El Bueno y El Malo

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Piensen en cualquier fábula o cuento de hadas. En todos ellos el tema se desarrollo alrededor de una lucha entre el bueno y el malo en cualquiera de sus variaciones. Por ejemplo, en “La tortuga y la liebre” hay una lucha entre el perseverante y el acelerado, en la “Bella durmiente” entre la princesa buena y la bruja mala, y así es en todos los cuentos. Más aún, en las parábolas y en las historias de la Biblia sucede lo mismo: el pasaje de David contra Goliat nos muestra la lucha entre la sabiduría y la fuerza bruta, la parábola del fariseo y el publicano nos enseñan al soberbio contra el humilde… la lista es interminable y en todas ellas sucede lo mismo: hay un bien y un mal en competencia.

Lo sorprendente de estas historias es lo que sucede frente a las páginas de los libros: en nosotros. La gran mayoría de las personas nos identificamos con el bueno de la historia: con el vencedor, con el listo, el bondadoso, con el príncipe o la princesa. Al leer uno de estos relatos, siempre creemos que estamos del lado del bien, incluso nos viene una ligera sensación de orgullo colectivo cuando el valiente gana la batalla, como si fuéramos nosotros los que vencieron al ogro, los buenos samaritanos o los que lograron descifrar el acertijo que deshizo el hechizo.

Lo malo de esta situación es que eso impide el aprendizaje del cuento. Si yo me siento la tortuga, no tengo nada que aprender. Si yo me identifico con el buen samaritano, o con la honorable doncella, entonces los demás son los que tienen que cambiar… o desintegrarse. Y a eso le llamo una gran oportunidad de crecimiento desperdiciada.

La realidad que necesitamos observar es que el bien y el mal viven en cada uno de nosotros. Si, en todos. Además hay algo más importante aún que hay que entender: estamos bien así como somos. Ese “malo” que tenemos dentro nos ha ayudado muchas veces en la vida: cuando hemos necesitado ser fuertes o cuando hemos tenido que sobrellevar alguna dificultad o defendernos de algún “villano” de carne y hueso.

La dificultad de aceptarnos como somos nace de nuestra necesidad humana básica de ser aceptados. Carl Jung, entre otros famosos psicólogos, nos ha introducido al fenómeno de “la sombra”, la parte de nosotros mismos que no queremos ver ni aceptar por miedo a ser rechazados. Desde muy temprana edad, aprendimos que, para ser queridos por nuestros padres y demás cuidadores, teníamos que comportarnos de cierta manera. Eso nos hizo rechazar algunas conductas que para ellos eran negativas y relegarlas al último rincón de nuestro subconsciente, donde creemos que no vamos a encontrarlas. Y digo “para ellos” porque los comportamientos no aceptables varían de familia en familia. Para una puede ser la deshonestidad y para otra el ser directo al hablar.

Lo malo, por supuesto, es que no podemos evitar ser lo que somos y de vez en cuando queremos ser agresivos para defendernos de un bully o queremos ser egoístas y comernos en último chocolate de la bolsa. Entonces sacamos nuestra peor parte y nos sentimos culpables y nos rechazamos a nosotros mismos como pensamos que lo harían los demás. Esto genera por ejemplo, relaciones de abuso en las que una persona regresa con su agresor porque se siente culpable de que éste sufra por su partida o relaciones en las que no se ponen límites sanos por sentimientos de culpa al reconocer las necesidades personales.

Aceptarnos como somos, con el “bueno” y el “malo” que nos habitan, nos dará un mayor repertorio de conductas adecuadas para poder elegir. Además, nos permitirá mejorar o cambiar lo que queramos ya que podremos aprender de las lecciones de la vida y de las fábulas o historias al reconocer nuestras debilidades de carácter.

Si logramos tomar todo lo que somos, podremos utilizar toda nuestra fuerza para nuestro bien y el de los demás. Seremos más auténticos y más respetuosos y, lo más importante, podremos aceptar a los demás también en su totalidad y sin juicios, lo cual les dará una libertad maravillosa de ser lo que son en plenitud y confianza.

Seguramente la perseverante tortuga nos deja una lección importante en la famosa fábula de Esopo, pero es indiscutible que hay veces en que la velocidad y la agilidad de la liebre son requeridas y más adecuadas a una tarea. Esta semana, los invito a pensar en la dualidad que compartimos y en cómo nos enriquece.

 

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4 Comments

  1. Me parece muy acertada tu reflexion, te felicito por expresarla con clarida.
    Con la experiencia que te van dando los años vividos tiendes a ser mas tu misma y te aceptas con tus defectos y virtudes ( lo malo y lo bueno)porque ya vas comprendiendo de que va la vida y es vivir y dejar vivir.Comprendes que todos los cuentos no nacieron de la mente de una persona si no en sus experiencias en las cuales siempre hay un malo y un bueno , un ganador y un perdedor y el dolor y la alegría.

  2. martha
    me encanto

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