La Buena Postura

Buena Postura 2

Todos hemos oído hablar sobre el lenguaje no verbal, sin embargo, la postura de nuestro cuerpo no solamente le habla a los demás sobre nosotros, sino que también le comunica a nuestro propio cerebro quiénes somos y cómo estamos.

Blaine Bartlett, famoso coach profesional y autor del libro “Three Dimensional Coaching”  asegura incluso, que en la cabeza está solamente nuestro cerebro, pero nuestra mente está en todo el cuerpo y continuamente nos trasmite información.

La manera como esto funciona es dual: primero nuestro cerebro le trasmite a nuestro cuerpo el mensaje de que estamos tristes y después, nuestra postura se modifica. Posteriormente, si caminamos con los hombros caídos, nuestra mente corporal le refuerza a nuestro cerebro el mismo mensaje. El Dr. Richard Petty de la Universidad Estatal de Ohio lo resume así: “De la misma manera como la felicidad produce sonrisas, sonreír produce felicidad.”

En un estudio publicado en la Revista Europea de Psicología Social, el Dr. Petty y sus colegas estudiaron el efecto de la postura en 71 estudiantes y descubrieron, entre otras cosas, que tener una postura recta produce mayor seguridad en sí mismo y facilita el acceso a recuerdos y emociones positivas. Lo contrario sucede con una postura encorvada: dudas y recuerdos negativos.

A esta misma conclusión llegó Amy Cuddy de la Universidad de Harvard y su equipo de investigadores, pero lo más sorprendente es que se dieron cuenta de que apenas unos minutos en una postura determinada, hacían la diferencia. Ella midió la hormona de testosterona, responsable de la sensación de fuerza o poder, en un grupo de personas y después les pidió que adoptaran una postura de poder o una postura de sumisión por aproximadamente dos minutos. Posteriormente, les midió de nuevo la hormona y descubrió que ésta aumentaba en quienes habían asumido las poses de poder o fuerza. Como consecuencia, dichas personas se sentían más confiadas, con más suerte y más positivas sobre los resultados de sus acciones. ¿No les parece increíble?

La doctora Cuddy, asegura que tomar una pose de poder o fuerza, por ejemplo la de la Mujer Maravilla, antes de tomar un examen o hablar en público, puede mejorar nuestros resultados. Además, ha llegado a demostrar que las posturas transforman a la persona, es decir, aunque al principio sea necesario fingir una seguridad que no se siente, nuestro cuerpo va transformando la manera como nuestro cerebro mismo nos ve y llegaremos a sentir esa confianza con el paso del tiempo.

Los resultados de estos estudios no solamente nos invitan a tener una mejor postura, sino a ser más conscientes y a utilizarla para mejorar nuestras vidas. Si queremos ser, por ejemplo, más seguros de nosotros mismos, caminar erguidos y mirando al frente envía a nuestro cerebro mensajes que van transformando nuestro temor en confianza. De la misma forma, si queremos ser más femeninas, empecemos por comportarnos de esa manera, y la transformación se dará poco a poco. Parece sencillo, ¿no?

¿Cómo quieres ser? ¿Qué quieres proyectar? Ahora, lograrlo está más cerca de ti.

Esquinas en Diagonal

Esquinas en Diagonal 2

Una de las muchas cosas que he aprendido de mi madre es la costura. Claro, ella lo hace de manera excelsa y yo solamente sé coser líneas rectas pero, aun así, hacerlo me ha resultado muy útil en la vida. La semana pasada, habiendo terminado casi todas mis clases y con algo de tiempo libre por fin, compré un pedazo de lino azul precioso y decidí hacer unas servilletas para mi casa.

Yo había escuchado que coser las esquinas de las servilletas en diagonal era muy complicado, pero ni sabía qué era eso ni cómo hacerlo. Al tener la tarea en la mano, sin embargo, me puse a investigarlo. Después de ver varios videos de Youtube, la nueva universidad del mundo, me pareció que exageraban en la complejidad del asunto. Al contrario, me pareció que era bastante sencillo.

Pues me equivoqué. Reconozco que a las personas de los videos los cortes les quedaban mucho más exactos que a mí y los dobleces ajustaban con mucha más precisión de la que yo logré. Confieso que he estado a punto de rendirme tres veces y no he terminado ni la mitad de las servilletas… pero lo que sí he conseguido es una valiosa lección.

¿Por qué suelo pensar que a mi no me van a pasar las cosas que me pasan? Con todo lo bueno que tiene el pensar positivamente, es necesario tener un grado de objetividad a la hora de planear una actividad o tarea. Ya lo dijo San Bernardo, “el camino al infierno está pavimentado de buenas intenciones”.

¿Qué hacer entonces? John Whitmore en su libro “Coaching”, propone una serie de consideraciones que ayudan a las personas a asegurarse de que tienen lo que necesitan para llevar a cabo una tarea y quisiera que hoy nos quedáramos con dos de ellas. Por mi parte, planeo empezar a utilizarlas a partir de hoy.

1. ¿Qué obstáculos puede encontrar en el camino?

Esto nos ayuda a prever lo que puede impedirnos obtener el resultado deseado y adelantarnos con la solución. Cuando intento llegar a algún lado, por ejemplo, revisar la ruta anticipadamente me ayudará a encontrar el camino aún y si no puedo ver el teléfono temporalmente por seguridad. (Por ejemplo)

2. ¿Qué apoyo necesita?

El apoyo puede ser recursos o habilidades adicionales o la ayuda de personas específicas. Para mí, la asesoría de alguien que supiera hacer este tipo de esquinas me habría sido de mucha utilidad.

El famoso coach propone además una fórmula que a mí me parece esencial a la hora de empezar un proyecto:

“Califique en una escala del uno al diez, su grado de certidumbre en cuanto a su intención de llevar a cabo las acciones acordadas.”

Con esto, se aclara el nivel de compromiso que se tiene con la acción antes de iniciar. En mi caso, mi intención de estrenar las servilletas en un festejo que preparo para el sábado me ha hecho mantenerme fiel a la causa, a pesar de todo. Whitmore incluso asegura que, si no se tiene al menos una calificación de 8 en la intención, el proyecto no se llevará a cabo y lo mejor sería no empezar.

Después de este paréntesis hecho para reflexionar en mis aprendizajes, me voy de regreso al lino azul. Ustedes, ¿qué han aprendido de su último proyecto?

 

 

Pensamientos vs. Realidad

Pensamiento y realidad

¿Es cierto que nuestros pensamientos dictan nuestra realidad? Para mi rumboso equipo de escépticos va este artículo y esta invitación.

Les voy a platicar un interesantísimo experimento que realizó en el otoño de 1981 la doctora Ellen Langer con 8 hombres mayores de setenta años. A todos ellos los “encerró” por el lapso de una semana en un monasterio transformado en New Hampshire, EEUU.

La idea era realizar con ellos un “viaje al pasado” y desde que llegaron a la casa encontraron que todo conjuraba el año 1959. Los detalles fueron cuidados con atención: la música que escuchaban en la radio, los programas de televisión que veían, los libros y revistas en los libreros, la ropa que usaban, la decoración, la comida, las noticias y temas de conversación, todos eran adecuados a ese año. Además, se colgaron fotografías de ellos de los años cincuenta y se eliminaron todos los espejos.

Adicional al “escenario” del experimento, el personal de la casa comenzó a tratarlos, desde que llegaron, como si tuvieran la edad que tenían en esa época, evitando tratarlos como personas mayores y esperando que hicieran lo que en su juventud podían hacer como cargar su equipaje y participar en actividades diversas.

Los hombres gozaban de buena salud, pero tenían signos del paso de los años: principios de artritis y problemas de vista y movilidad entre otros.

El resultado de este estudio fue tan sorprendente que los investigadores tuvieron miedo de revelarlos ante el crítico mundo de la ciencia y fue hasta varios años después, cuando hubo otros estudios que obtuvieron respuestas similares que se atrevieron a mostrar lo que ellos habían notado en los participantes.

Aquellos que “viajaron al pasado” mostraron extraordinarios síntomas de rejuvenecimiento. Su presión arterial bajó dramáticamente, la flexibilidad de sus músculos se incrementó, mejoró su postura, su tono muscular, su vista y oído, así como su agilidad mental. La doctora Langer lo resumió así: “Los hombres creyeron ser más jóvenes y su cuerpo los siguió”.

Ya mucho se ha dicho de los efectos de la mente o los pensamientos en la salud del cuerpo y estos estudios lo demuestran de manera contundente. Pero ¿cómo podemos aplicar esto a nuestra vida y salud?

Como los ancianos internos en el pasado comprobaron, visualizarnos de cierta manera provoca que nuestro organismo responda y se convierta en aquello que imaginamos. ¿Se dan cuenta de lo que esto significa? Visualizarnos sanos, mueve a nuestro organismo hacia la salud igual que visualizarnos enfermos lo hace. De igual forma, visualizarnos felices y plenos nos dirige hacia esa realidad.

Y ¿en qué consiste eso de visualizar? No hay que confundirnos con imaginar ya que es algo mucho más poderoso. Consiste en vivir eso que vemos, esto es, por un lapso de tiempo determinado, hacer el ejercicio de sentir, ver, pensar y creer esa realidad que queremos. Visualizar es convencernos de que esa realidad existe y es en este momento e incluso disfrutar y agradecer eso que tanto ansiábamos que llegara con la certeza de que ya es.

Le parecerá a mi equipo de escépticos un juego de niños, pero ahora la ciencia me brinda fundamentos interesantes y palpables.

Si ahora resulta que hasta el envejecimiento es un estado mental, yo además les pregunto: ¿qué tienen que perder? ¡Hagan la prueba!

No Hay Solución

No hay solución

El título de este artículo es fuerte, pero así debe ser. No es para quienes batallamos con alguna situación difícil en este momento, porque para eso siempre hay soluciones y opciones; esta frase es para quienes pretenden solucionar problemas o conflictos de otros y quisiera que la recibieran tan fuerte como suena: No Hay Solución.

¿Por qué quiero decir esto? Porque ya son demasiadas las personas que encuentro destrozadas, con el ánimo por los suelos y la autoestima arrastrándose un par de pasos detrás; porque ya he contado demasiados años desperdiciados y arañados de frustración y angustia; porque me duele su dolor y me entristece esa carrera sin fin que siguen a pesar de no obtener ni resultados ni agradecimiento y todo por querer solucionar asuntos que no les corresponden.

Cuando menciono la palabra codependencia, muchas personas me miran extrañadas. ¿Codependiente yo? ¿Pero, no es mi responsabilidad preocuparme por mis hijos/padres/pareja/amigos? ¿No es mi deber ayudar al que me necesita? Pues sí y no.

Por supuesto que hay que amar a los demás y darles lo mejor de nosotros mismos, pero no hay que confundir el amor con la dependencia afectiva. El amor empieza por uno mismo. La persona dependiente, en cambio, se olvida de sí mismo por ocuparse de otros. Relega sus sueños, sus ideas, sus valores y hasta sus necesidades por satisfacer los sueños, deseos, ideas y necesidades de otros. La tragedia es que pierde su vida en vano porque aquellos a quienes “ayudó” no agradecerán su intromisión en sus vidas.

La codependencia es aún un término e desarrollo y existen muchos psicólogos e investigadores que han contribuido a definirla. Emergió en 1979 en relación a las personas que vivían con un alcohólico o adicto, pero desde entonces ha ido cambiando. Melody Beaty en su libro “No más codependencia” define a las personas codependientes como “alguien que ha permitido que la conducta de otro le afecte y que está obsesionado con controlar dicha conducta”. Quienes hemos visto el efecto de este comportamiento, sabemos que es catastrófico y permea la vida entera de quien lo sufre.

Y ahora que ya sabemos qué es, ¿qué hacemos? Primero que nada, entender que las personas vamos por la vida tomando decisiones y eligiendo caminos que pueden parecer inadecuados o incómodos para algunos aun cuando para nosotros sean correctos. Tenemos el maravilloso derecho de hacerlo y además la obligación para con nosotros mismos. Claro, cometemos errores y corregimos el rumbo, pero eso no quiere decir que seamos incapaces, eso es simplemente vivir la vida.

El problema para muchos es la falta de confianza en las capacidades de ese otro a quien “quieren ayudar”. Confunden sus decisiones y consecuencias con mala fortuna. Lo cierto es que las personas aprendemos de esas consecuencias y, si se nos permite vivirlas, crecemos y adquirimos sabiduría para decidir mejor. Si, por otro lado, encontramos la manera de evitarlas, como humanamente intentaremos, entonces desgraciadamente, volvemos al primer cuadrito del juego y volvemos a empezar.

El primer paso para salir de la codependencia entonces, es confiar en la capacidad del otro y permitirle vivir su vida y sus consecuencias. Para poder lograr esto, sin embargo, necesitaremos tener la fortaleza que sólo el amor a nosotros mismos nos puede dar, esa es la palanca que nos permitirá saltar a la independencia emocional.

Mi invitación para esta semana es a hacer algo para aumentar la valoración personal y el amor propio. Haz algo que disfrutes, lee un libro, da un paseo en la naturaleza y respira profundo, reúnete con un amigo o amiga, siéntate a recordar tus sueños y elige uno para trabajar en él este año, inscríbete a un curso interesante, ve a terapia, únete a un grupo de ayuda… las opciones son infinitas. Cada paso que des para aumentar tu autoestima, por pequeño que sea, es un paso a tu libertad emocional y a tu felicidad.

Pero les digo algo más: si eligen seguir sufriendo y prefieren continuar sacrificando su vida por otros, respeto su decisión. Yo sí confío en ustedes.

Para Ser Felices

Para ser felices  Todos queremos ser felices. Esto es una realidad, pero además es también ahora la directriz más importante de gran parte de los estudiosos de psicología y sociología en el mundo. Las principales universidades de Estados Unidos y Europa cuentan ya con centros de investigación dedicados a analizar qué nos hace más felices, qué nos motiva, qué despierta nuestra creatividad y qué favorece mejores ambientes de trabajo o familiares, entre muchos otros temas relacionados.

El mejor ejemplo de esto es la doctora Sonja Lyubomirsky de la universidad de California, mejor conocida como “la reina de la felicidad”, quien ha dedicado su vida al tema y ha logrado probar científicamente lo que la filosofía ya nos decía: que nuestra felicidad depende de nuestra genética en un 50%, de nuestras circunstancias en sólo un 10% y el 40% restante depende de nuestra actitud y visión del mundo.

Lo que estos estudios demuestran es que nuestro nivel de felicidad puede ser modificado por hábitos de conducta que nos proporcionen una perspectiva más sana sobre nuestra vida. ¿Cuáles son esos hábitos? Pues aquí les presento cinco de ellos que pueden empezar a aplicar en su vida hoy mismo si quieren ser más felices el día de mañana:

1. Desarrolla tu capacidad de asombro

Cosas sorprendentes suceden en el mundo cada instante. El haber visto tantas imágenes como las que estamos expuestas cada día mediante la tecnología nos ha hecho inmunes al asombro, sin embargo, esa actitud es inspiradora y nos mueve a reconocer la enorme riqueza y belleza que nos rodea. Intentemos contemplar el mundo con ojos de niños y dediquemos tiempo a disfrutar de las maravillas que hay en la naturaleza. Apreciar la delicada simetría de una flor o la variedad de tonos de un atardecer seguramente nos hará sentir asombro y una gratitud restauradora.

2. Socializa y cuida a tus amigos

Aunque aislarte es una reacción usual cuando te sientes triste, los estudios demuestran que es lo peor que puedes hacer. Aunque sea forzado al principio, intenta salir y socializar con tus amigos o seres queridos puesto que eso aleja la depresión y te aporta emociones positivas que incrementan tu bienestar.

3. Toma responsabilidad por tu vida

Lo malo de culpar a otros o a circunstancias externas de cómo nos sentimos es que estamos cediendo el control de nuestra vida y eso es incompatible con la felicidad. Para ser felices necesitamos tomar las riendas de nuestras emociones y trabajar en ellas para transformarlas en lo que queramos que sean.

4. Evita quejas y críticas

Quejarse o criticar parecen ser dos pasatiempos comunes, pero en realidad son trampas de arena para nuestra felicidad. Criticamos a otros para sentirnos mejor sobre lo que somos o hacemos, pero al final esa actitud nos convierte en personas exigentes y amargadas. Por otro lado, al quejarnos reafirmamos lo negativo que hay en nuestra vida y alejamos lo positivo que también existe, además de alejar a los demás porque a nadie le gusta escuchar quejas todo el día.

5. No vivas de tu imagen

Tratar de impresionar a otros nos resta felicidad porque, aunque lo consigamos, no lograremos lo que realmente queremos, que es ser amadas por quienes somos en el fondo. Hay docenas de estudios que demuestran que los bienes materiales no te hacen más feliz y otros tantos que han demostrado que las redes sociales producen ansiedad y estés porque nos ofrecen una realidad fantasiosa que solemos comparar desfavorablemente con la nuestra. Si queremos ser más felices, hay que dejar valorar sólo el exterior y empezar a darle peso a lo que hay detrás de la imagen.

La conclusión  es que no podemos cambiar nuestros genes ni podemos siempre modificar nuestras circunstancias externas, pero lo que si podemos cambiar, nuestra actitud y visión del mundo, es suficiente para que logremos lo que anhelamos en la vida: ser felices.

Las 5 Lecciones que me dejó la Muerte

 

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Anita Moorjani es una mujer de complexión sólida y mirada dulce. A sus 57 años, celebra su vida como pocas personas porque asegura que ni siquiera debería de estar viva. De ascendencia hindú, aunque dejó la India poco después de nacer, Anita enfermó de cáncer linfático en el 2002 y, después de tratar métodos alternativos de sanación sin resultado, intentó los tradicionales con igual efecto.

En el 2006, la vida de esta mujer de tez morena pendía de un hilo: tenía tumores por todo el cuerpo, algunos del tamaño de limones, y los doctores le dijeron a su familia que estaba viviendo sus últimos momentos. Repentinamente, entró en coma y vivió una experiencia cercana a la muerte en la que experimentó su unión con todo y todos los que la rodeaban. De ella, despertó con una comprensión profunda de quién era y por qué tenía cáncer, además de entender que estaba curada. En efecto, dejó el hospital en tres semanas y en pocos meses gozaba de un estado de salud perfecto.

De su extraordinaria experiencia, que pueden leer completa en su libro “Morir para ser yo” (Dying to be me), ella rescata cinco aprendizajes principales que quisiera compartir con ustedes esta semana, esperando que, al hacerlos vida, no sólo evitemos enfermedades, sino que logremos vivir con mayor plenitud.

1- Lo más importante es el amor

De acuerdo a la consultora hindú, es en el amor en el que hay que poner toda nuestra atención. Y no se trata sólo del amor a los demás sino sobre todo a uno mismo. Anita afirma que una de las razones por las que ella padeció de cáncer fue porque no se amaba ni valoraba a sí misma. “El amor propio” – comenta- “afecta nuestra manera de relacionarnos con los demás e impide que permitamos malos tratos de otros o de nosotros mismos.”

2- Hay que vivir sin miedo

La mayoría de nosotros crecemos en una dieta de miedo, afirma la oradora internacional, y asegura que ella tenía miedo de todo: del cáncer, de la alimentación inadecuada, de no gustar a los demás, del fracaso, etc. “Pensamos que el miedo nos protege”- agrega- “cuando sólo el amor puede hacer eso, porque cuando nos amamos y amamos a otros, nos cuidamos y los cuidamos también a ellos.”

3- Hay que darle importancia al humor y la alegría en nuestras vidas

Reír es más importante que cualquier otra actividad espiritual, afirma la señora Moorjani, y nos recuerda que de niños lo hacíamos todo el tiempo, pero con el paso de los años lo vamos dejando atrás como si no fuera algo esencial. En su libro, ella nos invita a encontrar el gozo en lo que hacemos y la alegría de cada día como una forma de terapia para nuestra salud física, psicológica y espiritual.

4- La vida es un regalo

La mayoría de nosotros, vivimos la vida como si fuera un trabajo o un deber, comenta Anita, cuando en realidad es un regalo y así es como hay que verlo. “A mí me costó casi perder la vida aprender eso”- agrega- “y no quiero que a otros les pase igual”. Incluso asegura que las dificultades también son regalos porque nos traen enseñanzas como le pasó a ella con su experiencia de enfermedad, “yo pensé que el cáncer me estaba matando, pero en realidad me estaba matando yo misma antes que el cáncer, el cáncer me salvó la vida.”

5- Se tú mismo

Darnos cuenta de quiénes somos, aceptarnos y ser aquello para lo que fuimos creados es la mayor realización que podemos encontrar. En esta última lección, Anita nos anima a tener valor para ser únicos y para vivir auténticamente nuestra vida.

La invitación de Anita Moorjani con su testimonio es a vivir sin miedo y a ser y amar quienes somos. La mía es a preguntarte ¿A qué le tienes miedo hoy? ¿Qué harías diferente en tu vida si no tuvieras ese miedo? Y probar…

 

¿No te gusta obedecer?

Obedecer

Desde la página 58 supe que no iba a ser un buen libro. Era muy técnico, despersonalizado y redundante. Sin embargo, llegué hasta la página 162 antes de dejarlo. Y entonces me di cuenta del patrón.

Hace apenas una semana, una señora me estaba platicando de lo enojada que estaba consigo misma por ser tan obediente: cuando alguien le decía lo que debía hacer, lo hacía sin preguntar. En caso contrario, sentía una culpa terrible y usualmente terminaba de todas formas haciéndolo. Recordaba algo desesperada que, en su infancia, seguía las instrucciones de sus padres sin chistar. Más adelante, empezó a obedecer a su marido y ahora, sentía mucho enojo porque se daba cuenta de que estaba siguiendo las órdenes de sus hijos y de la sociedad aún en contra de su buen juicio.

Lo extraño es que, cuando la escuchaba, no me sentí identificada. Yo siempre me he considerado una persona más bien rebelde y cuestionadora. Pero ¿qué es lo que me hace leer 104 páginas de un mal libro por el simple hecho de haberlo empezado? Lo mismo que me hace terminar de ver una película que no me gusta o acabarme un platillo regular en un restaurante: la idea de que si ya lo pedí/compré/empecé, lo tengo que terminar porque en mi cabeza se escucha una vocecita aguda que me dice ” ahora te aguantas”… y a esa es a la que yo obedezco sin darme cuenta.

Como he contado antes, cada año suelo dedicarlo a algún aprendizaje específico. Este, mi año de vida número 50 lo dediqué a aprender a apreciar. Apreciar lo que la vida me ha dado durante 365 días ha sido un ejercicio sumamente enriquecedor e invaluable que les resumiré en otro momento, pero hoy, el penúltimo día de mi año dedicado a apreciar, agradezco esta lección final que recibo: el ejercicio de apreciar no está completo si no logro apreciarme a mí misma.

El asunto es que todos pensamos que tenemos autoaceptación y autovaloración positivas, pero de pronto nos enganchamos cuando alguien nos rechaza o sacrificamos nuestro precioso tiempo en algo que no queremos hacer, por mencionar sólo dos ejemplos, y esas son claras señales que indican lo contrario.

La sana autoestima, en cambio, nos brinda libertad y paz interior, no importa el drama, la lucha o el efecto que nuestros actos produzcan en los demás. ¿Les suena egoísta? Piensen en la última vez que se vieron forzados a acceder a hacer algo que no deseaban hacer por compromiso. ¿Qué hubiera pasado si se negaran? Seguramente hubieran provocado alguna molestia pero ¿vale la pena sacrificar tu vida por complacer a los demás?

Eliminando los compromisos obvios que se derivan de la responsabilidad de decisiones anteriores importantes, como cuidar a los hijos pequeños, por ejemplo, los invito esta semana a compartir mi recién adquirida conciencia de apreciar el tiempo que destino a las diferentes actividades que realizo. Para empezar, no pienso terminar de leer libros malos ni de ver películas aburridas o escuchar conversaciones que me contaminen. Cada minuto es único y no vuelve, intentemos no conformarnos con vivirlo “casi bien”.

Esta semana, en la que empiezo el año de buscar la paz, agradezco lo que he aprendido a apreciar, incluyendo a mí misma.

Amor del Bueno

Amor del Bueno

¿Les ha pasado que escuchan algo o aprenden sobre un tema y de pronto lo ven en todas partes? Algunos definen este fenómeno como Ilusión de Frecuencia y ha sido estudiado por psicólogos y sociólogos durante años. Otros estudiosos, sin embargo, le llaman “sincronías” y se refieren a repeticiones de un mensaje que la vida intenta enseñarte en ese momento.

Sea una u otra explicación, lo cierto es que, desde hace varios meses, esto me ha ocurrido con el tema del amor propio. Ese tema que suena tan vano, tan superficial y tan conocido que ya lo damos por hecho, es mucho más profundo de lo que yo antes creía y afecta nuestra vida en todas las maneras importantes. ¿Qué significa realmente amarse a sí mismo?

Esta semana, una persona me hablaba de la enfermedad de su madre y de cómo la conmovía verla postrada en cama tan vulnerable. Después de hablar un rato de la inminencia de la muerte que se sospechaba, hizo una pausa y luego, casi de repente, me hizo esta pregunta: ¿y ahora quién me va a querer?

Sus palabras parecieron caer a un abismo y nos quedamos viendo en silencio.

Víctor Frankl, creador de la Logoterapia, afirma que el sentido de nuestra vida debe estar en algo no perecedero, porque si ponemos el sentido de todo lo que somos y hacemos en una persona, una cosa o una situación determinada, estaremos condenados a perderlo. Las circunstancias de la vida son tan cambiantes que no podrían sostener el peso de la razón de nuestra existencia.

Incluso Frankl cuenta de personas que vivieron con él la terrible experiencia de los campos de concentración y no sobrevivieron porque ponían el sentido de su vida en alguna persona o acontecimiento como, por ejemplo, encontrar a algún familiar. Cuando se enteraban que éste había muerto, perdían toda fuerza y fallecían a los pocos días.

Pienso que con el amor propio pasa algo parecido. Sin duda los padres son un referente personal importantísimo y, para muchos, el más claro ejemplo de la aceptación incondicional; pero si ponemos en ellos el único amor que puede sostenernos, la vida nos lo quitará. Si ellos o son nuestra única fuente de amor incondicional, la perderemos y lo mismo sucederá si dependemos emocionalmente de cualquier otra persona.

La alternativa a esto es desarrollar un sano amor propio. El problema es que solemos ser muy exigentes para amarnos porque nos comparamos con los rasgos sobresalientes de otros a quienes admiramos. Usualmente no vemos la película completa de la vida de una persona exitosa o muy bella, sólo vemos su rasgo envidiable y nos juzgamos contra éste. Como consecuencia, queremos tener todas las cualidades admirables de los demás y ninguno de sus defectos, lo cual es imposible y nos hace sentirnos poco dignos de amor.

En este mes de febrero, en el que vemos corazones rojos por todas partes, que bueno será que le dediquemos un poco de tiempo a revisar cómo andamos en el único amor que puede sostenernos siempre y la fuente de nuestra capacidad de amar a los demás: el amor que nos tenemos a nosotros mismos. ¡Se vale enamorarse!

Todo Cambia

Todo Cambia 2

Tengo en mi recién estrenado estudio, dos globos terráqueos. Uno es nuevo y el otro es de los años sesentas. En el nuevo aparecen países como Bangladesh y Pakistán, pero en el antiguo no están. Si además revisara un globo terráqueo de hace cien años, también habría cambios importantes en el mundo, países como Latvia y Estonia aparecieron apenas en 1918; y aún si me fuera más atrás, la imagen del mundo ni siquiera sería un globo.

Como amante de la historia universal, eso me parece muy interesante; pero como estudiante del ser humano y de su conducta, me lo parece aún más, porque si algo tan definitivo como nos parecería que es el globo terráqueo puede modificarse tanto y de forma tan continua a través del tiempo ¿cómo podríamos pensar que el ser humano no puede cambiar?

Cada vez que conquistamos una nueva meta, cada ocasión en la que le ganamos territorio al miedo, cada vez que nos atrevemos a tomar el control de nuestros sentimientos, siempre que nos lanzamos a hablar con la verdad y cada momento que comprendemos profundamente a otro ser humano y su circunstancia, por dar sólo algunos ejemplos, el territorio de nuestra conciencia, lo que delimita quiénes somos en realidad, se amplía, crece y se modifica.

Incluso nuestro territorio físico, nuestro cuerpo, cambia por diferentes circunstancias. De acuerdo a los estudios realizados por Lise Bourbeau y expuestos en su libro “Las cinco heridas que impiden ser uno mismo”, el campo morfológico del cuerpo humano se desarrolla de diferente manera de acuerdo a las heridas emocionales que tiene puesto que éstas, afectan la química de nuestro organismo y su composición. Lo asombroso es que, si la persona se da a la tarea de trabajar y sanar esas heridas, el cuerpo se modifica de nuevo.

Todo esto hace que, la posibilidad de que alguien diga “yo soy así” sea imposible para mí: una completa ilusión. No es que seamos cambiantes como el mundo, ¡es que somos el universo entero en continuo movimiento y transformación!

Tomen una foto de ustedes de hace veinte años, contémplenla bien y piensen ¿quiénes eran ustedes en esa foto? ¿En qué creían? ¿Cómo se sentían? ¿Qué defendían? ¿Qué les daba seguridad? Después, contemplen una foto reciente y piensen quiénes son ahora y en qué creen ahora y encuentren cómo se diferencian de ese territorio que ocuparon en la vida hace veinte años. Si les gusta lo que descubren, si están contentos con su forma de gobierno y libertad interiores, los felicito. Si no, también los felicito, porque darse cuenta es siempre causa de celebración. Y si hemos cambiado tanto en veinte años, y a veces sin darnos siquiera cuenta, los cambios que podemos lograr si nos lo proponemos son aún mayores.

Me gusta conservar estos globos terráqueos, aunque uno no sea ya preciso, porque son para mí un recordatorio de que nada es para siempre. Cuando las circunstancias de la vida nos hagan movernos, busquemos ampliar nuestras fronteras para incluir el nuevo mundo que la vida nos invita a conquistar. ¡Tierra a la vista!

La Vida Como Aprendizaje

El siguiente texto no es mío, desafortunadamente, pero me gustó tanto que quise compartirlo en esta página. Borja Vilaseca es un escritor y conferencista español experto en desarrollo personal y liderazgo. Léanlo despacio…

“La vida es un proceso pedagógico cuya principal finalidad es crecer, madurar y evolucionar como seres humanos, aprendiendo a ser felices por nosotros mismos, de manera que sepamos cómo amar a los demás y a la vida tal como son.”

No hemos venido a este mundo a ganar dinero. Ni tampoco a proyectar una imagen del agrado de los demás, logrando éxito, estatus, respetabilidad y reconocimiento. Nuestra existencia como seres humanos tampoco está orientada a comprar, poseer y acumular cosas que no necesitamos. Ni mucho menos a evadirnos constantemente de nosotros mismos por medio del entretenimiento. De hecho, no estamos aquí -solamente- para sobrevivir física, emocional y económicamente.

Y entonces, ¿hay algún propósito más trascendente? ¿Para qué vivimos? Aunque cada uno está llamado a encontrar su propia respuesta, los sabios de todos los tiempos nos han invitado- una y otra vez- a ver la vida como “un continuo proceso de aprendizaje”. Si bien el resto de los mamíferos nacen como lo que son, nosotros nacemos todavía por hacer. Ser humanos es una potencialidad. De ahí que en un principio no vivamos de forma responsable, libre, madura y consciente. Todas estas cualidades y capacidades están latentes en nuestro interior. Y así siguen hasta que las desarrollamos a través de la comprensión y el entrenamiento.

No en vano, adoptar una postura victimista frente a nuestras circunstancias nos impide aprender y desplegar todo nuestro potencial. Sólo en la medida que padecemos la crisis de los cuarenta- orientando nuestra existencia a la transformación-, empezamos a cuestionar nuestro sistema de creencias, modificando- a su vez- nuestra escala de valores, prioridades y aspiraciones. Es entonces cuando decidimos que lo más importante es “aprender a ser felices por nosotros mismos”. Es decir, a sentirnos realmente a gusto sin necesidad de ninguna persona, estímulo, cosa o circunstancia externa. Más que nada porque ¿de qué nos sirve llevar una vida de éxito y de abundancia material si nos sentimos vacíos e insatisfechos por dentro?

En general, solemos confundir la felicidad con el placer y la satisfacción que nos proporciona el consumo de bienes materiales. Y también con la euforia de conseguir lo que deseamos. Sin embargo, la verdadera felicidad no está relacionada con lo que hacemos ni con lo que poseemos. Aunque no es posible describirla con palabras, podría definirse como la ausencia de lucha, conflicto y sufrimiento internos. Por eso se dice que somos felices cuando nos aceptamos tal como somos y- desde un punto de vista emocional- sentimos que no nos falta nada.

Y es que la felicidad no tiene ninguna causa externa: es nuestra verdadera naturaleza. Igual que no tenemos que hacer nada para ver- la vista surge como consecuencia natural de abrir los ojos-, tampoco tenemos que hacer nada para ser felices. Tanto la vista como la felicidad vienen de serie: son propiedades naturales e inherentes a nuestra condición humana. Así, nuestro esfuerzo consciente debe centrarse en eliminar todas las obstrucciones que nublan y distorsionan nuestra manera de pensar y de comportarnos, como el victimismo, la inseguridad, la impaciencia, el aburrimiento o el apego.

Cultivar la Paz Interior

Más allá de aprender a ser felices por nosotros mismos, hemos venido al mundo a aprender a “sentir una paz invulnerable”. Y para lograrla, hemos de trascender nuestro instinto de supervivencia emocional, que nos lleva a reaccionar mecánica e impulsivamente cada vez que la realidad no se adapta a nuestros deseos, necesidades y expectativas. Como descubrió el psicoterapeuta Víctor Frankl, “entre cualquier estimulo externo y nuestra consiguiente reacción, existe un espacio en el que tenemos la posibilidad de dar una respuesta más constructiva”. Esta es la esencia de la proactividad.

Eso sí, para poder ser proactivos hemos de vivir conscientemente. Es decir, dándonos cuenta en todo momento y frente a cualquier situación de que no son las situaciones sino nuestros pensamientos, los que determinan nuestro estado emocional. Al tener presente esta verdad fundamental, podemos entrenar el músculo de la aceptación en todas nuestras interacciones cotidianas. Sobre todo, porque no hay mejor maestro que la vida ni mayor escuela de aprendizaje que nuestras propias circunstancias.

El reto consiste en aprender a aceptar a los demás tal como son y fluir con las cosas tal como vienen. Y aceptar no quiere decir resignarse. Tampoco significa reprimir o ser indiferente. Ni siquiera es sinónimo de tolerar o estar de acuerdo. Y está muy lejos de ser un acto de debilidad, pasotismo, dejadez o inmovilidad. Más bien se trata de todo lo contrario. La auténtica aceptación nace de una profunda comprensión, e implica dejar de reaccionar impulsivamente para empezar a dar la respuesta más eficiente en cada situación. Así es como podemos cultivar y preservar nuestra paz interior. Tal como dijo el sabio Gerardo Schmedling, “aquello que no somos capaces de aceptar es la única causa de nuestro sufrimiento”.

En la medida que aprendemos a ser felices por nosotros mismos- dejando de sufrir- y a sentir una paz invulnerable- dejando de reaccionar-, también aprendemos a “amarnos a nosotros mismos y a los demás”. Y al hablar de amor no nos referimos al sentimiento, sino al comportamiento. De ahí que amar sea sinónimo de comprender, empatizar, aceptar, respetar, agradecer, valorar, perdonar, escuchar, atender, ofrecer, servir y, en definitiva, de aprovechar cada circunstancia de la vida para dar lo mejor de nosotros mismos.

Como dijo el sabio Anthony de Mello, “el amor beneficia en primer lugar al que ama y no tanto al que es amado”. De ahí que limitar nuestra capacidad de amar nos perjudica- principalmente- a nosotros mismos. Además, cuanto más entrenamos los músculos de la responsabilidad (como motor de nuestra felicidad), la aceptación (como motor de nuestra paz interior) y el servicio (como motor de nuestro amor), más abundante y próspera se vuelve nuestra red de relaciones y vínculos afectivos.

Llegados a este punto, cabe preguntarse: ¿somos verdaderamente felices? ¿O más bien solemos sufrir? ¿Sentimos una paz invulnerable? ¿O más bien solemos reaccionar? ¿Nos amamos a nosotros mimos y, en consecuencia, a los demás? ¿O más bien seguimos luchando y creando conflictos? ¿Estamos dando lo mejor de nosotros mismos? ¿O más bien seguimos limitando nuestra capacidad de amar y de servir, esperando que sean los demás quienes se adapten a nuestros deseos y expectativas? Sean cuales sean las respuestas, cabe recordar que el aprendizaje es el camino y la meta de nuestra existencia. Así, el hecho de que estemos vivos implica que, seguramente, todavía tenemos mucho por aprender.

Este texto es un extracto del libro “El sentido común”, publicado por Borja Vilaseca en octubre del 2011 aquí está este y otros títulos del autor que te interesarán. .