Cuento: Flores Equivocadas

visitantes-del-cementerio AUTOR: MARTHA LÓPEZ DE LÓPEZ

No supe qué me pegó primero, si el calor seco de cuarenta grados o la música norteña que se escuchaban a todo volumen, pero al bajar del carro me quedé sin aliento unos segundos. La gente a mi alrededor se movía tranquila, nada afectada por lo anterior y entonces tuve la certeza de que habían pasado demasiados años sin que pisara el pueblo de mis abuelos, pero no me cupo duda de que éste había cambiado más que yo.

Tres días antes, entré al comedor de la casa de mamá y la encontré sentada  entre mis dos hermanos mayores. Ambos hablaban en voz baja y seria, como siempre. Al verme entrar, se callaron y se voltearon a ver. Después, los tres voltearon a mirarme a mí. Focos rojos y sirenas se encendieron en mi cabeza. Esto era típico. Resulta que Mamá quería ir a visitar la tumba de sus padres porque se acercaba el día de muertos y como, según mi madre, mis hermanos eran hombres muy importantes y ocupados, y, según ellos, yo no tenía nada mejor que hacer, consideraron que era la indicada para llevarla a su pueblo. Como dije: típico. Mi trabajo, exitoso por cierto, de diseñadora en una imprenta les parecía el juego de una niña consentida.

Me hice un poco del rogar, más que nada para molestar a mis hermanos, pero la verdad no tenía planes para ese fin de semana y la idea de visitar el pueblo en el que había pasado muchos veranos en la infancia me parecía divertida. Además quería darle el gusto a mi madre, que había tenido un año duro con lo de la muerte de papá. Y por eso es que ese sábado a medio día nos encontramos paradas frente al cementerio repleto de gente: mamá, con un ramo enorme de flores en cada mano y yo, sin aire.

Yo nunca había estado ahí. Mi abuelo había muerto antes de que yo naciera y, cuando murió mi abuela, se decidió que los niños no fuéramos más que a la misa. Recuerdo que encontrarme en el grupo de los niños no me hacía ninguna gracia a los trece años, pero todo eso ahora me parecía muy lejano.

El cementerio del pueblo había ido creciendo igual que él: sin planes y a como la gente se iba acomodando. El resultado era una serie de caminos desorganizados que tenían lápidas a ambos lados y que se bifurcaban y se cruzaban unos con otros. Mi mamá empezó a caminar segura por uno y yo la seguí, pero después de dar dos o tres vueltas, se detuvo y nos regresamos al principio. Volvimos a empezar y esta vez volteó para otro lado, pero de nuevo se detuvo. El sol me quemaba la cabeza y me cegaba los ojos. Así estuvimos mucho rato, caminando en círculos sin encontrar nada y sudando a mares. Yo insistía que buscáramos ayuda y ella insistía que ahora sí, este es el camino correcto, vas a ver.

Mientras caminábamos, yo miraba las lápidas de mármol o granito rodeadas de hermosas figuras de ángeles y vírgenes. Lo que me parecía muy extraño es que muchas de las tumbas no tenían escrito el nombre del difunto por ningún lado. Solo algunas lo tenían grabado en la piedra. Qué rara era la costumbre de este pueblo de no ponerle nombre a las lápidas.

La respuesta a mi duda, sin embargo, llegó de un señor muy jorobado que barría los caminos con la hoja de una palma a una velocidad de cámara lenta, a cuyo lado habíamos pasado ya tres veces durante nuestra búsqueda. Me contó que los nombres estaban grabados en láminas de bronce y, como ese material había subido mucho de precio, se las habían robado en el turno de su compadre, que cuidaba el cementerio por las noches. Aparentemente el cuidador nocturno tenía problemas con la bebida, pero no pude enterarme de más porque mi madre, que no le tenía mucha paciencia a mi manía de hablar con personas extrañas, desconocidos o no, me llamó a seguir caminando.

Cuando estaba a punto de deshidratarme, encontramos la tumba de la abuela. Como era de las pocas que tenía el nombre grabado, pudimos identificarla. Lo malo era que las que estaban a sus dos lados no tuvieron esa suerte y, a pesar de que mamá estaba casi segura que su padre estaba enterrado a la izquierda de su madre, no lo recordaba con certeza y se resistía a dejarle flores a un desconocido. Estuvo un rato pensando y buscando pistas, pero al final, le dije a mamá que buscaría a alguien que nos pudiera dar informes y me dirigí a una pequeña casita de madera que recordaba haber visto junto a la reja de la entrada.

El señor que encontré en la oficina era alto, pálido y flaco como los que dirigen los cementerios en las películas, solo que este, hablaba hasta por los codos. Casi sin tomar aliento, me explicó la organización de su archivo mientras sacaba unos papeles de una caja que estaba debajo del escritorio. Después, y sin dejar de hablar, sacó también un mapa, tan amarillo y viejo que pensé que no iba a poder desdoblarlo en una pieza, pero lo hizo. Iba a empezar a contarme la historia del primer difunto del lugar, pero lo interrumpí repitiendo el nombre de mi abuelo. Me hubiera gustado oír la historia, no crean que no, pero pensé en mi madre esperando y además tenía una sed que me estaba matando. No le hizo gracia mi intervención, pero al menos me indicó el sitio y me alejé de ahí lo más pronto que pude, aunque aún tuve que escuchar algo sobre su asma y cuánto polvo se acumulaba en ese lugar, comentario que me pareció bastante poco apropiado, por cierto.

Llegué de nuevo al sitio donde había dejado a mamá, pero, para mi sorpresa,  no la encontré. En su lugar estaba una joven como de mi edad con un niño pequeño en brazos, dejando un arreglo de flores amarillas encima de la tumba que estaba junto a la de mi abuela. Volteé para todos lados pero no había rastros de ella. Entonces vi una mano salir de detrás de un arbusto haciéndome señales de que me acercara. Juro que, entre el calor y el lugar en el que me encontraba, pensé por un momento que mi mismísima abuela era la que me llamaba desde el más allá. Sentí que mis piernas se volvían de madera y no pude moverlas ni pude gritar de espanto por lo seca que tenía la garganta. Me quedé como hipnotizada, sin moverme y sin poder dejar de ver la mano que me llamaba sutilmente.

Estoy segura de que no pasó ni un minuto, pero cada segundo me pareció larguísimo hasta que una cara se asomó de detrás de la mano y me hizo pegar el brinco de mi vida. Era mi madre, que no comprendió mi error y pensó que no la había visto. Me llamó por mi nombre completo, algo que solo hacía cuando estaba muy desesperada, y en cuanto estuve lo suficientemente cerca, me jaló del brazo y me arrastró hasta la salida sin detenerse ni para explicarme su prisa ni para que yo le explicara la risa histérica que me dio y que hizo que más de una persona nos mirara y compadeciera a mi madre por su hija retrasada mental.

Al pisar la calle, mi madre se detuvo y se tocó el pecho agitado. Mi risa se había agotado y le pregunté el motivo de tanto alboroto. Casi a punto de llorar, me dijo que acababa de comprobar que mi abuelo había tenido otra familia. ¡Una hija casi de su misma edad! Me contó que se habían escuchado chismes, pero que ella no los había creído, pues su padre siempre había sido un marido hogareño y cariñoso. Cuando las lágrimas empezaron a salir, la senté en una banca que, por estar en el sol, estaba vacía.

De verdad que el calor me había quemado las ideas, porque por lo general soy rápida para evaluar las situaciones, pero mi mente estaba en blanco absoluto. La pobre de mi mamá siguió y siguió hablando de su padre y de la santa que había sido mi abuela por tolerarlo todo. Yo recordé a esa mujer suave y sabia y la certeza con que me decía: “¡Todo tiene solución!”

Compré unas botellas de agua y le dí una a mi madre. La ayudé a levantarse y con cuidado la acomodé de vuelta en el carro. En silencio, emprendimos el camino de regreso a la ciudad. Con el aire acondicionado a toda y el agua casi por terminarse, empezó a recuperarse el flujo de mis ideas y le pregunté a mamá cómo se había enterado de lo de la familia extra. Como si estuviera hablando con una loca, me preguntó si no había visto a la joven que dejaba el arreglo de flores en la tumba de su padre y me explicó que, al verla llegar, le había preguntado a unas personas que pasaban que quién era ella y le dijeron que la nieta del muertito, un señor que tuvo varias mujeres e hijos con todas, el muy canalla.

El carro que iba detrás de mi dejó las llantas marcadas en varios metros del pavimento. Después, su conductor me gritó todas las maldiciones conocidas y algunas inventadas y tuve que darle la razón al pobre. Frené tan brusco que mamá se echó el agua encima y seguramente les dí a mis hermanos una nueva razón para criticar mi compacto. Mamacita del alma, le dije, ¡esa no es la tumba del abuelo! ¡Es la del otro lado!

Apenas arranqué de nuevo y mamá me dijo que había tirado las flores en un basurero. Las flores que había comprado con tanta ilusión para llevarle a su padre. Las flores que habían sido sus favoritas y que había batallado enormemente para encontrar. Las flores que… suspiró tanto y tan hondo que no me quedó más remedio que darme la vuelta y regresar al cementerio del pueblo.

A pesar de que el sol ya había empezado a descender, el calor y la música ensordecedora nos recibieron de nuevo al llegar. Bajamos del carro y entramos, pero tuvimos que comprar otras flores porque el basurero estaba repleto de botellas de refresco, bolsas de papas fritas y mazorcas de elote comido con chile. Las pusimos en la tumba que no tenía flores y mamá hizo una breve oración.

Antes de dirigirnos a la salida, noté que el encargado de la oficina estaba haciendo su ronda y nos había visto depositar las flores. Dando pasos enormes con sus piernas flacas, caminaba hacia nosotros apurado y haciéndome señas de que me detuviera. Pero no lo hice. En vez de eso, apuré a mi madre entre el gentío,  diciéndole que ya se nos había hecho tardísimo y nos iba a tocar mucho tráfico en la carretera. De cualquier forma yo ya sabía lo que quería decirme, pero yo no había cometido ningún error. Habíamos dejado las flores exactamente en donde yo quería y mamá regresó a casa tranquila y feliz. Tenía razón la abuela: ¡Todo tiene solución!

 

 

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