Cuento: Experimentos

experimento-2 AUTOR: MARTHA LÓPEZ DE LÓPEZ

Las luces del laboratorio estaban prendidas las 24 horas del día. Los desvelados eran siempre los más jóvenes del equipo de psiquiatras. Ambiciosos e inteligentes, conversaban de sus investigaciones con apasionadas voces hasta la noche. Llegaban tarde, siempre corriendo,  desvelados, con un vaso de café humeante en una mano y un montón de papeles casi a punto de dispersarse en la otra. La otra manada era la que llegaba muy temprano en la mañana: los doctores veteranos. Con sus loncheras y sus portafolios negros, entraban a las 8 y se iban a las cinco en punto, cansados pero ya pensando en otra cosa. Habían aprendido que el trabajo nunca terminaba y sabían que al día siguiente encontrarían los mismos experimentos, los mismos análisis y las mismos ratas en sus jaulas.

Yo era el jefe de mantenimiento. Lo de jefe me lo habían dado por antigüedad: dieciséis años en el mismo trabajo. Todos los compañeros que entraron conmigo se habían ido hacía mucho tiempo, no habían aguantado el trabajo. No es que fuera mucho: barrer, trapear, sacudir, limpiar los aseos, lo mismo que en todos lados. Lo malo eran las ratas. Limpiar las jaulas de orines y excrementos no era nada agradable, pero lo peor eran los cadáveres, los cuerpecitos blancos que muy seguido había que sacar e incinerar, pequeños mártires de la ciencia. Nunca he logrado entender qué ganan los doctores con enseñar a las ratas a picar botones o a mover palancas. El doctor Santos, mi jefe, trató de explicarme la importancia de esos experimentos para entender el comportamiento humano, la manera como cambiamos lo que hacemos si recibimos estímulos diferentes. A mí me parece todo absurdo. ¿Qué podemos tener en común con esos bichos de patas rosadas?

En cualquier caso, dieciséis años se habían ido como agua. Cuando llegué, a mis 35 años, encontré en la rutina un escape a mi soledad y al fuerte sentimiento entre estupor y aburrimiento producido por los papeles de divorcio que me entregó mi mujer el día antes de esa Navidad. Me gustaba el trabajo predecible y tranquilo del laboratorio, limpiando y arreglando lo que si podía limpiar y arreglar.

Hace algunos meses, sin embargo, sucedió algo completamente inesperado. Yo ya había visto a Cora, trabajaba desde hacía poco tiempo como la recepcionista del tercer piso, pero esa mañana la vi caminar directo hacia mí. Algo en mi interior supo que todo estaba por cambiar y la esperé, mirándola sin moverme, con mi uniforme azul marino recién planchado y un radio en la mano izquierda.

Con la inagotable energía que la caracteriza, me comentó sus planes para revitalizar la cafetería del laboratorio, la cual era muy poco usada por el personal por tener limitadas opciones en el menú y por estar en un lugar frío y apagado del sótano del edificio. Su jefe le había dado carta blanca y quería comenzar en ese minuto.

Durante las siguientes dos semanas, pintamos, agregamos lámparas en el techo y reacomodamos el mobiliario. Además, Cora contrató a una joven cocinera y modificó bastante el menú, del que me trajo a probar todos los platillos, consiguiendo que se hiciera una costumbre el que comiéramos juntos a diario. Finalmente, colocó una enorme cafetera junto a un plato de galletas recién horneadas y se abrió el servicio.

El resultado fue excelente, la cafetería se volvió ruidosa y popular a la hora de comer. Tanto, que dos semanas después de la reapertura, vi de nuevo acercarse a Cora, ahora con menos decisión. La situación era que el personal de los cuatro pisos completos del edificio bajaba a comer a la misma hora y era imposible darse a basto. Cora me pidió ayuda pero yo no tengo autoridad alguna sobre los horarios de los médicos y no se me ocurría que hacer. Sus ojos perfectamente delineados de negro me miraron expectantes y no tuve más remedio que invitarla a salir.

Acudí a ver a mi jefe para solicitar su ayuda y lo encontré revisando papeles con mucha atención. Al parecer, habían encontrado que los ratones tenían un marcado sentido del olfato y se guiaban por medio de él, al menos eso fue lo que intentó explicarme pero yo no puse mucha atención. Limpiar las jaulas era suficiente contacto con esos animales, comprender su comportamiento no era nada de mi interés. Desgraciadamente, él tampoco pudo ayudarme, concentrado como estaba en el asunto de las narices de los roedores, me despachó de prisa y salí desanimado.

La solución me llegó esa misma noche, pues al regresar a casa, olí el famoso pastel de manzana que horneaba mi vecina de arriba, una señora ya mayor que se había convertido en una buena amiga. Siempre que lo hacía, yo me invitaba a su departamento a comer un trozo y chismorreábamos juntos un rato. Esa vez, antes de terminar mi rebanada había hecho un plan.

La mañana siguiente, le dije a Cora que necesitaba una receta de su famoso pan de plátano recién hecho a las doce en punto. No tuve tiempo de explicarle detalles pero a la hora acordada, llegó a mi oficina con los bollos de plátano humeantes en un plato. Todos los empleados de la planta baja voltearon al oler aquella suave delicia con nuez tostada cuando tomé el plato y lo llevé de nuevo al sótano, no sin antes pasearme con ellos también por todo el pasillo central del segundo piso del edificio.

A las doce y media, había al menos treinta empleados en la cafetería, disfrutando del menú y del pan de plátano, mismos que salieron a la hora en que los del horario regular entraban a comer. Cora volteó a verme cuando me asomé a ver el resultado y aplaudió silenciosamente al tiempo que me mostraba una sonrisa de oreja a oreja.  Al día siguiente, pasé por los cuatro pisos del edificio con un cesto lleno de empanadas de pollo recién hechas. El resultado fue aún mejor que el anterior y diez días después, encontramos que lo que mejor funcionada eran los tacos de carne con chorizo.

Con la situación de la cafetería controlada, pues el personal se acomodaba sin saberlo en dos turnos casi iguales, Cora estaba feliz y muy agradecida. La vida gris que llevaba desde hacía tanto tiempo empezaba a colorearse por los bordes, pero una tarde, el doctor Santos me llamó a su oficina casi al final del día. Con su acostumbrada voz calmada me dijo que había recibido quejas de los psiquiatras veteranos, quienes encontraban las oficinas llenas de basura que los investigadores desvelados dejaban en las noches. Botellas de refrescos, vasos de café, frutas a medio comer y envoltorios de alimentos ensuciaban las mesas de trabajo del tercer piso, en las que escribían sus reportes antes de irse a casa. Como jefe de mantenimiento, me tenía que hacer cargo de la situación ya sea ampliando mi horario de trabajo por las noches o por las mañanas. Ninguna de esas opciones, por supuesto, me parecieron aceptables. Ya era complicado encontrar empleados de limpieza que aguantaran lo de las jaulas, pedirles que llegaran más temprano o que salieran más tarde era impensable.

Pasé una noche intranquila y a la mañana siguiente regresé a la oficina de mal humor. Repasé el trabajo de mis subalternos distraídamente y observé los ratones en sus jaulas moviéndose entre laberintos y encontrando pequeños bocados de comida si adivinaban lo que tenían que hacer. Los científicos tomaban notas y hacían cambios en las pruebas para ver qué hacían los ratones después. Me pareció un ejercicio inútil, como un juego de niños. Increíble pesar que asumieran que las personas reaccionaríamos igual sólo por un trozo de comida.

A las once y media, Cora entró a mi oficina con un café cargado y un panecito de manzana. Me di cuenta de que me gustaba más de lo que había esperado y esos detalles me estaban dejando con una sensación de deuda. Decidí entre bocados que ese fin de semana la llevaría a ese lugar elegante que le había oído mencionar varias veces. Lo mejor fue que, cuando ella salió del despacho, yo tenía un plan.

A la mañana siguiente, llegué al laboratorio más temprano que nunca. Entré al edificio vacío y me dirigí a las oficinas donde los jóvenes médicos tenían sus discusiones nocturnas y debatían sus teorías sobre la motivación y la conducta humana y en efecto, contemplé las mesas llenas de desperdicios. Limpié todo de prisa pero a conciencia y dejé el bote lleno de la basura junto a la salida, de manera que fuera fácil verlo.

A medio día, me dirigí a las mesas de madera del pequeño jardín posterior, donde sabía que los jóvenes psiquiatras se reunían a comer y a tomar un poco de sol. Caminé despacio hasta ellos, como dudando si interrumpirlos, y noté que me observaron cuando estuve cerca, algo extrañados de mi presencia en ese lugar. Entonces me aclaré la garganta y, hablando con timidez, les dije lo agradecido que estaba de que hubieran dejado la oficina tan limpia la noche anterior.

Se observaron unos a otros sin saber si sonreír o no, pero no los dejé hablar, les dije que mi fe en la humanidad estaba renovada, ya que viendo que nuestro futuro estaba en manos de jóvenes tan responsables y atentos como ellos, no tenía duda de que el mundo sería un lugar donde podría descansar en paz mis últimos días. Les hablé también de una esposa enferma que formulé en mi imaginación tan vívidamente que noté que la garganta se me cerraba un poco al hablar de ella y les dije que gracias a que habían dejado tan recogido todo, me había podido ir a casa temprano para leerle algo antes de dormir. Mis palabras los habían sorprendido. Me escuchaban serios y a una de las chicas hasta se le pusieron los ojos llorosos.

Finalmente, como muestra de gratitud, les entregué un paquete de chocolates que había comprado el día anterior y les dije en mi tono más sentido que no era mucho, pero que era todo lo que les podía dar. La joven que se había emocionado se levantó y me dio un abrazo mientras los demás me daban las gracias y me decían que no tenía que haberme molestado. Después, un muchacho alto se levantó y me dio la mano, asegurándome que él se encargaría que la oficina siempre quedara limpia todas las noches antes de salir. Me alejé caminando despacio y no apuré el paso hasta que estaba ya dentro del edificio.

Desde entonces, el basurero está siempre lleno por las mañanas y los doctores no se quejan más. Cora y yo nos comprometimos hace dos semanas y todavía me cuesta creer lo que ha cambiado mi vida en tan poco tiempo. Me sorprende encontrarme silbando a media mañana por los pasillos que antes recorría como una sombra. Todavía no entiendo cómo es que los psiquiatras del laboratorio creen que los seres humanos somos como los ratones a quienes se les enseña a hacer cosas con premios y castigos, pero veo que el laboratorio está creciendo y he estado pensando pedir un aumento de sueldo. Tendré que pensar en un buen plan.

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