Cuento: Actrices

Actrices AUTOR: MARTHA LÓPEZ DE LÓPEZ

Las luces del escenario calentaban el aire a mi alrededor de manera insoportable y, por centésima vez en ese día, me pregunté por qué habría elegido la carrera de artista. El público reaccionaba bien al libreto y se reía bastante. Yo representaba a la suegra metiche y mal encarada de un recién casado y me sabía mi papel a la perfección, pues era una profesional dedicada y exitosa desde hacía ya más de treinta años. Aunque era la de mayor edad en el elenco, tenía todavía algunos fieles admiradores, pero los actores principales eran jóvenes populares y tenían seguidores muy entusiastas, aunque desafortunadamente aplaudían a veces cuando no debían. En mis tiempos, la gente era más respetuosa.

Llegamos a la última parte de la obra y yo tenía que salir de la escena alterada y furiosa, lo cual por algún motivo era gracioso para muchos. Eso me provocaba algo de enojo real pues ¿cómo es que la gente se ríe de quienes están molestos? Yo no le encuentro gracia alguna y me parece muy poco sensible.

Me preparé para levantarme y cruzar la habitación recitando mi diálogo final y noté que algunas personas ya reían, muy fuera de lugar. Intenté mirar con severidad a quien emitía una risita aguda desde las primeras filas, aunque las luces no me permitieron ver más que siluetas oscuras, y eso pareció ser aún más gracioso, provocando algunas carcajadas. Entonces empecé a sentir bastante molestia porque la gente no podría escuchar mis líneas con ese alboroto.

Modulando mi voz para hablar más fuerte, comencé mis diálogos mientras daba dos pasos firmes mirando hacia el público. Muchos ya se reían a pierna suelta y yo alzaba la voz cada vez más enojada cuando sucedió la catástrofe: tres metros antes de salir, mi zapato se atoró con un cable suelto y caí aparatosamente, golpeándome la cabeza contra el suelo. Al principio, me desorienté y me senté en el suelo, pero sólo unos segundos, porque “la obra debe continuar” y yo era una profesional orgullosa de mi trabajo. Miré a mis compañeros y observé que me veían con caras congeladas y sin moverse, me parecía raro que ninguno hubiera venido a ayudarme, pero entonces noté otra cosa: un ruido ensordecedor y amenazante que llenaba el teatro completamente.

Moví la vista tratando de encontrar el origen del estruendo cuando mi cerebro registró de qué se trataba: el público reía a carcajadas, o mejor diría que lloraban. Se movían en sus asientos y daban aplausos y manotazos en sus piernas o se sostenían el estómago en su esfuerzo por tomar aire. Mi indignación fue total. Me levanté hecha una furia y salí del escenario sin terminar mis líneas por primera vez en toda mi carrera. La gente siguió riendo y aplaudiendo por varios minutos, mismos que yo golpeaba el suelo con los pies fuera de su vista del coraje que tenía.

Al poco tiempo, la obra terminó y los jóvenes actores se reunieron conmigo tras bambalinas. Apenas iba a empezar a reclamarles su falta de atención conmigo cuando me abrazaron sonriendo y emocionados. Atropellándose para hablar, me dijeron que había estado sensacional, que admiraban mi talento y mi disciplina y que me había echado al público a la bolsa con esa actuación adaptada de la obra. Sin poder decir nada aún, nos llamaron a la despedida de los actores. El público rabiaba de entusiasmo y me aplaudieron como nunca, pero yo seguía sin comprender todos esos gestos y tenía las manos crispadas en dos puños por la indignación y la furia que sentía. Sin querer, se me escapó una patada al suelo y la gente rio más y aplaudió más: el colmo de la irrespetuosidad.

Por fin cayó el telón e intenté de nuevo hablar para expresar mi enojo, cuando llegó el director de la obra y me abrazó diciéndome que era la mejor actriz que había conocido. Me quedé con la boca abierta, pues no quise ser grosera con él, y tuve que tragarme las palabras mientras escuchaba sus alabanzas al equipo y a mí.

Me fui del teatro lo más rápido que pude, sintiéndome exhausta y avergonzada. Al final, no había podido quejarme y eso me dio más coraje. Además, no comprendo por qué me dan siempre a mí esos papeles de mujeres tan amargadas, cuando nunca me han quedado.

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