Mi Día de Muertos

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Siempre he dicho que lo malo de vivir en el norte, es que las tradiciones mexicanas nos llegan algo diluidas. Veo con fascinación como viven el Día de Muertos en Morelia, Oaxaca y otras ciudades de México como si estuviera presenciando rituales de un país lejano en el Discovery Channel. Sin embargo, no tengo la costumbre de ir al cementerio y de hecho no teníamos presente el asunto el miércoles pasado mi hijo y yo cuando fuimos a comer. Sin embargo, de regreso, lo recordamos de golpe cuando notamos un gran congestionamiento frente al panteón. Decenas de personas cruzaban la calle cargados de veladoras, canastos y, por supuesto, ramos de las tradicionales flores de cempasúchil naranjas y amarillas adornados con listones de colores.

Al acercarnos a la puerta del cementerio, nos pusimos serios, sobrecogidos por el dolor y el amor de quienes visitaban a sus seres queridos ahí descansando. Había personas mayores que caminaban lento, con bastones o sostenidos por sus familiares. Nos preguntamos si visitarían a sus padres o tal vez a sus hijos y sentimos una gran ternura al verlos acercarse despacio, como meditando los pasos. También observamos a gente joven y a niños, pero ninguno sonriendo ni jugando sino pegados a los mayores y comentamos lo triste que sería que estuvieran visitando a sus padres o hermanos.

En ese espíritu de seriedad ante la enormidad de la muerte, seguimos avanzando a vuelta de rueda entre el intenso tráfico y el gentío, deteniéndonos al sonido del silbato de un tránsito que intentaba controlar el desorden de los habitantes de esta ciudad, en la que todos estamos demasiado ocupados con lo nuestro. Un poco más adelante, vimos un grupo grande de personas amontonadas alrededor de algo. Nos preguntamos qué sería y estiramos el cuello tratando de ver lo que había detrás de las espaldas, esperando ver tal vez a alguien desmayado o quizá atropellado. Entonces, un señor corpulento y calvo se dio la vuelta y contemplamos el gozo de quien da una primera cucharada a un granielote recién preparado en un fresco día de noviembre. Asombrados y confundidos, nos miramos y sonreímos mientras el hombre saboreaba el segundo bocado de elote chorreando chile colorado.

El Día de Muertos es una fiesta llena de sabiduría y mi hijo y yo aprendimos algo ese día en el que fuimos testigos del contraste entre el dolor y la alegría, la muerte y la vida. Por supuesto que es necesario recordar a los muertos y es reconfortante visitarlos para hablar con ellos de lo que fuimos juntos y de lo que somos ahora, después de ellos; pero es también necesario recordar que aún estamos vivos y que lo que ahora nos toca, mientras aún durmamos de este lado de la cerca del panteón, es precisamente vivir, con todas sus consecuencias, aprendizajes, penas y alegrías.

Mi hijo me dijo que él no quería ser enterrado en un cementerio, que prefería que sus cenizas fueran esparcidas en sus ciudades favoritas del mundo. Yo, no sé. Tengo muy claro que no me importará, cuando haya muerto, el lugar en el que decidan acomodarme, pero me suena divertido el darle a mis seres queridos una excusa para comprar antojitos mexicanos y hacer un picnic en un lugar repleto de flores. Es una tradición que merece ser adoptada. ¿No creen?

 

Narrativa Mexicana

Narrativa Mexicana

Soy, como diría Jorge Negrete, puro mexicano. Pero, seré sincera. Nací en Monterrey, casi Texas, y de niña, prefería a Santa Clós porque los Reyes Magos se tardaban demasiado en llegar. Me da pena admitirlo, pero conocí los altares de muertos en un programa de televisión por cable. Por estos motivos, las tradiciones Mexicanas siguen sorprendiéndome; y lo disfruto.

Esa mañana de Diciembre, me decidí a visitar la Basílica de Guadalupe de mi ciudad. Se acercaba el 12 y quise disfrutar de las festividades. Entusiasmé a mis tres hijos y partimos.

La palabra fiesta no había sido la adecuada para describir la congestión peatonal que enfrentamos. Los trapos se daban gusto haciendo señales. Nos estacionamos bastante lejos y bajamos a un olor de canela y humo que yo recordaba, no sé por qué. Las calles eran pasillos estrechos porque, en ambas aceras, se habían acomodado puesteros ambulantes, amparados por una lideresa local.

Conforme nos acercábamos, aumentaban el gentío y el ruido. Mis hijos se detenían en cada puesto y señalaban cosas, asombrados. Había dulces de leche y charamuscas de todas las formas, acomodadas junto a crucifijos, estampitas y bolsas de papas fritas con chile y limón.  Había caramelos colgando de un mecate encima de juguetes chinos que emitían sonidos electrónicos. ¡Mira, mamá! ¡Mamá, mira! No sé quién estaba más sorprendido. Caminamos junto a panes de muertos que cantaban albures y refranes, provocando carcajadas y  tuvimos que esquivar la cubeta de agua que el tendero del “Restorán y Tortería el Piojo” arrojó a la calle, causando que mi hijo menor casi tumbara una olla de champurrado que humeaba furiosa.

Para cuando llegamos al patio de la iglesia, habíamos comido churros, tamales y unos tamarindos con chile que nos pintaron de rojo los dedos y la lengua. Todo acompañado con dos cocas heladas, hablando de tradiciones.

El olor a cera nos llegó de la pequeña capilla que está junto al templo. Las veladoras cubrían el suelo como una alfombra hirviente de luces de colores. Compramos una y la encendimos, acomodándola junto a todas las demás. Fue en ese momento, que nos sentimos parte de ese Todo. Nuestra luz se sumaba a las demás y nuestros deseos se fundían con los de todos los mexicanos, haciéndose uno. Todos lo sentimos y, sin notarlo, nos tomamos de las manos.

Salimos en silencio. Entonces, escuché que alguien me llamaba. Volví la cabeza y vi que directo hacia mi venía un monstruo. Gritaba algo, pero mi cerebro, horrorizado, no registraba las palabras. Era un hombre con todo el cuerpo cubierto de pelo y con cara de simio. Al acercarse, el gorila se quitó la máscara y pude ver la cara sudorosa de don Memo, un simpático señor que asiste a los cursos de alfabetización para adultos que imparto los jueves. Con mucho orgullo me contó que es parte del grupo de matlachines de su colonia y que venía de danzarle a “su Virgencita”. Todavía no averiguo por qué los matlachines llevan un chango en su peregrinar ¿Ustedes saben?