Cuento: Paralelas

paralelas-2 AUTOR: MARTHA LÓPEZ

La pelea había sido feroz. Roberto y yo discutíamos cada vez con mayor violencia. La noche anterior, veníamos de una reunión de amigos en la que había hecho varios comentarios ofensivos hacia mí. Al reclamarle en el camino a casa, negó todo, me acusó de siempre arruinar las fiestas y se enfureció conmigo. No quise que bajara del auto en ese estado para que no gritara en frente de los niños, así que estuve intentando hablar con él para calmarlo pero fue inútil. Es un hombre excesivamente egoísta y agresivo a quien no le importa para nada su familia. Al final, me bajé del auto y él se fue, apareciendo de vuelta hasta casi el amanecer.

Por supuesto no pude pegar los ojos en toda la noche por su culpa y mi cara esa mañana lo reflejaba. Mientras preparaba el desayuno, noté que Rebeca me miraba, o más bien estudiaba mi rostro. Le saqué la lengua y sonreí para distraerla. Me pregunto si habrá notado algo pero no lo creo, siempre he tenido cuidado de ocultado todo. Para mí, lo más importante son mis hijos: Rebeca la mayor y Beto el menor. Cuando Roberto bajó, ni siquiera nos miramos. Dio un beso a los niños y salió con prisa y sin despedirse. Lo bueno es que ellos, distraídos en sus cosas, no se dieron cuenta de nada.

A leguas se ve que mamá está mal. La pelea que tuvieron anoche en el auto fue muy fuerte. Supongo que no se dan cuenta cuando se pelean ahí que sus gritos se escuchan hasta la casa, pero siempre ha sido así. Veo que intenta hacerse la graciosa pero no lo consigue. Sin embargo, finjo una sonrisa igual que ella porque lo más importante para mi es protegerla. Ya tiene bastante con sus problemas como para también tener que preocuparse de los míos.

Tuve una mañana muy ajetreada, mi trabajo exigió toda mi atención. Cuando llegó la hora de la salida de la escuela, me apresuré a recoger a mis hijos como siempre. Roberto nunca me ha ayudado en nada que los concierna, parece que ni sabe que existen. Lo bueno es que estoy yo para cubrir su ausencia. Vi a Beto en medio de una bola de niños. Siempre había sido el más popular de la familia. Cuando me vio, se despidió de todos ellos haciendo un saludo extraño y se subió al auto. Al preguntarle por Rebeca, se encogió de hombros y señaló el final de la barda de la escuela. Ahí la vi, medio escondida tras un arbusto y, cuando me acerqué con el auto se subió de prisa. Me dio la sensación de que escapaba y la comprendí porque ¿quién no desearía escapar de la escuela a los trece años? Siempre ha sido fácil para mi entenderla, es bueno saber que tenemos esta conexión.

Me subí al auto lo más rápido que pude y esperando que mamá no notara mi calceta y zapato empapados. Beto volteó a mirar a la ventana cuando le hice un gesto de que cerrara la boca, seguramente avergonzado de mi por haberme dejado humillar en esa forma. La gorda Mary me pidió dinero otra vez en el baño y no tenía nada que darle, así que me levantó en el aire y me bajó con fuerza dentro de un escusado, en el que cayó mi pie derecho. De suerte fue casi a la hora de la salida y corrí, entre las carcajadas de todos, escondiéndome entre los arbustos hasta que sonó el timbre. Lo bueno es que mamá no se da cuenta de nada, pobre, está tan metida en sus problemas. Lo importante es no preocuparla.

Al llegar, Roberto estaba ya en casa. Como siempre, tan absorto en las noticias de la tarde que ni siquiera notó nuestra presencia. Pareciera que para él no existimos. Con prisa y notando el nudo de coraje que me crecía en el estómago, me dirigía a la cocina a calentar lo que había preparado en la mañana para la comida cuando de pronto noté que Beto se detenía junto a la puerta y miraba a su padre.

– ¿Rebe?- escuché entonces que preguntaba éste- ¿me escuchaste?

Volví mi mirada y encontré a mi hija con el pie puesto en el segundo escalón de la escalera y la mirada baja.

– ¿Por qué tienes el zapato y el calcetín mojados?

Entonces escuché a mi hijo que, en voz baja, le dijo a su hermana:

– Te dije que papá sí se iba a dar cuenta.

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