Cuento: Las cosas son según se ven

Desierto 2 AUTOR MARTHA LÓPEZ DE LÓPEZ

Aún no amanecía y ya estaban sus pies, descalzos, en el camino a la carretera. Dejaba atrás su casita de palos y cartón y la suave luz de la única bombilla mientras se adentraba en la gris oscuridad que tiene el día cuando aún no se resigna a empezar. Todos los días hacía el mismo recorrido por el estrecho camino de tierra robado a los matorrales. ¿Quién le iba a decir que ese sería el último?

Con una mano, sostenía una cuerda que, apoyada en su hombro, cargaba un conejo muerto. En la otra, llevaba una piel de víbora que su madre había puesto a secar desde hacía varios días. No era muy grande, pero había estado sabrosa guisada con cebolla. Estas dos cosas representaban la venta del día y el ingreso total de su familia, que consistía en su madre y dos hermanas menores. El padre hacía mucho que se había ido, y su mamá nunca lo mencionaba.

Ella prefería en cambio hablar de su propio padre, que había vivido en una casita junto al mar en un lugar muy al sur del país. Cuando su mamá estaba contenta, le gustaba recordar su infancia en ese pueblo de la costa e intentaba explicarle lo que era el océano, pero él nunca lograba imaginarse tanta agua junta.

A Tomás no le gustaba cazar. Siempre había preferido jugar con los animales. Pero su madre le decía que eso era un lujo que los pobres no podían permitirse. Era ella quien los mataba hasta que el niño cumplió ocho años y le enseñó a romperles el cuello a las liebres para no lastimar la piel, que luego venderían, y a despellejarlas. La primera vez, el niño no pudo contener unas lágrimas, pero su madre le explicó que nunca había que llorar, porque en la vida todo era según se viera. “¿Ves como siempre quisistes tener un papá?” – le había preguntado- “¿y ahora que a Juan el suyo casi lo mata a trancazos? ¿Todavía quieres uno?”  No supo qué contestar. Esa conversación había durado muchos días, porque su mamá era así, y así es como él entendió que en la vida todo tiene su lado bueno y su lado malo. Matar animales nos permite vivir y comer y a veces, hasta podía ir a la escuela y jugar con los amigos si pasaba mucha gente por la carretera y vendía las cosas temprano.

Entonces, aprendió a atrapar halcones y amarrarles el pico y a encontrar los huevos de las codornices y los nidos de las serpientes y se hizo experto en quitarles la piel sin romperla y en atrapar tarántulas y escorpiones, que les gustaban a los gringos y a los jóvenes. La presencia de narcotraficantes en las ciudades cercanas hacía que pasara cada vez menos gente. pero él casi siempre tenía buena suerte y lograba vender lo suyo.

Por la costumbre, sus pies caminaban casi sin que él los dirigiera, conocían cada piedra, cada pozo, y cuándo bajaba el camino de repente. Por eso, cuando de pronto sintió que pisaba algo suave, se asustó y cayó hacia atrás, sin tener casi tiempo de poner las manos para protegerse. Creía que era animal, pero tenía que estar muerto, porque los animales siempre corrían cuando alguien se acercaba. ¿Qué podría ser? Con la luz de luna que quedaba y todavía sin la luz de la mañana, entrecerró los ojos para distinguir la forma en la oscuridad. Entonces, cuando entendió lo que era, fue como si un relámpago hubiera brillado de pronto y saltó un metro hacia atrás por la impresión.

En medio del camino había un brazo extendido y Tomás le había pisado la mano. Sin darse cuenta, talló su pie desnudo contra la tierra para quitarse la sensación de los dedos contra su piel. ¡Era un hombre! ¡Y estaba muerto!

La luz del sol, como si se hubieran sentido invocada, asomó su primer tono amarillo. El niño siguió con la vista el brazo, que se perdía en los matorrales y, moviéndose lo más lento que pudo, se  estiró para tratar de ver a su propietario. La cara estaba salpicada de rojo. Tomás conocía muy bien el color, el olor y la sustancia pegajosa de la sangre y la identificó de inmediato. El pecho estaba casi deshecho, tres agujeros lo habían explotado y pedazos de camisa y de carne cubrían las ramas y arbustos de alrededor. El frío intenso impedía que apestara, pero el calor del día no tardaría en delatar la presencia de aquel hombre a todos los animales de la redonda.

Tomás pensó que debía regresar y avisar a su madre. Se levantó, temblando y buscó su mercancía. Fue entonces que se percató de una bolsa negra que el hombre, sin duda, había intentado esconder antes de caer herido. Estaba entre unas ramas y una piedra y él sabía que, en la negrura de la noche, nadie la hubiera podido encontrar. La abrió con cuidado y sus ojos crecieron como si quisieran contener lo que veían. La bolsa estaba llena de dinero. Tanto, que el niño apenas la podía levantar. Pensó que ahora ya no podía volver a esconderla. A la luz del día, una bolsa negra era fácilmente vista en el desierto y el sol ya pintaba de naranja las escasas nubes.

Se dio la vuelta y se agachó para tomar la bolsa por sobre el hombro y cargarla a la espalda. Sus piernas apenas soportaron el peso, pero entendió que no había otra opción y supo que llegaría hasta su casa, costara lo que costara.

La madre lo vio llegar, medio cargando y medio arrastrando algo y, extrañada, salió al camino a encontrarlo. Tras escuchar a su hijo y revisar el contenido de la bolsa, no dudó un segundo de lo que tenía que hacer. Parecía como si siempre lo hubiera sabido. Empacó las escasas pertenencias de la familia en una caja de cartón y metió la bolsa negra en un costal de yute que amarró con un mecate. Tomás cargó la caja, ella el dinero y las niñas cargaron una canasta con naranjas, sin preguntar nada cuando su madre les ordenó salir al camino. Tomarían el camión a la ciudad y, de allí, otro hasta la costa que ella recordaba tan bien. Calcularon que el viaje les llevaría dos o tres días. Allá, podrían empezar una nueva vida, tal vez una vida más fácil.

Tomás escuchaba hablar cada vez más de la violencia y los “narcos” y sabía que ellos mataban gente y asaltaban a personas de trabajo. Siempre le habían parecido hombres malos. Ahora le daba la razón a su mamá: las cosas siempre son según se ven. El sol ya iluminaba todo el azul del cielo cuando tomaron el autobús en la carretera. Sin duda, sería un día hermoso.

Comments are closed