Cuento: La Viuda

Cuento la Viuda

Autor: Martha López de López

Murió muy repentinamente. Un infarto fulminante a sus setenta años de edad dio al traste con su excelente salud aparente y su fuerte constitución. Su presencia, sin embargo, siguió sintiéndose en su casa por mucho tiempo, al grado que las mucamas aseguraban escuchar el eco de sus pasos subiendo la escalera de tarde en tarde.

Había sido un personaje importante en su comunidad: brillante abogado, político prominente y un hombre respetable, apreciado en todas las esferas sociales. Su vozarrón era escuchado siempre que entraba a algún salón y por lo general acaparaba toda la atención con sus interesantes relatos y sus inteligentes observaciones.

Sus hijos fueron su orgullo: tres muchachos que habían seguido los pasos de su padre hacia las leyes y que, a pesar de ser jóvenes aún, habían conseguido importantes logros profesionales y gozaban ya de prestigio y una posición sólida en la sociedad, además de matrimonios muy convenientes de acuerdo con sus metas.

No hubo lagrimeos ni dramas innecesarios en su funeral. Todos se comportaron con la entereza que él hubiera apreciado y esperado de su familia. Doña Susana, su esposa demostró una serenidad ejemplar. Con el rostro pálido, saludó a los cientos de asistentes uno por uno y se encargó de que todos los oficios se realizaran con el máximo grado de perfección. Después, recibió visitas durante varios días, atendiendo a todos los detalles. Nunca se le vio una lágrima en público.

Algunas de sus amigas comentaban admiradas su gran aceptación. Otras decían que todavía no había tenido tiempo de asimilar la desgracia que le había ocurrido. Pero todas coincidían en que se veía demacrada; y no era para menos, había perdido a un gran hombre. Un hombre que muchas le habían envidiado.

Luego, el timbre dejó de sonar y la calma volvió. Doña Susana pasó varios días poniendo en orden los papeles de la oficina de su marido. Al terminar, se dirigió al dormitorio que habían compartido y se dispuso a limpiar el privado, un pequeño cuarto donde él guardaba su ropa y artículos personales y que le servía de vestidor. Al entrar, sin querer se vio en el enorme espejo que hacía muchos años ella había colocado en la pared del fondo. Su estatura menuda siempre hizo que pareciera una niña ante él. Decidió empacar la ropa y, para ello, quiso bajar una enorme maleta de la repisa más alta. Sin embargo, al subirse a la escalerilla de mano que traía para ese propósito, pudo ver que en la repisa había algo más que la maleta: decenas y decenas de papelitos plateados y dorados. Le tomó un tiempo entender que pertenecían a los chocolates que ella compraba para sí misma, el único lujo que se daba, y que siempre acusaba a las mucamas de robar. Entonces empezó la tormenta.

Sintió un terremoto sacudir su cuerpo, haciendo que se le doblaran las rodillas y rompiendo todos los diques que durante años habían recogido las lágrimas y el dolor. Cayó al suelo y dejó escapar un grito que, ahogado en llanto, no logró hacerse oír. Estaba acostumbrada a esconderse, el agua fluía en silencio y sin tregua, vaciándola de todo.

Primero lloró ahí en donde cayó. Después, lloró sobre la ropa de su marido cuando la empezó a tirarla al suelo con fuerza. Lloró sobre sus corbatas de seda y sobre sus pares de calcetines perfectamente doblados que se sumaron al montón arrojado en el suelo. Lloró con coraje por todas las veces que la felicitaban por tener un marido tan encantador, cuando él solo lo era fuera de su casa. Lloró por sus sueños rotos, por toda su vida entregada y desperdiciada al lado de este hombre egoísta que nunca estaba conforme con nada y del que nunca recibió mas que burlas y humillaciones. Lloró por todas las bolsas de chocolates que le había quitado sin que ella se diera cuenta y por todas las cosas que, dándose cuenta de que él le quitaba, ella por miedo calló.

Cuando paró de llorar, la noche era profunda. Encendió la luz y tuvo que cubrirse los ojos hinchados por unos segundos. Volteó de nuevo al espejo y se contempló sin emoción. La tristeza de su gesto dio paso a la amargura de saber que ella había sido la gran asesina de su propia vida. Se vio vieja, acabada, una mujer invisible para todos, hasta para sus hijos. Había vivido tanto tiempo a la sombra de aquel hombre que había terminado por desaparecer. Quiso culparlo, pero cuando iba a hacerlo, se dio cuenta de que el infeliz se había ido. Su muerte le daba la última bofetada.

Su tristeza fue tal, que nunca logró recuperarse. Todos pensaron que no lograba sobreponerse a la muerte de su marido, pero era más bien su vida la que le había hecho daño. La depresión fue acabando con ella poco a poco hasta que un día, su hijo mayor tuvo que levantarse de nuevo ante los centenares de personas y hablar en representación de sus hermanos:

-Mi madre, -dijo con la voz entrecortada-, fue un ejemplo de amor y entrega para todos nosotros. Su vida giró alrededor de mi padre, encargándose de que todo marchara en orden para que él pudiera desarrollarse con éxito y apoyándolo siempre en sus proyectos. En eso encontró su felicidad y su realización plena. Tanto lo amó, que no pudo resignarse a su muerte y hoy, sufrimos por eso su pérdida. Pero estoy en paz, porque sé que ahora estará encontrándose de nuevo con él en el cielo.

 

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