La Buena Postura

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Todos hemos oído hablar sobre el lenguaje no verbal, sin embargo, la postura de nuestro cuerpo no solamente le habla a los demás sobre nosotros, sino que también le comunica a nuestro propio cerebro quiénes somos y cómo estamos.

Blaine Bartlett, famoso coach profesional y autor del libro “Three Dimensional Coaching”  asegura incluso, que en la cabeza está solamente nuestro cerebro, pero nuestra mente está en todo el cuerpo y continuamente nos trasmite información.

La manera como esto funciona es dual: primero nuestro cerebro le trasmite a nuestro cuerpo el mensaje de que estamos tristes y después, nuestra postura se modifica. Posteriormente, si caminamos con los hombros caídos, nuestra mente corporal le refuerza a nuestro cerebro el mismo mensaje. El Dr. Richard Petty de la Universidad Estatal de Ohio lo resume así: “De la misma manera como la felicidad produce sonrisas, sonreír produce felicidad.”

En un estudio publicado en la Revista Europea de Psicología Social, el Dr. Petty y sus colegas estudiaron el efecto de la postura en 71 estudiantes y descubrieron, entre otras cosas, que tener una postura recta produce mayor seguridad en sí mismo y facilita el acceso a recuerdos y emociones positivas. Lo contrario sucede con una postura encorvada: dudas y recuerdos negativos.

A esta misma conclusión llegó Amy Cuddy de la Universidad de Harvard y su equipo de investigadores, pero lo más sorprendente es que se dieron cuenta de que apenas unos minutos en una postura determinada, hacían la diferencia. Ella midió la hormona de testosterona, responsable de la sensación de fuerza o poder, en un grupo de personas y después les pidió que adoptaran una postura de poder o una postura de sumisión por aproximadamente dos minutos. Posteriormente, les midió de nuevo la hormona y descubrió que ésta aumentaba en quienes habían asumido las poses de poder o fuerza. Como consecuencia, dichas personas se sentían más confiadas, con más suerte y más positivas sobre los resultados de sus acciones. ¿No les parece increíble?

La doctora Cuddy, asegura que tomar una pose de poder o fuerza, por ejemplo la de la Mujer Maravilla, antes de tomar un examen o hablar en público, puede mejorar nuestros resultados. Además, ha llegado a demostrar que las posturas transforman a la persona, es decir, aunque al principio sea necesario fingir una seguridad que no se siente, nuestro cuerpo va transformando la manera como nuestro cerebro mismo nos ve y llegaremos a sentir esa confianza con el paso del tiempo.

Los resultados de estos estudios no solamente nos invitan a tener una mejor postura, sino a ser más conscientes y a utilizarla para mejorar nuestras vidas. Si queremos ser, por ejemplo, más seguros de nosotros mismos, caminar erguidos y mirando al frente envía a nuestro cerebro mensajes que van transformando nuestro temor en confianza. De la misma forma, si queremos ser más femeninas, empecemos por comportarnos de esa manera, y la transformación se dará poco a poco. Parece sencillo, ¿no?

¿Cómo quieres ser? ¿Qué quieres proyectar? Ahora, lograrlo está más cerca de ti.

¿Y quién se supone que soy yo?

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Me platicó una amiga que su hijo de cinco años estaba molestando a otros niños en el colegio. Para ayudarlo a entender las consecuencias negativas de su conducta, le contó un cuento de un conejo que molestaba a otros animales del bosque. Al terminar la narración, sin embargo, su hijo la miró fijamente a los ojos y le preguntó: “Mami, ¿y quién se supone que soy yo?”

Yo me doy cuenta de que esto nos pasa también a los no tan niños. Tenemos alguna dificultad con algo o alguien y, al observar la situación nos miramos en total confusión y no logramos entender nuestra participación en el asunto. Usualmente pensamos que los otros son los únicos responsables de un problema, pero aun cuando estemos dispuestos a aceptar nuestra parte, nos cuesta verla.

Aquí es donde aplica tomar una cucharada del amargo pero liberador jarabe del autoconocimiento. Amargo porque a veces es doloroso encontrar algo en nosotros mismos que no nos gustaría ser o tener; pero liberador porque sólo si lo vemos, podemos cambiarlo. El autoconocimiento me parece esencial para todos los que queremos vivir mejor e incluso la OMS lo considera como una de las diez herramientas esenciales para la vida.

¿Por dónde empezar? Jorge Bucay tiene un maravilloso cuento llamado ¿Quién eres? que publico esta semana en el blog y que puede ayudarnos a empezar a pensar, pero además aquí les comparto tres herramientas muy útiles para lograr tener una visión más completa de quiénes somos:

1. Escribir

Este ejercicio consiste en tomar una hoja y un lápiz y empezar a escribir todas las descripciones sobre ustedes que se les ocurran. También escriban sus gustos, sus valores, sus creencias, sus sueños, sus emociones, sus deseos, sus miedos y todo lo que les venga a la cabeza sobre ustedes mismos. Tómense su tiempo y háganlo despacio.

Después de unos días, revisen la lista y perciban cómo se sienten con ella. Recuerden que esto es personal y consideren sólo sus propios sentimientos y opiniones, no las de otros. ¿Qué les gusta? ¿Qué les incomoda? ¿Qué quisieran cambiar? Al hacer conciencia de algo que quisiéramos hacer diferente, podemos hacer un plan de acción para lograrlo.

2. Hablar

Elijan a alguien de su confianza y compartan con ellos su lista. Pídanle que les dé una retroalimentación sincera de lo que ellos piensan y si agregarían o cambiarían algo de ella. Intenten estar abiertos a los comentarios, aunque no estén de acuerdo y tomen nota de lo que les resulte interesante. Independientemente de que les guste o no lo que escuchen, reciban esta experiencia como una oportunidad de saber más sobre ustedes mismos y agradézcanlo. Después, decidan si algo de lo que escucharon también los mueve a tomar alguna acción de cambio.

3. Mirar

Este ejercicio es más profundo y a mucha gente le puede resultar incómodo, sin embargo, es muy poderoso y los animo a hacerlo, aunque les tome varios intentos. Consiste en elegir un momento tranquilo y un espejo frente al que puedan estar a solas y relajados y simplemente mirarse a los ojos por un rato.

Después de un tiempo, si se miran a los ojos fijamente, puede ser que sientan una conexión muy importante con ese reflejo de ustedes mismos que los observa. Se podrán dar cuenta de quiénes son y sentirán como si encontraran a un amigo perdido, alguien a quien aman y con quien se sienten muy bien. Eso los ayudará a valorarse más y fortalecerá su autoestima de manera que sientan mayor fuerza para seguir conociéndose y creciendo.

Hay una importante advertencia antes de empezar: estos ejercicios son para valorarnos y para apreciar más quienes somos, son para sumar recursos y ampliar nuestra mirada. Si les cuesta trabajo ver lo positivo, si creen que tienen baja autoestima o si empiezan a sentir angustia, es mejor hacerlos acompañado de alguien con una visión más objetiva.

Y ahora sí, ¡a empezar!

Amor del Bueno

Amor del Bueno

¿Les ha pasado que escuchan algo o aprenden sobre un tema y de pronto lo ven en todas partes? Algunos definen este fenómeno como Ilusión de Frecuencia y ha sido estudiado por psicólogos y sociólogos durante años. Otros estudiosos, sin embargo, le llaman “sincronías” y se refieren a repeticiones de un mensaje que la vida intenta enseñarte en ese momento.

Sea una u otra explicación, lo cierto es que, desde hace varios meses, esto me ha ocurrido con el tema del amor propio. Ese tema que suena tan vano, tan superficial y tan conocido que ya lo damos por hecho, es mucho más profundo de lo que yo antes creía y afecta nuestra vida en todas las maneras importantes. ¿Qué significa realmente amarse a sí mismo?

Esta semana, una persona me hablaba de la enfermedad de su madre y de cómo la conmovía verla postrada en cama tan vulnerable. Después de hablar un rato de la inminencia de la muerte que se sospechaba, hizo una pausa y luego, casi de repente, me hizo esta pregunta: ¿y ahora quién me va a querer?

Sus palabras parecieron caer a un abismo y nos quedamos viendo en silencio.

Víctor Frankl, creador de la Logoterapia, afirma que el sentido de nuestra vida debe estar en algo no perecedero, porque si ponemos el sentido de todo lo que somos y hacemos en una persona, una cosa o una situación determinada, estaremos condenados a perderlo. Las circunstancias de la vida son tan cambiantes que no podrían sostener el peso de la razón de nuestra existencia.

Incluso Frankl cuenta de personas que vivieron con él la terrible experiencia de los campos de concentración y no sobrevivieron porque ponían el sentido de su vida en alguna persona o acontecimiento como, por ejemplo, encontrar a algún familiar. Cuando se enteraban que éste había muerto, perdían toda fuerza y fallecían a los pocos días.

Pienso que con el amor propio pasa algo parecido. Sin duda los padres son un referente personal importantísimo y, para muchos, el más claro ejemplo de la aceptación incondicional; pero si ponemos en ellos el único amor que puede sostenernos, la vida nos lo quitará. Si ellos o son nuestra única fuente de amor incondicional, la perderemos y lo mismo sucederá si dependemos emocionalmente de cualquier otra persona.

La alternativa a esto es desarrollar un sano amor propio. El problema es que solemos ser muy exigentes para amarnos porque nos comparamos con los rasgos sobresalientes de otros a quienes admiramos. Usualmente no vemos la película completa de la vida de una persona exitosa o muy bella, sólo vemos su rasgo envidiable y nos juzgamos contra éste. Como consecuencia, queremos tener todas las cualidades admirables de los demás y ninguno de sus defectos, lo cual es imposible y nos hace sentirnos poco dignos de amor.

En este mes de febrero, en el que vemos corazones rojos por todas partes, que bueno será que le dediquemos un poco de tiempo a revisar cómo andamos en el único amor que puede sostenernos siempre y la fuente de nuestra capacidad de amar a los demás: el amor que nos tenemos a nosotros mismos. ¡Se vale enamorarse!

Cartas al Espejo

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¿Cómo sería entrar de pronto en la cabeza de alguien más? ¿De verdad encontraríamos lo que creemos? ¿Serán sus ideas como las imaginamos? ¿O serán sólo nuestras ideas escritas en el espejo?

Hace unas semanas tuve el gusto de ayudar a organizar una fiesta sorpresa para una muy querida amiga. Como regalo para ella, el grupo de amigas que la festejamos le escribimos cartas en las que recordamos momentos vividos juntas y aprendizajes que habíamos compartido. Tuve el encargo de recopilar las cartas y pegarlas en un cuaderno con fotos nuestras de diferentes épocas. Al principio me fue imposible evitar leer algo de las cartas al pegarlas y después tengo que confesarles que me piqué con algunas que narraban sucesos que yo también había compartido con ellas y que me encantó recordar.

En resumen, lo que leí fue un retrato de un ser humano único, lleno de talentos y dones que comparte generosamente y que ha sabido acompañar a quienes convivimos con ella con sabiduría y cariño. Lo sorprendente de este retrato es que es muy distinto a la imagen que esa persona tiene de sí misma y a lo que pensaba que era la opinión de las demás. ¡Que conocido me suena esto!

Varias veces en la semana escucho a personas quejarse de la incomprensión de los demás: de lo poco valorados que se sienten, de que no son vistos ni tomados en cuenta… Estoy segura de que si esos “los demás” estuvieran presentes diría algo parecido. Pero todos sentimos que nosotros sí valoramos al otro correctamente y sí le demostramos nuestro aprecio… Hay algo aquí que no suma.

Son innumerables los autores que actualmente hablan de este tema: los demás son espejos en los que podemos aprender a conocernos mejor. Esto funciona de dos formas: por un lado, las personas nos muestran rasgos de carácter que nos cuesta ver en nosotros mismos pero que invariablemente tenemos; por otro lado, lo que creemos que piensan o sienten es usualmente nuestro propio sentir y pensar.

Y esto es lo que yo pude ver en el regalo de las cartas. Sin darnos cuenta, ponemos en la cabeza de los demás nuestros juicios hacia nosotros mismos, nuestras inseguridades, nuestra poca aceptación y valoración de lo que somos y después pensamos que el otro es el dueño de todo eso. Entender que ese “otro” no es más que una imagen que un espejo nos refleja nos permitirá adueñarnos de de esas emociones negativas y juicios y trabajarlos.

El ejercicio de decirle a alguien lo que nos importa y lo que admiramos en él o ella es una oportunidad maravillosa para aclarar emociones malentendidas y para mejorar relaciones personales. Qué bueno será que nos ocupemos en hacer eso, eligiendo consciente y proactivamente el tipo de relación que queremos tener y el tipo de persona que queremos ser, en lugar de inventar escenarios que, como el vapor, empañan el espejo e impiden ver lo que brilla en quien se ve reflejado.

En esta semana, les deseo claridad.

 

El Año de la Autoestima

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Este es mi año de la autoestima. Me explico: cada año, al cumplir años, elijo un tema para trabajar durante el año y lo hago leyendo libros, asistiendo a conferencias o realizando meditaciones, entre otras cosas, que traten aquello en lo que yo creo que necesito crecer en ese año. También me es muy útil hablar con la gente de ese tema porque me ayuda a aclararlo y a tener diferentes perspectivas de lo que significa y de la importancia que tiene para cada quien.

A partir de marzo, entonces, he estado analizando la manera de tener una autoestima más sana y sólida. Lo complicado es que hay más de 22 millones de referencias en Google sobre la autoestima, en la tienda Amazon hay más de ocho mil títulos que hablan del tema y cada persona con la que he hablado parece tener su versión y la manera de combinarla con su ideología particular. En conclusión, me encontraba casi en junio, saturada de información, pero sin un camino claro que seguir.

Pero la vida te responde siempre a las preguntas que le haces, y en esta ocasión me mandó una estrella. Estrella es una joven de veinte años que llegó a Monterrey hace varios meses a vivir con una tía porque en el pueblo de Oaxaca donde vive no tiene acceso a la educación que anhela: quiere ser chef. Al platicar con ella, me contó una historia que seguramente les será familiar: padres campesinos, cinco hermanos pequeños, escasas oportunidades, etc., la realidad de millones de personas en nuestro país. Al preguntarle qué la había motivado a dejar su casa y venir a esta ciudad a pesar de las dificultades, me respondió: “Había una voz, “Lic.”, una voz adentro de mí que me decía: “Tu Puedes””. Las aguas se abrieron.

Es tan fácil confundir la valoración externa con la autoestima: nos halaga que nos quieran, nos inviten o nos den likes, nos sentimos importantes y necesarios y eso nos hace pensar que estamos bien y que es suficiente con eso. Pero en la soledad de la noche, no hay más voces que la nuestra y sólo podemos escuchar eso que nosotros mismos nos decimos. La autoestima se puede reconocer en ese mensaje que, si nos atrevemos, escucharemos decir: “Tu puedes” o “Tu no vas a poder”.

¿De dónde viene esa voz? ¿Qué le da las ideas? Viene de una mezcla de lo que nos conocemos y lo que creemos sobre nosotros mismos. Ese es el fundamento de nuestra valoración personal. Las experiencias que hemos vivido en el pasado alimentan nuestras creencias de lo que es nuestra realidad. Si no me doy el tiempo para conocerme y saber de qué soy capaz, mis creencias serán las únicas que hablen.

En mi opinión, hay otro ingrediente importante en la mezcla que contiene la voz interior pero éste es más difícil de describir: es el conocimiento de que somos mucho más de lo que vemos. Si tenemos este componente, nos viene una fuerza nueva y una esperanza que ilumina nuestros fracasos de manera que no los vemos como limitaciones de nuestra capacidad sino como aprendizajes dispuestos para nuestro crecimiento y mejora. Así, la ocasión de aprender de un revés de la vida nos hará sentir mejores en vez de peores.

Al descubrir este asunto de la voz de la autoestima, necesariamente tuve que empezar a escucharla con atención para analizar cómo andaba yo en ese departamento. He tenido grandes revelaciones. Les comparto una: siempre había pensado que era poco fotogénica. Eso provocó una profecía autocumplida ya que, al percibir la cámara, me sentía muy incómoda y eso se trasmitía en mi gesto de manera que no daba mi mejor cara. El resultado es que mi creencia de no ser fotogénica, provocaba que no lo fuera. Cuando me di cuenta de eso, probé bloquear mi creencia y simplemente ser más auténtica para trasmitir en la foto el sentimiento que en ese momento vivía. Los resultados han sido muy positivos: resultó que no era poco fotogénica sino que solía  reflejar en las fotos mi juicio y mi miedo.

La lección de Estrella me ayuda hoy a escuchar mi voz interior y a conocer el estado de mi autoestima. Este autoconocimiento me ha permitido cuestionar mis pensamientos y creencias. No siempre lo disfruto y a veces me sorprende, pero hasta ahora, pienso que ha sido mejor escuchar que ignorarla.

¿Tú qué te dices a ti mismo? Te invito a escuchar y a compartir.

¡Eres Otra Persona!

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La vi en aquella tienda llena de gente y la saludé a lo lejos, pero ya no pude apartar mi mirada de ella, porque de inmediato noté pasmada que se dirigía hacia mí con paso rápido, firme y decidido. Tuve la sensación de estar observando a un halcón volar hacia a su presa y me acerqué a la persona que me precedía en la fila sin darme cuenta, como para protegerme.

– ¡Martha! – fue su saludo entusiasta- ¡Pero si eres otra persona!

Mi mente permaneció en blanco por cuatro segundos exactos.

– ¡Estas flaquísima mujer! ¿Cómo le hiciste? Yo estoy probando con un doctor nuevo que te da un tratamiento de una…

¿Otra persona? – pensé- ¿bajar tres kilos pueden hacerme otra persona? ¡Cuántos años y dinero gasta el mundo tan equivocadamente en terapia! ¡Cuánta gente buscando la paz en grupos de apoyo y crecimiento a base de esfuerzo y autoconocimiento sin saber que el secreto es perder peso! ¡Cuántos alumnos en las aulas del Desarrollo Humano y tantos otros talleres similares perdiendo su tiempo en lugar de simplemente cambiar sus hábitos alimenticios!

– … verdad?- dijo al hacer una pausa para tomar aire. Me miró, y por un momento pensé horrorizada que tendría que contestar, pero afortunadamente continuó diciendo: -Es lo que te digo, pero fíjate que Laura me contó que a ella le había…

Ella continuó su monólogo y yo el mío, en silencio: ¿En qué persona me habré convertido? ¿será que ya no me dan miedo los gatos? ¿o tal vez ya dejé de angustiarme por cosas que no están en mi control? ¿Sería ya por fin la mujer paciente y bondadosa que siempre he querido ser? A lo mejor ya no me exaspera la política nacional casi hasta el llanto… Con cuidado me toqué el cabello a ver si por suerte lo que me había cambiado era el pelo chino… eso sí hubiera sido buenísimo.

– … tu crees? – Me sorprendió de nuevo la pausa en su discurso y esta vez pensé confiada que seguiría hablando pero no: esperó mi respuesta y congeló su sonrisa.

– Em… pues… no sé… fue lo único que logré articular.

Se despidió de mi algo extrañada pero con el mismo aplomo de siempre y probablemente se fue pensando que mis neuronas también habían sufrido algo de adelgazamiento. Yo en cambio, salí de ahí contenta. No solamente logré en efecto bajar tres molestos kilos, sino que además sé que eso no me convierte en otra persona… y, a pesar de todo, lo celebro.