Cuento: Duplicadas

las-abuelas-2 AUTOR: MARTHA LÓPEZ

Mi mamá llegaba en el vuelo de las 7:30 de la tarde. El tráfico estaba al tope en el camino al aeropuerto y no quería llegar tarde. Venía a España para la Primera Comunión de Ignacio, mi hijo mayor. Le hacía mucha ilusión acompañarlo y eso me conmovía. Sin embargo, percibía el conflicto que se avecinaba y, a pesar de que mi marido me decía que exageraba, tenía dos días con una leve jaqueca.

Por fortuna llegué a tiempo. Ella venía exhausta pero muy contenta.

– ¡No puedo creer lo que ha crecido esta ciudad! ¡Y que tráfico! Pero después de veinte años de ausencia, debí suponerlo…

– Ya verás cómo te gusta nuestra casa, los niños te esperan muy emocionados.

– ¡Muero por verlos! Les he traído algunos reglaos y además, traje unas estampas preciosas para que regales en la Primera Comunión.

Empecé a escuchar un zumbido agudo en mi oído derecho.

– Muchas gracias mamá… ¿unas estampas?

– Si hija, te van a encantar. Son de San Ignacio de Loyola, porque tu hijo lleva su nombre, y en el reverso le mandé imprimir su nombre y la fecha con una oración que me decía mi abuela cuando era niña.

– No te hubieras molestado, de verdad te lo agradezco.

Se distrajo mencionando algunos edificios nuevos y chismes de la ciudad donde viví antes de casarme y mudarme a España y yo guardé silencio.

La historia de mi madre y la mía parecían ir en sentido contrario. Ella había crecido en un pequeño pueblo cerca de Madrid y había escapado de su hastío y de su muy dominante madre casándose a los 19 años con un estudiante mexicano que terminaba se especialización en España y que se enamoró de ella y de su acento: mi padre. Se instalaron en la Ciudad de México y ella dejó atrás su patria y a sus padres como quien deja un sweater encogido.

Yo en cambio, nací en esa enorme ciudad. Siempre tuve la sensación de que interrumpí su aventura con mi llegada pero hizo espacio para mí lo mejor que pudo, decidida a no ser igual que su madre y eligiendo en lugar, el polo opuesto. Para no decir que fue despreocupada conmigo, diré que confió demasiado en mi capacidad para solucionar sola mi vida y mis problemas y me dejó hacerlo casi siempre. Cuando conocí a Javi, entrando a la universidad, mi enorme necesidad de cariño empató con su enorme capacidad para darlo. Nos casamos justo antes de que cumplí veinte años y, las vueltas que da la vida, la compañía donde trabaja nos mandó a vivir casi inmediatamente a Madrid.

Al llegar a casa, fuimos recibidos con gritos y abrazos de los niños. Por un momento pensé que Javier tenía razón y me preocupaba demasiado. Luego, lo vi. Me miró a los ojos mientras abrazaba a mi madre y entendí: la abuela Loli estaba de visita.

– ¡Dolores! ¡Has llegado por fin!- dijo la abuela desde la puerta del comedor con un tono entre sorpresa y disgusto que le salía muy bien. – Menos mal. Hay mucho trabajo que hacer para la fiesta. ¡He tenido que ayudar a tu hija con todo como siempre! Estamos tan abandonadas por ti las dos…

Mamá enderezó la cabeza con un respingo y miró a su madre, impecable y todavía bella. Se parecían bastante pero sólo en el físico.

– ¿No puedo llegar sin recibir reclamos? – respondió cansada- ¡Nada de abandono mamá! Lo que pasa es que no creo que a mi hija le guste ser asfixiada. Yo respeto el espacio de Lolita.

– Pues qué bien te funciona eso hija- replicó la abuela molesta- la siguiente vez a ver si además de respetarla, le hechas una mano.

– Pues ahora que lo dices, traje unas estampas impresas con el nombre de Ignacio que les van a fascinar, estoy segura.

– ¡Uy! – exclamó la abuela- pues ya preparé yo unas, debiste haber preguntado.

Mamá me miró a mí y yo a Javier, quien como siempre, saltó al rescate.

– ¡Mira nada más Ignacio, lo afortunado que eres! ¡Habrá dos estampas para cada invitado! ¡Será sensacional! – y lo dijo con tal convicción que Ignacio empezó a dar brinquitos de emoción y mi hija de dos años aplaudió gritando, lo que despejó el ambiente.

La abuela se fue sólo después de ver las tarjetas impresas que había traído su hija y enseñarle las suyas.

– No hay punto de comparación entre las estampas- me dijo bajito al despedirse- se nota a leguas que las mías son de mejor calidad. Pero no te preocupes, no lo diré para no hacer sentir mal a tu madre.

Al poco tiempo, mamá quiso irse a descansar y la acompañé a la recámara de visitas.

– No quise hacer sentir mal a tu abuela- me dijo mientras se sentaba para quitarse los zapatos- pero que feas están sus estampas comparadas con las que yo traje. ¡Se nota la diferencia en la calidad!

Le di nuevamente las gracias por su visita y los regalos y la dejé para que descansara. Me dirigí a mi recámara y me encontré a mi marido y a mi hijo observando con mucha concentración algo a la luz de la lámpara del escritorio.

– Mamá- me dijo Ignacio cuando notó que me acercaba- ¿Qué vamos a hacer con estas tarjetas?

– Si amor- me dijo Javier apenas aguantando la risa- ¿qué vamos a hacer con dos paquetes de estampas i-dén-ti-cas?

– I-dén-ti-cas- repitió mi hija pequeña sin saber lo que decía- y aplaudió contenta.

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