Cuento: El Florero Azul

Jarrón azul 2 AUTOR: MARTHA LÓPEZ DE LÓPEZ

Si no fuera porque murió hasta que ella tenía 16 años, creería que era la reencarnación de su abuela Lilia. ¡Había tantas señales! No solamente llevaban el mismo nombre sino que se parecían en los ojos y en el tono tostado de la piel.  A la abuela le gustaba mucho la lectura y las artes en general, incluso pintaba y esculpía. Su pieza favorita era un pequeño florero azul de cerámica que había pintado con flores blancas y que ella había heredado a su muerte. Además, las dos habían enviudado muy jóvenes.

Lo más extraño es que nunca lo había pensado hasta ese día en el que su hijo de 27 años salió de la casa dando un portazo tal, que del susto tiró el florero azul que estaba limpiando: el florero de la abuela Lilia. El fuerte sonido la trasportó al pasado, a otro portazo, que escuchó muchos años antes, en la casa de su antes tocaya.

Tendría apenas unos 5 años. Su abuela le había prestado unos lápices de colores y dibujaba en el suelo a los pies de su madre cuando comenzó a escuchar a su padre discutiendo con la abuela. Las voces empezaron a elevarse y dejó de dibujar lentamente, buscando la mirada de su madre, quien trató de ocultar su llanto. Un momento después, su padre llegó caminando hasta donde estaban y, con lo que le pareció la voz más definitiva que Lilia hubiera escuchado antes de su padre, dijo solamente: “Nos vamos”. Salieron de la casa con todo a medio guardar y su padre dio ese portazo, que retumbó en sus pesadillas por mucho tiempo.

En los años que siguieron, hubo repeticiones de esa pelea pero en su propia casa hasta que un día, su propia puerta anunció con un golpe la ausencia de su padre para el resto de su vida. Ella tardó mucho en superarlo, su padre había sido tan bueno con ella y tan divertido: el mejor compañero de juegos y travesuras que una niña hubiera deseado. A veces hacía enojar mucho a su madre por eso, como cuando le compró una casa de muñecas tan absurdamente grande para su departamento que hubo que mover todos los muebles para que cupiera.

Pero la abuela Lilia no las había abandonado e intentó compensar con su cariño y atención la ausencia de su padre hasta su muerte. Con el paso del tiempo ella se casó y tuvo dos hijos: la mayor, una mujer ya casada que vivía en otra ciudad y el menor, un varón que nació pocos meses antes de la muerte de su padre. Lilia había compadecido tanto a su hijo por eso, que trató de compensarlo con todo lo que pensaba que le haría la vida más fácil. Lo justificaba y lo defendía ante cualquiera e intentaba comprender su carácter difícil y caprichoso. El niño se convirtió en un joven agresivo y exigente que esperaba que ella le siguiera resolviendo todo aún en su edad adulta. La noche anterior lo descubrió sacando dinero de su bolsa y el regaño había producido el portazo.

Comenzó a recoger los trozos del florero azul con tristeza. Pensó que le hubiera gustado heredarlo a su hija. Con una pieza rota en la mano, de pronto se quedó inmóvil. Pensó en su hija y en la nieta que tal vez un día tendría y decidió que no quería que ellas heredaran esa historia. Después de pensarlo un momento, volvió a tirar la pieza del florero al suelo y, de un pisotón, terminó de romperlo.

Después, comenzó a escribir. Tomo una hoja y anotó las similitudes de su vida con la de su abuela y las de su hijo con las de su padre. Escribió sin descanso hasta muy entrada la noche. Terminó con la cara empapada de lágrimas y cinco cuartillas llenas: había escrito su historia en dos y su futuro en el resto.

Cuando el hijo regresó, Lilia ya no estaba y afuera de su casa vio un letrero que decía “Se vende”. Sin comprender, le llamó a su madre pero su línea de teléfono había sido cancelada. En su recámara encontró un recado muy amable en el que le anunciaba una larga visita a su hija y que tenía una semana para salir de la casa. Lilia no escuchó los gritos. En las llamadas siguientes se establecieron las pautas de su nueva relación. Nunca más hubo portazos.

La hija de Lilia también se llamaba así, pero a la nieta le pusieron Graciela. Algún día ella recibiría un precioso florero blanco que su abuela Lilia compró una vez que vino a visitar a su mamá, poco antes de que ella naciera.

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