9 Secretos de las Personas que Trasmiten Energía Positiva

energia positiva 3 Por: María José Miñambres

 Hay personas especiales en el mundo que transmiten energía positiva, una energía especial que les hace brillar y que los demás perciben y aprecian porque les hace sentir bien y positivos.

¿Qué es lo que hacen las personas que realmente transmiten energía positiva?

1. Sonríen

Y no sonríen porque sea una forma de educación, sonríen porque no pueden evitarlo y prácticamente la sonrisa se les sale de la cara. Las “neuronas espejo” hacen que tendamos a reproducir a nivel mental lo que hace la persona que tenemos delante de nosotros y, por lo tanto, cuando estamos con estas personas sonrientes, también nosotros empezamos a sonreír.

2. Están donde han decidido estar en ese momento de la vida.

Hay estudios que afirman que la felicidad es proporcional a la sensación de control que tienes sobre tu vida, lo que quiere decir es que si has decidido tú estar ahí haciendo eso que quieres y donde quieres, aumenta tu felicidad exponencialmente.

3. Cuidan su cuerpo y su mente

Uno de los grandes cambios de la humanidad en los últimos años ha sido el aumento de la esperanza de vida. Si vamos a vivir muchos años más, tenemos que aprender a “poner vida a los años”. Las personas que trasmiten energía positiva generan gran cantidad de endorfinas a partir del ejercicio físico, se cuidan y desarrollan hábitos saludables. Cuerpo sano, mente sana.

4. Cuando tienen un problema saben relativizar

Estas personas no se dejan sobrepasar por las situaciones complejas de la vida, tienden a mirar los problemas dentro de una perspectiva más amplia por lo que consiguen resolverlos más fácilmente y con menos carga emocional.

5. Se rodean de personas que, como ellos, trasmiten energía positiva.

A estas personas las encuentras rodeadas de personas positivas y que les hacen sonreír.

6. Mantienen su individualidad

Se consideran importantes y dedican tiempo a ellos mismos y a sus necesidades. Aunque a veces para otras personas puede parecer un comportamiento egoísta, es una de las necesidades que tenemos como seres humanos, el de ser independientes, individuales y ser reconocidos por ser especiales.

7. Dan alegría y amor a los demás

Se preocupan por cuidar a su familia, buscando el equilibrio entre su individualidad y la conexión con los demás. Otra de las necesidades como seres humanos, según el famoso coach Anthony Robbins basado en los trabajos de Maslow, es la necesidad de conexión y amor. Por lo que aunque sean personas que en un momento de sus vidas puedan parecer independientes o solitarios, buscan completarse a partir de dar a amor a una pareja y cuidar a los demás.

8. Crecen constantemente

Todo lo que no crece en la naturaleza ya sabemos cómo acaba: muere. A nivel mental, a nivel profesional, a nivel pareja, familia… hay muchas áreas para mejorar. Las personas que trasmiten energía positiva se preocupan por crecer, por mejorar y para ello leen, hacen cursos, viven diferentes realidades, hablan con gente que les estimule y son aprendices toda su vida.

9. Aprovechan las oportunidades que les brinda la vida

Son receptivos y la mayoría de las cosas que viven lo hacen como una oportunidad y con la apertura y flexibilidad para reconocer a las personas y a las oportunidades en su camino. No se dejan vencer por los obstáculos que hay en su camino, en vez de eso ven soluciones, oportunidades, se mantienen optimistas y disfrutan de todos los momentos que les da la vida.

Artículo original:  http://entrenandoapapas.blogspot.mx

Amor del Bueno

Amor del Bueno

¿Les ha pasado que escuchan algo o aprenden sobre un tema y de pronto lo ven en todas partes? Algunos definen este fenómeno como Ilusión de Frecuencia y ha sido estudiado por psicólogos y sociólogos durante años. Otros estudiosos, sin embargo, le llaman “sincronías” y se refieren a repeticiones de un mensaje que la vida intenta enseñarte en ese momento.

Sea una u otra explicación, lo cierto es que, desde hace varios meses, esto me ha ocurrido con el tema del amor propio. Ese tema que suena tan vano, tan superficial y tan conocido que ya lo damos por hecho, es mucho más profundo de lo que yo antes creía y afecta nuestra vida en todas las maneras importantes. ¿Qué significa realmente amarse a sí mismo?

Esta semana, una persona me hablaba de la enfermedad de su madre y de cómo la conmovía verla postrada en cama tan vulnerable. Después de hablar un rato de la inminencia de la muerte que se sospechaba, hizo una pausa y luego, casi de repente, me hizo esta pregunta: ¿y ahora quién me va a querer?

Sus palabras parecieron caer a un abismo y nos quedamos viendo en silencio.

Víctor Frankl, creador de la Logoterapia, afirma que el sentido de nuestra vida debe estar en algo no perecedero, porque si ponemos el sentido de todo lo que somos y hacemos en una persona, una cosa o una situación determinada, estaremos condenados a perderlo. Las circunstancias de la vida son tan cambiantes que no podrían sostener el peso de la razón de nuestra existencia.

Incluso Frankl cuenta de personas que vivieron con él la terrible experiencia de los campos de concentración y no sobrevivieron porque ponían el sentido de su vida en alguna persona o acontecimiento como, por ejemplo, encontrar a algún familiar. Cuando se enteraban que éste había muerto, perdían toda fuerza y fallecían a los pocos días.

Pienso que con el amor propio pasa algo parecido. Sin duda los padres son un referente personal importantísimo y, para muchos, el más claro ejemplo de la aceptación incondicional; pero si ponemos en ellos el único amor que puede sostenernos, la vida nos lo quitará. Si ellos o son nuestra única fuente de amor incondicional, la perderemos y lo mismo sucederá si dependemos emocionalmente de cualquier otra persona.

La alternativa a esto es desarrollar un sano amor propio. El problema es que solemos ser muy exigentes para amarnos porque nos comparamos con los rasgos sobresalientes de otros a quienes admiramos. Usualmente no vemos la película completa de la vida de una persona exitosa o muy bella, sólo vemos su rasgo envidiable y nos juzgamos contra éste. Como consecuencia, queremos tener todas las cualidades admirables de los demás y ninguno de sus defectos, lo cual es imposible y nos hace sentirnos poco dignos de amor.

En este mes de febrero, en el que vemos corazones rojos por todas partes, que bueno será que le dediquemos un poco de tiempo a revisar cómo andamos en el único amor que puede sostenernos siempre y la fuente de nuestra capacidad de amar a los demás: el amor que nos tenemos a nosotros mismos. ¡Se vale enamorarse!

Todo Cambia

Todo Cambia 2

Tengo en mi recién estrenado estudio, dos globos terráqueos. Uno es nuevo y el otro es de los años sesentas. En el nuevo aparecen países como Bangladesh y Pakistán, pero en el antiguo no están. Si además revisara un globo terráqueo de hace cien años, también habría cambios importantes en el mundo, países como Latvia y Estonia aparecieron apenas en 1918; y aún si me fuera más atrás, la imagen del mundo ni siquiera sería un globo.

Como amante de la historia universal, eso me parece muy interesante; pero como estudiante del ser humano y de su conducta, me lo parece aún más, porque si algo tan definitivo como nos parecería que es el globo terráqueo puede modificarse tanto y de forma tan continua a través del tiempo ¿cómo podríamos pensar que el ser humano no puede cambiar?

Cada vez que conquistamos una nueva meta, cada ocasión en la que le ganamos territorio al miedo, cada vez que nos atrevemos a tomar el control de nuestros sentimientos, siempre que nos lanzamos a hablar con la verdad y cada momento que comprendemos profundamente a otro ser humano y su circunstancia, por dar sólo algunos ejemplos, el territorio de nuestra conciencia, lo que delimita quiénes somos en realidad, se amplía, crece y se modifica.

Incluso nuestro territorio físico, nuestro cuerpo, cambia por diferentes circunstancias. De acuerdo a los estudios realizados por Lise Bourbeau y expuestos en su libro “Las cinco heridas que impiden ser uno mismo”, el campo morfológico del cuerpo humano se desarrolla de diferente manera de acuerdo a las heridas emocionales que tiene puesto que éstas, afectan la química de nuestro organismo y su composición. Lo asombroso es que, si la persona se da a la tarea de trabajar y sanar esas heridas, el cuerpo se modifica de nuevo.

Todo esto hace que, la posibilidad de que alguien diga “yo soy así” sea imposible para mí: una completa ilusión. No es que seamos cambiantes como el mundo, ¡es que somos el universo entero en continuo movimiento y transformación!

Tomen una foto de ustedes de hace veinte años, contémplenla bien y piensen ¿quiénes eran ustedes en esa foto? ¿En qué creían? ¿Cómo se sentían? ¿Qué defendían? ¿Qué les daba seguridad? Después, contemplen una foto reciente y piensen quiénes son ahora y en qué creen ahora y encuentren cómo se diferencian de ese territorio que ocuparon en la vida hace veinte años. Si les gusta lo que descubren, si están contentos con su forma de gobierno y libertad interiores, los felicito. Si no, también los felicito, porque darse cuenta es siempre causa de celebración. Y si hemos cambiado tanto en veinte años, y a veces sin darnos siquiera cuenta, los cambios que podemos lograr si nos lo proponemos son aún mayores.

Me gusta conservar estos globos terráqueos, aunque uno no sea ya preciso, porque son para mí un recordatorio de que nada es para siempre. Cuando las circunstancias de la vida nos hagan movernos, busquemos ampliar nuestras fronteras para incluir el nuevo mundo que la vida nos invita a conquistar. ¡Tierra a la vista!

La Vida Como Aprendizaje

El siguiente texto no es mío, desafortunadamente, pero me gustó tanto que quise compartirlo en esta página. Borja Vilaseca es un escritor y conferencista español experto en desarrollo personal y liderazgo. Léanlo despacio…

“La vida es un proceso pedagógico cuya principal finalidad es crecer, madurar y evolucionar como seres humanos, aprendiendo a ser felices por nosotros mismos, de manera que sepamos cómo amar a los demás y a la vida tal como son.”

No hemos venido a este mundo a ganar dinero. Ni tampoco a proyectar una imagen del agrado de los demás, logrando éxito, estatus, respetabilidad y reconocimiento. Nuestra existencia como seres humanos tampoco está orientada a comprar, poseer y acumular cosas que no necesitamos. Ni mucho menos a evadirnos constantemente de nosotros mismos por medio del entretenimiento. De hecho, no estamos aquí -solamente- para sobrevivir física, emocional y económicamente.

Y entonces, ¿hay algún propósito más trascendente? ¿Para qué vivimos? Aunque cada uno está llamado a encontrar su propia respuesta, los sabios de todos los tiempos nos han invitado- una y otra vez- a ver la vida como “un continuo proceso de aprendizaje”. Si bien el resto de los mamíferos nacen como lo que son, nosotros nacemos todavía por hacer. Ser humanos es una potencialidad. De ahí que en un principio no vivamos de forma responsable, libre, madura y consciente. Todas estas cualidades y capacidades están latentes en nuestro interior. Y así siguen hasta que las desarrollamos a través de la comprensión y el entrenamiento.

No en vano, adoptar una postura victimista frente a nuestras circunstancias nos impide aprender y desplegar todo nuestro potencial. Sólo en la medida que padecemos la crisis de los cuarenta- orientando nuestra existencia a la transformación-, empezamos a cuestionar nuestro sistema de creencias, modificando- a su vez- nuestra escala de valores, prioridades y aspiraciones. Es entonces cuando decidimos que lo más importante es “aprender a ser felices por nosotros mismos”. Es decir, a sentirnos realmente a gusto sin necesidad de ninguna persona, estímulo, cosa o circunstancia externa. Más que nada porque ¿de qué nos sirve llevar una vida de éxito y de abundancia material si nos sentimos vacíos e insatisfechos por dentro?

En general, solemos confundir la felicidad con el placer y la satisfacción que nos proporciona el consumo de bienes materiales. Y también con la euforia de conseguir lo que deseamos. Sin embargo, la verdadera felicidad no está relacionada con lo que hacemos ni con lo que poseemos. Aunque no es posible describirla con palabras, podría definirse como la ausencia de lucha, conflicto y sufrimiento internos. Por eso se dice que somos felices cuando nos aceptamos tal como somos y- desde un punto de vista emocional- sentimos que no nos falta nada.

Y es que la felicidad no tiene ninguna causa externa: es nuestra verdadera naturaleza. Igual que no tenemos que hacer nada para ver- la vista surge como consecuencia natural de abrir los ojos-, tampoco tenemos que hacer nada para ser felices. Tanto la vista como la felicidad vienen de serie: son propiedades naturales e inherentes a nuestra condición humana. Así, nuestro esfuerzo consciente debe centrarse en eliminar todas las obstrucciones que nublan y distorsionan nuestra manera de pensar y de comportarnos, como el victimismo, la inseguridad, la impaciencia, el aburrimiento o el apego.

Cultivar la Paz Interior

Más allá de aprender a ser felices por nosotros mismos, hemos venido al mundo a aprender a “sentir una paz invulnerable”. Y para lograrla, hemos de trascender nuestro instinto de supervivencia emocional, que nos lleva a reaccionar mecánica e impulsivamente cada vez que la realidad no se adapta a nuestros deseos, necesidades y expectativas. Como descubrió el psicoterapeuta Víctor Frankl, “entre cualquier estimulo externo y nuestra consiguiente reacción, existe un espacio en el que tenemos la posibilidad de dar una respuesta más constructiva”. Esta es la esencia de la proactividad.

Eso sí, para poder ser proactivos hemos de vivir conscientemente. Es decir, dándonos cuenta en todo momento y frente a cualquier situación de que no son las situaciones sino nuestros pensamientos, los que determinan nuestro estado emocional. Al tener presente esta verdad fundamental, podemos entrenar el músculo de la aceptación en todas nuestras interacciones cotidianas. Sobre todo, porque no hay mejor maestro que la vida ni mayor escuela de aprendizaje que nuestras propias circunstancias.

El reto consiste en aprender a aceptar a los demás tal como son y fluir con las cosas tal como vienen. Y aceptar no quiere decir resignarse. Tampoco significa reprimir o ser indiferente. Ni siquiera es sinónimo de tolerar o estar de acuerdo. Y está muy lejos de ser un acto de debilidad, pasotismo, dejadez o inmovilidad. Más bien se trata de todo lo contrario. La auténtica aceptación nace de una profunda comprensión, e implica dejar de reaccionar impulsivamente para empezar a dar la respuesta más eficiente en cada situación. Así es como podemos cultivar y preservar nuestra paz interior. Tal como dijo el sabio Gerardo Schmedling, “aquello que no somos capaces de aceptar es la única causa de nuestro sufrimiento”.

En la medida que aprendemos a ser felices por nosotros mismos- dejando de sufrir- y a sentir una paz invulnerable- dejando de reaccionar-, también aprendemos a “amarnos a nosotros mismos y a los demás”. Y al hablar de amor no nos referimos al sentimiento, sino al comportamiento. De ahí que amar sea sinónimo de comprender, empatizar, aceptar, respetar, agradecer, valorar, perdonar, escuchar, atender, ofrecer, servir y, en definitiva, de aprovechar cada circunstancia de la vida para dar lo mejor de nosotros mismos.

Como dijo el sabio Anthony de Mello, “el amor beneficia en primer lugar al que ama y no tanto al que es amado”. De ahí que limitar nuestra capacidad de amar nos perjudica- principalmente- a nosotros mismos. Además, cuanto más entrenamos los músculos de la responsabilidad (como motor de nuestra felicidad), la aceptación (como motor de nuestra paz interior) y el servicio (como motor de nuestro amor), más abundante y próspera se vuelve nuestra red de relaciones y vínculos afectivos.

Llegados a este punto, cabe preguntarse: ¿somos verdaderamente felices? ¿O más bien solemos sufrir? ¿Sentimos una paz invulnerable? ¿O más bien solemos reaccionar? ¿Nos amamos a nosotros mimos y, en consecuencia, a los demás? ¿O más bien seguimos luchando y creando conflictos? ¿Estamos dando lo mejor de nosotros mismos? ¿O más bien seguimos limitando nuestra capacidad de amar y de servir, esperando que sean los demás quienes se adapten a nuestros deseos y expectativas? Sean cuales sean las respuestas, cabe recordar que el aprendizaje es el camino y la meta de nuestra existencia. Así, el hecho de que estemos vivos implica que, seguramente, todavía tenemos mucho por aprender.

Este texto es un extracto del libro “El sentido común”, publicado por Borja Vilaseca en octubre del 2011 aquí está este y otros títulos del autor que te interesarán. .

                                                                                           

5 Cosas que debes tirar en enero

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Para renovarse, no es necesario hacer una gran transformación el primer día del año, basta con hacer cambios pequeños, pero regularmente. Hoy no te propongo hacer la gran limpieza anual sino solamente desechar de tu casa y de tu vida estas cinco cosas y así empezar a ser más consciente de lo que te rodea y de lo que puedes cambiar si lo decides.

1. Algo que no te queda

Imagínate que viene a visitarte una tía lejana y todo el día no hace más que reprocharte tus errores y compararte con personas que cree que son mejores que tú. ¿Cuánto tiempo la tolerarías? La ropa no te queda pero que sigues viendo cada día es semejante a esa tía: te hace sentirte mal sobre quién eres y te impide ver todo lo bueno que sí has logrado. Deshazte lo más pronto que puedas de esa molesta visita en tu casa y empieza hoy regalando una prenda de ropa que seguramente hará feliz a alguien más.

Pero la ropa es sólo un ejemplo. Revisa tus relaciones o amistades y observa quiénes te hacen sentir mal sobre ti mismo o quiénes te recuerdan constantemente a la persona que fuiste pero que ya dejaste atrás al crecer. Ellas pueden ser dignas de tu cariño, pero este es un buen momento para darles las gracias por lo que te enseñaron y dejarlas partir.

2. Algo que no te gusta

Conozco a una persona que vive rodeada de cosas extrañas que la han regalado. La primera vez que le dieron por obsequio un adorno muy estrafalario, lo agradeció inmensamente y lo puso en el centro de su sala para no ofender a los que se lo dieron. Los demás, interpretando que ese era su gusto, siguieron el ejemplo y cada año se esfuerzan por encontrar un objeto aún más raro que los anteriores. Ninguno le gusta, pero no sabe qué hacer.

Es necesario tomar posesión del lugar que habitas. Sea una habitación o una mansión, reconoce que es tuya y toma el control. No hay nada como vivir rodeado de objetos agradables a tus sentidos, el valor monetario que tengan será siempre lo de menos. Antes de que termine el mes, regala al menos un objeto de tu casa que preferirías no ver cada día. Lo que tu deseches puede ser el objeto favorito de alguien más.

3. Algo que no te cabe

¿No cierran tus cajones? ¿No puedes mover los ganchos del clóset porque no hay espacio? Te tengo una noticia: tienes más de lo que necesitas. Según los profesionales del guardarropa, una persona necesita solamente diez piezas de cada cosa en un año. Esto es, diez pantalones son el máximo que debes tener e igual número de faldas, vestidos o zapatos. Si, también zapatos. Hoy, elige algo que no has usado en el último año de cada cajón de tu casa y siente la nueva ligereza que adquiere tu vida.

Este punto también se aplica a la agenda diaria. Si no tienes tiempo para hacer lo que te gusta o quieres o si no puedes cumplir con los compromisos que ya tienes, no debes seguir agregando nuevos. Toma una hoja y elige un tiempo de cada día para lo que quieres hacer en forma personal como ejercicio, meditación o lectura. Después, separa un espacio de cada día para dedicarlo a los miembros de tu familia. En seguida, marca un tiempo para lo que necesitas hacer como trabajo o compras. Lo que te quede será el espacio para las actividades extra que decidas. Asegúrate de invertir tu día y tu vida en lo que quieres y te gusta hacer y desecha hoy una actividad que realizas por motivos que ya no te llenan.

 4. Algo que te duele

Una vez compré unos zapatos plateados que amé a primera vista. Eran delicados y elegantes y usarlos me hacía sentir como una princesa… por los primeros diez minutos. El resto del día esperaba el momento de podermelos quitar. Reconocer que había cometido un error al comprarlos me costó, pero las ampollas no me dejaban escapar de la verdad.

Como esos zapatos, hay cosas, actividades, relaciones o asuntos pendientes que nos causan dolor, aunque en algún momento pensamos que eran perfectos para nosotros. Aunque probablemente nos hayan dejado una gran lección, no nos hace bien guardarlos para siempre. Analiza hoy tus emociones y si notas algo que te cause dolor, reconócelo y decídete a dejarlo atrás. Si necesitas ayuda para hacerlo, siempre podrás encontrarla, por ejemplo, en las personas entrevistadas para este blog.

 5. Algo que no funciona

Hay cosas que no se pueden reparar. Desde la secadora de pelo que te costará más arreglar que lo que cuesta una nueva hasta ese proyecto que tienes años intentando sin resultados. Dedicarte a cosas que no funcionan te impide hacer otras que no has intentado pero que podrían resultar más beneficiosas para ti.

Este mes, haz un inventario de cosas que no funcionan en tu vida y elige deshacerte de una. El espacio mental que esto te brindará será alimento para tu creatividad y tu energía positiva.

Con esta tarea los dejo, son solamente cinco pequeños pero profundos cambios que les brindarán más libertad y más optimismo para empezar el año. ¿Qué tal si me cuentan cómo les fue?

El Eco de la Vida

Hay un sencillo cuento que habla de un hombre que fue con su hijo de paseo a las montañas y al llegar a la cima, el hijo lanzó un grito que el eco le regresó. Asombrado, lanzó otro y luego otro y le preguntó a su papá qué era eso que respondía a sus gritos. El papá, aprovechando la oportunidad para enseñarle algo a su pequeño, le respondió que era la vida y procedió a gritar varias palabras como “alegría”, “perdón”, “paz”, “enojo” y “odio”. Al escuchar el eco de las palabras que él decía, le dijo a su hijo que la vida es así, siempre te regresa lo que tú le das.

Yo he creído eso por mucho tiempo. Esta semana, sin embargo, recibí una lección que me tiene con la cabeza ocupada. A veces la vida te da un golpe que te deja sin aire. Al ver el llanto de una madre al perder a su hija, al escuchar su gemido de dolor, al verla desmoronarse cuando es una mujer que se ha sobrepuesto a tanto ya, no puedo más que preguntarme qué fue lo que pasó en este caso.

Independientemente de la fe que tengamos, la muerte es la barrera donde nos detenemos todos. Las explicaciones que tengamos para lo que viene después forman parte de nuestras creencias y hay muchas diferentes. Yo creo que la hija descansa con Dios Amor en un lugar de luz y desde ahí llega como fuerza a quienes la quisimos, especialmente a su familia. Pero la madre se quedó en este lugar y nosotros con la tarea de consolarla. ¿Qué decir?

Paul Watzlawick dice que no se puede resolver un problema en el mismo plano en el que se causó. Igualmente, no se puede encontrar una respuesta a estas interrogantes si nos quedamos en el plano de vida en el que usualmente transitamos. La mejor prueba de que existe otro modo de ver la vida son estas ocasiones que nuestra forma usual no alcanza a abarcar. Hay más. Hay otro plano. Lo que alcanzo a comprender es que existe una explicación para esto que no puedo todavía ver, como cuando se le pone a un hijo un límite y éste se rebela porque no puede entender que es para su propio bien, para su seguridad y por amor.

Por otro lado, sucedió que durante su enfermedad, incontables personas se unieron para ayudarla y para hacer oración por ella. Se movilizaron cientos de jóvenes y sus papás para brindar una mano. En esta sociedad competitiva y dividida, eso fue un logro extraordinario. Supe de jóvenes que, sin conocerla, asistieron a la llamada para donarle sangre;  otros que renunciaron a regalos y vacaciones para hacer donativos y otros que aprendieron a trabajar y a organizar eventos por su causa. Todo su colegio, donde estudió hasta secundaria, se unió por ella y después su preparatoria se unió al esfuerzo. La fuerza de esa unión se sentirá por mucho tiempo y, en cualquier momento de lucha, recordarán el poder de lo que hicieron. Por ella, se olvidaron las fronteras que dividen a nuestra comunidad: no importaba dónde habías estudiado ni dónde vivías, lo importante era sacarla adelante. Durante su enfermedad, ese mundo fraterno donde nos preocupamos por el otro y donde trabajamos unidos pareció posible. ¿Cómo entenderlo?

No sé si es que hay una forma de ver la muerte que no he comprendido bien, o tal vez es la vida la que no estoy percibiendo correctamente. La muerte de una joven de apenas 18 años no puede ser un error o un simple descuido de la vida. A lo que este inmenso suceso me invita es a darme cuenta de que lo que yo puedo entender es muy limitado y a reconocer con humildad que mi alma necesita crecer para abarcar la realidad como es.

Si bien sigo pensando que lo que se siembra en la vida se cosecha, comprendo que necesito ampliar mi criterio e incluir a una sabiduría mayor que a veces me lleva a recoger frutos que no reconozco, pero que quizá son el alimento que justo en ese momento se necesitaba. Y hasta aquí llego.

Tras el Incendio

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El incendio inició a las tres de la mañana. La mamá, enfermiza y débil, notó algo raro y se levantó, sin darse cuenta de lo extraordinario que fue que notara algo raro a las tres de la mañana. Cuando se percataron de lo que sucedía, las llamas llegaban al techo del recibidor y estaban ocupadas consumiendo unas cajas con recuerdos de viajes que casualmente tenían provisionalmente junto al enchufe que hizo el corto. Eso evitó que el incendio avanzara más rápido y bloqueara la única ruta de escape de la casa completamente enrejada.

No hubo heridos, los daños fueron mínimos y sólo la mancha del hollín queda como recuerdo de la sombra negra que cubrió la casa por dentro, como el mal que pudo ser. En medio del caos y del miedo, surgen muchas preguntas:  ¿Te das cuenta de que nos pudimos haber muerto? ¿Te imaginas lo que hubiera pasado?.. Después, hay un tiempo para evaluar los daños: lo que se perdió, lo que ya no funciona, lo que pensé que conservaría para siempre, lo que no sé para qué guardaba… Finalmente, llega el momento de reflexionar.

Quienes creemos que hay un motivo para todo lo que sucede, investigamos el mensaje oculto en los hechos. ¿Cuál es la lección que hay que aprender aquí?

La primera que me viene a la mente es la figura de esa madre que todos consideraban enferma y débil, pero que resultó ser la salvadora de todos. Como si hubiera dado a luz otra vez, los regresó a la vida y de nuevo impulsada por fuerzas que estaban más allá de ella, fuertes e inevitables como la vida misma. La mujer, fuerte en su debilidad, ocupó su lugar y no hay más que dárselo y reconocer que le pertenece. De nuevo, nadie viviría si no es por ella.

La segunda lección para mi es que podemos vivir desechando el 99% de las cosas sin las que creemos que no podríamos vivir. Al final de un incendio, las personas se dan cuenta de que muchas de las cosas que se perdieron no eran necesarias, sólo estaban acostumbradas a ocupar el espacio que tenían. Al contrario, a las llamadas de auxilio acuden los que importan y hay un momento en el que todos los malentendidos se olvidan y las antiguas diferencias se ponen a un lado para poder ayudar y decir “cuenta conmigo”. Entonces podemos darnos cuenta de que las ganancias fueron realmente más que las pérdidas.

Hay aún una lección más que se dio por casualidad: entre el fuego y el agua, un teléfono celular dejó de funcionar. Como se ha convertido en nuestra única forma de vínculo, esta persona se aisló involuntariamente de todos sus contactos y vivió los siguientes días sólo acompañada por su familia y sus pensamientos. Ahí, en ese regalo que le trajo el incendio, se dio la transformación. En ese silencio acompañado y sereno fue donde esa ave fénix pudo tomar fuerzas para renacer de entre las cenizas a un mundo lleno de nuevas posibilidades.

Demos gracias al incendio por todas sus bendiciones.

Cartas al Espejo

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¿Cómo sería entrar de pronto en la cabeza de alguien más? ¿De verdad encontraríamos lo que creemos? ¿Serán sus ideas como las imaginamos? ¿O serán sólo nuestras ideas escritas en el espejo?

Hace unas semanas tuve el gusto de ayudar a organizar una fiesta sorpresa para una muy querida amiga. Como regalo para ella, el grupo de amigas que la festejamos le escribimos cartas en las que recordamos momentos vividos juntas y aprendizajes que habíamos compartido. Tuve el encargo de recopilar las cartas y pegarlas en un cuaderno con fotos nuestras de diferentes épocas. Al principio me fue imposible evitar leer algo de las cartas al pegarlas y después tengo que confesarles que me piqué con algunas que narraban sucesos que yo también había compartido con ellas y que me encantó recordar.

En resumen, lo que leí fue un retrato de un ser humano único, lleno de talentos y dones que comparte generosamente y que ha sabido acompañar a quienes convivimos con ella con sabiduría y cariño. Lo sorprendente de este retrato es que es muy distinto a la imagen que esa persona tiene de sí misma y a lo que pensaba que era la opinión de las demás. ¡Que conocido me suena esto!

Varias veces en la semana escucho a personas quejarse de la incomprensión de los demás: de lo poco valorados que se sienten, de que no son vistos ni tomados en cuenta… Estoy segura de que si esos “los demás” estuvieran presentes diría algo parecido. Pero todos sentimos que nosotros sí valoramos al otro correctamente y sí le demostramos nuestro aprecio… Hay algo aquí que no suma.

Son innumerables los autores que actualmente hablan de este tema: los demás son espejos en los que podemos aprender a conocernos mejor. Esto funciona de dos formas: por un lado, las personas nos muestran rasgos de carácter que nos cuesta ver en nosotros mismos pero que invariablemente tenemos; por otro lado, lo que creemos que piensan o sienten es usualmente nuestro propio sentir y pensar.

Y esto es lo que yo pude ver en el regalo de las cartas. Sin darnos cuenta, ponemos en la cabeza de los demás nuestros juicios hacia nosotros mismos, nuestras inseguridades, nuestra poca aceptación y valoración de lo que somos y después pensamos que el otro es el dueño de todo eso. Entender que ese “otro” no es más que una imagen que un espejo nos refleja nos permitirá adueñarnos de de esas emociones negativas y juicios y trabajarlos.

El ejercicio de decirle a alguien lo que nos importa y lo que admiramos en él o ella es una oportunidad maravillosa para aclarar emociones malentendidas y para mejorar relaciones personales. Qué bueno será que nos ocupemos en hacer eso, eligiendo consciente y proactivamente el tipo de relación que queremos tener y el tipo de persona que queremos ser, en lugar de inventar escenarios que, como el vapor, empañan el espejo e impiden ver lo que brilla en quien se ve reflejado.

En esta semana, les deseo claridad.

 

La Frase Perfecta

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Voy a compartirles algo: durante muchos años había soñado con tener un estudio propio: un espacio pequeño donde vivieran mis libros, mis ideas, mis palabras, mis oraciones y este silencio que me acompaña quieto a todos lados. Ahí, podría sentarme a visitar un rato la luz y la sabiduría de los tomos que cubren las paredes y de los objetos traídos de lugares lejanos que me hablan de quienes caminan otros caminos.

Durante esos años, siempre lo visualicé con una frase perfecta escrita en un muro, algo inspirador que representara lo que hago y a lo que quisiera dedicar mi tiempo. He encontrado muchas buenas frases, incluso esa es la razón de que tenga acumuladas cientos de frases célebres que ahora comparto diariamente en mis cuentas de redes sociales (¿ya me siguen?) Sin embargo, ninguna me llenó por completo.

Quiero decirles que la vida, el destino y especialmente mi marido, han hecho posible mi sueño del estudio que ya es una realidad. Lo inesperado fue que a la semana siguiente de haber acomodado mis lápices en el escritorio, encontré la frase perfecta en el libro “Big Magic” de Elizabeth Gilbert, famosa autora del libro autobiográfico “Eat, Pray, Love”.

La autora dice textualmente (la traducción es mía):

“Lo que sé de cierto es que así es como quiero vivir mi vida– colaborando hasta el límite de mis habilidades con fuerzas inspiradoras que no puedo ver, ni probar, ni dirigir, ni entender.”

Cuando leí esa frase, resonó en mí como un eco. Durante años he intentado explicar qué es el desarrollo humano, cómo afecta el centro de lo que somos y cómo funciona esto de la aceptación incondicional y siempre me he quedado corta en mis argumentos. Por igual tiempo y con los mismos resultados he intentado explicar lo que ocurre en los grupos de crecimiento o la riqueza de la meditación e incluso la psicología transgeneracional y lo poderosos que son las creencias y los patrones de conducta en una persona y en un sistema familiar. Pero es difícil comprenderlo y difícil probarlo…

Ninguna explicación funciona hasta que de pronto vemos un cambio en nosotros o en alguien más, nos cae un veinte, logramos una mejor comprensión de quiénes somos y crecemos, somos más. Ni yo misma he logrado ver el impacto completo que ha tenido todo esto en mi o en quienes me rodean.

Hace unos días, una maravillosa mamá de un niño con autismo me comentaba que durante años estuvo intentando enseñarle a su hijo los números. Hacía ejercicios, los dibujaba, los repetía, los cantaba y todo lo que se imaginen sin resultado alguno, su hijo nunca dijo uno solo de los números. De pronto un día, estaban en una alberca y la señora le dijo a uno de sus sobrinos: “Salta a la cuenta de tres… uno…” y su hijo con autismo, entendió en ese segundo y por fin el sentido de los garabatos que su madre había estad mostrándole sin cansancio y terminó: “…dos… ¡tres!”

Así es exactamente esta vida de intentar tener inspiración y compartirla. A veces escuchamos una idea o concepto y nos parecen palabras huecas. No obstante, pasa el tiempo y de pronto algo nos conecta con esas palabras y las rellena de significado y finalmente caen. Pero no sabemos por qué fue o qué hizo que esa vez fuera diferente. Era el momento y es todo, dejar de cuestionar es otra parte del proceso. Así de misterioso me pareció que la frase perfecta llegara exactamente cuando yo estaba lista para escribirla en el muro recién pintado de mi estudio… pero no podría explicarlo.

Finalmente, desde aquí les escribo, con sabiduría flotando a mi alrededor esperando que yo pueda atrapar un poco para inspirar nuestras vidas hoy. ¿Cómo ven?

 

¿Qué aprendimos?

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Durante toda la semana, no he escuchado más que un tema: Trump y el daño que puede hacernos. En mis clases, en las calles, en las reuniones sociales o familiares o en las redes sociales, todo el mundo habla de eso. No voy a alimentar el cúmulo de especulaciones terroríficas, porque creo que ya tenemos suficientes; en lugar de eso, quisiera invitarlos a una reflexión que nos lleve a aprovechar este suceso para ser mejores personas.

El aprendizaje más importante que a mí me deja la elección presidencial estadounidense, es el hecho de que no vemos o más bien, vemos sólo lo que queremos ver. El señor Trump ganó de todas, todas. No hay equivocación posible en que ese era el preferido de millones de personas. Sin embargo, para todos fue sorpresa su victoria. ¿Por qué? Porque cuando algo va en contra de lo que queremos que sea o de lo que creemos que es, no lo vemos. Claro, los medios contribuyeron al gran engaño y sin duda, debe haber habido intereses económicos de por medio, pero yo observé por largo rato a los comentaristas de CNN en el trascurso de la tarde-noche y les aseguro que su confusión era similar a la nuestra: hacían conjeturas, cálculos, intentaban explicar lo que podía pasar si esto y si aquello, pero ninguno tenía una explicación para la cantidad de cuadritos rojos que seguían apareciendo en el mapa de su país.

Una de mis maestras relacionó este fenómeno con el que se da en cualquier guerra: justo antes de que suceda, nadie cree que va a suceder. Esa es la razón, por ejemplo, de que miles de judíos permanecieran en sus países amenazados por el nazismo sin aceptar el peligro que se avecinaba. De ahí viene este aprendizaje de la elección estadounidense: nos cuesta ver lo que no nos gusta.

Aterrizado en nuestras realidades personales, es normal que cueste ver los problemas matrimoniales, por ejemplo, hasta que alguien “de la nada” anuncia que quiere el divorcio; también sucede que no se vea el problema que tiene un hijo o hija hasta que nos encontramos con él o ella en el hospital, y entonces nos preguntamos cómo pudo suceder aquello y por supuesto nos cuesta ver al familiar enfermo, al alcohólico, al diferente… etc.

¿De qué nos sirve este aprendizaje? Pues primero que nada y como dijo el lobo feroz: para ver mejor. Aceptar que vemos parcialmente nos permitirá cuestionar nuestra visión de todas las cosas y eso nos ayudará a ver otras realidades y nos permitirá ampliar nuestra mirada para incluirlas. En la política nacional y en la economía de nuestro propio país hay muchas cosas que debemos ver con urgencia para poder lograr la paz, la prosperidad y la justicia social; pero lo más importante será poder vernos a nosotros mismos y luego a nuestros seres queridos de manera más auténtica y real. Regalarnos o regalarle a alguien nuestra aceptación de su ser completo es la mejor muestra de amor que podemos dar y es lo único que permite, en caso de así elegirlo, cambiar. ¿Tu cómo lo ves?