No Hay Solución

No hay solución

El título de este artículo es fuerte, pero así debe ser. No es para quienes batallamos con alguna situación difícil en este momento, porque para eso siempre hay soluciones y opciones; esta frase es para quienes pretenden solucionar problemas o conflictos de otros y quisiera que la recibieran tan fuerte como suena: No Hay Solución.

¿Por qué quiero decir esto? Porque ya son demasiadas las personas que encuentro destrozadas, con el ánimo por los suelos y la autoestima arrastrándose un par de pasos detrás; porque ya he contado demasiados años desperdiciados y arañados de frustración y angustia; porque me duele su dolor y me entristece esa carrera sin fin que siguen a pesar de no obtener ni resultados ni agradecimiento y todo por querer solucionar asuntos que no les corresponden.

Cuando menciono la palabra codependencia, muchas personas me miran extrañadas. ¿Codependiente yo? ¿Pero, no es mi responsabilidad preocuparme por mis hijos/padres/pareja/amigos? ¿No es mi deber ayudar al que me necesita? Pues sí y no.

Por supuesto que hay que amar a los demás y darles lo mejor de nosotros mismos, pero no hay que confundir el amor con la dependencia afectiva. El amor empieza por uno mismo. La persona dependiente, en cambio, se olvida de sí mismo por ocuparse de otros. Relega sus sueños, sus ideas, sus valores y hasta sus necesidades por satisfacer los sueños, deseos, ideas y necesidades de otros. La tragedia es que pierde su vida en vano porque aquellos a quienes “ayudó” no agradecerán su intromisión en sus vidas.

La codependencia es aún un término e desarrollo y existen muchos psicólogos e investigadores que han contribuido a definirla. Emergió en 1979 en relación a las personas que vivían con un alcohólico o adicto, pero desde entonces ha ido cambiando. Melody Beaty en su libro “No más codependencia” define a las personas codependientes como “alguien que ha permitido que la conducta de otro le afecte y que está obsesionado con controlar dicha conducta”. Quienes hemos visto el efecto de este comportamiento, sabemos que es catastrófico y permea la vida entera de quien lo sufre.

Y ahora que ya sabemos qué es, ¿qué hacemos? Primero que nada, entender que las personas vamos por la vida tomando decisiones y eligiendo caminos que pueden parecer inadecuados o incómodos para algunos aun cuando para nosotros sean correctos. Tenemos el maravilloso derecho de hacerlo y además la obligación para con nosotros mismos. Claro, cometemos errores y corregimos el rumbo, pero eso no quiere decir que seamos incapaces, eso es simplemente vivir la vida.

El problema para muchos es la falta de confianza en las capacidades de ese otro a quien “quieren ayudar”. Confunden sus decisiones y consecuencias con mala fortuna. Lo cierto es que las personas aprendemos de esas consecuencias y, si se nos permite vivirlas, crecemos y adquirimos sabiduría para decidir mejor. Si, por otro lado, encontramos la manera de evitarlas, como humanamente intentaremos, entonces desgraciadamente, volvemos al primer cuadrito del juego y volvemos a empezar.

El primer paso para salir de la codependencia entonces, es confiar en la capacidad del otro y permitirle vivir su vida y sus consecuencias. Para poder lograr esto, sin embargo, necesitaremos tener la fortaleza que sólo el amor a nosotros mismos nos puede dar, esa es la palanca que nos permitirá saltar a la independencia emocional.

Mi invitación para esta semana es a hacer algo para aumentar la valoración personal y el amor propio. Haz algo que disfrutes, lee un libro, da un paseo en la naturaleza y respira profundo, reúnete con un amigo o amiga, siéntate a recordar tus sueños y elige uno para trabajar en él este año, inscríbete a un curso interesante, ve a terapia, únete a un grupo de ayuda… las opciones son infinitas. Cada paso que des para aumentar tu autoestima, por pequeño que sea, es un paso a tu libertad emocional y a tu felicidad.

Pero les digo algo más: si eligen seguir sufriendo y prefieren continuar sacrificando su vida por otros, respeto su decisión. Yo sí confío en ustedes.

Tras el Incendio

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El incendio inició a las tres de la mañana. La mamá, enfermiza y débil, notó algo raro y se levantó, sin darse cuenta de lo extraordinario que fue que notara algo raro a las tres de la mañana. Cuando se percataron de lo que sucedía, las llamas llegaban al techo del recibidor y estaban ocupadas consumiendo unas cajas con recuerdos de viajes que casualmente tenían provisionalmente junto al enchufe que hizo el corto. Eso evitó que el incendio avanzara más rápido y bloqueara la única ruta de escape de la casa completamente enrejada.

No hubo heridos, los daños fueron mínimos y sólo la mancha del hollín queda como recuerdo de la sombra negra que cubrió la casa por dentro, como el mal que pudo ser. En medio del caos y del miedo, surgen muchas preguntas:  ¿Te das cuenta de que nos pudimos haber muerto? ¿Te imaginas lo que hubiera pasado?.. Después, hay un tiempo para evaluar los daños: lo que se perdió, lo que ya no funciona, lo que pensé que conservaría para siempre, lo que no sé para qué guardaba… Finalmente, llega el momento de reflexionar.

Quienes creemos que hay un motivo para todo lo que sucede, investigamos el mensaje oculto en los hechos. ¿Cuál es la lección que hay que aprender aquí?

La primera que me viene a la mente es la figura de esa madre que todos consideraban enferma y débil, pero que resultó ser la salvadora de todos. Como si hubiera dado a luz otra vez, los regresó a la vida y de nuevo impulsada por fuerzas que estaban más allá de ella, fuertes e inevitables como la vida misma. La mujer, fuerte en su debilidad, ocupó su lugar y no hay más que dárselo y reconocer que le pertenece. De nuevo, nadie viviría si no es por ella.

La segunda lección para mi es que podemos vivir desechando el 99% de las cosas sin las que creemos que no podríamos vivir. Al final de un incendio, las personas se dan cuenta de que muchas de las cosas que se perdieron no eran necesarias, sólo estaban acostumbradas a ocupar el espacio que tenían. Al contrario, a las llamadas de auxilio acuden los que importan y hay un momento en el que todos los malentendidos se olvidan y las antiguas diferencias se ponen a un lado para poder ayudar y decir “cuenta conmigo”. Entonces podemos darnos cuenta de que las ganancias fueron realmente más que las pérdidas.

Hay aún una lección más que se dio por casualidad: entre el fuego y el agua, un teléfono celular dejó de funcionar. Como se ha convertido en nuestra única forma de vínculo, esta persona se aisló involuntariamente de todos sus contactos y vivió los siguientes días sólo acompañada por su familia y sus pensamientos. Ahí, en ese regalo que le trajo el incendio, se dio la transformación. En ese silencio acompañado y sereno fue donde esa ave fénix pudo tomar fuerzas para renacer de entre las cenizas a un mundo lleno de nuevas posibilidades.

Demos gracias al incendio por todas sus bendiciones.

¿Qué aprendimos?

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Durante toda la semana, no he escuchado más que un tema: Trump y el daño que puede hacernos. En mis clases, en las calles, en las reuniones sociales o familiares o en las redes sociales, todo el mundo habla de eso. No voy a alimentar el cúmulo de especulaciones terroríficas, porque creo que ya tenemos suficientes; en lugar de eso, quisiera invitarlos a una reflexión que nos lleve a aprovechar este suceso para ser mejores personas.

El aprendizaje más importante que a mí me deja la elección presidencial estadounidense, es el hecho de que no vemos o más bien, vemos sólo lo que queremos ver. El señor Trump ganó de todas, todas. No hay equivocación posible en que ese era el preferido de millones de personas. Sin embargo, para todos fue sorpresa su victoria. ¿Por qué? Porque cuando algo va en contra de lo que queremos que sea o de lo que creemos que es, no lo vemos. Claro, los medios contribuyeron al gran engaño y sin duda, debe haber habido intereses económicos de por medio, pero yo observé por largo rato a los comentaristas de CNN en el trascurso de la tarde-noche y les aseguro que su confusión era similar a la nuestra: hacían conjeturas, cálculos, intentaban explicar lo que podía pasar si esto y si aquello, pero ninguno tenía una explicación para la cantidad de cuadritos rojos que seguían apareciendo en el mapa de su país.

Una de mis maestras relacionó este fenómeno con el que se da en cualquier guerra: justo antes de que suceda, nadie cree que va a suceder. Esa es la razón, por ejemplo, de que miles de judíos permanecieran en sus países amenazados por el nazismo sin aceptar el peligro que se avecinaba. De ahí viene este aprendizaje de la elección estadounidense: nos cuesta ver lo que no nos gusta.

Aterrizado en nuestras realidades personales, es normal que cueste ver los problemas matrimoniales, por ejemplo, hasta que alguien “de la nada” anuncia que quiere el divorcio; también sucede que no se vea el problema que tiene un hijo o hija hasta que nos encontramos con él o ella en el hospital, y entonces nos preguntamos cómo pudo suceder aquello y por supuesto nos cuesta ver al familiar enfermo, al alcohólico, al diferente… etc.

¿De qué nos sirve este aprendizaje? Pues primero que nada y como dijo el lobo feroz: para ver mejor. Aceptar que vemos parcialmente nos permitirá cuestionar nuestra visión de todas las cosas y eso nos ayudará a ver otras realidades y nos permitirá ampliar nuestra mirada para incluirlas. En la política nacional y en la economía de nuestro propio país hay muchas cosas que debemos ver con urgencia para poder lograr la paz, la prosperidad y la justicia social; pero lo más importante será poder vernos a nosotros mismos y luego a nuestros seres queridos de manera más auténtica y real. Regalarnos o regalarle a alguien nuestra aceptación de su ser completo es la mejor muestra de amor que podemos dar y es lo único que permite, en caso de así elegirlo, cambiar. ¿Tu cómo lo ves?

Gloria y la Codependencia

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Supongamos que se llama Gloria. Ha tenido un matrimonio más o menos rocoso debido a diferentes circunstancias y decidió integrarse a un grupo de ayuda. En él ha aprendido a identificar y empezar a modificar algunas conductas que le estaban ocasionan conflictos constantes, pero al hacerlo…  ¡se siente fatal!

Los reclamos, las miradas heridas, las quejas y demás respuestas de su familia por no seguir haciendo lo que siempre hacía, le causan una culpa que le dificulta cambiar. La duda de si es correcto tomar decisiones de forma independiente, las creencias de lo que es una mujer, la angustia ante la pérdida del control y los juicios de algunos la obligan a regresar a sus patrones de siempre.

El día que inició su curación, me llamó desde una tienda, con una prenda de ropa en la mano que había ido a devolver veinte minutos después de pagarla porque, aunque se la había comprado con dinero fruto de su propio trabajo, se sentía culpable de haberse gastado el dinero en algo que ella quería y necesitaba en lugar de dárselo a algún miembro de su familia para algo que ellos quisieran o necesitaran. “¿No es mi obligación cuidar a los míos? ¿No debo sacrificarme por ellos?” me preguntó muy confundida. Lo más interesante es que después de hablar un poco identificó que, además de culpable, se sentía furiosa consigo misma y con todos.

¿Les parece un caso complicado? No lo es en realidad. Este estado mental confuso entre la culpa, la angustia y la furia tiene un nombre muy conocido: codependencia. Incontables autores han hablado ya sobre este tipo de relación en la que una persona colabora a mantener la inmadurez, adicción o irresponsabilidad de otra u otras mediante la solución de todos sus problemas.

El reto no es nombrar esta condición humana sino entender de dónde viene. En este “mi año de la autoestima” he aprendido algo sobre esto: las personas codependientes viven con la premisa de “si tu estas bien, yo estoy bien”. Así, procurará que la otra persona no sufra, aún cuando el sufrimiento sea justificado o incluso beneficioso. Y lo malo de intentar evitar que otro sufra, es que es imposible. El resultado es un fracaso estrepitoso y conducente a depresión y pérdida de sentido de vida. ¿Cómo podemos evitar esto?

Lo primero que Gloria hizo fue trabajar en el fortalecimiento de su autoestima. Si nos dedicamos a conocernos mejor y crecemos en la aceptación y el amor hacia nosotros mismos, no tendremos la necesidad de que otro esté bien para ser felices. Aprenderemos a cuidarnos y a tratarnos bien, a realizar nuestros sueños, a vivir bien. Seremos inmunes a las manipulaciones o mentiras y no permitiremos malos tratos. Además, nuestra actitud les enseñará a los demás también a amarse y a respetarse ellos mismos y eso puede ser lo que por fin los haga mejorar su vida. Si quieren.

Estos cambios no serán por un tiempo del agrado de quienes comparten la condición de codependencia con nosotros, pero si serán de gran beneficio. Gloria entendió que si realmente necesitaba que el otro fuera feliz para poder ser feliz, liberarse de la codependencia era el único camino. ¿Cómo lo ves tú?

5 Estrategias Para Crear Emociones Positivas

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Piensa en la última conversación que tuviste. ¿Con quién fue? ¿Cómo te sentiste después de dejar a esa persona? ¿Cómo crees que se sintió ella? Si queremos tener mejores relaciones personales, no es suficiente con desearlo. Lograrlo requerirá que tengamos esa conciencia de cómo son nuestras interacciones diarias y qué dejamos en las personas que se cruzan en nuestro camino.

La semana pasada, en el artículo del libro de la semana, prometía hablar de cinco estrategias que propone Tim Roth para incrementar las emociones positivas en las relaciones personales y lo prometido es deuda… Estas propuestas son sencillas de practicar y aún así muy transformadoras si las aplicamos con tenacidad y atención:

Estrategia #1: Evita la negatividad

Piensa de nuevo en tu última conversación. ¿Los comentarios que hiciste a la otra persona incluyeron quejas o críticas?  Si es así, no estás solo. La revista Psychology Today [1] asegura que de los miles de pensamientos que cruzan diariamente por nuestra cabeza, alrededor del 70% son negativos.

Cuando hacemos comentarios negativos de nosotros o de los demás, cuando nos quejamos de cosas que no podemos cambiar o cuando elegimos ver el lado negativo de la vida en general, estamos restando emociones positivas de nuestra vida. El reto será hacer estas revisiones de nuestros encuentros y evaluar la calidad de nuestras aportaciones. Darnos cuenta de lo que decimos a los demás es la clave para poder modificarlo.

Estrategia #2: Ilumina lo que está bien

En las últimas 24 horas ¿has halagado o felicitado a alguien por algo bien hecho? ¿Has ayudado a alguien a ver algo positivo sobre sí mismo? Es increíble lo acostumbrados que estamos a señalar lo que está mal o lo que no nos gusta de los demás o de nosotros mismos. En cambio, señalar lo positivo nos parece a veces superfluo o incluso tenemos falsas creencias añejas de que pueden producirle efectos negativos.

Reconocer y valorar lo que alguien hace bien es una enorme fuente de emociones positivas. Ten presente además, que lo que reconoces en otra persona ayuda a forjar su identidad y fortalece sus futuros logros en esa área. Si quieres ver más de una conducta, date a la tarea de observarla y resaltarla.

Estrategia #3: Haz mejores amigos

Está comprobado que las personas con relaciones personales enriquecedoras tienen una vida más satisfactoria. Convertir a tus compañeros de trabajo o a tus familiares en mejores amigos hará que las dificultades normales sean más llevaderas y simples.

Llamar a las personas por su nombre, reconocer sus logros, interesarte por sus vidas o por sus planes y apoyarlos en su camino son cosas que puedes hacer para convertir a simples conocidos en amigos verdaderos.

Estrategia #4: Regala algo inesperado

Por supuesto el regalo no tiene que ser algo valioso y ni siquiera algo material. Un abrazo, un pequeño objeto o hasta servirle a alguien una taza de café será doblemente apreciado si es inesperado debido al factor sorpresa. Esto llenará de emociones positivas a quien recibe el obsequio y, por supuesto, de quien lo da.

Estrategia #5: La Regla de Oro en reversa

No  “Trata a los demás como te gustaría que te trataran a ti” sino:  “trata a los demás como a ellos les gustaría ser tratados por ti.” Tómate el tiempo de conocer a las personas y saber qué les gusta y qué no. Hay quienes prefieren ser felicitados en público y quienes prefieren unas palabras en privado. Hay quienes prefieren un abrazo efusivo y quienes se sentirán incómodos con esa expresión de afecto. Esta atención personalizada hará que tus interacciones sean más significativas para la otra persona y que se sienta más valorada.

Lograr emociones más positivas es una tarea de todos los días, pero si sigues estas estrategias, seguramente verás más sonrisas felices en quienes te rodean. ¿Qué tal si lo intentas?

[1] https://www.psychologytoday.com/blog/sapient-nature/201310/how-negative-is-your-mental-chatter

Cinco Puntadas

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Había sido solo un golpe, requeriría algunas puntadas pero mi hijo estaba bien y aún así, entré al hospital agitada. En las salitas de emergencia se veían pies descalzos y rostros preocupados que hablaban en susurros. Pasé sin querer ver y sin poder evitarlo.

La enfermera nos condujo al cubículo que estaba al final del pasillo, pasado junto a un policía que nos miró con desconfianza. ¿Será tal vez su gesto habitual y mi nerviosismo lo hizo parecer así? Amablemente, me ensartó un par de formas para llenar en la mano y revisó al herido. Necesitaba varias puntadas pero el doctor tardaría una hora en llegar.

Una hora da para mucho en un hospital. Las tienditas de regalos sólo nos entretuvieron unos minutos. Caminamos por un café a la cafetería, donde familiares de pacientes comen en silencio junto a médicos y enfermeras. No se ve contacto entre ellos, como si en este lugar neutral no fuera permitido hablar de la guerra. Cada uno come con los de su propio bando.

Regresamos por pasillos laberínticos, encontrando camillas ocupadas y doctores hablando con parejas afuera de las puertas explicando algo, que seguramente no se alcanzaba a comprender por completo. Tome a mi hijo de la mano, no sé si para cuidarlo o para que él me cuidara a mí. Y en todo ese tiempo, solo una palabra resonaba en mi cabeza: gracias.

Gracias por los que sobreviven, por los que desde la silla de ruedas, consuelan a sus hijos. Gracias por las miradas amables, por los que rezan y por los que logran seguir siendo humanos en ese campo de batalla pintado de blanco. Gracias por las vendas, los tubos, los hilos, las manos que curan y las miradas que saben qué hacer.

El doctor tenía sentido del humor, y despejó el ánimo. Cinco puntadas y salimos rechinando. El cielo me pareció más azul y el sol más brillante. Comprendí. Por un segundo, comprendí enteramente el objetivo de las dificultades. Valorando más que nunca la vida, dije un último gracias por dentro y mi hijo, casi al mismo tiempo me dijo quedito: “Gracias, ma”.

 

De mamás y de espinas

 

Imagen Post De Mamás y de Espinas

Me encantaría haber iniciado este párrafo con la inspiración de una de esas imágenes de madres sonrientes abrazando a sus sonrientes hijos en medio de sonrientes circunstancias. Y no me malinterpreten, también las tengo. Sin embrago, la vida es en verdad una mezcla de realidades que se contraponen unas a otras, dejándome con frecuencia con la cabeza como cuando termina la vuelta de la montaña rusa: no se en dónde estoy, no entiendo qué pasó y quiero correr de allí antes de que vuelva a empezar.

Los expertos dicen que la disciplina es esencial en el desarrollo del niño. Lo intenté, lo juro. Probé métodos de disciplina positiva, tablitas con estrellas, carteles monos con mensajes positivos, contratos y consecuencias, y todo lo que los mejores psicólogos infantiles proponían. Después probé castigos, reclamos, ruegos y sermones. Las dos técnicas me dieron el mismo resultado. Mis hijos tienen más disciplina que yo.

Mi tía Mary me dijo un día que no era necesario nada de eso: “tu sólo quiérelos mucho”, fue su consejo. Descansé en el hecho de que siempre los he adorado. En las buenas y en las saladas, mis hijos son mi tesoro más grande. Decidí relajarme y disfrutarlos más. Aprendí a cerrar la puerta de su cuarto para no ver el desorden, a ser más flexible con sus horarios y a ser empática ante sus necesidades y deseos. El resultado no fue mejor, bien lo dice el dicho: “Tanto quería la loca a sus hijos, que los mató a cariños”.

Hay una cosa que la vida me ha enseñado: nada prepara para la vida. Mis hijos son ya adultos jóvenes y son mi inspiración: brillantes, únicos, llenos de vida  y capaces de sacarme de quicio como nadie. Cada uno de ellos tiene mucho que aprender, como yo. Cada uno de ellos tiene innumerables cualidades y algunos muy persistentes defectos, como yo. Cada uno de ellos tiene su vida en sus manos, como yo. Y como yo, tendrán que encontrar el camino a su propia realización y a los aprendizajes que necesitan para sortear las sorpresas tan grandes y tan deslumbrantes que la vida, sin duda, les tiene preparadas. La felicidad es siempre posible, sólo es necesario encontrar la manera de navegar entre las espinas para que puedan, en donde estén, florecer.