El Año de la Autoestima

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Este es mi año de la autoestima. Me explico: cada año, al cumplir años, elijo un tema para trabajar durante el año y lo hago leyendo libros, asistiendo a conferencias o realizando meditaciones, entre otras cosas, que traten aquello en lo que yo creo que necesito crecer en ese año. También me es muy útil hablar con la gente de ese tema porque me ayuda a aclararlo y a tener diferentes perspectivas de lo que significa y de la importancia que tiene para cada quien.

A partir de marzo, entonces, he estado analizando la manera de tener una autoestima más sana y sólida. Lo complicado es que hay más de 22 millones de referencias en Google sobre la autoestima, en la tienda Amazon hay más de ocho mil títulos que hablan del tema y cada persona con la que he hablado parece tener su versión y la manera de combinarla con su ideología particular. En conclusión, me encontraba casi en junio, saturada de información, pero sin un camino claro que seguir.

Pero la vida te responde siempre a las preguntas que le haces, y en esta ocasión me mandó una estrella. Estrella es una joven de veinte años que llegó a Monterrey hace varios meses a vivir con una tía porque en el pueblo de Oaxaca donde vive no tiene acceso a la educación que anhela: quiere ser chef. Al platicar con ella, me contó una historia que seguramente les será familiar: padres campesinos, cinco hermanos pequeños, escasas oportunidades, etc., la realidad de millones de personas en nuestro país. Al preguntarle qué la había motivado a dejar su casa y venir a esta ciudad a pesar de las dificultades, me respondió: “Había una voz, “Lic.”, una voz adentro de mí que me decía: “Tu Puedes””. Las aguas se abrieron.

Es tan fácil confundir la valoración externa con la autoestima: nos halaga que nos quieran, nos inviten o nos den likes, nos sentimos importantes y necesarios y eso nos hace pensar que estamos bien y que es suficiente con eso. Pero en la soledad de la noche, no hay más voces que la nuestra y sólo podemos escuchar eso que nosotros mismos nos decimos. La autoestima se puede reconocer en ese mensaje que, si nos atrevemos, escucharemos decir: “Tu puedes” o “Tu no vas a poder”.

¿De dónde viene esa voz? ¿Qué le da las ideas? Viene de una mezcla de lo que nos conocemos y lo que creemos sobre nosotros mismos. Ese es el fundamento de nuestra valoración personal. Las experiencias que hemos vivido en el pasado alimentan nuestras creencias de lo que es nuestra realidad. Si no me doy el tiempo para conocerme y saber de qué soy capaz, mis creencias serán las únicas que hablen.

En mi opinión, hay otro ingrediente importante en la mezcla que contiene la voz interior pero éste es más difícil de describir: es el conocimiento de que somos mucho más de lo que vemos. Si tenemos este componente, nos viene una fuerza nueva y una esperanza que ilumina nuestros fracasos de manera que no los vemos como limitaciones de nuestra capacidad sino como aprendizajes dispuestos para nuestro crecimiento y mejora. Así, la ocasión de aprender de un revés de la vida nos hará sentir mejores en vez de peores.

Al descubrir este asunto de la voz de la autoestima, necesariamente tuve que empezar a escucharla con atención para analizar cómo andaba yo en ese departamento. He tenido grandes revelaciones. Les comparto una: siempre había pensado que era poco fotogénica. Eso provocó una profecía autocumplida ya que, al percibir la cámara, me sentía muy incómoda y eso se trasmitía en mi gesto de manera que no daba mi mejor cara. El resultado es que mi creencia de no ser fotogénica, provocaba que no lo fuera. Cuando me di cuenta de eso, probé bloquear mi creencia y simplemente ser más auténtica para trasmitir en la foto el sentimiento que en ese momento vivía. Los resultados han sido muy positivos: resultó que no era poco fotogénica sino que solía  reflejar en las fotos mi juicio y mi miedo.

La lección de Estrella me ayuda hoy a escuchar mi voz interior y a conocer el estado de mi autoestima. Este autoconocimiento me ha permitido cuestionar mis pensamientos y creencias. No siempre lo disfruto y a veces me sorprende, pero hasta ahora, pienso que ha sido mejor escuchar que ignorarla.

¿Tú qué te dices a ti mismo? Te invito a escuchar y a compartir.

Cinco Puntadas

Cinco puntadas 2

Había sido solo un golpe, requeriría algunas puntadas pero mi hijo estaba bien y aún así, entré al hospital agitada. En las salitas de emergencia se veían pies descalzos y rostros preocupados que hablaban en susurros. Pasé sin querer ver y sin poder evitarlo.

La enfermera nos condujo al cubículo que estaba al final del pasillo, pasado junto a un policía que nos miró con desconfianza. ¿Será tal vez su gesto habitual y mi nerviosismo lo hizo parecer así? Amablemente, me ensartó un par de formas para llenar en la mano y revisó al herido. Necesitaba varias puntadas pero el doctor tardaría una hora en llegar.

Una hora da para mucho en un hospital. Las tienditas de regalos sólo nos entretuvieron unos minutos. Caminamos por un café a la cafetería, donde familiares de pacientes comen en silencio junto a médicos y enfermeras. No se ve contacto entre ellos, como si en este lugar neutral no fuera permitido hablar de la guerra. Cada uno come con los de su propio bando.

Regresamos por pasillos laberínticos, encontrando camillas ocupadas y doctores hablando con parejas afuera de las puertas explicando algo, que seguramente no se alcanzaba a comprender por completo. Tome a mi hijo de la mano, no sé si para cuidarlo o para que él me cuidara a mí. Y en todo ese tiempo, solo una palabra resonaba en mi cabeza: gracias.

Gracias por los que sobreviven, por los que desde la silla de ruedas, consuelan a sus hijos. Gracias por las miradas amables, por los que rezan y por los que logran seguir siendo humanos en ese campo de batalla pintado de blanco. Gracias por las vendas, los tubos, los hilos, las manos que curan y las miradas que saben qué hacer.

El doctor tenía sentido del humor, y despejó el ánimo. Cinco puntadas y salimos rechinando. El cielo me pareció más azul y el sol más brillante. Comprendí. Por un segundo, comprendí enteramente el objetivo de las dificultades. Valorando más que nunca la vida, dije un último gracias por dentro y mi hijo, casi al mismo tiempo me dijo quedito: “Gracias, ma”.

 

La caída

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Salí volando… literalmente. No pensaba subir por el elevador del aeropuerto pero la puerta se abrió justo cuando iba pasando y me metí con prisa. Intentaba sacar el pase de abordar de mi bolsa mientras balanceaba un latte helado cuando, después del sonido de la campanita, la puerta se abrió… a mis espaldas. Al entrar, no vi que el elevador se abría por los dos lados. Apurada, batallé para darle vuelta al veliz mientras intentaba guardar el pase y los chicles que acababa de comprar y salí casi corriendo para evitar que se cerrara la puerta en mis narices, pero mi pie se atoró en un pedazo del suelo que el elevador ya  no quiso alcanzar y entonces fue que volé.

Primero golpeé el suelo con las rodillas, después me impacté con el codo derecho y con la mano izquierda, en la que llevaba el latte helado recién servido, el cual explotó contra la dura loza y bañó al menos a cinco personas que, asombradas, miraban el elevador intentando encontrar a alguien que quizá me hubiera empujado. Finalmente mi cabeza se impactó fuertemente con un carrito metálico para llevar velices que conducía una mujer joven con un bebé colgado en el frente al estilo canguro y una mochila enorme atrás.

No sé si fue el duro golpe en la cabeza pero por unos segundos no escuché más que silencio. Luego observé movimiento a mi alrededor mientras revisaba los músculos de mi cuerpo a ver si no tenía algo roto. Me dolía todo. El codo me retumbaba.

De pronto vi que una mano enorme intentaba levantarme. La dueña de la manaza, una señora afroamericana, meneaba lentamente la cabeza como se hace con un niño travieso al que hay que tenerle paciencia. “Debes tener más cuidado” me dijo en inglés con un fuerte acento mientras me ayudaba a sentarme. Noté sus pantalones manchados de café y sentí detrás de los ojos la punzada de la jaqueca que se avecinaba.

Dos mujeres musulmanas con hiyab cubriéndoles el cabello, una de ellas empujando una carriola con un niño, mi miraban con timidez pero lentamente siguieron el ejemplo de una joven oriental y me ayudaron, recogiendo mis cosas esparcidas entre el charco de latte, y sacudiéndolas. Un joven con los brazos completamente cubiertos de tatuajes de colores me ayudó a ponerme de pie y me dio en la mano mi pase de abordar mientras me preguntaba si estaba “okey”. Yo mantenía la cabeza baja, el espectáculo y las gotas de café que veía en sus ropas me hacían sentir una vergüenza indecible.

Cuando estuve de nuevo posibilitada para alejarme, los miré a todos. La joven madre del carrito metálico, recogió el vaso vacío de líquido café y tirándolo al basurero, me sonrió y se encogió de hombros como expresando que la vida a veces juega esas bromas y no hay nada que hacer. Le agradecí la sonrisa con otra y les di las gracias a todos, disculpándome por el contratiempo. Entonces el elevador se abrió de nuevo y salieron otras personas que acababan de subir. Así fue como me di cuenta de que ninguna de las personas que había estado esperando el elevador cuando yo hice mi entrada triunfal se había ido. Todos se quedaron, primero asombrados y después a ayudarme. Ninguno me abandonó al caer ni me dejaron en el suelo para seguir con sus vidas. No me lo van a creer, pero sentí ganas de llorar al verlos al fin acomodarse en el elevador para bajar. Aquellos extraños samaritanos me conmovieron profundamente.

Con renovada fe en la humanidad y las rodillas adoloridas, me subí finalmente al avión que me condujo a casa. Me emociona recordar a ese grupo de gente, representativa de tan diferentes ideologías, unida por una ridícula casualidad y haciendo el bien. He considerado llamar a la ONU y narrarle a alguien mi experiencia para intentar expresar que los ciudadanos común y corrientes del mundo no queremos divisiones ni guerras, al contrario: ¡nos ayudamos sin conocernos! Además estoy segura de que no soy la única que ha vivido una experiencia similar, aunque espero menos embarazosa, y podríamos colaborar a la paz mundial con nuestros testimonios.

Bueno, creo que sería un proyecto interesante, pero mientras eso sucede ¿tal vez haya manera de hacer que Trump se tropiece en un aeropuerto? ¡Le haría tanto bien!

 

Vivir, viviendo

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Dice el libro de Eclesiastés que todo tiene su momento oportuno: hay un tiempo para plantar, un tiempo para cosechar; un tiempo para llorar, y un tiempo para reír; un tiempo para estar de luto, y un tiempo para saltar de gusto. He encontrado, sin embargo, que la mayoría de nosotros queremos brincarnos algunos tiempos, los que no nos gustan. De esta manera, pretendemos vivir la vida, pero sin vivirla.

Es difícil entender para qué sirve vivir los momentos dolorosos de la vida y aceptar que cumplan su función en nosotros, por incomprensible que sea. Por eso buscamos anestesiarnos en las ocupaciones vacías y en sustancias adormecedoras: porque vivir duele mucho a veces.  Pero cualquier intento por no vivir lo que la vida nos presenta, nos cobra un precio muy alto: nos paraliza en el dolor.

La vida me ha enseñado que para poder salir del pantano del sufrimiento, sólo hay un camino: vivir. ¿Qué significa esto? Cada cosa que vivimos tiene una emoción y una experiencia que le corresponde y hay que aceptarlas para que puedan pasar y nos dejen solamente el aprendizaje que contienen. No les voy a decir que esa enseñanza es un regalo, aunque lo es, porque cuando a mí me lo dijeron estuve a punto de regresar el regalo de una patada… Digo… no todos los regalos se aprecian en el momento, a veces tiene que pasar mucho tiempo y a veces se requiere de ayuda adicional. Se vale pedirla.

Hay algo que siempre funciona: encontrar la experiencia en el momento presente. En el centro vacío del momento presente, en el aquí y el ahora, no hay intención, historias ni miedo. Solo hay vivir en la aceptación del momento como es, con la emoción que traiga, porque ésta es cambiante y pasará.  En el momento presente no hay agitación ni ansiedad. Eso es del ego y el ego no existe en este tiempo.

En ese centro, hay información que viene desde adentro y desde la situación. Claves para entenderla y para no repetirla, mensajes de luz que necesitamos recibir y el consuelo que anhelamos.

En el momento presente, yo soy lo que realmente soy. Sin juicios, sin hubieras, sin rollos, solo yo en cuerpo y alma. Y eso es suficiente para vivir y sobrevivir con calma todo lo que el vivir me traiga. Porque ese que yo soy, es el único que hace falta.

Lo que sea que esta semana te toque vivir, este es el tiempo para vivirlo, el único. Ten claro que, sea lo que sea, no estás solo. ¡Atrévete! ¡Sobrevive viviendo!

Lo que vemos

Lo que vemos

Hay una dinámica que utilizo a veces en mis clases que consiste en un juego de tarjetas que contienen imágenes, medio dibujadas medio abstractas. Cada persona debe elegir una, observarla detenidamente y después explicar qué significa para ella la tarjeta, qué emoción le genera y qué la hizo elegirla. Siempre me sorprende como una misma imagen puede significar algo muy importante para alguien y, para otra persona, algo totalmente distinto e igualmente significativo. ¿Qué hace que esto suceda?

Lo hemos escuchado tantas veces que ya no le ponemos atención: desde frases populares como “Nada es verdad ni mentira, todo es según el color del cristal con que se mira” hasta la ahora famosa Ley de Correspondencia: “Como es arriba es abajo, como es adentro es afuera”, hay mucha información que nos indica que la manera como nos sentimos y percibimos nuestra realidad depende solo y únicamente de nosotros.

¿Qué significa esto en sentido práctico? En todas las vidas hay problemas, accidentes y dificultades. Eso es una realidad. Tener una mente positiva no nos protege contra eso. Sería muy iluso pensar que por tener paz interior, nadie se me va a atravesar en la calle o nadie va a venir a descargar su enojo conmigo. El esperar eso me hará sin duda resentir los sucesos de dificultad más cotidianos. Si yo, en cambio, entiendo que la vida es así y decido utilizar las complicaciones para aprender o crecer, entonces estaré mejor preparada para sortearlas positivamente. Eso es lo que depende de mí: no lo que me pase, sino lo que hago con lo que me pase.

Hace unos días estaba celebrando el cumpleaños de una amiga y su hija de cinco años llegó patinando hasta la mesa en donde estábamos sentadas con tal velocidad, que volteó todos los vasos. Durante el alboroto de recogerlos y limpiar el líquido derramado, pude observar varias reacciones diferentes: entre otras, había la que se reía por la sorpresa y la que limpiaba con preocupación y seriedad. Cada una, vivimos la misma situación pero desde detrás de nuestros propios lentes. El resultado es que alguien llegará a su casa platicando de una tarde graciosa y alguien llegará quejándose de la molestia que vivió.

Lo importante en este tema es que usualmente olvidamos que podemos cambiar nuestros lentes. Si no nos gusta la manera en que estamos viendo la vida… ¡podemos elegir otra! ¿Cómo? La gratitud es un excelente primer paso. Estoy convencida de que cambiar nuestra mirada y observar lo bueno, lo noble o lo positivo en todas las personas y situaciones (y si, todas tendrán algo) hará que nuestra experiencia completa se trasforme. Apreciar la vida significa apreciar todo lo que ésta contiene, como es.

La reacción que más admiré ese día de los vasos derramados fue la de la madre:  plenamente consciente de que su hija no habría querido molestar a sus invitadas, con calma le preguntó si se había hecho daño y le dijo que pidiera disculpas y ayudara a recoger. Lo que pudo haber sido un drama, fue un suceso que terminó en menos de 5 minutos y la niña aprendió la lección sin ser humillada o regañada. El tener una visión optimista de los demás hace que nuestra reacciones, aún en las dificultades, sean también positivas.

¿Cómo ves tú la vida? ¿Vives con miedo o con esperanza? ¿Cómo reaccionas a las personas o situaciones complicadas? Estas preguntas pueden darte una idea de cómo es tu visión de la realidad que te rodea. Si no te gusta lo que ves, decídete a cambiarla. El mundo cambiará cuando tú lo hagas.

Autoconocimiento Liberador

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No hay nada como la sorpresa de descubrir algo sobre mi misma que ignoraba: esa sensación de asombro al darme cuenta por fin de por qué me siento como me siento con alguna persona o cuando escucho o veo algo determinado; ese descanso mental de entender por qué actúo como lo hago ante alguna circunstancia. Esa es, para mí, la señal clara del crecimiento interior.

Por eso soy tan fiel promotora del autoconocimiento. Pienso que nos pasamos la vida colgados de millones de hilos, como títeres en un teatro infantil. Si se estira uno de ellos, veo mi mano moverse, o mi ceja elevarse y nada de esto parece ser mi propia decisión sino la de otro. Decimos “es que él…”, “es que ella…” y creemos verdaderamente que es por culpa de otros que hacemos las cosas: nos “estiran los hilos” y no nos queda más remedio que hacer lo que el otro quiere.

En cambio, conocerme a mí misma me libera. Cada vez que reconozco mi participación en alguna situación, suelto un hilo de los que antes me ataban y me convierto en dueña de esa pequeña parte de mí misma. “Desenredo la madeja” en palabras de John O. Stevens, famoso Gestaltista y autor del libro “El darse cuenta”. Además, él describe ese ejercicio de tomar conciencia de uno mismo como “comenzar a colocar las cosas en su sitio dentro de mí y en los demás.”  La sensación es la de quitarse de encima un gran peso: ya no tengo que hacer esto o aquello que siempre hago y que no funciona, ya no tengo que reaccionar… ¡ahora puedo decidir qué hacer! Hasta respiro más ligera sólo de pensarlo.

Claro, hay otro lado a esta libertad: la responsabilidad. Que sencillo es ir por la vida culpando a otros de lo que hacemos o hemos hecho. Y más sencillo es sentarme en la vida  a esperar que otros cambien para poder vivir yo mejor. La libertad implica que yo asuma la responsabilidad por mi situación de vida presente, sea la que sea, y por el estado actual de mis relaciones personales, sean como sean. Además, será necesario que yo esté dispuesta a hacer lo necesario para cambiarla. Sí, yo, independientemente de lo que otros hagan.

Como digo, nada es igual a esa luz que recibo cuando al fin entiendo algo sobre mí misma. No se compara con aprender una lección ni con mejorar algún aspecto personal o cumplir un reto. No hay nada como el autoconocimiento.

Bueno, tal vez solo haya una cosa: ver a un hijo empezar su propia liberación.

                                                                                         

¡Dialoguemos!

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Confieso que soy una enamorada del diálogo. Creo en el ejercicio de compartir la mente y el corazón mediante las palabras. Sé que en él, encuentro el reflejo que me muestra quien realmente soy.

En lo más profundo de mí misma, existe un ser diferente de lo que los otros ven y sólo puedo mostrarme a quien me busca. A quien está dispuesto a verme como soy. En el ejercicio de la conversación comprometida, puedo enseñarte a quien vive en mí y la maravilla de hacer esto es que, si conservas la paz, si no te defiendes, yo también puedo verlo y aceptarlo… y aceptarme.

Mi plática lanza preguntas entre líneas: ¿Me ves? ¿Me ves a mi realmente? Tengo una historia, pero no soy esa historia. Tengo antepasados, nacionalidad, recuerdos de sucesos anteriores a mí y a los que estuvieron antes de mi pero no soy nada de eso.

No soy otros que vinieron pero que no se quedaron. Sombras de otras vidas que tu quieres ver en mí. No soy lo que tu sueñas. En el diálogo puedes verme como soy, si quieres. Si te atreves. Porque al verme, te verás a ti mismo un poco también. Ojalá el miedo de verte no te impida conocerme a mí.

¿Me ves? ¿Puedo ser contigo como soy? Hay tanto miedo a la realidad de lo que somos, tantos juicios quemados a fuego que nos asustan y nos alejan; pantallas que usamos para estar a salvo de nuestra humanidad: un poco imperfecta, un poco rara, un poco amarillenta…

A pesar de ser así de intenso, creo en la bondad del diálogo porque sé que todos los hombres y mujeres de este mundo tenemos la necesidad de ser vistos. No queremos pasar por la vida como fantasmas a quienes nadie ve y algunos temen sin conocer. No queremos ser el anhelo no cumplido de alguien que planeó cómo seríamos o la pieza perdida que alguien necesita para realizar su sueño.

Hoy quiero verte y por eso te invito a este coloquio. Si tú te muestras, yo podré conocerme mejor. Si me ves, tu también te verás.  En ese intercambio, los dos seremos más reales y ¿qué es vivir sino eso? ¡Dialoguemos!

Realidad y realización: ¡La vida no es justa!

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La vida no es justa.  Eso es una gran verdad. Es más, la considero una de las grandes verdades de la vida y tan importante que solamente cuando logramos aceptarla, podemos trascenderla.

Tu, yo y todos nos hemos quedado en algún momento paralizados por la ira o el rencor ante alguna circunstancia dolorosa de la vida porque no entendemos cómo nos pudo haber pasado lo que nos pasó. Una y otra vez escucho gente en mis grupos pronunciar la misma frase: “¡No es justo!” Y seguramente tienen razón.

Algo interesante que he notado es que la frase que comúnmente acompaña a la anterior es: “Yo hice todo lo mejor que pude”  y probablemente también tengan en esto razón. Sin embargo, la frase implica que los demás no hicieron lo mismo y ahí es donde “los demás”, y aquí incluyo a Dios y al destino, seguramente estarían en desacuerdo. El pasto se ve siempre más verde detrás de la cerca… tomemos un ejemplo:

Ana María se acercó conmigo un día al borde del llanto. Con visible angustia me comentó que se siente desesperada porque su familia está cada vez más separada. Me dice que lo notó especialmente este sábado porque me vio comiendo fuera con mi propia familia y al verme, pensó: “¿Por qué no podré yo tener una familia perfecta y unida como la de Martha? ¡No es justo!”  y al decir esto sollozó. Ningún entrenamiento de escucha empática me funcionó en ese momento y tuve que soltar una fuerte carcajada.

Mi perfecta familia es una ilusión igual que todas las perfectas familias del mundo, ojalá lo entendiéramos de una vez por todas. Sufrir porque no tenemos una vida perfecta es como sufrir porque no tenemos un unicornio morado: una locura. Aunque es cierto que hay personas que tienen algo muy bueno, les aseguro que no ha sido gratis y que también tienen algo muy malo que les preocupa. Lo repito: no hay vidas perfectas, supérenlo.

Reconocer que la vida no es justa para nadie (e irónicamente de esa manera pareja con todos) es el primer paso a la asimilación de la lección que el momento difícil trae para cada uno de nosotros en algún momento. Diferentes autores proponen además, una variedad de técnicas o herramientas que permiten vivir el dolor de forma constructiva.

El doctor Scott Peck en su libro “El camino menos transitado”  propone practicar la disciplina y sus cuatro componentes: gratificación retardada, aceptación de la responsabilidad, dedicación a la verdad y el balance entre éstas cuatro como un método que nos permite tener bases sólidas que puedan sostenernos e incluso elevarnos en un momento difícil. Lo más interesante que el autor propone, sin embargo, es lo más difícil: en cada dificultad que la vida te presenta hay una opción de cambio y crecimiento, pero para lograr hacer eso, hay que atrevernos a renunciar a nuestras viejas creencias. Esta renuncia puede ser sumamente dolorosa y difícil y en muchos casos es el motivo de que no queramos o podamos cambiar. Para Ana María, por ejemplo, la idea de que su hijo estudie y se dedique a la música le rompe algunos importantes esquemas mentales y eso la he hecho acumular rencor y enojo. Trabajar en sus creencias puede liberarla y contribuir a su relación con su hijo.

Por su parte, Ignacio Larrañaga en su libro “El arte de ser feliz” ofrece un consejo más simple: tomar diariamente dos cucharadas de realidad y dejar de lado los ensueños e ilusiones para avanzar a la serenidad. Para rematar agrega: “Esta es la manera concreta de eludir la frustración y la decepción: saber aceptar serenamente que tu capacidad intelectual es más limitada que tu deseo de triunfar, que tu felicidad conyugal o éxito profesional pueden fallar, que no siempre serás aceptado en tu sociedad, que no te faltarán enemigos y no siempre por tu culpa, que tu influencia será relativa en el grupo que lideras. Acepta de antemano todo esto y tus energías no se quemarán inútilmente.”  Sabiduría pura, si me lo preguntan.

Lo que más daño le estaba haciendo a Ana María era su idea de que haber fracasado en su misión de hacer una familia “perfecta y unida”, cuando pudo aterrizar en la realidad de que las familias estamos formadas por seres humanos imperfectos y además con una misión individual, respiró muy profundo y después, ella misma pudo reír conmigo un rato.

Y a ti, ¿cómo te va con esto?

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Conocimiento y Autoconocimiento

Pez Sevillano

Mi hijo mayor tenía alrededor de siete años cuando me hizo la pregunta, y desde entonces la recuerdo a menudo. Estábamos parados frente a un enorme acuario en un parque de diversiones y contemplábamos con fascinación la gran diversidad de peces que nadaban dentro.  Cada vez que uno se acercaba, lo señalábamos y admirábamos alguna de sus características con curiosidad. De repente un pez amarillo, que parecía llevar una falda negra con lunares, muy al estilo sevillana, se acercó a nosotros con curiosidad. Nos miraba y se movía de arriba a abajo, como tendríamos que hacer nosotros para ver a alguien completo si no tuviéramos cuello. Entonces llegó a la altura de los ojos de mi hijo y se quedó casi inmóvil por un rato. Para mí, fue un momento mágico, de increíble asombro y maravilla ante la naturaleza, tan cercana y tan lejana que teníamos enfrente.

Para nada me esperaba lo que vino a continuación: cuando el pez por fin se fue, mi hijo volteó a verme y me dijo muy serio “Mamá, ¿cómo sabes que no somos nosotros los que estamos dentro de la pecera y ellos los que nos vienen a ver?”  Siempre he dicho que ese niño tiene una disposición natural a la filosofía.

En el mundo hay millones de lugares hechos especialmente para que veamos algo: zoológicos, museos, monumentos, parques naturales, etc. Nos encanta pasear y señalar lo que nos gusta, lo que nos parece interesante o raro. Lo malo de que los humanos hayamos hecho estos lugares es que no hay alguien que haga un lugar para ver a los humanos. ¡Y cuánta falta nos hace estudiarnos!

Que bueno sería que nos tomáramos el tiempo de observarnos, de conocernos y de aprender sobre nuestras diferencias y similitudes. Que sorpresa nos llevaríamos al ver cómo somos y cómo nos comportamos en realidad y los efectos que nuestra conducta tiene en quienes nos rodean. Todavía más interesante sería que nos conociéramos por dentro y que estudiáramos nuestras emociones, nuestras creencias y nuestros talentos. Convencida, como lo estoy, de que las personas nos comportamos siempre conforme a lo mejor que sabemos y podemos, creo que este autoestudio sería transformador y de enorme beneficio para la humanidad.

Antonio Machado dijo una vez: “El ojo que ves, no es ojo por que lo veas; es ojo porque te ve.” Con esa simple oración refleja que los seres humanos olvidamos que hay un observador en lo que observamos. Estoy segura de que mi primogénito no recuerda la pregunta que ese día me hizo, pero a  mí me asalta de repente y volteo arriba despacio, tratando de descubrir en lo alto una mano que me señala con curiosidad. El ojo que ves, no es ojo porque lo veas; es ojo porque te ve. Antonio Machado www.redeshumanas.mx Click To Tweet

¡Eres Otra Persona!

mujer de compras

La vi en aquella tienda llena de gente y la saludé a lo lejos, pero ya no pude apartar mi mirada de ella, porque de inmediato noté pasmada que se dirigía hacia mí con paso rápido, firme y decidido. Tuve la sensación de estar observando a un halcón volar hacia a su presa y me acerqué a la persona que me precedía en la fila sin darme cuenta, como para protegerme.

– ¡Martha! – fue su saludo entusiasta- ¡Pero si eres otra persona!

Mi mente permaneció en blanco por cuatro segundos exactos.

– ¡Estas flaquísima mujer! ¿Cómo le hiciste? Yo estoy probando con un doctor nuevo que te da un tratamiento de una…

¿Otra persona? – pensé- ¿bajar tres kilos pueden hacerme otra persona? ¡Cuántos años y dinero gasta el mundo tan equivocadamente en terapia! ¡Cuánta gente buscando la paz en grupos de apoyo y crecimiento a base de esfuerzo y autoconocimiento sin saber que el secreto es perder peso! ¡Cuántos alumnos en las aulas del Desarrollo Humano y tantos otros talleres similares perdiendo su tiempo en lugar de simplemente cambiar sus hábitos alimenticios!

– … verdad?- dijo al hacer una pausa para tomar aire. Me miró, y por un momento pensé horrorizada que tendría que contestar, pero afortunadamente continuó diciendo: -Es lo que te digo, pero fíjate que Laura me contó que a ella le había…

Ella continuó su monólogo y yo el mío, en silencio: ¿En qué persona me habré convertido? ¿será que ya no me dan miedo los gatos? ¿o tal vez ya dejé de angustiarme por cosas que no están en mi control? ¿Sería ya por fin la mujer paciente y bondadosa que siempre he querido ser? A lo mejor ya no me exaspera la política nacional casi hasta el llanto… Con cuidado me toqué el cabello a ver si por suerte lo que me había cambiado era el pelo chino… eso sí hubiera sido buenísimo.

– … tu crees? – Me sorprendió de nuevo la pausa en su discurso y esta vez pensé confiada que seguiría hablando pero no: esperó mi respuesta y congeló su sonrisa.

– Em… pues… no sé… fue lo único que logré articular.

Se despidió de mi algo extrañada pero con el mismo aplomo de siempre y probablemente se fue pensando que mis neuronas también habían sufrido algo de adelgazamiento. Yo en cambio, salí de ahí contenta. No solamente logré en efecto bajar tres molestos kilos, sino que además sé que eso no me convierte en otra persona… y, a pesar de todo, lo celebro.