Cuento: Herencias

la-vajilla-2 AUTOR: MARTHA LÓPEZ DE LÓPEZ

¡Cuántas cosas se heredan con las cosas que se heredan! El reloj del padre seguramente contiene imágenes y retratos de momentos que se vivieron a su lado o incluso alguna enseñanza suya. El sillón de la abuela lleva dentro todas las horas que ahí se transcurrieron: desde las aburridas esperas de la infancia contemplando virutas de polvo bailar en el rayo de sol, hasta las tardes de la juventud sentadas en charla interminable con las primas.

La vajilla de mi madre, sin embargo, es la que más lecciones tiene para mí y espero heredarla un día. Ella me lo prometió hace muchos años, lo recuerdo perfectamente:

Acompañaba a mis padres de compras a la frontera una mañana fría de invierno. Mi padre dirigía el volante con la misma firmeza y autoridad con la que dirigía a su familia. Mi madre, sentada a su lado, vestía de rosa pálido, su color favorito y platicaba conmigo suavemente de la vajilla que quería comprarse. Yo, adolescente, acepté ir con ellos solamente porque me atraía la idea de comprar un disco de mi cantante favorito.

– …la vi en un catálogo, tiene flores grises sobre el fondo blanco- me dijo sin oír la sarta de improperios que lanzaba mi padre cuando alguien le cerraba el paso.

– No sé ni por qué acepté llevarlas de compras en sábado, – gruñía él mientras tanto- va a estar todo llenísimo… ¡¿Qué le pasa a ese burro?!- exclamó de pronto y frenó bruscamente para después acelerar de la misma forma.

– Algún día, esa vajilla será para ti y tal vez para tu hija- continuó ella como si nada hubiera pasado y me guiñó el ojo. Después, con un gesto muy suave, le acomodó a papá el cabello que se había despeinado al tomarse la cabeza con desesperación por el tráfico intenso y siguió platicando con tranquilidad.

Yo los veía, primero al uno y luego al otro, y me sentía ajena a los dos, cada uno en su extremo.

Esa tarde, mamá compró su añorada vajilla. Venía empacada en una caja tan grande que no cupo en la cajuela del carro y la acomodamos en el asiento trasero, junto a mí. En aquel tiempo, era común que los vigilantes de la aduana se pusieran pesados cuando se traían compras y muchas veces pedían sobornos. Mi padre nunca los daba, ese quebranto de la ley era impensable para él y, aunque admirable, ese hecho nos causaba largas esperas y muchas aclaraciones. De manera que en el camino a la aduana para regresar a casa, no dejó de refunfuñar y quejarse por la compra realizada. Pero mamá iba feliz y tranquila, parecía como si no supiera lo que venía.

– Seguramente tendremos suerte, mi amor,- intentaba tranquilizarlo ella con una sonrisa cálida- estoy segura de que tú sabrás cómo hacerlos entender.

– ¡Si son unos bandidos, mujer, cada vez se ponen peores! No sé por qué acepto traerte si siempre termino en este lío, pero te advierto Julia, que esta es la última vez, ¡la última vez!- y miraba a mi madre mientras levantaba el dedo índice, señalando el cielo.

– Claro que si, corazón, tienes razón- contestaba ella con suavidad imperturbable- que bueno que al menos nos tocó un día soleado, ¿verdad?- y siguió platicando alegremente.

Cuando llegamos a la aduana, mi papá se bajó para abrir la cajuela y que el oficial pudiera revisarla. Éste, un hombre con amplia barriga que parecía ser algo mayor que mis padres se asomó primero adentro del carro y, al ver la enorme caja de la vajilla, sonrió con malicia, seguramente pensando que haría una buena colecta con nosotros. Entonces se dirigió a mamá y le preguntó, alargando las palabras para evidenciar su intención:

– ¿Yyy esaaa vajilla, señoraaa?

Entonces presencié una extraña transformación que aún hasta ahora me sobresalta: mi mamá se convirtió de pronto en una fiera. Sus ojos se entrecerraron hasta formar dos navajas y su boca se convirtió en un rictus de furia y, con una voz rasposa y bajita que jamás había escuchado salir de la autora de mis días respondió:

– ¿Esa vajilla? ¡Eso quisiera yo saber! Porque a mí no me ha dejado comprar nada ¿pero a su mamá? ¡Le lleva esa cajota! – el vista volteó a verme a mí muy sorprendido y yo volteé hacia  atrás a ver si mi papá podía explicarnos a los dos lo que estaba sucediendo pero no, él seguía atrás moviendo cosas en la cajuela. – ¿Sabe qué?- continuó diciendo esa bruja maléfica sentada en el lugar que antes ocupaba mi madre- Hágame un favor y quítesela… ¡quítesela!- repitió, escupiendo la palabra.

Ante mi mirada atónita, el oficial se enderezó y caminó hacia atrás. Yo volví la mirada a esa mujer desconocida con indecible terror, pero encontré en cambio la sonrisa dulce de mi madre y, sin tener tiempo de reponerme, me di cuenta de que papá había regresado a su lugar.

Manejó en silencio por unos minutos mientras tomábamos de nuevo la carretera. Después, volteó a ver a mi madre de reojo y le preguntó:

– ¿Le dijiste algo al vista?

– ¿Yo? – preguntó ella con bien aparentada sorpresa- Pero ¿qué le iba a decir yo, mi amor?- y le sonrió.

– Pues qué raro- continuó él.- No me revisó ni me pidió nada, sólo me dio unas palmadas en la espalda y me dijo que me podía ir.

– Ya ves, mi amor, yo sabía que tu ibas a manejarlo muy bien- respondió mi madre y se alisó la falda rosa claro con cuidado. – ¡Que afortunada soy!

No me había dado cuenta de lo tensa que estaba hasta que me recargué en el asiento y solté el aliento.

– Algún día hija, esa vajilla será para ti- me dijo mamá entonces, y en el guiño de su ojo contemplé una profundidad que nunca antes había notado. Con ese sencillo gesto, me estaba heredando siglos de información.

Cuántas cosas hay detrás de esas florecitas grises que adornan la vajilla de mi madre: lecciones y recuerdos que me acompañarán por siempre.

 

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