Cuento: Pedrote

Pedrote 2 AUTOR: MARTHA LÓPEZ

Supongo que Pedrote era un apodo ofensivo, pero en aquella época ni lo pensaba, siempre le habíamos llamado así. Era el jardinero del colegio al que asistían todos los niños con posibilidades de la pequeña ciudad donde nací.

Era un hombre ancho: su estatura era baja, pero lo que sus huesos no habían crecido a lo largo, lo habían crecido hacia los lados de manera que daba la apariencia de ser un gigante apachurrado. Se paseaba por los jardines del colegio y de vez en cuando se detenía a secarse el sudor y miraba distraídamente los juegos de pelota que se organizaban en el patio. De tanto en tanto, a alguien se le ocurría burlarse de él, pero su risa se unía a las otras de forma tan genuina que pronto perdía el interés en seguir intentando molestarlo.

Pedrote y yo nos conocimos un ardiente día de finales de mayo en la que dos amigos y yo nos habíamos escapado del colegio por la mañana para ir al río, nuestra diversión favorita. En ese tiempo, yo estaba aún por crecer y mi afición por cualquier tipo de pastelillo dulce me hacía tener una barriga que me restaba agilidad. Con trabajos, comenzaba a descender por la barda de piedra gris que bordeaba el colegio para regresar, casi a la hora de la salida, cuando escuché una rama crujir a mis espaldas. Pensando que había sido descubierto por fray Severo, el anciano director, me paralicé y mis manos se soltaron de las ramas de la enredadera que me sostenía. Caí de espaldas interminablemente, hasta que una mano, enorme como una hamaca, me detuvo a escasos centímetros del suelo. Casi inmediatamente, su brazo se elevó junto conmigo y me sostuvo en el aire mientras parecía inspeccionarme con toda su atención. Entonces aspiró despacio, arrugando un poco su nariz chata, y me preguntó con apenas una palabra:

– ¿Río?

A lo que yo no pude más que asentir despacio, en completo estado de asombro. Lo siguiente que vi fue una maravillosa sonrisa desdentada de ogro enano aparecer en su rostro y yo no pude más que devolverle la sonrisa con un gesto de perfecta complicidad y simpatía que selló nuestra amistad para siempre. Desde ese día, mis amigos y yo fuimos al río casi todos los viernes de mi primaria y alguno que otro miércoles, pero sólo después de la clase de fray Julián, quien era el único maestro realmente interesado en nuestra educación.

Pedrote no hablaba, solamente decía una o dos palabras a la vez. Sin embargo, su mirada era tan elocuente que parecía comunicarse con sus ojos negros y uno siempre sabía lo que estaba pensando. Yo, a cambio de su ayuda, le regalaba de vez en cuando panqués de vainilla que preparaba don Jaime, el malhumorado cocinero de la escuela, y que yo había aprendido a robar durante la hora de la comida de los frailes puesto que el cocinero los guardaba en una alacena muy cerca de la puerta. Pero lo que a Pedrote más le gustaba comer eran unas galletas de mantequilla en forma de rosca y cubiertas de azúcar que se horneaban solamente para el director de la escuela y sus visitas. Esas las guardaban en una alacena más alta, al fondo de la cocina, y llegar hasta ella era todo un reto.

Yo por mi parte, odiaba esas galletas desde el día en que me habían descubierto robando un puñado de ellas. Estaba apenas en tercero de primaria esa mañana de febrero en la que el frío y el aburrimiento me llevaron a probar suerte. Me colé en la cocina justo cuando el cocinero se sentó con los frailes en el comedor y mis compañeros jugaban al escondite en el recreo, pensando que tendría tiempo en lo que don Jaime y sus ayudantes terminaban de comer. Entré a gatas en la cocina como si ingresara al campo enemigo en medio de una batalla, usando la mesa central de madera como trinchera y con todos mis sentidos alerta. Avanzando despacio, llegué a la alacena del fondo, las rodillas me calaban por la aspereza del suelo de barro, pero casi no lo notaba, y la abrí despacio para que no rechinara la puerta. Entonces, escalando las repisas más bajas y estirándome lo más que pude, logré alcanzar la caja de latón donde guardaban las deliciosas galletas y la tomé en mis manos con la boca hecha agua.

De pronto escuché que alguien se acercaba a la cocina y, sin tener tiempo para pensarlo, me metí a la alacena empujando un costal de frijoles hasta el fondo y cerrando la puerta de prisa y casi sin respirar.

– ¿Hay alguien ahí?

Al escuchar la gruesa garganta del cocinero preguntar, sentí todos los nervios de mi cuerpo estirarse y mis manos paralizadas, soltaron la caja de galletas haciendo un ruido sordo en el espacio contenido por mi cuerpo apretado. Pero eso bastó. El hombre abrió la puerta del gabinete y la caja traidora se resbaló hasta el suelo, haciendo un ruido tan estrepitoso mientras giraba, que alimentó la furia del cocinero, quien me tomó de una oreja y me llevó dando tumbos desde la cocina hasta el patio del colegio sin dejar de gritar insultos y ofensas.

Mis compañeros detuvieron sus juegos sorprendidos y se acercaron a ver qué sucedía y yo quedé en el centro del patio, casi de rodillas, cuando el hombre sentenció:

– Esto les pasa a los ladrones. ¡Y que nadie más se atreva a meterse a mi cocina a robar como este gordo! ¡Eso te pasa por cerdo!

A mi ayuda acudió Fray Julián de prisa y detuvo con la mirada la ira del cocinero, quien por fin soltó mi oreja y se dio la media vuelta, alejándose hacia su reino sin dejar de murmurar. Tengo el resto de ese día borrado de la memoria, pero por mucho tiempo me mantuve alejado de la cocina.

El tiempo pasó y el tiempo, como dicen, cura todas las heridas, pero ni Pedrote ni yo olvidamos lo cruel que podía ser el cocinero, por quien sentíamos una mezcla entre miedo y odio, que hizo que cada hurto a la cocina representara desde entonces, una bandera robada al ejército enemigo. Y robamos muchas.

La primaria pasó muy de prisa y dio lugar a la secundaria. Cuando cursaba el segundo año, me emocionaba pensar que pronto dejaría atrás esas aulas que me parecían ya demasiado estrechas, y que lo eran de cierto modo, puesto que yo había adquirido con la edad una estatura considerable y había dejado atrás mi redondo cuerpo de niño. La sensación de poder que me daba el ser de los mayores de la escuela me hacía recordar con cada vez mayor enojo la afrenta de Jaime el cocinero y un día de mayo, antes de que iniciaran las vacaciones de verano, en parte por vengarme de él de una vez por todas y en parte por dejarle a Pedrote un regalo para los meses de soledad veraniega, comencé a planear mi gran hurto.

Fray Julián y yo habíamos hecho una buena amistad a lo largo de los años. Ahora él era el ecónomo del colegio y manejaba todos los asuntos de dinero. En muchas de las visitas a su despacho para platicar, me ofrecía las conocidas galletas de mantequilla en forma de rosca que yo aceptaba y guardaba para Pedrote cuando él fingía no verme. Había observado que las tomaba de una bombonera de cristal que el cocinero rellenaba, y que se guardaba en un gabinete de metal gris que estaba justo afuera del despacho del director. Como yo ya no cabía en los gabinetes de la cocina y mi larga estatura era difícil de esconder, elegí ese gabinete para mi asalto.

Una noche, utilizando la luz de la luna para guiarme en la oscuridad como una suave antorcha, salté la barda como había hecho tantas veces de día y me colé en el colegio. Elegí entrar por el lugar más alejado de los cuartos donde dormían Pedrote y otros empleados del colegio para no involucrarlo y caminé de puntillas hasta el edificio principal. Cuando lo alcancé, me detuve un momento a escuchar cualquier indicio de movimiento. Los insectos gritaban voces de alarma y mi corazón retumbaba, pero eso fue lo único que escuché, así que decidí proseguir.

Pegado a la pared del edificio, avancé lentamente hacia la ventana de la oficina de Fray Julián, que estaba en el segundo piso. Recuerdo que me sorprendió sentir las piedras tan frías en mi espalda cuando la noche era más bien cálida. Cuando llegué justo debajo de la ventana indicada, empecé a escalar la enredadera con la certeza de que estaría abierta porque yo había visto muchas veces al fraile cerrarla sin colocar el seguro. Las ramas gruesas de la antigua enredadera no fueron mucho reto y me elevé en pocos minutos, notando que algo de polvo me llenaba la ropa y me caía en la cabeza al sacudir las ramas más altas con mis movimientos, como si éstas, cómplices, trataran de esconderme con un disfraz de tierra. Finalmente, llegué a la altura deseada y asomé con cuidado la cabeza hacia adentro.

El despacho parecía vacío pero una débil luz se colaba por la puerta abierta y me pareció extraño verla así. Me detuve y observé un momento antes de seguir cuando de pronto, me di cuenta de que la puerta se abría cada vez más y que daba paso a la figura regordeta del cocinero del colegio. Contuve el aliento y bajé la cabeza para esconderme, sin comprender lo que veía. Decidí echar otra ojeada y, milímetro a milímetro, levanté de nuevo la cabeza para encontrar al hombre sentado en el escritorio de mi amigo el fraile, intentando abrir el cajón donde guardaba el dinero de la caja con un objeto filoso que brillaba cuando le daba la luz, como si alarmado quisiera señalar al ladrón.

La sorpresa me dejó sin aliento y creo que debo de haber hecho algún ruido al asomarme para ver más, porque en el siguiente terrorífico segundo, la mirada del cocinero se encontró con la mía. Me paralicé de la impresión y, como si el tiempo hubiera dado reversa en el reloj, mis manos soltaron la enredadera y caí de espaldas, afortunadamente encima de un arbusto y de unos brazos que detuvieron un poco mi caída. Al levantar la cara, arañada por las ramas al caer, contemplé con alivio un par de ojos negros encharcados en la cara ancha de Pedrote, quien después de observarme unos segundos en silencio, levantó la vista hacia la ventana de donde yo había caído. Entonces, preguntó:

– ¿Jaime?

A lo que yo asentí despacio, como la primera vez, y como la primera vez, Pedrote y yo sonreímos en perfecta complicidad y sincronía. El mencionado, se asomó por la ventana y vi su cara de enojo cambiar al verme acompañado. Seguramente planeaba culparme del robo, pero al ver a mi amigo comprendió que no le sería ya posible.

Las cosas cambiaron mucho para Pedrote y para mí desde entonces, al menos en cuanto al menú diario. Fue suficiente victoria ver la cara del cocinero la mañana siguiente cuando, en la hora del recreo, entré con mi amigo el jardinero andando tranquilamente hasta el gabinete del fondo para tomar dos galletas de mantequilla y azúcar cada uno y salir por donde entramos, con las miradas de todos los presentes siguiéndonos inmóviles. Lo hicimos casi a diario por el resto del año y todas las veces me supo a victoria. Fray Julián, por cierto, recibió una carta anónima que le aconsejaba comprar una caja fuerte, consejo que siguió sin hacer preguntas.

Y todo eso vino de pronto a mi memoria hoy, veinte años después de dejar la secundaria, cuando regreso con mi hijo mayor, quien con cara de susto inicia su aventura escolar en las mismas aulas en las que yo vi transcurrir mi niñez. Parece que nada ha cambiado desde que yo saltaba la barda de piedra gris cada viernes para ir al río, incluso Pedrote sigue ahí y mi hijo lo saludó respetuosamente porque sabe que es un gran amigo de su padre. También está Fray Julián, quien desde hace varios años es el director del colegio. Conocer al nuevo cocinero, por otro lado, me dio gusto: mi hijo tendría la oportunidad de vivir sus propias aventuras. Cuando el director tomó la bombonera de cristal de su escritorio y le dio su primera galleta de mantequilla y lo vi devorar hasta el último grano de azúcar que había caído en su camisa blanca, comprendí el significado de la palabra nostalgia. Fray Julián, por su parte, lo miró a él y después a mí con un suspiro, sin duda presintiendo lo que le esperaba de este inquieto chiquillo regordete. Yo, con renovada esperanza en la sangre de mi sangre, salí del colegio con una sonrisa de oreja a oreja.

 

 

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