Cuento: La Tercera Cuadra

tercera-cuadra-2 AUTOR: MARTHA LÓPEZ DE LÓPEZ

Dicen que las cosas se parecen a su dueño pero hay excepciones. Tal era el caso de Magda y su perro Risotto.

Ella era una mujer elegante y bonita. Llevaba el cabello rubio siempre recogido en un moño en la parte alta de la nuca, luciendo un cuello largo y firme. Tenía una edad indefinida entre los cuarenta y los cincuenta años aunque nadie podría asegurarlo y tenía una timidez natural que la protegía de cualquier cuestionamiento.

Por las mañanas salía a caminar con Risotto siempre por el mismo camino: dos cuadras al sur, una cuadra al este, dos cuadres al norte y una al oeste. Recorría las calles grises y sin vida de prisa y casi sin ver. Después se daba un rápido baño, desayunaba junto a su mascota y se marchaba a trabajar a la mercería que estaba al final de la calle, donde pasaba el resto de día acomodando botones, hilos y listones de colores. Encontraba la rutina reconfortante y tranquila.

Risotto en cambio, era un perro curioso e inquieto, mezcla de cuatro razas pequeñas y de un color gris confuso, como el que queda en el agua después de haber limpiado todos los pinceles. Había llegado a su vida el día que su vecina le suplicó que lo cuidara “dos días” antes de desaparecer para siempre. Hubo chismes acerca de su huída pero Magda no hablaba con nadie y no averiguó. Al contemplarlo sintió que se movía algo en su corazón que tenía muchos años desencantado y no pudo evitar conservarlo. Se convenció diciéndose que con la muerte de su madre, que había ocupado todo su tiempo, se había quedado más sola que nunca y su compañía le haría bien.

Esa mañana, Magda salió a caminar con su mascota como siempre. Dos cuadras al sur, una al este, dos al norte y entonces empezó a soplar un viento extraño. En el momento en que Magda perdió su mirada en el cielo, siguiendo las hojas de los árboles que se arremolinaban a su alrededor, Risotto estiró la correa y Magda cruzó la calle sin darse cuenta de que se adentraba a territorio desconocido. Entonces, al volver su mirada de nuevo a las casas y a la calle, se paró en seco. Estaba parada en un lugar sumamente extraño y no sabía cómo había llegado ahí.

Volteó hacia atrás pero su mirada se detuvo en un arbusto de flores amarillas que parecían explosiones de luz. A su lado, rosas rojas y blancas de una belleza casi sobrenatural la hicieron contener el aliento. Siguió recorriendo la calle y encontró brillantes geranios rosas y morados que parecían sonreírle al sol y palmeras enormes que bailaban al son del ventarrón. Entonces se dio cuenta de las hermosas columnas talladas en mármol gris con blanco que sostenían un elegante pórtico de madera como un par de ángeles y caminó hacia ellas pero antes de llegar, se entretuvo contemplando una casita blanca con piedra alrededor de las ventanas y la puerta pintada de rojo que le pareció lo más pintoresco que había visto jamás. Así pasó un rato, caminando la calle hasta el final y después caminando otra y otra más, embelesada en las maravillas que veía a cada paso. Risotto estaba feliz de la novedad en su paseo matutino y saludaba contento a cuanto perro veía en las casas del vecindario.

Magda estaba muy confundida, ¿cómo era posible que se hubiera transportado en un segundo a ese lugar tan hermoso e increíble? Después de un rato, los dos caminantes se cansaron. Sin saber cómo regresar, la mujer miró al perro y éste pareció sonreír a su dueña, lo cual la hizo reír. El sonido de su risa la sobresaltó por desconocido y después la hizo reír más fuerte, a lo que Risotto respondió moviendo la cola feliz.

Un hombre pasaba por la calle y observó a la bella mujer riendo. Al contemplarla sintió que se movía algo en su corazón que tenía muchos años desencantado y no pudo evitar acercarse. Después de escuchar su extraña narración, la acompañó a su casa y, durante todo el camino, él fue señalando las flores, los árboles, los detalles de las casas… hasta que de pronto ella se dio cuenta de que estudiaban con asombro los hermosos escalones de piedra gris de su propia casa. La miró como nunca la había mirado y observó la belleza de sus propias flores y el nido de golondrinas que rebosaba de polluelos acomodado junto a su puerta.

Entonces lo miró a él y sonrió.

– ¿Caminamos juntos mañana?- le preguntó él.

– Me parece que ya no podría evitarlo- respondió ella y Risotto ladró dos veces en señal de aprobación.

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