¡Pon Atención!

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Silvia tiene los ojos hinchados permanentemente. La madre de tres hijos y abuela de una preciosa niña de ojos azules como el cielo, se sienta y saca automáticamente un pañuelo desechable de su bolsa revuelta. Se aprieta las manos y mirando al suelo con la espalda encogida me dice que su vida es una pesadilla. Al hablar, descubrimos que hay una persona en su vida que está viviendo una dificultad, pero que el resto de las personas y condiciones de su vida son mejores que el promedio. Sin embargo, lo bueno que sí tiene, es consumido por el hoyo negro de su preocupación.

Anita Moorjani, de quien hablo en un artículo anterior, hace un ejercicio interesante en sus conferencias: le pide a la audiencia que se fije y recuerde todos los objetos azules que hay en la sala en la que se encuentran. Después les pide que cierren los ojos y enumeren los objetos rojos que hay en la misma sala. La mayoría de la gente, por haberse enfocado en los azules, no puede recordar más de uno o dos, pero al abrir los ojos, se dan cuenta de que los objetos rojos eran abundantes.

Ella utiliza este ejercicio para demostrar que nuestra atención es selectiva y aquello en lo que la enfocamos configura nuestro mundo y nuestra realidad, esto es, nuestra experiencia de vida está definida por aquello a lo que elegimos poner atención. Pero esto no es novedad, John Milton ya dijo en el siglo XVI: “La mente es su propio lugar, y dentro de sí puede hacer un cielo del infierno y un infierno del cielo”.

En relación a este tema, Steven Yantis, neurocientífico de la Universidad Johns Hopkins, hace la siguiente pregunta al auditorio en sus conferencias: “¿Qué sensación te produce el respaldo de la silla en la espalda?” Hasta ese momento, nadie había reparado en ese estímulo táctil que, sin embargo, ha estado ahí todo el tiempo. Nuestro cerebro no lo enfoca en su atención hasta que hacemos el esfuerzo. Y cuando lo hacemos, “bajamos el volumen” de otros estímulos. Así es como funciona nuestra atención: aquello en lo que se enfoca hace que el resto de la experiencia se desdibuje.

Como podrán apreciar, esto sucedía en el caso de Silvia: toda su atención estaba en la percepción negativa que tenía de la situación de una persona importante en su vida. Como un primer paso a su cambio de actitud, la angustiada mujer hizo una lista de lo que podía y lo que no podía hacer por esa persona, dedicando bastante tiempo a evaluar en qué le correspondía a ella ayudar y en qué no. Después, eligió algunas acciones a realizar en favor de su ser querido.

Un segundo paso que decidió tomar, ya que se dio cuenta de su enfoque unilateral de su vida, fue dedicar unos minutos de cada día a apreciar y agradecer lo que le gustaba de su día a día y lo que estaba bien. Al principio, fueron cosas básicas como el techo y el alimento, después pudo reconocer el amor que su familia tenía por ella y la excelente labor que había hecho en la educación de sus hijos. Al final, logró agradecer las lecciones que la vida le había brindado, incluso de las vivencias difíciles.

Como pueden ver, este proceso no cambió la situación de quien sufría más que muy mínimamente, pero sí la de Silvia, pues encontró un balance en su vida que le permitió disfrutar lo mucho que estaba bien en ella y cuidar de sus seres queridos sin culpa y sin enfocar en ellos toda su atención. O como ella misma lo dijo: “me permitió vivir mi vida, pero completa.”

No Hay Solución

No hay solución

El título de este artículo es fuerte, pero así debe ser. No es para quienes batallamos con alguna situación difícil en este momento, porque para eso siempre hay soluciones y opciones; esta frase es para quienes pretenden solucionar problemas o conflictos de otros y quisiera que la recibieran tan fuerte como suena: No Hay Solución.

¿Por qué quiero decir esto? Porque ya son demasiadas las personas que encuentro destrozadas, con el ánimo por los suelos y la autoestima arrastrándose un par de pasos detrás; porque ya he contado demasiados años desperdiciados y arañados de frustración y angustia; porque me duele su dolor y me entristece esa carrera sin fin que siguen a pesar de no obtener ni resultados ni agradecimiento y todo por querer solucionar asuntos que no les corresponden.

Cuando menciono la palabra codependencia, muchas personas me miran extrañadas. ¿Codependiente yo? ¿Pero, no es mi responsabilidad preocuparme por mis hijos/padres/pareja/amigos? ¿No es mi deber ayudar al que me necesita? Pues sí y no.

Por supuesto que hay que amar a los demás y darles lo mejor de nosotros mismos, pero no hay que confundir el amor con la dependencia afectiva. El amor empieza por uno mismo. La persona dependiente, en cambio, se olvida de sí mismo por ocuparse de otros. Relega sus sueños, sus ideas, sus valores y hasta sus necesidades por satisfacer los sueños, deseos, ideas y necesidades de otros. La tragedia es que pierde su vida en vano porque aquellos a quienes “ayudó” no agradecerán su intromisión en sus vidas.

La codependencia es aún un término e desarrollo y existen muchos psicólogos e investigadores que han contribuido a definirla. Emergió en 1979 en relación a las personas que vivían con un alcohólico o adicto, pero desde entonces ha ido cambiando. Melody Beaty en su libro “No más codependencia” define a las personas codependientes como “alguien que ha permitido que la conducta de otro le afecte y que está obsesionado con controlar dicha conducta”. Quienes hemos visto el efecto de este comportamiento, sabemos que es catastrófico y permea la vida entera de quien lo sufre.

Y ahora que ya sabemos qué es, ¿qué hacemos? Primero que nada, entender que las personas vamos por la vida tomando decisiones y eligiendo caminos que pueden parecer inadecuados o incómodos para algunos aun cuando para nosotros sean correctos. Tenemos el maravilloso derecho de hacerlo y además la obligación para con nosotros mismos. Claro, cometemos errores y corregimos el rumbo, pero eso no quiere decir que seamos incapaces, eso es simplemente vivir la vida.

El problema para muchos es la falta de confianza en las capacidades de ese otro a quien “quieren ayudar”. Confunden sus decisiones y consecuencias con mala fortuna. Lo cierto es que las personas aprendemos de esas consecuencias y, si se nos permite vivirlas, crecemos y adquirimos sabiduría para decidir mejor. Si, por otro lado, encontramos la manera de evitarlas, como humanamente intentaremos, entonces desgraciadamente, volvemos al primer cuadrito del juego y volvemos a empezar.

El primer paso para salir de la codependencia entonces, es confiar en la capacidad del otro y permitirle vivir su vida y sus consecuencias. Para poder lograr esto, sin embargo, necesitaremos tener la fortaleza que sólo el amor a nosotros mismos nos puede dar, esa es la palanca que nos permitirá saltar a la independencia emocional.

Mi invitación para esta semana es a hacer algo para aumentar la valoración personal y el amor propio. Haz algo que disfrutes, lee un libro, da un paseo en la naturaleza y respira profundo, reúnete con un amigo o amiga, siéntate a recordar tus sueños y elige uno para trabajar en él este año, inscríbete a un curso interesante, ve a terapia, únete a un grupo de ayuda… las opciones son infinitas. Cada paso que des para aumentar tu autoestima, por pequeño que sea, es un paso a tu libertad emocional y a tu felicidad.

Pero les digo algo más: si eligen seguir sufriendo y prefieren continuar sacrificando su vida por otros, respeto su decisión. Yo sí confío en ustedes.

Lecciones de un joven de corazón

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La excusa no fue que andaba lejos de mi rumbo, porque los que me conocen saben que en mi propio rumbo me pierdo con relativa facilidad. La excusa fue que me invadió la nostalgia.

Tenía la mañana del jueves maravillosamente libre y me dispuse a recorrer la ciudad de polo a polo para buscar una pieza que necesito para construir una fuente en el patio. Tenía localizada la dirección a la que iba en el mapa del teléfono, que coloqué en el asiento a mi lado. La mala suerte fue que, esquivando a un conductor acelerado, salió disparado y se metió tan debajo del asiento que no logré localizarlo, pues me fue imposible parar en aquella avenida repleta de tráfico.

La señorita del GPS me dictaba direcciones desde el fondo del asiento, pero por lo visto no las escuché muy bien, porque de repente me encontré dando vueltas en un laberinto de calles desconocidas. Intenté volver a la avenida principal y giré a la izquierda, cuando de pronto me topé de frente con la casa en la que nuestro amigo Elio había pasado los últimos días de su vida.

Joven de corazón, a pesar de sus setenta años, Elio cursó conmigo la maestría en Desarrollo Humano sin despeinarse demasiado y, con su mirada de niño, solía decirme con frecuencia que me tomaba la vida demasiado en serio. Me detuve cerca de su casa para recuperar el aliento, que se me había ido, y de paso el teléfono perdido porque al fin me di cuenta de lo desviada que estaba de mi destino, y decidí que en el blog esta semana compartiría las lecciones que ese amigo de mirada celeste me dejó… estoy segura que a ustedes también les servirán:

1. Soluciona tus asuntos

Cierra círculos, despídete, da las gracias, pide perdón, perdona. Los asuntos inconclusos, no importa cuántos años hayan transcurrido, seguirán consumiendo nuestra energía mientras no los solucionemos. Ese pensamiento recurrente, ese deseo de cambiar algo, ese recuerdo que te duele de pronto, te están indicando que aún tienes algo que hacer. Escucha tu voz interior y se proactivo con tu estado emocional.

2. Si no te mató, no era tan grave

Cuántas veces repasamos eventos dolorosos o difíciles de nuestra vida o nos lamentamos de lo que hemos vivido. La realidad es que el pasado no tiene más poder sobre nosotros que el que le queramos dar. Lo que nos pasó es una parte de nuestra historia que podemos apreciar como una lección valiosa, pero nuestra historia no es nuestro destino y después de todo, la sobrevivimos. ¡Miremos hacia adelante!

3. Encuentra a alguien a quien amar

El ser humano en sociable por naturaleza y necesidad. Aunque nos parezca ideal la libertad de no tener que responder ante nadie, el precio que pagamos por ello es muy alto. Ya sea que elijamos tener pareja o amistades profundas y satisfactorias, vale la pena hacer el esfuerzo, atrevernos a ser vulnerables y a mostrarnos como somos porque es la única manera de encontrar alguien a quien amar.

4. Nunca te rindas

Mi último contacto con Elio fue breve, nunca pensé que no volvería a verlo. En esa conversación me habló de un proyecto que llevaba varios años pensando cómo hacer y creía tener un camino claro. Era un proyecto muy personal y algo complejo, pero habló de él con serenidad y fuerza. Me encanta pensar que así será también mi muerte: a medio vuelo, trabajando y con planes para el futuro.

Querido Elio, te recuerdo con cariño. Gracias por tus enseñanzas, por tu alegría y por los chocolates.

Gloria y la Codependencia

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Supongamos que se llama Gloria. Ha tenido un matrimonio más o menos rocoso debido a diferentes circunstancias y decidió integrarse a un grupo de ayuda. En él ha aprendido a identificar y empezar a modificar algunas conductas que le estaban ocasionan conflictos constantes, pero al hacerlo…  ¡se siente fatal!

Los reclamos, las miradas heridas, las quejas y demás respuestas de su familia por no seguir haciendo lo que siempre hacía, le causan una culpa que le dificulta cambiar. La duda de si es correcto tomar decisiones de forma independiente, las creencias de lo que es una mujer, la angustia ante la pérdida del control y los juicios de algunos la obligan a regresar a sus patrones de siempre.

El día que inició su curación, me llamó desde una tienda, con una prenda de ropa en la mano que había ido a devolver veinte minutos después de pagarla porque, aunque se la había comprado con dinero fruto de su propio trabajo, se sentía culpable de haberse gastado el dinero en algo que ella quería y necesitaba en lugar de dárselo a algún miembro de su familia para algo que ellos quisieran o necesitaran. “¿No es mi obligación cuidar a los míos? ¿No debo sacrificarme por ellos?” me preguntó muy confundida. Lo más interesante es que después de hablar un poco identificó que, además de culpable, se sentía furiosa consigo misma y con todos.

¿Les parece un caso complicado? No lo es en realidad. Este estado mental confuso entre la culpa, la angustia y la furia tiene un nombre muy conocido: codependencia. Incontables autores han hablado ya sobre este tipo de relación en la que una persona colabora a mantener la inmadurez, adicción o irresponsabilidad de otra u otras mediante la solución de todos sus problemas.

El reto no es nombrar esta condición humana sino entender de dónde viene. En este “mi año de la autoestima” he aprendido algo sobre esto: las personas codependientes viven con la premisa de “si tu estas bien, yo estoy bien”. Así, procurará que la otra persona no sufra, aún cuando el sufrimiento sea justificado o incluso beneficioso. Y lo malo de intentar evitar que otro sufra, es que es imposible. El resultado es un fracaso estrepitoso y conducente a depresión y pérdida de sentido de vida. ¿Cómo podemos evitar esto?

Lo primero que Gloria hizo fue trabajar en el fortalecimiento de su autoestima. Si nos dedicamos a conocernos mejor y crecemos en la aceptación y el amor hacia nosotros mismos, no tendremos la necesidad de que otro esté bien para ser felices. Aprenderemos a cuidarnos y a tratarnos bien, a realizar nuestros sueños, a vivir bien. Seremos inmunes a las manipulaciones o mentiras y no permitiremos malos tratos. Además, nuestra actitud les enseñará a los demás también a amarse y a respetarse ellos mismos y eso puede ser lo que por fin los haga mejorar su vida. Si quieren.

Estos cambios no serán por un tiempo del agrado de quienes comparten la condición de codependencia con nosotros, pero si serán de gran beneficio. Gloria entendió que si realmente necesitaba que el otro fuera feliz para poder ser feliz, liberarse de la codependencia era el único camino. ¿Cómo lo ves tú?