La caída

La caida 2

Salí volando… literalmente. No pensaba subir por el elevador del aeropuerto pero la puerta se abrió justo cuando iba pasando y me metí con prisa. Intentaba sacar el pase de abordar de mi bolsa mientras balanceaba un latte helado cuando, después del sonido de la campanita, la puerta se abrió… a mis espaldas. Al entrar, no vi que el elevador se abría por los dos lados. Apurada, batallé para darle vuelta al veliz mientras intentaba guardar el pase y los chicles que acababa de comprar y salí casi corriendo para evitar que se cerrara la puerta en mis narices, pero mi pie se atoró en un pedazo del suelo que el elevador ya  no quiso alcanzar y entonces fue que volé.

Primero golpeé el suelo con las rodillas, después me impacté con el codo derecho y con la mano izquierda, en la que llevaba el latte helado recién servido, el cual explotó contra la dura loza y bañó al menos a cinco personas que, asombradas, miraban el elevador intentando encontrar a alguien que quizá me hubiera empujado. Finalmente mi cabeza se impactó fuertemente con un carrito metálico para llevar velices que conducía una mujer joven con un bebé colgado en el frente al estilo canguro y una mochila enorme atrás.

No sé si fue el duro golpe en la cabeza pero por unos segundos no escuché más que silencio. Luego observé movimiento a mi alrededor mientras revisaba los músculos de mi cuerpo a ver si no tenía algo roto. Me dolía todo. El codo me retumbaba.

De pronto vi que una mano enorme intentaba levantarme. La dueña de la manaza, una señora afroamericana, meneaba lentamente la cabeza como se hace con un niño travieso al que hay que tenerle paciencia. “Debes tener más cuidado” me dijo en inglés con un fuerte acento mientras me ayudaba a sentarme. Noté sus pantalones manchados de café y sentí detrás de los ojos la punzada de la jaqueca que se avecinaba.

Dos mujeres musulmanas con hiyab cubriéndoles el cabello, una de ellas empujando una carriola con un niño, mi miraban con timidez pero lentamente siguieron el ejemplo de una joven oriental y me ayudaron, recogiendo mis cosas esparcidas entre el charco de latte, y sacudiéndolas. Un joven con los brazos completamente cubiertos de tatuajes de colores me ayudó a ponerme de pie y me dio en la mano mi pase de abordar mientras me preguntaba si estaba “okey”. Yo mantenía la cabeza baja, el espectáculo y las gotas de café que veía en sus ropas me hacían sentir una vergüenza indecible.

Cuando estuve de nuevo posibilitada para alejarme, los miré a todos. La joven madre del carrito metálico, recogió el vaso vacío de líquido café y tirándolo al basurero, me sonrió y se encogió de hombros como expresando que la vida a veces juega esas bromas y no hay nada que hacer. Le agradecí la sonrisa con otra y les di las gracias a todos, disculpándome por el contratiempo. Entonces el elevador se abrió de nuevo y salieron otras personas que acababan de subir. Así fue como me di cuenta de que ninguna de las personas que había estado esperando el elevador cuando yo hice mi entrada triunfal se había ido. Todos se quedaron, primero asombrados y después a ayudarme. Ninguno me abandonó al caer ni me dejaron en el suelo para seguir con sus vidas. No me lo van a creer, pero sentí ganas de llorar al verlos al fin acomodarse en el elevador para bajar. Aquellos extraños samaritanos me conmovieron profundamente.

Con renovada fe en la humanidad y las rodillas adoloridas, me subí finalmente al avión que me condujo a casa. Me emociona recordar a ese grupo de gente, representativa de tan diferentes ideologías, unida por una ridícula casualidad y haciendo el bien. He considerado llamar a la ONU y narrarle a alguien mi experiencia para intentar expresar que los ciudadanos común y corrientes del mundo no queremos divisiones ni guerras, al contrario: ¡nos ayudamos sin conocernos! Además estoy segura de que no soy la única que ha vivido una experiencia similar, aunque espero menos embarazosa, y podríamos colaborar a la paz mundial con nuestros testimonios.

Bueno, creo que sería un proyecto interesante, pero mientras eso sucede ¿tal vez haya manera de hacer que Trump se tropiece en un aeropuerto? ¡Le haría tanto bien!

 

Autoconocimiento Liberador

Autoconocimiento 2

No hay nada como la sorpresa de descubrir algo sobre mi misma que ignoraba: esa sensación de asombro al darme cuenta por fin de por qué me siento como me siento con alguna persona o cuando escucho o veo algo determinado; ese descanso mental de entender por qué actúo como lo hago ante alguna circunstancia. Esa es, para mí, la señal clara del crecimiento interior.

Por eso soy tan fiel promotora del autoconocimiento. Pienso que nos pasamos la vida colgados de millones de hilos, como títeres en un teatro infantil. Si se estira uno de ellos, veo mi mano moverse, o mi ceja elevarse y nada de esto parece ser mi propia decisión sino la de otro. Decimos “es que él…”, “es que ella…” y creemos verdaderamente que es por culpa de otros que hacemos las cosas: nos “estiran los hilos” y no nos queda más remedio que hacer lo que el otro quiere.

En cambio, conocerme a mí misma me libera. Cada vez que reconozco mi participación en alguna situación, suelto un hilo de los que antes me ataban y me convierto en dueña de esa pequeña parte de mí misma. “Desenredo la madeja” en palabras de John O. Stevens, famoso Gestaltista y autor del libro “El darse cuenta”. Además, él describe ese ejercicio de tomar conciencia de uno mismo como “comenzar a colocar las cosas en su sitio dentro de mí y en los demás.”  La sensación es la de quitarse de encima un gran peso: ya no tengo que hacer esto o aquello que siempre hago y que no funciona, ya no tengo que reaccionar… ¡ahora puedo decidir qué hacer! Hasta respiro más ligera sólo de pensarlo.

Claro, hay otro lado a esta libertad: la responsabilidad. Que sencillo es ir por la vida culpando a otros de lo que hacemos o hemos hecho. Y más sencillo es sentarme en la vida  a esperar que otros cambien para poder vivir yo mejor. La libertad implica que yo asuma la responsabilidad por mi situación de vida presente, sea la que sea, y por el estado actual de mis relaciones personales, sean como sean. Además, será necesario que yo esté dispuesta a hacer lo necesario para cambiarla. Sí, yo, independientemente de lo que otros hagan.

Como digo, nada es igual a esa luz que recibo cuando al fin entiendo algo sobre mí misma. No se compara con aprender una lección ni con mejorar algún aspecto personal o cumplir un reto. No hay nada como el autoconocimiento.

Bueno, tal vez solo haya una cosa: ver a un hijo empezar su propia liberación.

                                                                                         

Navegar en el Río de la Vida

Rio de la vida

Imagina que estás parado en la cima de un valle. A tus pies, se extienden suaves lomas verdes llenas de árboles y pinos. Entre ellas, abajo, fluye un río ancho de agua cristalina. En algunas partes, la corriente aumenta y el agua ruge y salpica, golpeando las rocas con furia. En otras secciones, el río parece descansar en su cauce y se mueve lento, reflejando en su espejo al bosque que lo acompaña en su camino hacia el mar.

Con curiosidad observas que hay mucha gente flotando en el río. Algunos llevan salvavidas y algunos, más osados, no; pero todos flotan río abajo y cada uno por su cuenta. El agua se te antoja fresca y el sol cae pesado sobre tu espalda de modo que quieres entrar a nadar, pero aún decides contemplar otro rato a las personas que van pasando.

Observas a un hombre delgado que es rozado por una rama y de pronto se asusta. Velozmente, toma el brazo de una mujer que va pasando a su lado en ese momento y ésta, reacciona con enojo porque piensa que la quiere hundir en el agua. No se da cuenta de que él sólo tenía miedo. Más adelante, un joven empuja a una señora mayor para que la rama no la golpee. La anciana no ve la rama y se queda maldiciendo a quien la ayudó por varios kilómetros de río.

Aferrado a un roca, observas a un hombre que lucha contra la feroz corriente que hay en esa parte del río. Su cuerpo flota empujado por la torrente espumosa del agua y hasta ha perdido los zapatos pero, ni el agua que le da en la cara y que casi lo ahoga por momentos, lo hace decidirse a soltarse. Y se queda ahí sufriendo para siempre, sin saber que a pocos metros de distancia, el agua se aquieta de nuevo.

De vez en cuando, pasan personas que tienen algo en las manos, a veces un objeto o incluso a otra persona. El curso del agua los conduce con certeza a remolinos que hacen que se golpeen con aquello que cuidan. Aún así, hay quienes maltrechos y heridos, siguen río abajo sin soltarlo.

Pero también observas que hay personas, jóvenes, niños, viejos, de todas edades, que se deciden a fluir con el agua y se hacen uno con el río. En los remansos, disfrutan la vista y conversan entre ellos; más cuando la corriente toma velocidad, sus sentidos se alertan y observan, pero se dejan guiar por la sabiduría de las aguas. Pasan junto a los escollos sin luchar contra ellos, sólo conscientes de que ahí están por un tiempo y después, estarán detrás, donde ya no pueden nunca hacerles daño, y los olvidan. Con asombro contemplas que, algunos de ellos, incluso pasan por todo sin perder la serenidad, confiando en el conjunto de fuerzas que forman su realidad.

Al final, sientes la llamada del río y decides entrar. ¿Cómo quieres que sea tu viaje? El primer contacto con el agua te produce un escalofrío de emoción. Esperas y miras la superficie plateada, siempre en movimiento, alrededor de ti. Te asombra el misterio de lo que viene detrás del horizonte que limita tu vista y que sólo te permite ver este trecho del río. Cierras los ojos por un segundo y luego, saltas al cauce de aguas profundas. Sonríes y confías. Todo estará bien.

Mis Sueños

Después de considerar los acontecimientos, he llegado a la conclusión de que no es que yo tenga sueños raros, sino que Freud está tratando de comunicarse conmigo.

Siempre me ha encantado Freud. Debió haber sido un hombre muy intenso para lanzar semejante bomba atómica como fue su teoría, en la sociedad austriaca de principios del siglo pasado. Yo pienso que el pobre no supo cuánto se proyectaba a sí mismo por medio de ella, a pesar de verse tan seriecito. Sin embargo, su aportación más fascinante para mí es el estudio de los sueños.

Desde que tengo uso de razón, he soñado frecuentemente con volar. Consultando a mi amigo Sigismundo, logré entender que esa es mi manera de escapar de todo lo que no me gustaba de mi vida. Un día, sin embargo, hace algunos años, la idea de que podía escapar estando despierta me cayó encima como la primera lluvia de Septiembre. Claro, no fue fácil: tuve que aprender a utilizar la palabra “No” y todas sus variaciones: “No sé”, “No quiero”, “No puedo” y  “No me importa”, entre otras. Poco a poco, mis sueños fueron aterrizando hasta que me olvidé por completo del asunto.

El problema surgió una mañana, hace unas semanas, en que desperté muy agitada. Algo no estaba bien. Le ponía canela a mi licuado cuando lo recordé de pronto: mi sueño de volar había regresado. Sin embargo, existía una importante variación y ese era el motivo de mi intranquilidad: me había pasado la noche volando hacia arriba. En efecto, subí y subí, como diría Rubén Darío: hasta el cielo y más allá. Mi sueño se repitió varios días: a la velocidad de un cohete espacial, ascendía aterrada hasta el infinito y bajaba aún más aprisa. Al despertar, la sensación de haber dejado el estómago junto a las estrellas hacía que me temblaran las manos hasta medio día.

De acuerdo con la última moda, achaqué mis pesadillas al estrés y decidí despejarme. Me cité en cafés con amigas y devoré libros buenos y malos por igual. Pero mi luna de miel con las horas terminó el día que me encontré viendo la televisión nacional. Hasta Freud hubiera necesitado un buen terapeuta de haberme acompañado. A pesar de todo, mis noches cósmicas continuaban.

Bastante desalentada, me resigné a mi destino de cosmonauta sin saber que ésa era la clave que había estado buscando. Si, al dejar de cuestionarme el por qué y de concentrarme en el miedo, mis ojos se abrieron a la maravilla que es el universo. Yo me imagino que Avatar debe haber salido de un sueño parecido a los míos. Cada, noche, llegaba un poco más lejos y bajaba un poco más feliz.

Finalmente, una noche, llegué hasta un planeta pequeño y rojo. Ahí, fumando una pipa, me esperaba el mismísimo padre de la psicología, quien, después de mirar su reloj de oro, me dijo que me había tardado mucho en llegar. Asombrada, me senté a su lado, esperando escuchar palabras trascendentales, significativas, llenas de sabiduría. Al verme tan ansiosa y expectante, sin embargo, me miró fijamente a los ojos, luego hizo un bizco y comenzó a reír a carcajadas. Reía tanto que tosía y se golpeaba la pierna con fuerza. La confusión inició mi descenso, pero alcancé a ver que sacaba un pañuelo para secarse las lágrimas antes de seguir riendo.

Me desperté con la certeza de que Freud había querido decirme algo con todo esto. Aunque no he vuelto a verlo, seguiré disfrutando del mundo celeste hasta que lo haga. Esta vez, en lugar de perder el tiempo, me uniré a su risa.