Cuento: La Otra

La otra AUTOR: MARTHA LÓPEZ DE LÓPEZ

Me desperté con sobresalto y ahogándome de tos. El sudor me pegaba la sábana al cuerpo y el corazón me latía tan fuerte que bajé los ojos hasta mi pecho pensando que podría verlo. Él, se movió a mi lado y murmuró algo entre sueños, pero un segundo después, volví a escuchar su respiración profunda.

Me levanté y caminé por el pasillo hasta la cocina. Las luces de la ciudad iluminaban mi moderno y elegante departamento. Todavía me hacía feliz despertar en él todas las mañanas y saberlo mío. Haberlo obtenido había sido un triunfo a mi inteligencia y a mi belleza. Recordar que su mujer vivía en una casona vieja hacía que me pareciera una victoria aún mayor.

Pero nada de eso pasaba por mi mente ahora que caminaba descalza en la mitad de la noche. Tomé un vaso con las manos todavía temblándome un poco y lo llené de agua. No habría podido encontrar mucho más en aquella cocina, a pesar de estar completamente equipada. Solo los restos de la cena que había preparado para él y lo que planeaba servirle de desayunar. Yo tenía ocho años casi sin comer. Mi cuerpo, esbelto y atlético, era mi principal atributo y requería de mi absoluta voluntad y disciplina. La cara tenía que agradecérsela a mi madre, una belleza de ojos azules como el ocaso y la piel perfecta.

Tomando agua a sorbitos para tranquilizar la tos que todavía me rascaba la garganta, caminé hasta los ventanales de la sala y apoyé mi frente en el cristal para refrescarme. La pesadilla había vuelto.

Como una enfermedad difícil de erradicar, ese mal sueño me invadía por temporadas y luego me dejaba descansar. Hacía casi un año que no soñaba con ese mar que se estrellaba en las rocas de la playa y conmigo de niña, parada sin poder moverme, mientras la figura de un hombre se alejaba de espaldas sin volver atrás ni una sola vez.  Escuchaba el llanto desesperado de mi madre y mi propia voz ordenándole y luego suplicándole, que lo detuviera, que no lo dejara ir, que él nos quería. Pero él, ensordecido por el rugido del mar, no se volvió. Al final siempre puedo ver como mis rodillas se doblan y mi cabello, rubio muy claro, me golpea la cara salvajemente.

Lo curioso es que la escena original había sido muy distinta. Mi cabello es obscuro, casi negro y mi madre nunca conoció el mar, pero en la pesadilla estaba empapada por las olas, que golpeaban y erosionaban las rocas con una furia destructiva. Lo que sí había sido real era el llanto de la mujer abandonada, pero no fue ese lamento angustioso que sufría en sueños sino un gemido lento, interminable, como si se le estuviera desinflando el alma poco a poco y que me provocó tanto frío que me castañearon los dientes por varias horas. Su vida se había apagado un poco cada día después de eso y, aunque durante algunos años su cuerpo logró sobrevivir, murió cuando yo cumplía los doce años.

Traté de reconstruir las horas anteriores al mal sueño intentando dar con la clave de lo que lo había traído de vuelta. Él había llegado de mal humor. Otra vez su mujer le había reprochado que no acompañara a su familia en la semana de vacaciones. Él había inventado reuniones de trabajo pero, al parecer la tipa se había puesto más pesada que lo habitual. Lo había interrogado y le había hecho una escenita dramática de celos.  Pero eso no era raro y ya sabía yo exactamente cómo tranquilizarlo, que temas tocar, cuándo opinar y cuándo fingir ignorancia; cuando sonreír y cuándo mirar con admiración. No por nada me había ganado el lugar que ocupaba. En media hora lo tenía derretido en mis manos y el resto de la noche había sido perfecta, como siempre.

Comenzó a darme frío y me alejé del ventanal. Puse algo de orden a la sala, acomodando su saco y los papeles que había traído de la oficina. Al tomarlos, sin embargo, cayó al suelo un sobre cuadrado y grande. En él, letras absurdamente moradas formaban trabajosamente la palabra “papá”. No pude resistir la curiosidad y abrí el sobre, extrayendo un trozo de papel mal arrancado de un cuaderno, doblado en cuatro. Era el dibujo de una niña de la mano de su padre. Ella, de rubios rizos y vestido azul, disminuida por el tamaño desmedido que tenía la figura del padre que ella había dibujado a su lado. Ambos compartían la sonrisa: una línea curva, colorada y grande y le daban la espalda a un mar de olas en fila, perfectamente sincronizadas.

No sé cuánto tiempo estuve ahí parada, pero empezaba a clarear el alba cuando sentí su mano en mi hombro. Me volví y me abrazó, dando calor a mi cuerpo helado. Me gustaba estar ahí, con él y a salvo del mundo. Le dije que no me sentía bien y que tal vez no era mala idea que fuera con su familia un par de días para no contagiarle el virus. Me tomó la cara y me miró, extrañado. Me arrepentí de mi oferta y no volví a repetirla. En lugar de eso, le pregunté si era bonita su casa de playa y me dijo que la casa no estaba mal, pero que el mar hacía demasiado ruido al golpear las rocas y no lo dejaba dormir. Me llevó a la cama diciendo que debía descansar y ahí pasamos el resto del día.

La semana pasó volando y estuvimos juntos cada minuto. La última noche, le preparé su cena favorita y, al terminarse la copa de vino, me dijo que tenía que irse. Supongo que esperaba mi queja, pero lo miré a los ojos tranquilamente y le comuniqué mis planes. Estaba harta de la ciudad y me iba a vivir a otro lado. Primero me miró con incredulidad, riendo de mi ocurrencia, pero después me creyó y me reclamó enfurecido mi abandono. Me sorprendió mi sangre fría cuando comenzó a suplicar con los ojos llenos de lágrimas y yo no hice más que levantarme de la mesa y llevarlo a la puerta.

Al final no me fui, aunque en esta ciudad tan grande tengo años sin verlo. Vendí mi departamento y me di cuenta de que había ganado bastante dinero con esa transacción. El asesor de la venta me aconsejó otras inversiones y ahora tengo tres departamentos y una minúscula casita donde vivo, en un barrio familiar. En ella, cuelga una preciosa imagen enmarcada que me ha acompañado a lo largo de este tiempo: una niña sonriendo feliz de la mano de su padre delante de un mar en calma.

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