Cuento: El Apagón

_DSC7556_MTHA_2_1050_x_350  Autor: Martha López de López

LA MÁQUINA COSÍA A UNA velocidad alarmante. “Nomás falta que la patrona se lleve un dedo y ora sí qué hacemos”, pensó Nacha que, sentada en un rincón del cuarto, cosía botones sin descanso.

Frente a la máquina, estaba Ricarda. La espalda recta, el ceño levemente fruncido y la boca apretada; era la imagen de la determinación que la había llevado a conseguir el contrato para confeccionar los uniformes del personal femenino de una pequeña empresa. No había sido fácil, era un pedido importante, pero doña Ricarda nunca hacía trabajos mediocres, nunca se equivocaba en las medidas y nunca, pero nunca, entregaba un trabajo tarde. Eso la había llevado a ser reconocida como una excelente costurera y no le faltaban clientes.

La hermosa tela azul con flores blancas volaba, de modo que ella no veía mas que el tono azulado. Sus manos, acostumbradas al subir y bajar de la aguja, se movían por inercia, pero su mente funcionaba de otra forma.

Lo voy a dejar”, pensó, y lo pensó con tanta fuerza que levantó la vista para ver si lo había dicho en voz alta. Pero no, Nacha seguía cosiendo botones interminablemente. “Juro que lo voy a dejar”.

Calculaba que, con el dinero que le dieran de este trabajo, mas algo que tenía ahorrado, tendría suficiente para establecerse en otro lado. La ciudad era tan grande, que había lugares que ni ella conocía. Con sólo moverse del norte al sur, era seguro que podría no volver a verlo. Desaparecería y punto.

De veras, es que una se casa en la edad más estúpida. Sueños rosas de amor y tonterías es lo que yo tenía en la cabeza. No contaba con la vida de trabajo sin descanso que llevo desde hace casi dieciocho años.

Mientras su pie presionaba con firmeza el pedal de la máquina, hacía planes. Pensaba que podía colocarse en cualquier trabajo, porque de costurera la podría encontrar. En su vida había aprendido a hacer de todo. Podría trabajar de cocinera en algún restaurante o hasta poner su propio comedorcito. Siempre había sido buena para la cocina y hacía milagros con pocos pesos. O tal vez pondría un negocito de flores como el de doña Tencha, la vecina del cuatro, se veía que no le iba mal. Sobre todo el Día de Muertos.

Porque lo que es Francisco, de un mal negocio a otro. Si no fuera por mi trabajo, viviríamos en la calle. Ya estoy cansada, cada día me siento más vieja y él sigue con sus sueños de hacerse millonario en un día. Todos sus negocios redondos, no han sido más que dinero tirado a la basura. Al menos, al principio se sentía incómodo aceptando lo que yo ganaba, pero ahora, hasta se enoja cuando falta algo en la casa. ¡Ya no aguanto más! ¡Lo voy a dejar!

Quiso gritarlo, y su voz salió en forma de una tos estrepitosa, que casi la ahoga e hizo que Nacha saliera corriendo a buscar un vaso de agua.

– Ay, patrona ¿Otra vez la tos esa? ¿Qué será lo que tiene?

– No es nada, Nacha, no me hagas caso.

El silencio repentino de la máquina de coser le hizo darse cuenta de que, la ligera lluvia que había empezado a caer al mediodía, se había convertido en una fuerte tormenta que golpeaba techos y ventanas con furia.

– ¿Oyes la lluvia, Nacha? Qué fuerte cae.

– Y desde hace buen rato, el patio ya está otra vez lleno de agua. Lo que pasa es que usted nomás prende la máquina y se …

Interrumpió su discurso con un grito ahogado y se persignó dos veces.  El rugido del trueno que siguió la luz del relámpago indicó que había caído muy cerca y, de pronto, se vieron envueltas en una profunda oscuridad. Cegadas por el cambio de luz tan sorpresivo, se quedaron inmóviles. Desapareció la máquina de coser, los botones, los metros y metros de tela azul con flores. Desaparecieron los planes y pensamientos. La lluvia arreció más todavía y ese sonido ocupó todos los espacios vacíos. Con las respiraciones suspendidas, las dos mujeres parecieron esperar algo.

De pronto, tres pasos firmes en el pasillo y el ruido de la llave al entrar en la cerradura.

– Ya llegó don Francisco- dijo Nacha con un susurro aliviado.

– Bendito sea Dios – contestó Ricarda y suspiró.

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