Las 5 Lecciones que me dejó la Muerte

 

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Anita Moorjani es una mujer de complexión sólida y mirada dulce. A sus 57 años, celebra su vida como pocas personas porque asegura que ni siquiera debería de estar viva. De ascendencia hindú, aunque dejó la India poco después de nacer, Anita enfermó de cáncer linfático en el 2002 y, después de tratar métodos alternativos de sanación sin resultado, intentó los tradicionales con igual efecto.

En el 2006, la vida de esta mujer de tez morena pendía de un hilo: tenía tumores por todo el cuerpo, algunos del tamaño de limones, y los doctores le dijeron a su familia que estaba viviendo sus últimos momentos. Repentinamente, entró en coma y vivió una experiencia cercana a la muerte en la que experimentó su unión con todo y todos los que la rodeaban. De ella, despertó con una comprensión profunda de quién era y por qué tenía cáncer, además de entender que estaba curada. En efecto, dejó el hospital en tres semanas y en pocos meses gozaba de un estado de salud perfecto.

De su extraordinaria experiencia, que pueden leer completa en su libro “Morir para ser yo” (Dying to be me), ella rescata cinco aprendizajes principales que quisiera compartir con ustedes esta semana, esperando que, al hacerlos vida, no sólo evitemos enfermedades, sino que logremos vivir con mayor plenitud.

1- Lo más importante es el amor

De acuerdo a la consultora hindú, es en el amor en el que hay que poner toda nuestra atención. Y no se trata sólo del amor a los demás sino sobre todo a uno mismo. Anita afirma que una de las razones por las que ella padeció de cáncer fue porque no se amaba ni valoraba a sí misma. “El amor propio” – comenta- “afecta nuestra manera de relacionarnos con los demás e impide que permitamos malos tratos de otros o de nosotros mismos.”

2- Hay que vivir sin miedo

La mayoría de nosotros crecemos en una dieta de miedo, afirma la oradora internacional, y asegura que ella tenía miedo de todo: del cáncer, de la alimentación inadecuada, de no gustar a los demás, del fracaso, etc. “Pensamos que el miedo nos protege”- agrega- “cuando sólo el amor puede hacer eso, porque cuando nos amamos y amamos a otros, nos cuidamos y los cuidamos también a ellos.”

3- Hay que darle importancia al humor y la alegría en nuestras vidas

Reír es más importante que cualquier otra actividad espiritual, afirma la señora Moorjani, y nos recuerda que de niños lo hacíamos todo el tiempo, pero con el paso de los años lo vamos dejando atrás como si no fuera algo esencial. En su libro, ella nos invita a encontrar el gozo en lo que hacemos y la alegría de cada día como una forma de terapia para nuestra salud física, psicológica y espiritual.

4- La vida es un regalo

La mayoría de nosotros, vivimos la vida como si fuera un trabajo o un deber, comenta Anita, cuando en realidad es un regalo y así es como hay que verlo. “A mí me costó casi perder la vida aprender eso”- agrega- “y no quiero que a otros les pase igual”. Incluso asegura que las dificultades también son regalos porque nos traen enseñanzas como le pasó a ella con su experiencia de enfermedad, “yo pensé que el cáncer me estaba matando, pero en realidad me estaba matando yo misma antes que el cáncer, el cáncer me salvó la vida.”

5- Se tú mismo

Darnos cuenta de quiénes somos, aceptarnos y ser aquello para lo que fuimos creados es la mayor realización que podemos encontrar. En esta última lección, Anita nos anima a tener valor para ser únicos y para vivir auténticamente nuestra vida.

La invitación de Anita Moorjani con su testimonio es a vivir sin miedo y a ser y amar quienes somos. La mía es a preguntarte ¿A qué le tienes miedo hoy? ¿Qué harías diferente en tu vida si no tuvieras ese miedo? Y probar…

 

La caída

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Salí volando… literalmente. No pensaba subir por el elevador del aeropuerto pero la puerta se abrió justo cuando iba pasando y me metí con prisa. Intentaba sacar el pase de abordar de mi bolsa mientras balanceaba un latte helado cuando, después del sonido de la campanita, la puerta se abrió… a mis espaldas. Al entrar, no vi que el elevador se abría por los dos lados. Apurada, batallé para darle vuelta al veliz mientras intentaba guardar el pase y los chicles que acababa de comprar y salí casi corriendo para evitar que se cerrara la puerta en mis narices, pero mi pie se atoró en un pedazo del suelo que el elevador ya  no quiso alcanzar y entonces fue que volé.

Primero golpeé el suelo con las rodillas, después me impacté con el codo derecho y con la mano izquierda, en la que llevaba el latte helado recién servido, el cual explotó contra la dura loza y bañó al menos a cinco personas que, asombradas, miraban el elevador intentando encontrar a alguien que quizá me hubiera empujado. Finalmente mi cabeza se impactó fuertemente con un carrito metálico para llevar velices que conducía una mujer joven con un bebé colgado en el frente al estilo canguro y una mochila enorme atrás.

No sé si fue el duro golpe en la cabeza pero por unos segundos no escuché más que silencio. Luego observé movimiento a mi alrededor mientras revisaba los músculos de mi cuerpo a ver si no tenía algo roto. Me dolía todo. El codo me retumbaba.

De pronto vi que una mano enorme intentaba levantarme. La dueña de la manaza, una señora afroamericana, meneaba lentamente la cabeza como se hace con un niño travieso al que hay que tenerle paciencia. “Debes tener más cuidado” me dijo en inglés con un fuerte acento mientras me ayudaba a sentarme. Noté sus pantalones manchados de café y sentí detrás de los ojos la punzada de la jaqueca que se avecinaba.

Dos mujeres musulmanas con hiyab cubriéndoles el cabello, una de ellas empujando una carriola con un niño, mi miraban con timidez pero lentamente siguieron el ejemplo de una joven oriental y me ayudaron, recogiendo mis cosas esparcidas entre el charco de latte, y sacudiéndolas. Un joven con los brazos completamente cubiertos de tatuajes de colores me ayudó a ponerme de pie y me dio en la mano mi pase de abordar mientras me preguntaba si estaba “okey”. Yo mantenía la cabeza baja, el espectáculo y las gotas de café que veía en sus ropas me hacían sentir una vergüenza indecible.

Cuando estuve de nuevo posibilitada para alejarme, los miré a todos. La joven madre del carrito metálico, recogió el vaso vacío de líquido café y tirándolo al basurero, me sonrió y se encogió de hombros como expresando que la vida a veces juega esas bromas y no hay nada que hacer. Le agradecí la sonrisa con otra y les di las gracias a todos, disculpándome por el contratiempo. Entonces el elevador se abrió de nuevo y salieron otras personas que acababan de subir. Así fue como me di cuenta de que ninguna de las personas que había estado esperando el elevador cuando yo hice mi entrada triunfal se había ido. Todos se quedaron, primero asombrados y después a ayudarme. Ninguno me abandonó al caer ni me dejaron en el suelo para seguir con sus vidas. No me lo van a creer, pero sentí ganas de llorar al verlos al fin acomodarse en el elevador para bajar. Aquellos extraños samaritanos me conmovieron profundamente.

Con renovada fe en la humanidad y las rodillas adoloridas, me subí finalmente al avión que me condujo a casa. Me emociona recordar a ese grupo de gente, representativa de tan diferentes ideologías, unida por una ridícula casualidad y haciendo el bien. He considerado llamar a la ONU y narrarle a alguien mi experiencia para intentar expresar que los ciudadanos común y corrientes del mundo no queremos divisiones ni guerras, al contrario: ¡nos ayudamos sin conocernos! Además estoy segura de que no soy la única que ha vivido una experiencia similar, aunque espero menos embarazosa, y podríamos colaborar a la paz mundial con nuestros testimonios.

Bueno, creo que sería un proyecto interesante, pero mientras eso sucede ¿tal vez haya manera de hacer que Trump se tropiece en un aeropuerto? ¡Le haría tanto bien!

 

Conocimiento y Autoconocimiento

Pez Sevillano

Mi hijo mayor tenía alrededor de siete años cuando me hizo la pregunta, y desde entonces la recuerdo a menudo. Estábamos parados frente a un enorme acuario en un parque de diversiones y contemplábamos con fascinación la gran diversidad de peces que nadaban dentro.  Cada vez que uno se acercaba, lo señalábamos y admirábamos alguna de sus características con curiosidad. De repente un pez amarillo, que parecía llevar una falda negra con lunares, muy al estilo sevillana, se acercó a nosotros con curiosidad. Nos miraba y se movía de arriba a abajo, como tendríamos que hacer nosotros para ver a alguien completo si no tuviéramos cuello. Entonces llegó a la altura de los ojos de mi hijo y se quedó casi inmóvil por un rato. Para mí, fue un momento mágico, de increíble asombro y maravilla ante la naturaleza, tan cercana y tan lejana que teníamos enfrente.

Para nada me esperaba lo que vino a continuación: cuando el pez por fin se fue, mi hijo volteó a verme y me dijo muy serio “Mamá, ¿cómo sabes que no somos nosotros los que estamos dentro de la pecera y ellos los que nos vienen a ver?”  Siempre he dicho que ese niño tiene una disposición natural a la filosofía.

En el mundo hay millones de lugares hechos especialmente para que veamos algo: zoológicos, museos, monumentos, parques naturales, etc. Nos encanta pasear y señalar lo que nos gusta, lo que nos parece interesante o raro. Lo malo de que los humanos hayamos hecho estos lugares es que no hay alguien que haga un lugar para ver a los humanos. ¡Y cuánta falta nos hace estudiarnos!

Que bueno sería que nos tomáramos el tiempo de observarnos, de conocernos y de aprender sobre nuestras diferencias y similitudes. Que sorpresa nos llevaríamos al ver cómo somos y cómo nos comportamos en realidad y los efectos que nuestra conducta tiene en quienes nos rodean. Todavía más interesante sería que nos conociéramos por dentro y que estudiáramos nuestras emociones, nuestras creencias y nuestros talentos. Convencida, como lo estoy, de que las personas nos comportamos siempre conforme a lo mejor que sabemos y podemos, creo que este autoestudio sería transformador y de enorme beneficio para la humanidad.

Antonio Machado dijo una vez: “El ojo que ves, no es ojo por que lo veas; es ojo porque te ve.” Con esa simple oración refleja que los seres humanos olvidamos que hay un observador en lo que observamos. Estoy segura de que mi primogénito no recuerda la pregunta que ese día me hizo, pero a  mí me asalta de repente y volteo arriba despacio, tratando de descubrir en lo alto una mano que me señala con curiosidad. El ojo que ves, no es ojo porque lo veas; es ojo porque te ve. Antonio Machado www.redeshumanas.mx Click To Tweet

¡Eres Otra Persona!

mujer de compras

La vi en aquella tienda llena de gente y la saludé a lo lejos, pero ya no pude apartar mi mirada de ella, porque de inmediato noté pasmada que se dirigía hacia mí con paso rápido, firme y decidido. Tuve la sensación de estar observando a un halcón volar hacia a su presa y me acerqué a la persona que me precedía en la fila sin darme cuenta, como para protegerme.

– ¡Martha! – fue su saludo entusiasta- ¡Pero si eres otra persona!

Mi mente permaneció en blanco por cuatro segundos exactos.

– ¡Estas flaquísima mujer! ¿Cómo le hiciste? Yo estoy probando con un doctor nuevo que te da un tratamiento de una…

¿Otra persona? – pensé- ¿bajar tres kilos pueden hacerme otra persona? ¡Cuántos años y dinero gasta el mundo tan equivocadamente en terapia! ¡Cuánta gente buscando la paz en grupos de apoyo y crecimiento a base de esfuerzo y autoconocimiento sin saber que el secreto es perder peso! ¡Cuántos alumnos en las aulas del Desarrollo Humano y tantos otros talleres similares perdiendo su tiempo en lugar de simplemente cambiar sus hábitos alimenticios!

– … verdad?- dijo al hacer una pausa para tomar aire. Me miró, y por un momento pensé horrorizada que tendría que contestar, pero afortunadamente continuó diciendo: -Es lo que te digo, pero fíjate que Laura me contó que a ella le había…

Ella continuó su monólogo y yo el mío, en silencio: ¿En qué persona me habré convertido? ¿será que ya no me dan miedo los gatos? ¿o tal vez ya dejé de angustiarme por cosas que no están en mi control? ¿Sería ya por fin la mujer paciente y bondadosa que siempre he querido ser? A lo mejor ya no me exaspera la política nacional casi hasta el llanto… Con cuidado me toqué el cabello a ver si por suerte lo que me había cambiado era el pelo chino… eso sí hubiera sido buenísimo.

– … tu crees? – Me sorprendió de nuevo la pausa en su discurso y esta vez pensé confiada que seguiría hablando pero no: esperó mi respuesta y congeló su sonrisa.

– Em… pues… no sé… fue lo único que logré articular.

Se despidió de mi algo extrañada pero con el mismo aplomo de siempre y probablemente se fue pensando que mis neuronas también habían sufrido algo de adelgazamiento. Yo en cambio, salí de ahí contenta. No solamente logré en efecto bajar tres molestos kilos, sino que además sé que eso no me convierte en otra persona… y, a pesar de todo, lo celebro.