Cuento: Las Gemelas

Cuento la Viuda AUTOR: MARTHA LÓPEZ DE LÓPEZ

Por la ventana del tren, las gemelas observaron la figura de su abuela hacerse cada vez más pequeña. Primero avanzaron despacio y pudieron contemplar los campos salpicados de vacas y algunos árboles que rozaban el tren como queriendo detenerlo, pero después de un rato el paisaje perdió novedad y dejó de parecerles interesante.

Eran idénticas. El mismo color dorado adornaba sus rizos y sus ojos cafés, enormes, iluminaban sus dos caritas iguales. Hasta la forma de sonreír era la misma, pues ambas habían perdido el mismo diente, el mismo día y, al mirarse la una a la otra, lo recordaban. Quien las viera sentadas juntas en el sillón del tren, con sus vestidos iguales de color azul celeste, tendría que voltear dos veces para asegurarse de que no veía doble.

La señorita Lilia viajaba con ellas en el camino a casa. Vivía en el mismo pequeño pueblo que la abuela y la habían contratado para hacer el viaje con ellas. Sin embargo, en cuanto pudo, las dejó acomodadas en su camarote y salió a buscar compañía más de su interés que las dos niñas. Buscando en qué entretenerse, abrieron sus mochilas para sacar lápices de colores o las muñequitas de trenzas negras que la abuela les había regalado en la víspera. Sin embargo, sus dedos tocaron algo diferente.

Como movidas por dos resortes, sus idénticas cabezas voltearon a mirarse en perfecta simetría mientras exclamaban con sonrisas de sorpresa: ¡Chocolates! La abuela, conociendo la debilidad de sus nietas, había escondido en sus bolsas unas preciosas cajitas de seda, iguales, llenas de pequeños chocolates. Cada uno de ellos estaba cuidadosamente envuelto en papel metálico de color brillante: azul, rojo, morado, verde, cada uno más bonito que el anterior.

– ¿Cuál nos comemos primero? – preguntó Ágata, la que había nacido 17 minutos después de su hermana.

– Yo no voy a comerme ninguno. – respondió Clara- Los voy a guardar para comerlos en casa.

– ¿Ninguno? ¿Ni uno solo?

– Ni uno solo.

Sin despegar la vista de la cajita en sus manos, Ágata respondió:

– Pues yo no puedo aguantar tanto, pero solo voy a comerme uno o dos y los demás los guardaré igual que tu.

Ambas niñas coincidían en que los chocolates que hacían en el pueblo de la abuela eran los más dulces, suaves y deliciosos de todo el mundo. Al morderlos, se derretían en la lengua y producían un suave calorcito en la boca que se extendía por todo el cuerpo como un abrazo fuerte.

Su hermana mayor dormía profundamente cuando Ágata se dio cuenta de lo que había hecho. Decenas de papelitos de colores la rodeaban y sus dedos, manchados de café, sostenían el último de los apreciados bocados. Lo miró, pero solo dudó un segundo y se lo metió a la boca suspirando. Después, metió las envolturas dentro de la caja, la escondió debajo del asiento y se limpió las manos lo mejor que pudo. Clara había dejado su caja llena a un lado y Ágata la guardó con cuidado.

Lilia regresó cuando notó que el tren disminuía su velocidad y entraba a la ciudad. Despertó a Clara a duras penas, pues tenía el sueño muy profundo, pero logró tener a las niñas en la puerta del tren cuando llegaron a la estación. Apenas éste se detuvo, vieron a su padre, grande y sonriente como siempre. Las gemelas corrieron hacia él, felices de estar de nuevo a su lado.

Durante todo el camino a casa, las dos hablaron sin parar de sus aventuras en el campo, de la abuela, de las vacas y del arroyo. El padre las escuchaba con paciencia y recordaba su infancia en cada palabra que ellas decían. Cuando llegaron, la noche había caído y, aunque la emoción no las dejaba sentir cansancio, las niñas se prepararon para acostarse.

Ágata esperaba el llanto de su hermana, pero no esperaba su propia calma cuando le aseguró varias veces haber visto su caja de chocolates en el asiento del tren junto a ella mientras dormía. La suavidad de sus palabras convenció a Clara de que ahí la había dejado olvidada. Tampoco esperaba la sangre fría con que consoló a su hermana y la voz dulce con que le dijo:

– No te preocupes, Clara, yo te compartiré de los míos.

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