El Eco de la Vida

Hay un sencillo cuento que habla de un hombre que fue con su hijo de paseo a las montañas y al llegar a la cima, el hijo lanzó un grito que el eco le regresó. Asombrado, lanzó otro y luego otro y le preguntó a su papá qué era eso que respondía a sus gritos. El papá, aprovechando la oportunidad para enseñarle algo a su pequeño, le respondió que era la vida y procedió a gritar varias palabras como “alegría”, “perdón”, “paz”, “enojo” y “odio”. Al escuchar el eco de las palabras que él decía, le dijo a su hijo que la vida es así, siempre te regresa lo que tú le das.

Yo he creído eso por mucho tiempo. Esta semana, sin embargo, recibí una lección que me tiene con la cabeza ocupada. A veces la vida te da un golpe que te deja sin aire. Al ver el llanto de una madre al perder a su hija, al escuchar su gemido de dolor, al verla desmoronarse cuando es una mujer que se ha sobrepuesto a tanto ya, no puedo más que preguntarme qué fue lo que pasó en este caso.

Independientemente de la fe que tengamos, la muerte es la barrera donde nos detenemos todos. Las explicaciones que tengamos para lo que viene después forman parte de nuestras creencias y hay muchas diferentes. Yo creo que la hija descansa con Dios Amor en un lugar de luz y desde ahí llega como fuerza a quienes la quisimos, especialmente a su familia. Pero la madre se quedó en este lugar y nosotros con la tarea de consolarla. ¿Qué decir?

Paul Watzlawick dice que no se puede resolver un problema en el mismo plano en el que se causó. Igualmente, no se puede encontrar una respuesta a estas interrogantes si nos quedamos en el plano de vida en el que usualmente transitamos. La mejor prueba de que existe otro modo de ver la vida son estas ocasiones que nuestra forma usual no alcanza a abarcar. Hay más. Hay otro plano. Lo que alcanzo a comprender es que existe una explicación para esto que no puedo todavía ver, como cuando se le pone a un hijo un límite y éste se rebela porque no puede entender que es para su propio bien, para su seguridad y por amor.

Por otro lado, sucedió que durante su enfermedad, incontables personas se unieron para ayudarla y para hacer oración por ella. Se movilizaron cientos de jóvenes y sus papás para brindar una mano. En esta sociedad competitiva y dividida, eso fue un logro extraordinario. Supe de jóvenes que, sin conocerla, asistieron a la llamada para donarle sangre;  otros que renunciaron a regalos y vacaciones para hacer donativos y otros que aprendieron a trabajar y a organizar eventos por su causa. Todo su colegio, donde estudió hasta secundaria, se unió por ella y después su preparatoria se unió al esfuerzo. La fuerza de esa unión se sentirá por mucho tiempo y, en cualquier momento de lucha, recordarán el poder de lo que hicieron. Por ella, se olvidaron las fronteras que dividen a nuestra comunidad: no importaba dónde habías estudiado ni dónde vivías, lo importante era sacarla adelante. Durante su enfermedad, ese mundo fraterno donde nos preocupamos por el otro y donde trabajamos unidos pareció posible. ¿Cómo entenderlo?

No sé si es que hay una forma de ver la muerte que no he comprendido bien, o tal vez es la vida la que no estoy percibiendo correctamente. La muerte de una joven de apenas 18 años no puede ser un error o un simple descuido de la vida. A lo que este inmenso suceso me invita es a darme cuenta de que lo que yo puedo entender es muy limitado y a reconocer con humildad que mi alma necesita crecer para abarcar la realidad como es.

Si bien sigo pensando que lo que se siembra en la vida se cosecha, comprendo que necesito ampliar mi criterio e incluir a una sabiduría mayor que a veces me lleva a recoger frutos que no reconozco, pero que quizá son el alimento que justo en ese momento se necesitaba. Y hasta aquí llego.

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