Cuento: El Robo

El robo 2 Autor: MARTHA LÓPEZ

Sentí el arma helada, a pesar de tener las manos frías por los nervios. La había encontrado en el cajón de la cómoda de la abuela y probablemente era de la época de la Revolución. No tenía balas y estaba casi segura de que ni siquiera funcionaba, pero esperaba que enseñarla fuera suficiente.

Cuando salí al pasillo de la vieja casona, encontré a mi hermana esperando. Era como verme a mí misma, puesto que éramos gemelas idénticas. Al verla retorcerse las manos, me vinieron a la mente las miles de veces que la había encontrado así desde que, cuando teníamos cinco años y quedamos huérfanas, habíamos ido a vivir a la casa de la abuela. La pobre estaba muerta del miedo pero, como siempre, dispuesta a acompañarme en mis aventuras.

Lo malo es que ahora sí tenía motivos para estar preocupada. Esta vez no se trataba de asaltar la cocina ni de escaparnos a bailar. Esta vez era en serio.

– ¿Estás lista?- le pregunté susurrando.

– Pues…

– ¿Cómo que pues? –  la interrumpí – ¡No puedes echarte atrás ahora! – todavía susurraba, pero le gritaba con los ojos y ella lo percibió aún en las tinieblas.

– Es que esto es una locura, Inés. No sé por qué te dije que sí en primer lugar. Roberto dice que tu siempre me metes en líos…

– Tu sabes que no hay otra opción, Beca y tu novio por más que te adore no puede ayudarnos esta vez. Necesitamos ese dinero. La abuela lo necesita.

La decisión de robar la tienda del “manos largas” Tomás, como lo llamábamos nosotras, tenía dos razones muy claras: por un lado, la abuela había sido nuestra madre y padre durante quince años y ahora estaba gravemente enferma. La operación que la traería de nuevo a la salud costaba mucho dinero. Por otro lado, Don Tomás era un hombre muy rico y tenía la más próspera tienda del pueblo. Además, era un cerdo que llevaba los últimos diez años intentando arrinconarnos entre los enlatados a una y a la otra, o a las dos.

– ¿Qué llevas en la bolsa del abrigo? – me preguntó.

– Ya sabes. La pistola que encontré.

– ¡La pistola! ¡Eso si que no, Inés!

– ¡Silencio! ¡Nos van a oír! Es solo para asustar al guardia si nos descubre, ya te lo expliqué. No seas miedosa, mujer y vámonos ya. Quiero que la señora que la cuida nos vea desayunando al llegar así como nos vio cenar al salir. Así, podrá confirmar que estuvimos en casa todo el tiempo.

Teníamos un mes planeando el asalto en la casita del árbol. El viejo jardinero la había construido para nosotras cuando cumplimos siete años. A través del tiempo, había sido castillo, fuerte, cohete espacial y el prefecto lugar para las charlas interminables de dos adolescentes. En todos esos juegos había estado la abuela: como príncipe, como pirata o después, como amiga y confidente. A pesar de que ya no podía visitarla por su edad, sentíamos que estaba presente siempre.

Nos vestimos con pantalones negros holgados y con suéteres oscuros que encontramos en un baúl y que probablemente pertenecieran a nuestro padre porque uno tenía sus iniciales grabadas. Salimos al frío de la noche y abordamos nuestras bicicletas. Llegamos a un parquecito que estaba a espaldas del negocio y las escondimos entre unos arbustos. La calle estaba desierta y en silencio. El día anterior, Beca había atorado un papelito en la cerradura de la puerta de atrás de la tienda mientras yo distraía a Miguel, el chico que cerraba todas las noches y que no era muy cuidadoso. De acuerdo al plan, podríamos abrirla de un empujón. Sin embargo, solo hizo falta tocarla para que cediera. Por lo visto Miguel era más que un poco distraído, porque la puerta estaba prácticamente abierta.

Ser las muchachas más guapas del pueblo nos era útil a veces, ya que algunos hombres hablaban de más para fanfarronear. Durante ese mes, hicimos las preguntas correctas y obtuvimos toda la información necesaria. Vivir en un pueblo con un índice de criminalidad casi inexistente también nos daba algo de ventaja, pues la gente era confiada.

Averiguamos que “manos largas” sacaba del banco, cada último día del mes, el dinero para pagar los sueldos de sus empleados y liquidar a sus proveedores. Lo guardaba en el cajón con llave de su escritorio. Solamente había tres oficinas en el segundo piso del local y a pesar de no conocer esa zona, yo creía que no sería difícil encontrar la suya. La llave del cajón había sido más difícil de conseguir, pero ahora colgaba de un cordón alrededor de mi cuello gracias al distraído de Miguel.

Entramos al local sin hacer ruido y cerramos la puerta. El vigilante, un hombre exageradamente obeso, estaba sentado junta a la puerta principal del negocio y sabíamos que revisaría el local cada hora. Eso nos daba casi cuarenta minutos.

Subimos la escalera de puntillas y casi sin respirar. Yo pensaba que la oficina del dueño sería la primera, puesto que al cerdo Tomás le gustaba vigilar de cerca de sus empleados y sobre todo, a sus empleadas. Así es que hacia esa nos dirigimos y abrimos la puerta. Nada. Era un pequeñísimo cuarto con olor a humedad. En cada superficie disponible, había adornos baratos, pequeños muñecos de peluche y fotos de niños. Cerramos la puerta y seguimos.

La segunda oficina parecía más prometedora. Por una ventana entraba un poco de luz del farol de la calle. Beca se dirigió hacia el escritorio para ver si era el que necesitábamos. De pronto, cuando casi estaba frente a él, una figura negra salió de la penumbra y le tapó la boca. Grité su nombre, pero mi voz fue ahogada por un guante grueso que casi me ahoga y sentí unos poderosos brazos aprisionarme. Por un segundo nadie se movió y las dos contemplamos a nuestros captores.

– ¿Roberto? – preguntó mi hermana, con la voz apagada por la mano que cubría la mitad de su cara.

Sentí que los brazos que me rodeaban se aflojaban un poco cuando el hombre a mis espaldas aspiró una enorme bocanada de aire.

– ¿Beca? ¿Eres tú? – terminó de soltarme mientras continuó – ¿Cómo es posible? ¿Qué demonios haces aquí?

– Yo, yo… ¿pero qué haces tú aquí? – preguntó ella con voz aguda y dándole un empujón a quien la detenía, que los miraba incrédulo.

– ¡Silencio! – los interrumpí yo. – Nos van a descubrir.

A mi voz, todos nos agachamos y guardamos silencio para comprobar si estábamos a salvo.

– ¿Beca? – Continuó Roberto en voz muy baja mientras gateaba hacia mi hermana- No puedo creerlo. ¿Pensabas robar la tienda? ¿Cómo se te ocurre, cariño? ¿Te das cuenta de lo que sucedería si te atraparan? ¡Me moriría!

Beca y él se abrazaron y besaron mientras el compañero de Roberto y yo los mirábamos sin poder creer lo que sucedía.

Siempre habían sido así. Cuando mi hermana y yo llegamos el primer día a la escuela del pueblo, todavía de luto, Roberto se acercó a nosotras con curiosidad. De inmediato y por primera vez en nuestras vidas, identificó quién era cuál de las dos. Teníamos el mismo cabello grueso y lacio y los mismos rasgos italianos de nuestra fallecida madre, pero éramos muy diferentes en el fondo. Yo, la mayor, era de carácter fuerte y dinámico. Ella era tímida, dulce y maternal. Roberto eligió a la que necesitaba de su protección y desde entonces, se hicieron inseparables. La abuela decía que parecían haberse conocido en otra vida.

– Perdóname que no te dije nada, bebé, te juro que es el único secreto que te he guardado en la vida.

– ¡De seguro que fue idea de la loca de tu hermana! ¡Siempre está metiéndote en líos! ¿No te he dicho que tengas cuidado?

– Oye, cuñadito, estoy detrás de ti – interrumpí un poco indignada, aunque lo adoraba como al hermano que siempre quise – y no soy ninguna loca. Pero ustedes no han explicado qué hacen aquí a estas horas y escondidos.

– Bueno, pues yo me presentaré. – habló por primera vez el desconocido – Soy Joaquín – y nos extendió la mano a Beca y a mí, arrastrándose agachado de una a la otra lo cual me pareció un exceso de educación. – La idea fue de éste – continuó – me dijo que la abuelita de su novia necesitaba una operación y que él quería conseguirle el dinero. Yo le dije que había créditos, que pensara en otra opción, pero es un cabezón. Solo lo estoy ayudando porque me dijo que era mucho dinero y me prometió una parte para terminar de pagar mi especialidad en la escuela de medicina.

– ¿De verdad, bebé? ¿Lo hiciste por la abuela? – Continuó Beca con otra ronda de besos y abrazos.

– Y por ti, mi amor. Sabes que haría cualquier cosa…

– ¡Por favor! – Tuve que interrumpir de nuevo – ¡Dejen eso para después! ¿Una parte? ¿Qué parte? Necesitamos todo el dinero. ¡No pienso repartir un centavo!

– Roberto – se quejó Joaquín todavía susurrando – ¡habíamos quedado! Estoy metido en esto por tu culpa y quiero mi parte.

– Todavía es tiempo de que se vayan sin problema. Beca y yo podemos hacerlo solas.

– Nada de eso – contestó Roberto. – No pienso dejalas. Además, di mi palabra y no puedo fallarle a Joaquín.

– Bueno – intervino Beca – tengo entendido que es mucho dinero. Estoy segura de que alcanzará para todos.

– Pues ya veremos eso. ¿Ya lo encontraron? – pregunté yo.

– Aquí no está – dijo Roberto – debe ser en la oficina siguiente.

Caminamos por el pasillo, con prisa esta vez, y abrimos la última puerta. La oficina de Don Tomás era la más grande. Su escritorio era enorme y viejo. Abrí fácilmente el cajón con la llave que colgaba de mi cuello. Beca tenía razón: había muchísimo dinero.

Roberto sacó una bolsa y empezamos a echarlo dentro. De pronto, un ruido en el pasillo nos hizo detenernos. Habíamos perdido demasiado tiempo y el guardia estaba haciendo su ronda.

Al escuchar que se acercaba por el pasillo, nos escondimos como pudimos. Unos debajo del pesado escritorio y otros nos apretamos detrás de un archivo en un rincón del cuarto que tenía el techo bajo, de manera que tuve que doblarme bastante para caber. Tratamos de reducirnos al tamaño del espacio y, conteniendo el aliento, esperamos.

La puerta se abrió lentamente y pude escuchar la respiración agitada de aquel hombre. Seguramente su gordura le hacía difícil moverse. Al ver su silueta contra la oscuridad, me apreté a los demás fuertemente. Entonces sucedió lo inesperado: la pistola de la abuela, seguramente debido a todo el movimiento, se salió del bolsillo de mi abrigo. La vi caer en cámara lenta. La sangre se me fue a los pies y cerré los ojos. Esperaba oír el golpe del metal contra el suelo de cemento, pero nunca imaginé el estruendo que siguió: la vieja pistola que yo creía vacía, se disparó al caer. Mi asombro era absoluto. No pude moverme, mientras los demás se encogieron instintivamente y después se quedaron también inmóviles, petrificados por el miedo.

Entonces, escuchamos otro estruendo, esta vez, proveniente del guardia. Con las manos en el corazón, había caído contra el escritorio, tirando al suelo todo lo que había sobre él. Ahora, yacía de espaldas, pálido e inmóvil. Su enorme figura ocupaba casi todo el espacio disponible.

– ¡Lo mataste! – gritó Beca con voz histérica. – ¡Lo mataste!

No pude contestar. El pánico me tenía paralizada y creo que estaba a punto de desmayarme. Roberto miraba horrorizado primero al vigilante y luego a mí sin atinar a hacer nada. Joaquín, asombrosamente calmado, se acercó al hombre y lo tocó.

– No lo mató el disparo – dijo despacio – le dio un infarto.

– ¡Hay que hablarle a una ambulancia! – exclamó mi hermana.

Roberto intentó correr para tomar el teléfono cuando Joaquín se levantó y ordenó con una voz que parecía venir de un coronel del ejército:

– Conserven la calma. Roberto, termina de guardar el dinero. Inés – me miró con seriedad – recoge la pistola y limpia nuestras huellas de todas las chapas de las puertas. Beca, trae el botiquín que está en la oficina de al lado. ¡Rápido!

Obedecimos sin hablar. Joaquín, quien masajeaba el pecho del vigilante sin parar, tomó el botiquín que le trajo mi hermana y le puso al hombre una pastilla bajo la lengua.

– Vivirá – nos dijo con certeza – Tenemos que irnos ya.

Salimos de la tienda por donde entramos. Mientras quitamos el papelito de la cerradura y limpiamos nuestras huellas rápidamente, Joaquín hizo una llamada anónima a emergencias médicas. Caminamos hasta las bicicletas y acordamos vernos en la casita del árbol con los muchachos, que desparecieron en la oscuridad. No recuerdo cómo llegamos. Solo sé que me temblaban las piernas tanto, que apenas pude subir hasta nuestro escondite. A los pocos minutos, llegaron los muchachos con la bolsa y una botella de tequila, de la que bebimos todos sin hablar. Roberto tenía los ojos enormes y estaba tan pálido que la cara le brillaba con la luz de la luna. En el camino, se habían detenido y habían escuchado la ambulancia llegar a la tienda. Poco a poco, sentí mi corazón disminuir la velocidad y pude respirar con menos esfuerzo.

Roberto contó el dinero y le dio a Joaquín su parte. Se la había ganado. El resto era suficiente para la operación de la abuela.

De pronto, noté que todavía colgaba de mi cuello la llave del cajón y me la quité de prisa, como si fuera a hacerme daño.

– ¡No la tires! – Me dijo Roberto – Puede ser una pista para la policía. Lo he visto en las series americanas.

– Además puede servirnos todavía – completó Beca – ¿Qué tal que el guardia necesite una cirugía?

Tardamos en comprender sus palabras, pero cuando lo hicimos, los tres la miramos asombrados, sin poder creer lo que decía.

– ¿Por qué me ven así? – Nos preguntó dejando asomar una sonrisa – ¿Apoco les dio miedo?

Comments are closed