Cuento: ¿Nos Vemos?

Nos vemos 2 AUTOR: MARTHA LÓPEZ DE LÓPEZ

Se limaba las uñas con profunda concentración. Movía la lima lentamente hacia la derecha uno o dos centímetros y luego estiraba la mano frente a sí, frunciendo un poco la hermosa frente mientras la contemplaba cuidadosamente, para después volver a acercar la tablita a su uña y deslizarla hacia la izquierda con la misma precisión.

El sol comenzó a descender, pero los últimos rayos no parecían querer dejar de acariciar su cabello dorado. Llevaba ya más de dos horas sentada frente a una mesita de mimbre, con un café a medio tomar, pero el jefe de los meseros no se atrevía a molestar a la hermosa señora y prefería seguir contemplándola en su tarea.

Dos mujeres, sentadas en el otro extremo de la terraza robada a la plaza del barrio, que empezaba a llenarse de parroquianos que regresaban del trabajo caminando despacio para disfrutar de los últimos días de ese otoño tibio, la miraban y murmuraban entre sí.

Les parecía vana, hueca. Se preguntaban cómo puede una mujer perder el tiempo en esa forma. Conjeturaban una vida de lujos a expensas de un marido rico y usaban sus elegantes botas grises de diseñador como prueba, por no decir de su impecable vestido y su enorme bolso color rojo. Con mirada acusadora, le reclamaron en silencio su vida de reina, mientras ellas batallaban para pagar la renta y soportaban jefes abusivos por juntar para los estudios de los hijos. Entre las dos, la despreciaron por ser bonita y elegante, a pesar de tener veinte años más que ellas y sospechaban su sueño descansado mientras las nanas cuidaban a los hijos en lugar de desvelarse con sus calenturas como hacían ellas.

En un momento, la mujer detuvo la lima en mitad de un movimiento y la bajó, colocándola en la mesilla con cuidado. Después, tomó el teléfono que esperaba junto a su taza abandonada y marcó un número. En el otro lado de la línea, la respuesta fue inmediata. El hombre contestó y guardó silencio.

Ella escuchó la voz de su abogado y, sin poder evitarlo, recordó la primera llamada, justo a la semana de la muerte de su marido, cuando apenas empezaba a descubrir las mentiras, los fraudes, las falsificaciones, los retiros… y lo implicado que estaba su hijo ahora que recién había adquirido la mayoría de edad, sin saberlo. Le hizo solamente dos preguntas:

– ¿Si yo me echara la culpa, se libraría mi hijo? ¿Y cuántos años me darían?

Miró el cielo de la tarde, coloreado de naranja y gris, por unos segundos. Del teléfono se escuchaba una voz que hablaba con urgencia, pero ella no parecía darse cuenta. Con tranquilidad, dijo sólo una frase antes de colgar, interrumpiendo la voz alarmada del otro lado.

Se recargó en la silla y miró la plaza, ahora llena de gente. Observó niños en patines con sus padres detrás, vendedores de helados que intentaban juntar para los meses de frío y jóvenes paseando a sus perros con audífonos en los oídos. Después, miró a su alrededor mientras pedía la cuenta, y observó un momento a dos mujeres jóvenes en el otro extremo del café.

Bajó la mirada y se topó con su tablita de lijar, la cual guardó de nuevo en su bolso, mientras pensaba en qué clase de mujeres se detienen a tomar un café a media tarde. Ella, no había descansado un día de su vida desde los ocho años en que su padre abandonó a su madre con cinco hijos pequeños. A base de esfuerzo y muchos sacrificios había creado un negocio rico y exitoso que daba trabajo a cientos de personas. Su único error era haberse enamorado de su contador y haberle creído todo. Pero ella era fuerte y la vida le había enseñado mucho, no era como esas jóvenes perezosas que se reúnen a quejarse de sus jefes y de su sueldo.

Con un movimiento ágil, se levantó de la silla y se sacudió una mota de polvo del vestido mientras caminaba a la salida, sumida en sus pensamientos y sin darse cuenta de las miradas que la seguían con admiración. Echó una última ojeada a las mujeres del extremo de la terraza y sacudió la cabeza muy levemente condenando su desidia, pero sin ganas de pensar en eso. Después se alejó con paso firme y decidido: sabría renacer después de este golpe, como siempre lo había hecho.

La oscuridad de la noche, que acechaba ya la plaza, la vio desaparecer entre la gente.

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