Cuento: Tres Hombres Sabios

tres-hombres-sabios-2 AUTOR: MARTHA LÓPEZ

El anciano Melchor llegó a la vieja posada exhausto y con sólo una cosa en mente: tomar agua. El camino que había seguido para llegar hasta ese pueblo había sido largo y difícil y estaba muerto de sed. Su sirviente, Tomi, se encargó de servirle pronto de una jarra y también de preparar todo para su estancia. Él también estaba ya cansado y se preguntaba cuándo terminaría ese largo caminar. Tenían ya varias semanas buscando algo que él no lograba comprender y siguiendo señales que él no podía ver. Sin embargo, sabía que Melchor era un hombre sabio, un gran estudioso del cielo y las estrellas, y lo obedecía de corazón.

Después de dejar todo en orden en la habitación, Tomi bajó a comer algo al comedor de la posada y se sirvió un plato lleno hasta casi desbordar antes de sentarse. Mientras engullía su cena de prisa, observó a los demás comensales distraídamente y notó que entre ellos había dos extranjeros que, habiendo terminado de cenar, compartían una especie de mazapán envuelto en papel rojo que uno de ellos sacó de su bolsa. Al notarse observados, los dos hombres, muy rubios y tan altos que sus pies bloqueaban parte del pasillo central de la habitación, inclinaron la cabeza en señal de saludo y le ofrecieron un poco del dulce.

Tomi nunca rechazaba algo que fuera comestible y acercó su silla a la mesa de los dos gigantones. Con ayuda de señas y de las pocas palabras que los extranjeros sabían, logró enterarse de que ellos también tenían mucho tiempo viajando, más que él, y de que servían a un maestro muy respetado en su ciudad de origen. El sirviente de Melchor no dudó un segundo y les invitó a que al día siguiente, presentaran a los dos hombres, pensando que seguramente, el maestro podría ayudarle al anciano sabio a encontrar lo que buscaba.

Así se hizo y al día siguiente, el anciano Melchor conoció a Gaspar. Se sorprendió al saber que su recorrido había sido de varios meses, pues venía de una lejana ciudad a las orillas del río Éufrates y se preguntó de dónde sacaba fuerza el maestro para seguir. Al hablar, los dos se entendieron tan bien que sus sirvientes les llevaron de comer y después de cenar y seguían sin poder terminar la conversación.

El estudioso de los astros descubrió que Gaspar era un famoso observador de la naturaleza: de plantas y animales. A través de su vida había recopilado una enorme cantidad de información y en ella había descubierto señales que le indicaban que un cambio sin precedentes estaba por ocurrir en el mundo. Al hablar, el maestro se emocionaba tanto que su cara se enrojecía y movía las manos con fuerza, golpeando la mesa con los nudillos de vez en cuando. Le habló de las señales que había visto en las montañas, en los árboles y en fenómenos extraordinarios como terremotos e inundaciones o largas sequías en lugares donde nunca habían sucedido.

Al principio, Melchor escuchó todo sin poder abrir la boca, su asombro era enorme y Gaspar lo notó. Al preguntarle el motivo, empezó a explicar lo que él había visto en el cielo, en los astros, en el sol y los misterios que le habían mostrado las aguas del mar en sus innumerables viajes por el mundo. Al terminar de hablar, los dos se miraron unos segundos en silencio y después, comenzaron a hablar de prisa, interrumpiéndose uno al otro, emocionados de haber encontrado un eco en sus descubrimientos y un alma gemela en el otro buscador.

Tomi se quedó dormido en una silla esperando a Melchor. En la madrugada, el hambre lo despertó y salió para encontrarlo sentado inmóvil junto a la fuente del patio de la posada. Le tocó el hombro suavemente, sin querer sobresaltarlo y notó que su maestro había llorado.

Al día siguiente, los cinco hombres salieron de la posada convertidos en compañeros de viaje. Ansiosos y con renovadas energías, recorrieron cientos de kilómetros más durante un mes. Visitaron grandes metrópolis y pequeñas aldeas perdidas entre bosques de pinos y en llanuras doradas. A donde llegaban, se mezclaban con la gente y conversaban con ellos, estudiando y platicando con otros maestros y filósofos.  En todos lados veían otras señales, presentían que se acercaban a eso que buscaban pero no lograban definir qué era.

Una tarde, el viento áspero que anunciaba el invierno les animó a parar unos días en un pueblo de pescadores a la orilla del mar. Por las mañanas, Tomi salía a caminar al puerto, platicaba con la sencilla gente del lugar y probaba todo tipo de mariscos extraños, pero un día, se detuvo en el muelle a observar un enorme barco que apareció en el horizonte y se acercaba a gran velocidad. El navío parecía tener vida propia y avanzaba decidido mientras mostraba sus brillantes colores con gran elegancia, ondeando sus banderas al viento como si fueran ropas de gala. Cuando al fin llegó a la orilla, varios marineros de color soltaron amarres y se afanaron en la cubierta para bajar un puente del que descendió un joven elegantemente vestido y con la piel oscura como el ébano.

Con curiosidad, Tomi se acercó y el joven se presentó inmediatamente como Baltasar y con fuerte y melodioso acento le preguntó dónde podría probar una buena comida. Siendo eso la especialidad del fiel muchacho, no dudó en conducirlo a la posada donde se hospedaban y además pensó que a Melchor seguramente le interesaría conocer a este personaje platicador que, según le contaba, venía de un lugar aún más lejano que todos ellos.

Melchor y Gaspar reconocieron casi al instante que este hombre de cabellos rizados también era un buscador, sólo que él era un estudioso de los hombres. Sorprendidos y llenos de admiración, lo escucharon hablar mientras saboreaba una humeante sopa de pescado, primero con timidez y después, alentado por sus miradas, con gran emoción sobre las señales que él había visto. Les habló de personas que se cuestionaban, que estaban dispuestas a escuchar opiniones diferentes y aprender de ellas, hombres que rezaban en mil lenguas y que cantaban unidos a un mismo Dios, incluyente y universal. También les dijo que había encontrado personas dispuestas a perdonar, a comprender y a confiar e incluso había conocido a un grupo de gente que empezaba a creer que era posible vivir en un reino de paz aquí en esta tierra.

Cuando terminó de hablar, Melchor y Gaspar lo abrazaron felices, pues habían encontrado a otro hermano. Entre los tres intentaron entender qué podría significar todo eso. ¿Serían las señales de los tiempos de las que hablaban los libros antiguos? ¿Sería que empezaba una gran trasformación? ¿Será que algo está por venir?

Pasaron el resto del día hablando de todas las señales e intentando acomodarlas y casi toda la noche decidiendo la ruta que seguirían después. Baltasar les ofreció su barco para seguir su camino, pero Melchor se mareaba en el mar y pensó que un medio terrestre sería mejor. Al final, Gaspar les dijo que su edad no tenía tiempo que perder y que mejor tomaran un avión y todos estuvieron de acuerdo porque, como les dijo: “después de todo, ya es casi el 2017.”

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