Conocimiento y Autoconocimiento

Pez Sevillano

Mi hijo mayor tenía alrededor de siete años cuando me hizo la pregunta, y desde entonces la recuerdo a menudo. Estábamos parados frente a un enorme acuario en un parque de diversiones y contemplábamos con fascinación la gran diversidad de peces que nadaban dentro.  Cada vez que uno se acercaba, lo señalábamos y admirábamos alguna de sus características con curiosidad. De repente un pez amarillo, que parecía llevar una falda negra con lunares, muy al estilo sevillana, se acercó a nosotros con curiosidad. Nos miraba y se movía de arriba a abajo, como tendríamos que hacer nosotros para ver a alguien completo si no tuviéramos cuello. Entonces llegó a la altura de los ojos de mi hijo y se quedó casi inmóvil por un rato. Para mí, fue un momento mágico, de increíble asombro y maravilla ante la naturaleza, tan cercana y tan lejana que teníamos enfrente.

Para nada me esperaba lo que vino a continuación: cuando el pez por fin se fue, mi hijo volteó a verme y me dijo muy serio “Mamá, ¿cómo sabes que no somos nosotros los que estamos dentro de la pecera y ellos los que nos vienen a ver?”  Siempre he dicho que ese niño tiene una disposición natural a la filosofía.

En el mundo hay millones de lugares hechos especialmente para que veamos algo: zoológicos, museos, monumentos, parques naturales, etc. Nos encanta pasear y señalar lo que nos gusta, lo que nos parece interesante o raro. Lo malo de que los humanos hayamos hecho estos lugares es que no hay alguien que haga un lugar para ver a los humanos. ¡Y cuánta falta nos hace estudiarnos!

Que bueno sería que nos tomáramos el tiempo de observarnos, de conocernos y de aprender sobre nuestras diferencias y similitudes. Que sorpresa nos llevaríamos al ver cómo somos y cómo nos comportamos en realidad y los efectos que nuestra conducta tiene en quienes nos rodean. Todavía más interesante sería que nos conociéramos por dentro y que estudiáramos nuestras emociones, nuestras creencias y nuestros talentos. Convencida, como lo estoy, de que las personas nos comportamos siempre conforme a lo mejor que sabemos y podemos, creo que este autoestudio sería transformador y de enorme beneficio para la humanidad.

Antonio Machado dijo una vez: “El ojo que ves, no es ojo por que lo veas; es ojo porque te ve.” Con esa simple oración refleja que los seres humanos olvidamos que hay un observador en lo que observamos. Estoy segura de que mi primogénito no recuerda la pregunta que ese día me hizo, pero a  mí me asalta de repente y volteo arriba despacio, tratando de descubrir en lo alto una mano que me señala con curiosidad. El ojo que ves, no es ojo porque lo veas; es ojo porque te ve. Antonio Machado www.redeshumanas.mx Click To Tweet

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