Cuento: Lo Sabía

Lo sabía AUTOR: MARTHA LÓPEZ DE LÓPEZ

– ¡Lo sabía! – exclamó mi tía Eugenia, dejando caer todo su peso sobre un sillón, que resopló en protesta- ¡yo lo sabía!

– ¡Yo también! – respondió mi tía Lilia caminando de un lado al otro muy enojada- ¿te acuerdas que te lo dije hace apenas unos días Eugenia? Esa muchacha no me daba buena espina desde hace tiempo.

– ¡Claro! Es más, ¡yo te lo dije a ti! ¡Yo sabía que esto iba a pasar! – y la mayor de mis tías se abanicó la cara con las manos, intentando aliviar el calor del final de esa tarde de julio.

– Esto nos pasa por buenas Eugenia, por confiar en la gente, pero en el fondo, yo lo sabía.

Yo, que no sabía nada, contemplaba la escena mientras las escuchaba: la casa de mis abuelos hecha un revoltijo. ¡Nos habían robado! Todos los cajones estaban abiertos, había cosas en el suelo y en las mesas, los cuadros estaban chuecos, los muebles movidos y lo peor era lo que ya no se veía, pues nos habían robado hasta los candelabros de plata de la abuela.

Después de escuchar sus lamentos un rato, me dirigí a mi recámara y aunque era la menos dañada, pues no había mucho que pudieran robar, estaba toda revuelta. Recogiendo las cosas del suelo comencé a sentir una impotencia enorme que me recordó la que sentí a los ocho años, cuando acomodé por primera vez mis cosas en esa habitación, al día siguiente de la muerte de mis padres. Mis tías paternas, ambas solteras, me habían acogido con tristeza y ternura, y habían dedicado sus siguientes diez años a intentar que yo olvidara mi dolor.

Confieso que casi lo lograron. Mis padres eran un recuerdo hermoso, pero mis tías eran muy buenas sustitutos y me brindaban cariño a borbotones, que era la manera en la que hacían todo. De hecho, no me sorprendió, al poco tiempo de estar en mi recámara, escuchar sus risas en la cocina. Para cuando llegué ahí, las risas eran carcajadas burbujeantes y las dos hermanas se abrazaban mientras sostenían un rectángulo de madera que habían retirado de la pared y que dejaba ver una especie de bodega oscura con repisas llenas de cosas.

– ¡La muy idiota! – exclamó tía Lilia golpeándose una rodilla sin parar de reír. – ¡No supo el tesoro que escondíamos en sus narices!

– ¡En sus narices! – repitió tía Eugenia, sosteniéndose el estómago y secándose los ojos, llorosos de risa.

– ¿Qué es eso? – pregunté yo, asomándome a la bodega.

Las tías me explicaron que ahí guardaban los tesoros de la familia y que lo que se habían llevado eran sólo baratas imitaciones. Disfrutaron un rato más enseñándome las joyas de la abuela que yo heredaría y algunas otras maravillas. Después, sacaron una botella del oporto más fino y brindaron por su sagacidad, confirmando una vez más, que todo era como lo habían previsto.

Cuando terminó la celebración del robo, se dispusieron a dormir la siesta y yo salí rumbo a la oficina de Enrique. Tenía la cabeza algo aturdida y él siempre me ayudaba a aclararla pues, después de casi dos años de ser novios, me conocía mejor que nadie.

Al acercarme al edificio de oficinas donde trabajaba, busqué su cabello negro entre la gente, pues sabía que él solía comer en las bancas de la plaza que estaba del otro lado de la calle. Mi segunda sorpresa del día fue encontrarlo abrazado de una joven que había visto salir varias veces del mismo edificio donde él trabajaba. Los vi y me vieron, pero, antes de que Enrique terminara de levantarse, me metí a un camión cuya puerta empezaba a cerrarse en la esquina y me alejé mientras lo veía intentando encontrarme en el gentío.

Desgraciadamente el camión se dirigía al sentido opuesto al que yo había querido ir, y mi camino de regreso a casa fue largo. Pero lo peor fue que en todo el trayecto, solamente había una frase repitiéndose una y otra vez en mi cabeza: “¡Lo sabía!”.

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