Cuento: La Visita

tias-rosas-2 AUTOR: MARTHA LÓPEZ

El ruido de nuestras pisadas contra las abrillantadas baldosas de barro, anunció nuestra llegada a los pájaros que vivían en las jaulas del patio central de la casa, entre macetas de talavera llenas de plantas. Nos dirigimos a una sala amplia pero no demasiado grande. En el centro, entre dos sillones de espalda alta acomodados solemnemente uno frente al otro, estaba una mesa redonda de madera tallada que había pertenecido a mi bisabuela, sobre la que humeaba paciente una jarra de chocolate.

A pesar de que ya amanecía frío, las ventanas estaban entreabiertas cuando llegamos a casa de las tías Rosas. Mujeres de campo, sólidas y secas, acostumbradas al trabajo de casa de los tiempos en que para cocinar un pollo había que despescuezarlo y desplumarlo, eran amantes del aire fresco aunque el único que disfrutaban era el que entraba por las ventanas de su casa, pues a excepción de ir a la iglesia no consideraban adecuado a su situación de mujeres respetables “andar en la calle”.

Rosa Martha y Rosa Clara, hermanas solteras de mi fallecida abuela Rosa Blanca nos recibían cada primer viernes de mes, al salir de misa de 8:30 en catedral, para tomar chocolate acompañado de galletas de canela. Las delicadas hojarascas que preparaba la tía Rosa Clara eran famosas en el pueblo y su olor nos dio la bienvenida junto con ella justo cuando estábamos por sentarnos. Rosita mi hija de seis años nos acompañaba esta vez. Le aburrían esas mañanas con las ancianas pero las galletas de canela eran su delirio y por eso venía algunas veces cuando no tenía que ir a la escuela.

– ¡Que gusto verlas! Ya era hora de que llegaran, Rosa Martha ya trajo el chocolate.

– ¿Cómo están?- preguntó la aludida haciendo entrada- ¡Que bueno que llegaron!

Las tías se sentaron con su acostumbrada elegancia. La mayor, Rosa Martha, en el sillón junto a Rosita y la segunda, Rosa Clara, en una mecedora de madera oscura. Ésta tomó su tejido y empezó a mecerse suavemente mientras su hermana servía el chocolate en pequeñas tazas blancas. A mi hija le sirvió además un chorrito de leche para que no se quemara la lengua y dos galletas en un plato.

La plática comenzó con las novedades del pueblo, siempre asombrosamente muchas, considerando la escasa población y lo poco que sucedía. Las tías tenían una rica red de emisarios que las mantenían siempre bien informadas.

– Tía Rosa Clara, – interrumpió de pronto mi hija- ¿cómo le haces para que las galletas te queden tan buenas?

– Es una receta secreta de la familia- respondió la anciana con visible halago- algún día se le daré a tu mamá para que te enseñe a hacerlas.

Ante eso, la niña sonrió feliz y balanceó sus zapatitos negros mordisqueando la segunda galleta despacio. Después, justo en el momento de silencio previo a que continuara la conversación, agregó en voz baja como si para sí misma:

– En casa de Lily, le ponen malvaviscos al chocolate.

La mecedora se detuvo. Las tías miraron a Rosita con franco asombro.

– ¿Lily? – preguntó Rosa Martha en voz baja a mi madre.

– La menor de los Juárez- respondió ésta.

Las dos Rosas asintieron al mismo tiempo despacio, comprendiendo por completo lo que sucedía. Los Juárez no eran de las familias de toda la vida, por eso hacían cosas tan absurdas como ponerle malvaviscos al chocolate.

– Mira Rosita- dijo la tía Rosa Martha con ternura y tomando una de sus manitas- nosotras siempre te enseñaremos la manera correcta de hacer las cosas y no debes aceptar costumbres ajenas. Cuando vayas a esa casa, quítale siempre los malvaviscos al chocolate.

La niña miró a tía Rosa Martha a los ojos sin parpadear por varios segundos. Después buscó la mirada de tía Rosa Clara, la de mi mamá y finalmente la mía. Al terminar, bajó los ojos a su plato y se recargó en el tapiz floreado del sillón asintiendo despacio con la cabeza una sola vez.

La mecedora volvió de nuevo a balancearse pero más lento después de eso. El tic tac del reloj de la esquina nos siguió contando el tiempo y las cortinas bordadas se mecieron con la brisa que entraba de la calle, en la que ya se escuchaba el ruido de la gente que avanzaba en sus asuntos diarios.  Pero con las tazas de humeante cacao en la mano, nada notamos.

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