¿Qué aprendimos?

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Durante toda la semana, no he escuchado más que un tema: Trump y el daño que puede hacernos. En mis clases, en las calles, en las reuniones sociales o familiares o en las redes sociales, todo el mundo habla de eso. No voy a alimentar el cúmulo de especulaciones terroríficas, porque creo que ya tenemos suficientes; en lugar de eso, quisiera invitarlos a una reflexión que nos lleve a aprovechar este suceso para ser mejores personas.

El aprendizaje más importante que a mí me deja la elección presidencial estadounidense, es el hecho de que no vemos o más bien, vemos sólo lo que queremos ver. El señor Trump ganó de todas, todas. No hay equivocación posible en que ese era el preferido de millones de personas. Sin embargo, para todos fue sorpresa su victoria. ¿Por qué? Porque cuando algo va en contra de lo que queremos que sea o de lo que creemos que es, no lo vemos. Claro, los medios contribuyeron al gran engaño y sin duda, debe haber habido intereses económicos de por medio, pero yo observé por largo rato a los comentaristas de CNN en el trascurso de la tarde-noche y les aseguro que su confusión era similar a la nuestra: hacían conjeturas, cálculos, intentaban explicar lo que podía pasar si esto y si aquello, pero ninguno tenía una explicación para la cantidad de cuadritos rojos que seguían apareciendo en el mapa de su país.

Una de mis maestras relacionó este fenómeno con el que se da en cualquier guerra: justo antes de que suceda, nadie cree que va a suceder. Esa es la razón, por ejemplo, de que miles de judíos permanecieran en sus países amenazados por el nazismo sin aceptar el peligro que se avecinaba. De ahí viene este aprendizaje de la elección estadounidense: nos cuesta ver lo que no nos gusta.

Aterrizado en nuestras realidades personales, es normal que cueste ver los problemas matrimoniales, por ejemplo, hasta que alguien “de la nada” anuncia que quiere el divorcio; también sucede que no se vea el problema que tiene un hijo o hija hasta que nos encontramos con él o ella en el hospital, y entonces nos preguntamos cómo pudo suceder aquello y por supuesto nos cuesta ver al familiar enfermo, al alcohólico, al diferente… etc.

¿De qué nos sirve este aprendizaje? Pues primero que nada y como dijo el lobo feroz: para ver mejor. Aceptar que vemos parcialmente nos permitirá cuestionar nuestra visión de todas las cosas y eso nos ayudará a ver otras realidades y nos permitirá ampliar nuestra mirada para incluirlas. En la política nacional y en la economía de nuestro propio país hay muchas cosas que debemos ver con urgencia para poder lograr la paz, la prosperidad y la justicia social; pero lo más importante será poder vernos a nosotros mismos y luego a nuestros seres queridos de manera más auténtica y real. Regalarnos o regalarle a alguien nuestra aceptación de su ser completo es la mejor muestra de amor que podemos dar y es lo único que permite, en caso de así elegirlo, cambiar. ¿Tu cómo lo ves?

5 Estrategias Para Crear Emociones Positivas

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Piensa en la última conversación que tuviste. ¿Con quién fue? ¿Cómo te sentiste después de dejar a esa persona? ¿Cómo crees que se sintió ella? Si queremos tener mejores relaciones personales, no es suficiente con desearlo. Lograrlo requerirá que tengamos esa conciencia de cómo son nuestras interacciones diarias y qué dejamos en las personas que se cruzan en nuestro camino.

La semana pasada, en el artículo del libro de la semana, prometía hablar de cinco estrategias que propone Tim Roth para incrementar las emociones positivas en las relaciones personales y lo prometido es deuda… Estas propuestas son sencillas de practicar y aún así muy transformadoras si las aplicamos con tenacidad y atención:

Estrategia #1: Evita la negatividad

Piensa de nuevo en tu última conversación. ¿Los comentarios que hiciste a la otra persona incluyeron quejas o críticas?  Si es así, no estás solo. La revista Psychology Today [1] asegura que de los miles de pensamientos que cruzan diariamente por nuestra cabeza, alrededor del 70% son negativos.

Cuando hacemos comentarios negativos de nosotros o de los demás, cuando nos quejamos de cosas que no podemos cambiar o cuando elegimos ver el lado negativo de la vida en general, estamos restando emociones positivas de nuestra vida. El reto será hacer estas revisiones de nuestros encuentros y evaluar la calidad de nuestras aportaciones. Darnos cuenta de lo que decimos a los demás es la clave para poder modificarlo.

Estrategia #2: Ilumina lo que está bien

En las últimas 24 horas ¿has halagado o felicitado a alguien por algo bien hecho? ¿Has ayudado a alguien a ver algo positivo sobre sí mismo? Es increíble lo acostumbrados que estamos a señalar lo que está mal o lo que no nos gusta de los demás o de nosotros mismos. En cambio, señalar lo positivo nos parece a veces superfluo o incluso tenemos falsas creencias añejas de que pueden producirle efectos negativos.

Reconocer y valorar lo que alguien hace bien es una enorme fuente de emociones positivas. Ten presente además, que lo que reconoces en otra persona ayuda a forjar su identidad y fortalece sus futuros logros en esa área. Si quieres ver más de una conducta, date a la tarea de observarla y resaltarla.

Estrategia #3: Haz mejores amigos

Está comprobado que las personas con relaciones personales enriquecedoras tienen una vida más satisfactoria. Convertir a tus compañeros de trabajo o a tus familiares en mejores amigos hará que las dificultades normales sean más llevaderas y simples.

Llamar a las personas por su nombre, reconocer sus logros, interesarte por sus vidas o por sus planes y apoyarlos en su camino son cosas que puedes hacer para convertir a simples conocidos en amigos verdaderos.

Estrategia #4: Regala algo inesperado

Por supuesto el regalo no tiene que ser algo valioso y ni siquiera algo material. Un abrazo, un pequeño objeto o hasta servirle a alguien una taza de café será doblemente apreciado si es inesperado debido al factor sorpresa. Esto llenará de emociones positivas a quien recibe el obsequio y, por supuesto, de quien lo da.

Estrategia #5: La Regla de Oro en reversa

No  “Trata a los demás como te gustaría que te trataran a ti” sino:  “trata a los demás como a ellos les gustaría ser tratados por ti.” Tómate el tiempo de conocer a las personas y saber qué les gusta y qué no. Hay quienes prefieren ser felicitados en público y quienes prefieren unas palabras en privado. Hay quienes prefieren un abrazo efusivo y quienes se sentirán incómodos con esa expresión de afecto. Esta atención personalizada hará que tus interacciones sean más significativas para la otra persona y que se sienta más valorada.

Lograr emociones más positivas es una tarea de todos los días, pero si sigues estas estrategias, seguramente verás más sonrisas felices en quienes te rodean. ¿Qué tal si lo intentas?

[1] https://www.psychologytoday.com/blog/sapient-nature/201310/how-negative-is-your-mental-chatter

La caída

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Salí volando… literalmente. No pensaba subir por el elevador del aeropuerto pero la puerta se abrió justo cuando iba pasando y me metí con prisa. Intentaba sacar el pase de abordar de mi bolsa mientras balanceaba un latte helado cuando, después del sonido de la campanita, la puerta se abrió… a mis espaldas. Al entrar, no vi que el elevador se abría por los dos lados. Apurada, batallé para darle vuelta al veliz mientras intentaba guardar el pase y los chicles que acababa de comprar y salí casi corriendo para evitar que se cerrara la puerta en mis narices, pero mi pie se atoró en un pedazo del suelo que el elevador ya  no quiso alcanzar y entonces fue que volé.

Primero golpeé el suelo con las rodillas, después me impacté con el codo derecho y con la mano izquierda, en la que llevaba el latte helado recién servido, el cual explotó contra la dura loza y bañó al menos a cinco personas que, asombradas, miraban el elevador intentando encontrar a alguien que quizá me hubiera empujado. Finalmente mi cabeza se impactó fuertemente con un carrito metálico para llevar velices que conducía una mujer joven con un bebé colgado en el frente al estilo canguro y una mochila enorme atrás.

No sé si fue el duro golpe en la cabeza pero por unos segundos no escuché más que silencio. Luego observé movimiento a mi alrededor mientras revisaba los músculos de mi cuerpo a ver si no tenía algo roto. Me dolía todo. El codo me retumbaba.

De pronto vi que una mano enorme intentaba levantarme. La dueña de la manaza, una señora afroamericana, meneaba lentamente la cabeza como se hace con un niño travieso al que hay que tenerle paciencia. “Debes tener más cuidado” me dijo en inglés con un fuerte acento mientras me ayudaba a sentarme. Noté sus pantalones manchados de café y sentí detrás de los ojos la punzada de la jaqueca que se avecinaba.

Dos mujeres musulmanas con hiyab cubriéndoles el cabello, una de ellas empujando una carriola con un niño, mi miraban con timidez pero lentamente siguieron el ejemplo de una joven oriental y me ayudaron, recogiendo mis cosas esparcidas entre el charco de latte, y sacudiéndolas. Un joven con los brazos completamente cubiertos de tatuajes de colores me ayudó a ponerme de pie y me dio en la mano mi pase de abordar mientras me preguntaba si estaba “okey”. Yo mantenía la cabeza baja, el espectáculo y las gotas de café que veía en sus ropas me hacían sentir una vergüenza indecible.

Cuando estuve de nuevo posibilitada para alejarme, los miré a todos. La joven madre del carrito metálico, recogió el vaso vacío de líquido café y tirándolo al basurero, me sonrió y se encogió de hombros como expresando que la vida a veces juega esas bromas y no hay nada que hacer. Le agradecí la sonrisa con otra y les di las gracias a todos, disculpándome por el contratiempo. Entonces el elevador se abrió de nuevo y salieron otras personas que acababan de subir. Así fue como me di cuenta de que ninguna de las personas que había estado esperando el elevador cuando yo hice mi entrada triunfal se había ido. Todos se quedaron, primero asombrados y después a ayudarme. Ninguno me abandonó al caer ni me dejaron en el suelo para seguir con sus vidas. No me lo van a creer, pero sentí ganas de llorar al verlos al fin acomodarse en el elevador para bajar. Aquellos extraños samaritanos me conmovieron profundamente.

Con renovada fe en la humanidad y las rodillas adoloridas, me subí finalmente al avión que me condujo a casa. Me emociona recordar a ese grupo de gente, representativa de tan diferentes ideologías, unida por una ridícula casualidad y haciendo el bien. He considerado llamar a la ONU y narrarle a alguien mi experiencia para intentar expresar que los ciudadanos común y corrientes del mundo no queremos divisiones ni guerras, al contrario: ¡nos ayudamos sin conocernos! Además estoy segura de que no soy la única que ha vivido una experiencia similar, aunque espero menos embarazosa, y podríamos colaborar a la paz mundial con nuestros testimonios.

Bueno, creo que sería un proyecto interesante, pero mientras eso sucede ¿tal vez haya manera de hacer que Trump se tropiece en un aeropuerto? ¡Le haría tanto bien!

 

¿Somos generosos?

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Vengo llegando de la junta de colonos de la colonia donde vivo. En ella, observé a cinco hombres presentar reportes financieros y de actividades que habían realizado durante el año pasado, actividades que sin duda les tomaron muchas horas de trabajo absolutamente voluntario por el bien de sí mismos y de todos sus vecinos. ¿Qué provoca esa generosidad?

Pero les doy otro ejemplo: una compañera de clase, nos regaló a todas una cajita de acrílico con frases para ayudarnos a aprender mejor el tema. Fue un gesto inmenso en cuanto a que no había ninguna razón para que lo hiciera, nadie se lo había pedido, incluso nadie había pensado en lo útil que era hasta que ella nos la regaló. Ella simplemente quiso hacerlo para sí misma y pensó que a todas nos gustaría y, con esa sencillez, puso manos a la obra. No saben lo que me ha servido su gesto.

¿Qué motiva a una persona a hacer eso? Científicos del mundo, como los del departamento de sociología de Notre Dame (EUA) con su programa “La ciencia de la generosidad” llevan a cabo profundas investigaciones para identificar las causas de que las personas podamos o no ser generosas con los demás.

Para estudiar este tema, se han diseñado ingeniosos experimentos. En 1982, tres científicos con nombres muy complicados desarrollaron los llamados “Economic games” o juegos económicos. Uno de ellos es un experimento en el que a una persona se le dan 10 dólares y tiene que decidir si le da algo, nada o todo a otra persona que no puede verlo, que nunca va a saber quién es y a quien nunca va a ver. Tómate un momento para pensar qué harías tu. Los resultados del experimento mostraron que las personas en promedio daban entre dos y tres dólares al extraño desconocido. Algunos economistas, psicólogos y sociólogos sugieren que esto es porque somos generosos de nacimiento pero hay otras explicaciones.

El Dr. Paul Bloom de la universidad de Yale, en su curso de “Moralidad para la vida diaria”, no resuelve la cuestión. Él asegura que mientras algunos estudiosos del tema han probado que todos tenemos un sentido innato de lo que está bien y lo que está mal independientemente de nuestra cultura o edad, otros científicos aseguran demostrar que somos generosos con otros solamente porque la generosidad está al servicio de nuestros propios intereses: necesitamos lazos que nos unan a una comunidad para sobrevivir y por eso nos interesa crearlos mediante intercambios positivos.

¿Qué opinas tu? ¿Será tan importante encontrar las razones para la generosidad? La realidad es que existen personas realmente dadivosas con su tiempo y sus bienes, como muestran los dos ejemplos que expongo al principio, entre muchos otros que tengo la fortuna de conocer. El que esas personas hayan obtenido, o no, un beneficio personal del acto magnánimo que realizaron no elimina el hecho de que también beneficiaron a otros al mismo tiempo.

Quisiera presentar ahora un caso distinto: hace unos meses, me encontré a una señora que asistía conmigo a prestar algunos servicios a una comunidad desfavorecida. La extrañábamos, pues había dejado de ir y hacía una labor extraordinaria de orientación y acompañamiento. Al preguntarle el motivo de su ausencia, me dijo que había recibido tantos elogios y muestras de gratitud por su labor, que le daba miedo estar alimentando su ego con esa actividad y temía convertirse en una persona soberbia si seguía contribuyendo con esa causa. Como dicen en el rancho: “mucho fuego en el corazón, llena de humo la cabeza”.

Una señora a quien admiro mucho me dijo un día: “Martha, en esta vida se nos pide esfuerzo, no perfección”. Creo que lo mismo puede aplicarse a esta discusión sobre la generosidad: si vamos a pedir una prueba de absoluta generosidad para poder aceptarla, tal vez no vayamos a encontrarla en todas las personas. Y seguramente saldremos todos perdiendo por ello.

Apreciando la generosidad humana, que por ser humana es imperfecta, podremos recibirla como el regalo que es y podremos, por supuesto, practicarla nosotros también. A quienes se atrevieron a regalarme su tiempo y cariño en los gestos que arriba describo les digo, de corazón: ¡Gracias!