¡Pon Atención!

Atención 3

Silvia tiene los ojos hinchados permanentemente. La madre de tres hijos y abuela de una preciosa niña de ojos azules como el cielo, se sienta y saca automáticamente un pañuelo desechable de su bolsa revuelta. Se aprieta las manos y mirando al suelo con la espalda encogida me dice que su vida es una pesadilla. Al hablar, descubrimos que hay una persona en su vida que está viviendo una dificultad, pero que el resto de las personas y condiciones de su vida son mejores que el promedio. Sin embargo, lo bueno que sí tiene, es consumido por el hoyo negro de su preocupación.

Anita Moorjani, de quien hablo en un artículo anterior, hace un ejercicio interesante en sus conferencias: le pide a la audiencia que se fije y recuerde todos los objetos azules que hay en la sala en la que se encuentran. Después les pide que cierren los ojos y enumeren los objetos rojos que hay en la misma sala. La mayoría de la gente, por haberse enfocado en los azules, no puede recordar más de uno o dos, pero al abrir los ojos, se dan cuenta de que los objetos rojos eran abundantes.

Ella utiliza este ejercicio para demostrar que nuestra atención es selectiva y aquello en lo que la enfocamos configura nuestro mundo y nuestra realidad, esto es, nuestra experiencia de vida está definida por aquello a lo que elegimos poner atención. Pero esto no es novedad, John Milton ya dijo en el siglo XVI: “La mente es su propio lugar, y dentro de sí puede hacer un cielo del infierno y un infierno del cielo”.

En relación a este tema, Steven Yantis, neurocientífico de la Universidad Johns Hopkins, hace la siguiente pregunta al auditorio en sus conferencias: “¿Qué sensación te produce el respaldo de la silla en la espalda?” Hasta ese momento, nadie había reparado en ese estímulo táctil que, sin embargo, ha estado ahí todo el tiempo. Nuestro cerebro no lo enfoca en su atención hasta que hacemos el esfuerzo. Y cuando lo hacemos, “bajamos el volumen” de otros estímulos. Así es como funciona nuestra atención: aquello en lo que se enfoca hace que el resto de la experiencia se desdibuje.

Como podrán apreciar, esto sucedía en el caso de Silvia: toda su atención estaba en la percepción negativa que tenía de la situación de una persona importante en su vida. Como un primer paso a su cambio de actitud, la angustiada mujer hizo una lista de lo que podía y lo que no podía hacer por esa persona, dedicando bastante tiempo a evaluar en qué le correspondía a ella ayudar y en qué no. Después, eligió algunas acciones a realizar en favor de su ser querido.

Un segundo paso que decidió tomar, ya que se dio cuenta de su enfoque unilateral de su vida, fue dedicar unos minutos de cada día a apreciar y agradecer lo que le gustaba de su día a día y lo que estaba bien. Al principio, fueron cosas básicas como el techo y el alimento, después pudo reconocer el amor que su familia tenía por ella y la excelente labor que había hecho en la educación de sus hijos. Al final, logró agradecer las lecciones que la vida le había brindado, incluso de las vivencias difíciles.

Como pueden ver, este proceso no cambió la situación de quien sufría más que muy mínimamente, pero sí la de Silvia, pues encontró un balance en su vida que le permitió disfrutar lo mucho que estaba bien en ella y cuidar de sus seres queridos sin culpa y sin enfocar en ellos toda su atención. O como ella misma lo dijo: “me permitió vivir mi vida, pero completa.”

No Hay Solución

No hay solución

El título de este artículo es fuerte, pero así debe ser. No es para quienes batallamos con alguna situación difícil en este momento, porque para eso siempre hay soluciones y opciones; esta frase es para quienes pretenden solucionar problemas o conflictos de otros y quisiera que la recibieran tan fuerte como suena: No Hay Solución.

¿Por qué quiero decir esto? Porque ya son demasiadas las personas que encuentro destrozadas, con el ánimo por los suelos y la autoestima arrastrándose un par de pasos detrás; porque ya he contado demasiados años desperdiciados y arañados de frustración y angustia; porque me duele su dolor y me entristece esa carrera sin fin que siguen a pesar de no obtener ni resultados ni agradecimiento y todo por querer solucionar asuntos que no les corresponden.

Cuando menciono la palabra codependencia, muchas personas me miran extrañadas. ¿Codependiente yo? ¿Pero, no es mi responsabilidad preocuparme por mis hijos/padres/pareja/amigos? ¿No es mi deber ayudar al que me necesita? Pues sí y no.

Por supuesto que hay que amar a los demás y darles lo mejor de nosotros mismos, pero no hay que confundir el amor con la dependencia afectiva. El amor empieza por uno mismo. La persona dependiente, en cambio, se olvida de sí mismo por ocuparse de otros. Relega sus sueños, sus ideas, sus valores y hasta sus necesidades por satisfacer los sueños, deseos, ideas y necesidades de otros. La tragedia es que pierde su vida en vano porque aquellos a quienes “ayudó” no agradecerán su intromisión en sus vidas.

La codependencia es aún un término e desarrollo y existen muchos psicólogos e investigadores que han contribuido a definirla. Emergió en 1979 en relación a las personas que vivían con un alcohólico o adicto, pero desde entonces ha ido cambiando. Melody Beaty en su libro “No más codependencia” define a las personas codependientes como “alguien que ha permitido que la conducta de otro le afecte y que está obsesionado con controlar dicha conducta”. Quienes hemos visto el efecto de este comportamiento, sabemos que es catastrófico y permea la vida entera de quien lo sufre.

Y ahora que ya sabemos qué es, ¿qué hacemos? Primero que nada, entender que las personas vamos por la vida tomando decisiones y eligiendo caminos que pueden parecer inadecuados o incómodos para algunos aun cuando para nosotros sean correctos. Tenemos el maravilloso derecho de hacerlo y además la obligación para con nosotros mismos. Claro, cometemos errores y corregimos el rumbo, pero eso no quiere decir que seamos incapaces, eso es simplemente vivir la vida.

El problema para muchos es la falta de confianza en las capacidades de ese otro a quien “quieren ayudar”. Confunden sus decisiones y consecuencias con mala fortuna. Lo cierto es que las personas aprendemos de esas consecuencias y, si se nos permite vivirlas, crecemos y adquirimos sabiduría para decidir mejor. Si, por otro lado, encontramos la manera de evitarlas, como humanamente intentaremos, entonces desgraciadamente, volvemos al primer cuadrito del juego y volvemos a empezar.

El primer paso para salir de la codependencia entonces, es confiar en la capacidad del otro y permitirle vivir su vida y sus consecuencias. Para poder lograr esto, sin embargo, necesitaremos tener la fortaleza que sólo el amor a nosotros mismos nos puede dar, esa es la palanca que nos permitirá saltar a la independencia emocional.

Mi invitación para esta semana es a hacer algo para aumentar la valoración personal y el amor propio. Haz algo que disfrutes, lee un libro, da un paseo en la naturaleza y respira profundo, reúnete con un amigo o amiga, siéntate a recordar tus sueños y elige uno para trabajar en él este año, inscríbete a un curso interesante, ve a terapia, únete a un grupo de ayuda… las opciones son infinitas. Cada paso que des para aumentar tu autoestima, por pequeño que sea, es un paso a tu libertad emocional y a tu felicidad.

Pero les digo algo más: si eligen seguir sufriendo y prefieren continuar sacrificando su vida por otros, respeto su decisión. Yo sí confío en ustedes.

Lecciones de un joven de corazón

Lecciones de Joven Anciano 2

La excusa no fue que andaba lejos de mi rumbo, porque los que me conocen saben que en mi propio rumbo me pierdo con relativa facilidad. La excusa fue que me invadió la nostalgia.

Tenía la mañana del jueves maravillosamente libre y me dispuse a recorrer la ciudad de polo a polo para buscar una pieza que necesito para construir una fuente en el patio. Tenía localizada la dirección a la que iba en el mapa del teléfono, que coloqué en el asiento a mi lado. La mala suerte fue que, esquivando a un conductor acelerado, salió disparado y se metió tan debajo del asiento que no logré localizarlo, pues me fue imposible parar en aquella avenida repleta de tráfico.

La señorita del GPS me dictaba direcciones desde el fondo del asiento, pero por lo visto no las escuché muy bien, porque de repente me encontré dando vueltas en un laberinto de calles desconocidas. Intenté volver a la avenida principal y giré a la izquierda, cuando de pronto me topé de frente con la casa en la que nuestro amigo Elio había pasado los últimos días de su vida.

Joven de corazón, a pesar de sus setenta años, Elio cursó conmigo la maestría en Desarrollo Humano sin despeinarse demasiado y, con su mirada de niño, solía decirme con frecuencia que me tomaba la vida demasiado en serio. Me detuve cerca de su casa para recuperar el aliento, que se me había ido, y de paso el teléfono perdido porque al fin me di cuenta de lo desviada que estaba de mi destino, y decidí que en el blog esta semana compartiría las lecciones que ese amigo de mirada celeste me dejó… estoy segura que a ustedes también les servirán:

1. Soluciona tus asuntos

Cierra círculos, despídete, da las gracias, pide perdón, perdona. Los asuntos inconclusos, no importa cuántos años hayan transcurrido, seguirán consumiendo nuestra energía mientras no los solucionemos. Ese pensamiento recurrente, ese deseo de cambiar algo, ese recuerdo que te duele de pronto, te están indicando que aún tienes algo que hacer. Escucha tu voz interior y se proactivo con tu estado emocional.

2. Si no te mató, no era tan grave

Cuántas veces repasamos eventos dolorosos o difíciles de nuestra vida o nos lamentamos de lo que hemos vivido. La realidad es que el pasado no tiene más poder sobre nosotros que el que le queramos dar. Lo que nos pasó es una parte de nuestra historia que podemos apreciar como una lección valiosa, pero nuestra historia no es nuestro destino y después de todo, la sobrevivimos. ¡Miremos hacia adelante!

3. Encuentra a alguien a quien amar

El ser humano en sociable por naturaleza y necesidad. Aunque nos parezca ideal la libertad de no tener que responder ante nadie, el precio que pagamos por ello es muy alto. Ya sea que elijamos tener pareja o amistades profundas y satisfactorias, vale la pena hacer el esfuerzo, atrevernos a ser vulnerables y a mostrarnos como somos porque es la única manera de encontrar alguien a quien amar.

4. Nunca te rindas

Mi último contacto con Elio fue breve, nunca pensé que no volvería a verlo. En esa conversación me habló de un proyecto que llevaba varios años pensando cómo hacer y creía tener un camino claro. Era un proyecto muy personal y algo complejo, pero habló de él con serenidad y fuerza. Me encanta pensar que así será también mi muerte: a medio vuelo, trabajando y con planes para el futuro.

Querido Elio, te recuerdo con cariño. Gracias por tus enseñanzas, por tu alegría y por los chocolates.

Amor del Bueno

Amor del Bueno

¿Les ha pasado que escuchan algo o aprenden sobre un tema y de pronto lo ven en todas partes? Algunos definen este fenómeno como Ilusión de Frecuencia y ha sido estudiado por psicólogos y sociólogos durante años. Otros estudiosos, sin embargo, le llaman “sincronías” y se refieren a repeticiones de un mensaje que la vida intenta enseñarte en ese momento.

Sea una u otra explicación, lo cierto es que, desde hace varios meses, esto me ha ocurrido con el tema del amor propio. Ese tema que suena tan vano, tan superficial y tan conocido que ya lo damos por hecho, es mucho más profundo de lo que yo antes creía y afecta nuestra vida en todas las maneras importantes. ¿Qué significa realmente amarse a sí mismo?

Esta semana, una persona me hablaba de la enfermedad de su madre y de cómo la conmovía verla postrada en cama tan vulnerable. Después de hablar un rato de la inminencia de la muerte que se sospechaba, hizo una pausa y luego, casi de repente, me hizo esta pregunta: ¿y ahora quién me va a querer?

Sus palabras parecieron caer a un abismo y nos quedamos viendo en silencio.

Víctor Frankl, creador de la Logoterapia, afirma que el sentido de nuestra vida debe estar en algo no perecedero, porque si ponemos el sentido de todo lo que somos y hacemos en una persona, una cosa o una situación determinada, estaremos condenados a perderlo. Las circunstancias de la vida son tan cambiantes que no podrían sostener el peso de la razón de nuestra existencia.

Incluso Frankl cuenta de personas que vivieron con él la terrible experiencia de los campos de concentración y no sobrevivieron porque ponían el sentido de su vida en alguna persona o acontecimiento como, por ejemplo, encontrar a algún familiar. Cuando se enteraban que éste había muerto, perdían toda fuerza y fallecían a los pocos días.

Pienso que con el amor propio pasa algo parecido. Sin duda los padres son un referente personal importantísimo y, para muchos, el más claro ejemplo de la aceptación incondicional; pero si ponemos en ellos el único amor que puede sostenernos, la vida nos lo quitará. Si ellos o son nuestra única fuente de amor incondicional, la perderemos y lo mismo sucederá si dependemos emocionalmente de cualquier otra persona.

La alternativa a esto es desarrollar un sano amor propio. El problema es que solemos ser muy exigentes para amarnos porque nos comparamos con los rasgos sobresalientes de otros a quienes admiramos. Usualmente no vemos la película completa de la vida de una persona exitosa o muy bella, sólo vemos su rasgo envidiable y nos juzgamos contra éste. Como consecuencia, queremos tener todas las cualidades admirables de los demás y ninguno de sus defectos, lo cual es imposible y nos hace sentirnos poco dignos de amor.

En este mes de febrero, en el que vemos corazones rojos por todas partes, que bueno será que le dediquemos un poco de tiempo a revisar cómo andamos en el único amor que puede sostenernos siempre y la fuente de nuestra capacidad de amar a los demás: el amor que nos tenemos a nosotros mismos. ¡Se vale enamorarse!

La Vida Como Aprendizaje

El siguiente texto no es mío, desafortunadamente, pero me gustó tanto que quise compartirlo en esta página. Borja Vilaseca es un escritor y conferencista español experto en desarrollo personal y liderazgo. Léanlo despacio…

“La vida es un proceso pedagógico cuya principal finalidad es crecer, madurar y evolucionar como seres humanos, aprendiendo a ser felices por nosotros mismos, de manera que sepamos cómo amar a los demás y a la vida tal como son.”

No hemos venido a este mundo a ganar dinero. Ni tampoco a proyectar una imagen del agrado de los demás, logrando éxito, estatus, respetabilidad y reconocimiento. Nuestra existencia como seres humanos tampoco está orientada a comprar, poseer y acumular cosas que no necesitamos. Ni mucho menos a evadirnos constantemente de nosotros mismos por medio del entretenimiento. De hecho, no estamos aquí -solamente- para sobrevivir física, emocional y económicamente.

Y entonces, ¿hay algún propósito más trascendente? ¿Para qué vivimos? Aunque cada uno está llamado a encontrar su propia respuesta, los sabios de todos los tiempos nos han invitado- una y otra vez- a ver la vida como “un continuo proceso de aprendizaje”. Si bien el resto de los mamíferos nacen como lo que son, nosotros nacemos todavía por hacer. Ser humanos es una potencialidad. De ahí que en un principio no vivamos de forma responsable, libre, madura y consciente. Todas estas cualidades y capacidades están latentes en nuestro interior. Y así siguen hasta que las desarrollamos a través de la comprensión y el entrenamiento.

No en vano, adoptar una postura victimista frente a nuestras circunstancias nos impide aprender y desplegar todo nuestro potencial. Sólo en la medida que padecemos la crisis de los cuarenta- orientando nuestra existencia a la transformación-, empezamos a cuestionar nuestro sistema de creencias, modificando- a su vez- nuestra escala de valores, prioridades y aspiraciones. Es entonces cuando decidimos que lo más importante es “aprender a ser felices por nosotros mismos”. Es decir, a sentirnos realmente a gusto sin necesidad de ninguna persona, estímulo, cosa o circunstancia externa. Más que nada porque ¿de qué nos sirve llevar una vida de éxito y de abundancia material si nos sentimos vacíos e insatisfechos por dentro?

En general, solemos confundir la felicidad con el placer y la satisfacción que nos proporciona el consumo de bienes materiales. Y también con la euforia de conseguir lo que deseamos. Sin embargo, la verdadera felicidad no está relacionada con lo que hacemos ni con lo que poseemos. Aunque no es posible describirla con palabras, podría definirse como la ausencia de lucha, conflicto y sufrimiento internos. Por eso se dice que somos felices cuando nos aceptamos tal como somos y- desde un punto de vista emocional- sentimos que no nos falta nada.

Y es que la felicidad no tiene ninguna causa externa: es nuestra verdadera naturaleza. Igual que no tenemos que hacer nada para ver- la vista surge como consecuencia natural de abrir los ojos-, tampoco tenemos que hacer nada para ser felices. Tanto la vista como la felicidad vienen de serie: son propiedades naturales e inherentes a nuestra condición humana. Así, nuestro esfuerzo consciente debe centrarse en eliminar todas las obstrucciones que nublan y distorsionan nuestra manera de pensar y de comportarnos, como el victimismo, la inseguridad, la impaciencia, el aburrimiento o el apego.

Cultivar la Paz Interior

Más allá de aprender a ser felices por nosotros mismos, hemos venido al mundo a aprender a “sentir una paz invulnerable”. Y para lograrla, hemos de trascender nuestro instinto de supervivencia emocional, que nos lleva a reaccionar mecánica e impulsivamente cada vez que la realidad no se adapta a nuestros deseos, necesidades y expectativas. Como descubrió el psicoterapeuta Víctor Frankl, “entre cualquier estimulo externo y nuestra consiguiente reacción, existe un espacio en el que tenemos la posibilidad de dar una respuesta más constructiva”. Esta es la esencia de la proactividad.

Eso sí, para poder ser proactivos hemos de vivir conscientemente. Es decir, dándonos cuenta en todo momento y frente a cualquier situación de que no son las situaciones sino nuestros pensamientos, los que determinan nuestro estado emocional. Al tener presente esta verdad fundamental, podemos entrenar el músculo de la aceptación en todas nuestras interacciones cotidianas. Sobre todo, porque no hay mejor maestro que la vida ni mayor escuela de aprendizaje que nuestras propias circunstancias.

El reto consiste en aprender a aceptar a los demás tal como son y fluir con las cosas tal como vienen. Y aceptar no quiere decir resignarse. Tampoco significa reprimir o ser indiferente. Ni siquiera es sinónimo de tolerar o estar de acuerdo. Y está muy lejos de ser un acto de debilidad, pasotismo, dejadez o inmovilidad. Más bien se trata de todo lo contrario. La auténtica aceptación nace de una profunda comprensión, e implica dejar de reaccionar impulsivamente para empezar a dar la respuesta más eficiente en cada situación. Así es como podemos cultivar y preservar nuestra paz interior. Tal como dijo el sabio Gerardo Schmedling, “aquello que no somos capaces de aceptar es la única causa de nuestro sufrimiento”.

En la medida que aprendemos a ser felices por nosotros mismos- dejando de sufrir- y a sentir una paz invulnerable- dejando de reaccionar-, también aprendemos a “amarnos a nosotros mismos y a los demás”. Y al hablar de amor no nos referimos al sentimiento, sino al comportamiento. De ahí que amar sea sinónimo de comprender, empatizar, aceptar, respetar, agradecer, valorar, perdonar, escuchar, atender, ofrecer, servir y, en definitiva, de aprovechar cada circunstancia de la vida para dar lo mejor de nosotros mismos.

Como dijo el sabio Anthony de Mello, “el amor beneficia en primer lugar al que ama y no tanto al que es amado”. De ahí que limitar nuestra capacidad de amar nos perjudica- principalmente- a nosotros mismos. Además, cuanto más entrenamos los músculos de la responsabilidad (como motor de nuestra felicidad), la aceptación (como motor de nuestra paz interior) y el servicio (como motor de nuestro amor), más abundante y próspera se vuelve nuestra red de relaciones y vínculos afectivos.

Llegados a este punto, cabe preguntarse: ¿somos verdaderamente felices? ¿O más bien solemos sufrir? ¿Sentimos una paz invulnerable? ¿O más bien solemos reaccionar? ¿Nos amamos a nosotros mimos y, en consecuencia, a los demás? ¿O más bien seguimos luchando y creando conflictos? ¿Estamos dando lo mejor de nosotros mismos? ¿O más bien seguimos limitando nuestra capacidad de amar y de servir, esperando que sean los demás quienes se adapten a nuestros deseos y expectativas? Sean cuales sean las respuestas, cabe recordar que el aprendizaje es el camino y la meta de nuestra existencia. Así, el hecho de que estemos vivos implica que, seguramente, todavía tenemos mucho por aprender.

Este texto es un extracto del libro “El sentido común”, publicado por Borja Vilaseca en octubre del 2011 aquí está este y otros títulos del autor que te interesarán. .

                                                                                           

El Eco de la Vida

Hay un sencillo cuento que habla de un hombre que fue con su hijo de paseo a las montañas y al llegar a la cima, el hijo lanzó un grito que el eco le regresó. Asombrado, lanzó otro y luego otro y le preguntó a su papá qué era eso que respondía a sus gritos. El papá, aprovechando la oportunidad para enseñarle algo a su pequeño, le respondió que era la vida y procedió a gritar varias palabras como “alegría”, “perdón”, “paz”, “enojo” y “odio”. Al escuchar el eco de las palabras que él decía, le dijo a su hijo que la vida es así, siempre te regresa lo que tú le das.

Yo he creído eso por mucho tiempo. Esta semana, sin embargo, recibí una lección que me tiene con la cabeza ocupada. A veces la vida te da un golpe que te deja sin aire. Al ver el llanto de una madre al perder a su hija, al escuchar su gemido de dolor, al verla desmoronarse cuando es una mujer que se ha sobrepuesto a tanto ya, no puedo más que preguntarme qué fue lo que pasó en este caso.

Independientemente de la fe que tengamos, la muerte es la barrera donde nos detenemos todos. Las explicaciones que tengamos para lo que viene después forman parte de nuestras creencias y hay muchas diferentes. Yo creo que la hija descansa con Dios Amor en un lugar de luz y desde ahí llega como fuerza a quienes la quisimos, especialmente a su familia. Pero la madre se quedó en este lugar y nosotros con la tarea de consolarla. ¿Qué decir?

Paul Watzlawick dice que no se puede resolver un problema en el mismo plano en el que se causó. Igualmente, no se puede encontrar una respuesta a estas interrogantes si nos quedamos en el plano de vida en el que usualmente transitamos. La mejor prueba de que existe otro modo de ver la vida son estas ocasiones que nuestra forma usual no alcanza a abarcar. Hay más. Hay otro plano. Lo que alcanzo a comprender es que existe una explicación para esto que no puedo todavía ver, como cuando se le pone a un hijo un límite y éste se rebela porque no puede entender que es para su propio bien, para su seguridad y por amor.

Por otro lado, sucedió que durante su enfermedad, incontables personas se unieron para ayudarla y para hacer oración por ella. Se movilizaron cientos de jóvenes y sus papás para brindar una mano. En esta sociedad competitiva y dividida, eso fue un logro extraordinario. Supe de jóvenes que, sin conocerla, asistieron a la llamada para donarle sangre;  otros que renunciaron a regalos y vacaciones para hacer donativos y otros que aprendieron a trabajar y a organizar eventos por su causa. Todo su colegio, donde estudió hasta secundaria, se unió por ella y después su preparatoria se unió al esfuerzo. La fuerza de esa unión se sentirá por mucho tiempo y, en cualquier momento de lucha, recordarán el poder de lo que hicieron. Por ella, se olvidaron las fronteras que dividen a nuestra comunidad: no importaba dónde habías estudiado ni dónde vivías, lo importante era sacarla adelante. Durante su enfermedad, ese mundo fraterno donde nos preocupamos por el otro y donde trabajamos unidos pareció posible. ¿Cómo entenderlo?

No sé si es que hay una forma de ver la muerte que no he comprendido bien, o tal vez es la vida la que no estoy percibiendo correctamente. La muerte de una joven de apenas 18 años no puede ser un error o un simple descuido de la vida. A lo que este inmenso suceso me invita es a darme cuenta de que lo que yo puedo entender es muy limitado y a reconocer con humildad que mi alma necesita crecer para abarcar la realidad como es.

Si bien sigo pensando que lo que se siembra en la vida se cosecha, comprendo que necesito ampliar mi criterio e incluir a una sabiduría mayor que a veces me lleva a recoger frutos que no reconozco, pero que quizá son el alimento que justo en ese momento se necesitaba. Y hasta aquí llego.

Tras el Incendio

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El incendio inició a las tres de la mañana. La mamá, enfermiza y débil, notó algo raro y se levantó, sin darse cuenta de lo extraordinario que fue que notara algo raro a las tres de la mañana. Cuando se percataron de lo que sucedía, las llamas llegaban al techo del recibidor y estaban ocupadas consumiendo unas cajas con recuerdos de viajes que casualmente tenían provisionalmente junto al enchufe que hizo el corto. Eso evitó que el incendio avanzara más rápido y bloqueara la única ruta de escape de la casa completamente enrejada.

No hubo heridos, los daños fueron mínimos y sólo la mancha del hollín queda como recuerdo de la sombra negra que cubrió la casa por dentro, como el mal que pudo ser. En medio del caos y del miedo, surgen muchas preguntas:  ¿Te das cuenta de que nos pudimos haber muerto? ¿Te imaginas lo que hubiera pasado?.. Después, hay un tiempo para evaluar los daños: lo que se perdió, lo que ya no funciona, lo que pensé que conservaría para siempre, lo que no sé para qué guardaba… Finalmente, llega el momento de reflexionar.

Quienes creemos que hay un motivo para todo lo que sucede, investigamos el mensaje oculto en los hechos. ¿Cuál es la lección que hay que aprender aquí?

La primera que me viene a la mente es la figura de esa madre que todos consideraban enferma y débil, pero que resultó ser la salvadora de todos. Como si hubiera dado a luz otra vez, los regresó a la vida y de nuevo impulsada por fuerzas que estaban más allá de ella, fuertes e inevitables como la vida misma. La mujer, fuerte en su debilidad, ocupó su lugar y no hay más que dárselo y reconocer que le pertenece. De nuevo, nadie viviría si no es por ella.

La segunda lección para mi es que podemos vivir desechando el 99% de las cosas sin las que creemos que no podríamos vivir. Al final de un incendio, las personas se dan cuenta de que muchas de las cosas que se perdieron no eran necesarias, sólo estaban acostumbradas a ocupar el espacio que tenían. Al contrario, a las llamadas de auxilio acuden los que importan y hay un momento en el que todos los malentendidos se olvidan y las antiguas diferencias se ponen a un lado para poder ayudar y decir “cuenta conmigo”. Entonces podemos darnos cuenta de que las ganancias fueron realmente más que las pérdidas.

Hay aún una lección más que se dio por casualidad: entre el fuego y el agua, un teléfono celular dejó de funcionar. Como se ha convertido en nuestra única forma de vínculo, esta persona se aisló involuntariamente de todos sus contactos y vivió los siguientes días sólo acompañada por su familia y sus pensamientos. Ahí, en ese regalo que le trajo el incendio, se dio la transformación. En ese silencio acompañado y sereno fue donde esa ave fénix pudo tomar fuerzas para renacer de entre las cenizas a un mundo lleno de nuevas posibilidades.

Demos gracias al incendio por todas sus bendiciones.

Cartas al Espejo

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¿Cómo sería entrar de pronto en la cabeza de alguien más? ¿De verdad encontraríamos lo que creemos? ¿Serán sus ideas como las imaginamos? ¿O serán sólo nuestras ideas escritas en el espejo?

Hace unas semanas tuve el gusto de ayudar a organizar una fiesta sorpresa para una muy querida amiga. Como regalo para ella, el grupo de amigas que la festejamos le escribimos cartas en las que recordamos momentos vividos juntas y aprendizajes que habíamos compartido. Tuve el encargo de recopilar las cartas y pegarlas en un cuaderno con fotos nuestras de diferentes épocas. Al principio me fue imposible evitar leer algo de las cartas al pegarlas y después tengo que confesarles que me piqué con algunas que narraban sucesos que yo también había compartido con ellas y que me encantó recordar.

En resumen, lo que leí fue un retrato de un ser humano único, lleno de talentos y dones que comparte generosamente y que ha sabido acompañar a quienes convivimos con ella con sabiduría y cariño. Lo sorprendente de este retrato es que es muy distinto a la imagen que esa persona tiene de sí misma y a lo que pensaba que era la opinión de las demás. ¡Que conocido me suena esto!

Varias veces en la semana escucho a personas quejarse de la incomprensión de los demás: de lo poco valorados que se sienten, de que no son vistos ni tomados en cuenta… Estoy segura de que si esos “los demás” estuvieran presentes diría algo parecido. Pero todos sentimos que nosotros sí valoramos al otro correctamente y sí le demostramos nuestro aprecio… Hay algo aquí que no suma.

Son innumerables los autores que actualmente hablan de este tema: los demás son espejos en los que podemos aprender a conocernos mejor. Esto funciona de dos formas: por un lado, las personas nos muestran rasgos de carácter que nos cuesta ver en nosotros mismos pero que invariablemente tenemos; por otro lado, lo que creemos que piensan o sienten es usualmente nuestro propio sentir y pensar.

Y esto es lo que yo pude ver en el regalo de las cartas. Sin darnos cuenta, ponemos en la cabeza de los demás nuestros juicios hacia nosotros mismos, nuestras inseguridades, nuestra poca aceptación y valoración de lo que somos y después pensamos que el otro es el dueño de todo eso. Entender que ese “otro” no es más que una imagen que un espejo nos refleja nos permitirá adueñarnos de de esas emociones negativas y juicios y trabajarlos.

El ejercicio de decirle a alguien lo que nos importa y lo que admiramos en él o ella es una oportunidad maravillosa para aclarar emociones malentendidas y para mejorar relaciones personales. Qué bueno será que nos ocupemos en hacer eso, eligiendo consciente y proactivamente el tipo de relación que queremos tener y el tipo de persona que queremos ser, en lugar de inventar escenarios que, como el vapor, empañan el espejo e impiden ver lo que brilla en quien se ve reflejado.

En esta semana, les deseo claridad.

 

Lenguaje Interior

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Me tardé mucho tiempo en conocerlo y aún soy una aprendiz de este idioma, pero me esfuerzo porque he confirmado de primera mano la enorme riqueza que agrega a la vida de una persona el lenguaje interior: esa sensación extraña que de vez en cuando nos hace decidir algo sin saber por qué o sentirnos incómodos en algún lugar sin entenderlo y la intuición que viene de la información que recibimos inconscientemente mediante nuestras sensaciones corporales.

El movimiento de la Era de la Razón generado en el siglo XVIII, fue un parteaguas en la manera como el hombre se conocía a sí mismo y al mundo. Antes de esto, todo conocimiento era dictado por el misticismo religioso y por las supersticiones que plagaron la Edad Media. Así, surgieron en la época muchas corrientes de pensamiento y pensadores que fortalecieron el uso del razonamiento libre e independiente.

Sin embargo, nos equivocamos al pensar que este fue el momento culminante en la evolución del hombre. El haberle dado tanto poder a la razón nos ha privado de otras formas de adquirir información que tenemos y el lenguaje interno, lo que nuestro cuerpo nos dice sobre el mundo, es una de ellas.

La semana pasada hice el siguiente ejercicio con un grupo de alumnos: les pedí que cerraran los ojos y visualizaran frente a sí mismos a su padre. Les pedí que lo vieran alto, grande y fuerte y que vieran en él una mirada de profunda ternura hacia ellos. Independientemente de las ideas que pasaron por sus mentes, los alumnos comentaron haber sentido fuerza, aceptación y protección en ese momento. Lo más interesante del ejercicio es darnos cuenta de que nuestro cuerpo experimenta todo el tiempo sensaciones muy variadas y éstas nos dan información sobre nosotros mismos y sobre nuestra visión del mundo.

El problema con no escuchar lo que nos dice esta intuición es que nos limita la información a la hora de decidir. Numerosos estudios realizados a víctimas de asaltos y abusos han reportado que éstas pudieron percibir algo peligroso en la situación antes de ser atacadas. Es más, el uso de la intuición es una de las herramientas más recomendadas en los programas de defensa personal en el mundo. Lo que sucede es que percibimos el peligro pero tratamos de razonarlo y argumentamos su falta de lógica. De esta manera, los gritos de nuestra mente ahogan nuestras demás percepciones.

Y utilizar la razón es algo bueno, lejos estoy de negarlo, pero no es todo. En nuestra mente existen miles de creencias que nos ayudan a simplificar la realidad por un lado, y que la limitan, por otro. Si yo tengo la creencia de que tomar el camino más corto hacia un lugar es lo mejor, y pretendo tomar un atajo en la media noche por un callejón oscuro, mi lenguaje interior me mandará señales de alarma, pero si sólo escucho lo que mi mente dice, no haré caso y me expondré al peligro.

La solución entonces es aprender este lenguaje. Para empezar, les propongo el siguiente ejercicio:

Dense cuenta de cómo se mueven. Si continuamente sacuden un pie o una pierna o si se muerden las uñas, por ejemplo, pregúntense qué emoción les lleva a hacer eso. Cierren los ojos, vacíen su mente y repasen todas las emociones que conocen hasta que den con la que sienten. Les aseguro que verán cambios.

Todas las eras que han surgido a través de la historia tienen su principio y su final. Yo pienso que el final de la Era de la Razón está cerca. En su lugar, con suerte surgirá una era en la que seamos conscientes de que somos mucho más que un cerebro andante: fuimos creados con una profundidad y un poder que aún no logramos imaginar.