades de algunos de los ganadores de ese galardón, me dijo muy seria: “Mami, tú te mereces ese premio.”

Tal vez ese comentario me hubiera hecho sentir muy orgullosa, si no fuera porque ese mismo día, mi hijo mayor me dijo, con la misma seriedad, que iba a investigar si podría ser yo la reencarnación de Hitler.

Que extraños somos los seres humanos. Nuestras percepciones rigen nuestras vidas a pesar de que a veces no tienen ninguna relación con la realidad. Lo extraordinario no es que mis dos hijos me perciban de manera tan distinta sino que los dos me consideran igualmente un día digna de un premio internacional de bondad y, otro día, merecedora del vituperio mundial. Y yo soy la misma los dos días. Si a esto le sumamos el hecho innegable de que nosotros también nos percibimos subjetivamente a nosotros mismos ¿qué podemos hacer para conocernos en realidad?

Allen Wheelis lo dice claramente en su libro Cómo cambia la gente: “Somos lo que hacemos. Nuestra identidad es la integración de nuestro comportamiento.”

Hace algunos meses, conocí a uno de mis héroes en la educación del carácter. El doctor ha contribuido al medio educativo con herramientas que se utilizan en miles de escuelas del mundo. Con mucha sencillez, platicaba antes de su conferencia con el grupo que lo rodeaba. Ya para entrar al auditorio, nos dirigió una amplia sonrisa y dijo: “No les sonrío porque estoy feliz, sino para que me adviertan si tengo algo en los dientes antes de sonreír ante esas 500 personas desconocidas.”

Sorprendentemente, este hombre de fama internacional, no descansa en el hecho de que muchos lo admiran, sino que se gana el éxito cada día: con cada impecable sonrisa.

Lo que hacemos es lo que somos. No lo que hicimos ni lo que planeamos hacer. No lo que quisiéramos hacer. No lo que decimos que hacemos o lo que otros dicen que hacemos. Lo. Que. Hacemos.

Yo tengo claro que no merezco el Premio Nobel de la Paz y también sé que no soy Hitler. Hoy, entre otras muchas cosas, soy una mujer que intenta, que aprende, que observa, que ama, que cree. ¿Quién eres tú? ¿Qué estás haciendo?