Mi Día de Muertos

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Siempre he dicho que lo malo de vivir en el norte, es que las tradiciones mexicanas nos llegan algo diluidas. Veo con fascinación como viven el Día de Muertos en Morelia, Oaxaca y otras ciudades de México como si estuviera presenciando rituales de un país lejano en el Discovery Channel. Sin embargo, no tengo la costumbre de ir al cementerio y de hecho no teníamos presente el asunto el miércoles pasado mi hijo y yo cuando fuimos a comer. Sin embargo, de regreso, lo recordamos de golpe cuando notamos un gran congestionamiento frente al panteón. Decenas de personas cruzaban la calle cargados de veladoras, canastos y, por supuesto, ramos de las tradicionales flores de cempasúchil naranjas y amarillas adornados con listones de colores.

Al acercarnos a la puerta del cementerio, nos pusimos serios, sobrecogidos por el dolor y el amor de quienes visitaban a sus seres queridos ahí descansando. Había personas mayores que caminaban lento, con bastones o sostenidos por sus familiares. Nos preguntamos si visitarían a sus padres o tal vez a sus hijos y sentimos una gran ternura al verlos acercarse despacio, como meditando los pasos. También observamos a gente joven y a niños, pero ninguno sonriendo ni jugando sino pegados a los mayores y comentamos lo triste que sería que estuvieran visitando a sus padres o hermanos.

En ese espíritu de seriedad ante la enormidad de la muerte, seguimos avanzando a vuelta de rueda entre el intenso tráfico y el gentío, deteniéndonos al sonido del silbato de un tránsito que intentaba controlar el desorden de los habitantes de esta ciudad, en la que todos estamos demasiado ocupados con lo nuestro. Un poco más adelante, vimos un grupo grande de personas amontonadas alrededor de algo. Nos preguntamos qué sería y estiramos el cuello tratando de ver lo que había detrás de las espaldas, esperando ver tal vez a alguien desmayado o quizá atropellado. Entonces, un señor corpulento y calvo se dio la vuelta y contemplamos el gozo de quien da una primera cucharada a un granielote recién preparado en un fresco día de noviembre. Asombrados y confundidos, nos miramos y sonreímos mientras el hombre saboreaba el segundo bocado de elote chorreando chile colorado.

El Día de Muertos es una fiesta llena de sabiduría y mi hijo y yo aprendimos algo ese día en el que fuimos testigos del contraste entre el dolor y la alegría, la muerte y la vida. Por supuesto que es necesario recordar a los muertos y es reconfortante visitarlos para hablar con ellos de lo que fuimos juntos y de lo que somos ahora, después de ellos; pero es también necesario recordar que aún estamos vivos y que lo que ahora nos toca, mientras aún durmamos de este lado de la cerca del panteón, es precisamente vivir, con todas sus consecuencias, aprendizajes, penas y alegrías.

Mi hijo me dijo que él no quería ser enterrado en un cementerio, que prefería que sus cenizas fueran esparcidas en sus ciudades favoritas del mundo. Yo, no sé. Tengo muy claro que no me importará, cuando haya muerto, el lugar en el que decidan acomodarme, pero me suena divertido el darle a mis seres queridos una excusa para comprar antojitos mexicanos y hacer un picnic en un lugar repleto de flores. Es una tradición que merece ser adoptada. ¿No creen?

 

El Bueno y El Malo

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Piensen en cualquier fábula o cuento de hadas. En todos ellos el tema se desarrollo alrededor de una lucha entre el bueno y el malo en cualquiera de sus variaciones. Por ejemplo, en “La tortuga y la liebre” hay una lucha entre el perseverante y el acelerado, en la “Bella durmiente” entre la princesa buena y la bruja mala, y así es en todos los cuentos. Más aún, en las parábolas y en las historias de la Biblia sucede lo mismo: el pasaje de David contra Goliat nos muestra la lucha entre la sabiduría y la fuerza bruta, la parábola del fariseo y el publicano nos enseñan al soberbio contra el humilde… la lista es interminable y en todas ellas sucede lo mismo: hay un bien y un mal en competencia.

Lo sorprendente de estas historias es lo que sucede frente a las páginas de los libros: en nosotros. La gran mayoría de las personas nos identificamos con el bueno de la historia: con el vencedor, con el listo, el bondadoso, con el príncipe o la princesa. Al leer uno de estos relatos, siempre creemos que estamos del lado del bien, incluso nos viene una ligera sensación de orgullo colectivo cuando el valiente gana la batalla, como si fuéramos nosotros los que vencieron al ogro, los buenos samaritanos o los que lograron descifrar el acertijo que deshizo el hechizo.

Lo malo de esta situación es que eso impide el aprendizaje del cuento. Si yo me siento la tortuga, no tengo nada que aprender. Si yo me identifico con el buen samaritano, o con la honorable doncella, entonces los demás son los que tienen que cambiar… o desintegrarse. Y a eso le llamo una gran oportunidad de crecimiento desperdiciada.

La realidad que necesitamos observar es que el bien y el mal viven en cada uno de nosotros. Si, en todos. Además hay algo más importante aún que hay que entender: estamos bien así como somos. Ese “malo” que tenemos dentro nos ha ayudado muchas veces en la vida: cuando hemos necesitado ser fuertes o cuando hemos tenido que sobrellevar alguna dificultad o defendernos de algún “villano” de carne y hueso.

La dificultad de aceptarnos como somos nace de nuestra necesidad humana básica de ser aceptados. Carl Jung, entre otros famosos psicólogos, nos ha introducido al fenómeno de “la sombra”, la parte de nosotros mismos que no queremos ver ni aceptar por miedo a ser rechazados. Desde muy temprana edad, aprendimos que, para ser queridos por nuestros padres y demás cuidadores, teníamos que comportarnos de cierta manera. Eso nos hizo rechazar algunas conductas que para ellos eran negativas y relegarlas al último rincón de nuestro subconsciente, donde creemos que no vamos a encontrarlas. Y digo “para ellos” porque los comportamientos no aceptables varían de familia en familia. Para una puede ser la deshonestidad y para otra el ser directo al hablar.

Lo malo, por supuesto, es que no podemos evitar ser lo que somos y de vez en cuando queremos ser agresivos para defendernos de un bully o queremos ser egoístas y comernos en último chocolate de la bolsa. Entonces sacamos nuestra peor parte y nos sentimos culpables y nos rechazamos a nosotros mismos como pensamos que lo harían los demás. Esto genera por ejemplo, relaciones de abuso en las que una persona regresa con su agresor porque se siente culpable de que éste sufra por su partida o relaciones en las que no se ponen límites sanos por sentimientos de culpa al reconocer las necesidades personales.

Aceptarnos como somos, con el “bueno” y el “malo” que nos habitan, nos dará un mayor repertorio de conductas adecuadas para poder elegir. Además, nos permitirá mejorar o cambiar lo que queramos ya que podremos aprender de las lecciones de la vida y de las fábulas o historias al reconocer nuestras debilidades de carácter.

Si logramos tomar todo lo que somos, podremos utilizar toda nuestra fuerza para nuestro bien y el de los demás. Seremos más auténticos y más respetuosos y, lo más importante, podremos aceptar a los demás también en su totalidad y sin juicios, lo cual les dará una libertad maravillosa de ser lo que son en plenitud y confianza.

Seguramente la perseverante tortuga nos deja una lección importante en la famosa fábula de Esopo, pero es indiscutible que hay veces en que la velocidad y la agilidad de la liebre son requeridas y más adecuadas a una tarea. Esta semana, los invito a pensar en la dualidad que compartimos y en cómo nos enriquece.

 

Lenguaje Interior

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Me tardé mucho tiempo en conocerlo y aún soy una aprendiz de este idioma, pero me esfuerzo porque he confirmado de primera mano la enorme riqueza que agrega a la vida de una persona el lenguaje interior: esa sensación extraña que de vez en cuando nos hace decidir algo sin saber por qué o sentirnos incómodos en algún lugar sin entenderlo y la intuición que viene de la información que recibimos inconscientemente mediante nuestras sensaciones corporales.

El movimiento de la Era de la Razón generado en el siglo XVIII, fue un parteaguas en la manera como el hombre se conocía a sí mismo y al mundo. Antes de esto, todo conocimiento era dictado por el misticismo religioso y por las supersticiones que plagaron la Edad Media. Así, surgieron en la época muchas corrientes de pensamiento y pensadores que fortalecieron el uso del razonamiento libre e independiente.

Sin embargo, nos equivocamos al pensar que este fue el momento culminante en la evolución del hombre. El haberle dado tanto poder a la razón nos ha privado de otras formas de adquirir información que tenemos y el lenguaje interno, lo que nuestro cuerpo nos dice sobre el mundo, es una de ellas.

La semana pasada hice el siguiente ejercicio con un grupo de alumnos: les pedí que cerraran los ojos y visualizaran frente a sí mismos a su padre. Les pedí que lo vieran alto, grande y fuerte y que vieran en él una mirada de profunda ternura hacia ellos. Independientemente de las ideas que pasaron por sus mentes, los alumnos comentaron haber sentido fuerza, aceptación y protección en ese momento. Lo más interesante del ejercicio es darnos cuenta de que nuestro cuerpo experimenta todo el tiempo sensaciones muy variadas y éstas nos dan información sobre nosotros mismos y sobre nuestra visión del mundo.

El problema con no escuchar lo que nos dice esta intuición es que nos limita la información a la hora de decidir. Numerosos estudios realizados a víctimas de asaltos y abusos han reportado que éstas pudieron percibir algo peligroso en la situación antes de ser atacadas. Es más, el uso de la intuición es una de las herramientas más recomendadas en los programas de defensa personal en el mundo. Lo que sucede es que percibimos el peligro pero tratamos de razonarlo y argumentamos su falta de lógica. De esta manera, los gritos de nuestra mente ahogan nuestras demás percepciones.

Y utilizar la razón es algo bueno, lejos estoy de negarlo, pero no es todo. En nuestra mente existen miles de creencias que nos ayudan a simplificar la realidad por un lado, y que la limitan, por otro. Si yo tengo la creencia de que tomar el camino más corto hacia un lugar es lo mejor, y pretendo tomar un atajo en la media noche por un callejón oscuro, mi lenguaje interior me mandará señales de alarma, pero si sólo escucho lo que mi mente dice, no haré caso y me expondré al peligro.

La solución entonces es aprender este lenguaje. Para empezar, les propongo el siguiente ejercicio:

Dense cuenta de cómo se mueven. Si continuamente sacuden un pie o una pierna o si se muerden las uñas, por ejemplo, pregúntense qué emoción les lleva a hacer eso. Cierren los ojos, vacíen su mente y repasen todas las emociones que conocen hasta que den con la que sienten. Les aseguro que verán cambios.

Todas las eras que han surgido a través de la historia tienen su principio y su final. Yo pienso que el final de la Era de la Razón está cerca. En su lugar, con suerte surgirá una era en la que seamos conscientes de que somos mucho más que un cerebro andante: fuimos creados con una profundidad y un poder que aún no logramos imaginar.

Cuando las Cabezas de las Mujeres se Juntan Alrededor del Fuego

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Quiero compartirles en el blog de esta semana, un poema de la uruguaya Simone Seija Paseyro. La primera vez que lo escuché, fue recitado por una alumna valiente y fuerte que había aprendido el poder de ser mujer. Siempre he dicho que la paradoja de ser maestra es que quien más aprende soy yo.

A ella, a mi sobrina nieta que está estrenando vida y a todas las maravillosas mujeres que comparten mi camino va dedicado este texto:

 

Cuando las Cabezas de las Mujeres se juntan Alrededor del Fuego
Alguien me dijo que no es casual… que desde siempre las elegimos. Que las encontramos en el camino de la vida, nos reconocemos y sabemos que en algún lugar de la historia de los mundos fuimos del mismo clan. Pasan las décadas y al volver a recorrer los ríos esos cauces, tengo muy presentes las cualidades que las trajeron a mi tierra personal.
Valientes, reidoras y con labia. Capaces de pasar horas enteras escuchando, muriéndose de risa, consolando. Arquitectas de sueños, hacedoras de planes, ingenieras de la cocina, cantautoras de canciones de cuna.
Cuando las cabezas de las mujeres se juntan alrededor de “un fuego”, nacen fuerzas, crecen magias, arden brasas, que gozan, festejan, curan, recomponen, inventan, crean, unen, desunen, entierran, dan vida, rezongan, se conduelen.
Ese fuego puede ser la mesa de un bar, las idas para afuera en vacaciones, el patio de un colegio, el galpón donde jugábamos en la infancia, el living de una casa, el corredor de una facultad, un mate en el parque, la señal de alarma de que alguna nos necesita o ese tesoro incalculable que son las quedadas a dormir en la casa de las otras.
Las de adolescentes después de un baile, o para preparar un examen, o para cerrar una noche de cine. Las de “venite el sábado” porque no hay nada mejor que hacer en el mundo que escuchar música, y hablar, hablar y hablar hasta cansarse. Las de adultas, a veces para asilar en nuestras almas a una con desesperanza en los ojos, y entonces nos desdoblamos en abrazos, en mimos, en palabras, para recordarle que siempre hay un mañana. A veces para compartir, departir, construir, sin excusas, solo por las meras ganas.
El futuro en un tiempo no existía. Cualquiera mayor de 25 era de una vejez no imaginada…y sin embargo…detrás de cada una de nosotras, nuestros ojos.
Cambiamos. Crecimos. Nos dolimos. Parimos hijos. Enterramos muertos. Amamos. Fuimos y somos amadas. Dejamos y nos dejaron. Nos enojamos para toda la vida, para descubrir que toda la vida es mucho y no valía la pena. Cuidamos y en el mejor de los casos nos dejamos cuidar. Nos casamos, nos juntamos, nos divorciamos. O no.
Creímos morirnos muchas veces, y encontramos en algún lugar la fuerza de seguir. Bailamos con un hombre, pero la danza más lograda la hicimos para nuestros hijos al enseñarles a caminar.
Pasamos noches en blanco, noches en negro, noches en rojo, noches de luz y de sombras. Noches de miles de estrellas y noches desangeladas. Hicimos el amor, y cuando correspondió, también la guerra. Nos entregamos. Nos protegimos. Fuimos heridas e inevitablemente, herimos.
Entonces…los cuerpos dieron cuenta de esas lides, pero todas mantuvimos intacta la mirada. La que nos define, la que nos hace saber que ahí estamos, que seguimos estando y nunca dejamos de estar.
Porque juntas construimos nuestros propios cimientos, en tiempos donde nuestro edificio recién se empezaba a erigir.
Somos más sabias, más hermosas, más completas, más plenas, más dulces, más risueñas y por suerte, de alguna manera, más salvajes.
Y en aquel tiempo también lo éramos, sólo que no lo sabíamos. Hoy somos todas espejos de las unas, y al vernos reflejadas en esta danza cotidiana, me emociono.
Porque cuando las cabezas de las mujeres se juntan alrededor “del fuego” que deciden avivar con su presencia, hay fiesta, hay aquelarre, misterio, tormenta, centellas y armonía. Como siempre. Como nunca. Como toda la vida.
Para todas las brasas de mi vida, las que arden desde hace tanto, y las que recién se suman al fogón.

Cómo Has Crecido

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Cuando éramos chicos, lo escuchábamos con mucha frecuencia: “¡Cómo has crecido!”. La frase, siempre entre exclamaciones, nos hacía sonreír y darnos cuenta de nuestros pantalones brincacharcos  o de nuestros brazos largos en las mangas que tratábamos de estirar. Durante algunos años de nuestra vida, esa frase era el saludo más común de nuestras tías o de los amigos de nuestros padres: “¡Cómo has crecido!”

Por razones obvias, después de un tiempo y al llegar nuestra adultez joven, dejamos de escuchar esa frase y poco a poco se volvió ajena a nuestros oídos. Sin embargo, los seres humanos nunca dejamos de crecer. Las experiencias que vivimos, lo que aprendemos, las personas con las que nos relacionamos, todo nos deja una ligera capa de aprendizaje que se va acumulando y eso nos hace ser mayores.

Creo que esto es claro para la mayoría de nosotros, lo malo es que ahora la gente no nos dice “¡Cómo has crecido!” con tono feliz, sino que nos dicen “Cómo has cambiado” y el tono a veces tiene implicaciones de resentimiento, de acusación, de envidia o de desilusión que no suenan tan bien a nuestros oídos. La realidad es, no obstante, la misma: las ideas nos quedaron brincacharcos y tuvimos que estirar algunas creencias.

No nos hemos dado cuenta que cambiar es también crecer. La razón de esa resistencia es que para muchos de nosotros, el cambio trae consigo miedo. Nos da miedo cambiar y desacomodar nuestras relaciones con familia, pareja, amigos o tradiciones. Nos da temor cambiar y después no poder controlar ese cambio. O tal vez pensamos equivocadamente que cambiar es traicionar nuestros ideales.

Acerca de eso, Paul Watzlawick en su libro Cambio así como otros estudiosos del tema,  aseguran que es el dolor lo que provoca que una persona se movilice hacia un cambio, pero el miedo a veces impide ese movimiento. Es como  quienes tienen una enfermedad seria o crónica y no buscan más que una opción de tratamiento, sin atreverse a analizar otras opiniones aún cuando esa solución no esté dándoles los resultados que quieren. El temor de desafiar sus creencias puede estar impidiéndole sanar o al menos mejorar su calidad de vida.

Atreverse a hacer algo diferente no es una solución mágica, pero lo que si les puedo asegurar es que el la única manera de acercarse a ella. Intentar por fin una acción distinta, es un salto cuántico maravilloso que despierta muchas capacidades dormidas en nosotros. Además, cuestionar nuestras ideas nos permite reconocerlas, comprenderlas y conocernos mejor a nosotros mismos y eso será lo que nos permita abrazarlas nuevamente si así lo decidimos, pero con madurez y responsabilidad.

Mi conclusión es esta: ¡Adelante con los cambios! Adelante con el crecimiento. Adelante con ver las cosas de otra manera, con desechar creencias que no te sirven para ser feliz o para ser una persona mejor y más humana y compasiva. Adelante con desempolvar el intelecto, con desempolvar la fe, con desempolvar creencias limitantes de ti, de tu Dios, de tus capacidades y de las de los que te rodean. ¡Busca el crecimiento! Lee, toma cursos, platica con personas diferentes a ti, conoce lugares diferentes o inventa tu manera.

El frondoso canelo floreado que se mueve con el viento detrás de mi ventana me enseña que una semilla que no cambia, le quita al mundo un regalo lleno de belleza. Adelante sin miedo, en ti está una semilla plena de posibilidades.

Escucha Espacial

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No conozco mucho sobre el espacio, es más, diría que conozco muy poco sobre él. Sin embargo, yo pienso igual que los filósofos que afirman que el universo entero está contenido en cada hombre y mujer y para comprender el funcionamiento total del cosmos, sólo hay que comprender a los seres humanos y su comportamiento… Sólo… en fin.

Hoy quiero invitarlos a hacer una comparación de este tipo que tal vez nos ayude a comprendernos mejor: la de observar las similitudes entre el oído humano y los agujeros negros.

Los agujeros negros u “hoyos negros” que existen en el espacio de acuerdo a las investigaciones de científicos tan reconocidos como Einstein o el ahora, gracias a Hollywood famoso Steven Hawking, son objetos de una masa inmensa pero contenida en un lugar muy pequeño. Como si metiéramos el sol dentro de una pelota de soccer. Por esa relación entre masa y gravedad, tienen una fuerza de gravitacional extrema, tanta que nada puede escapar de ellos una vez que entra, ni siquiera la luz.

Observemos ahora el oído del hombre: ¡cuántas cosas caben en él! Ya lo decía Felipito, maravilloso personaje de las historietas de Mafalda: traer los oídos siempre puestos tiene algunas desventajas, como estar expuesto a escuchar comentarios de todo tipo. Así, a nuestro oído entran mentiras, verdades, chismes, chistes o simple ruido y éste absorbe los sonidos como si tuviera gravedad y nunca vuelven a salir. Lo que ya una vez escuchaste, no puedes desoírlo jamás. Me consta, yo tengo adentro la música de reggaetón contra todos mis deseos.

Hay otra característica de los “hoyos negros” que es interesante: de acuerdo a las últimas investigaciones realizadas en la Universidad de Princeton, éstos absorben partículas con carga similar a la que tienen. Así, un agujero formado por elementos con carga positiva, tenderá a absorber sólo los de carga semejante y aquellos que tienen elementos de carga negativa, solamente dejarán pasar electrones negativos. ¿Les suena conocido esto?

¿Les ha pasado que están con otra persona escuchando a una tercera y las dos oyen algo diferente? La realidad es que escuchamos lo que nos conviene o lo que más se parece a lo que pensamos que vamos a oír. Si tenemos una opinión o creencia, escucharemos solamente aquello que la confirme y si a nuestro lado hay alguien con una creencia contraria, mágicamente escuchará también lo que confirme la suya. Sin darnos cuenta, nuestro oído elegirá aquello que va consigo y desechará el resto, lo que nos hace inevitablemente parciales.

Hay algo más en los descubrimientos recientes sobre los misteriosos agujeros espaciales que me ha llamado la atención y es que están sujetos al principio de la entropía que dice que todo lo que existe tiende a terminar tarde o temprano. La buena noticia de esto es que todo lo que estaba atrapado dentro, algún día podrá salir… la mala noticia es que esto puede tardar trillones de años.

En la escucha humana, si bien no hay manera de que lo que entre pueda salir, sí hay una opción para lograr que se transforme: se llama hacer conciencia. Ésta puede convertir la información que recibe nuestro oído en material valioso para nuestro crecimiento y realización. La buena noticia es que esto puede tardar un segundo… la mala es que es necesario un elemento muy difícil de encontrar: la humildad. Humildad para cuestionar lo que creemos que escuchamos.

Si dejamos de estar cien por ciento seguros de que lo que nosotros pensamos en la realidad total y de que lo que nosotros escuchamos es lo que en verdad se dijo, podremos estar abiertos a tomar en cuenta otras opciones y a ampliar nuestras ideas. La humildad es la llave maestra que logra que bajemos la guardia y dejemos de aferrarnos a aquello que nos separa de los demás.

Hacer conciencia no es cuestión de desechar o negar lo que creemos, al contrario, se trata de observarlo, entender de dónde viene y elegirlo no por miedo sino libremente. Al mismo tiempo, observar las creencias de otros y considerarlas como igualmente respetables por el simple hecho de que pertenecen a otro ser humano, hermano nuestro en este planeta Tierra.

Si logramos que la tremenda fuerza gravitacional de nuestro ego no intervenga, si realmente logramos ver a ese otro tan diferente como a un igual a nosotros en todo, entonces tal vez pueda la luz por fin escapar desde dentro y el entendimiento brille.

El ser humano es fascinante para mi, tanto como lo es el espacio e igual de misterioso. Al intentar conocernos mejor, descubriendo lo que guía nuestra conducta y entendiendo lo que nos hace reaccionar, asustarnos, odiar y hasta amar, logramos aprender que siempre tenemos opciones de actuar y pensar diferentes y tal vez mejores. Si cambiamos nosotros, cambiará también el universo entero.

4 Cosas que Debes Saber de Ti

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He puesto un ejercicio a varios de mis grupos de alumnos que siempre me deja aprendizajes. Se trata de escribir una lista de 50 cosas sobre ti mismo. No hay requisito sobre lo que quieras mencionar, puede ser interno, externo, físico, emocional, etc. La única regla es que tienen que ser sobre ti: 50 cosas que ayuden a describirte.

Algunas personas escriben de prisa, una línea tras otra hasta llegar al final, incluso hay veces que podrían seguir escribiendo. Hay otras que escriben despacio, meditando cada punto. Sin embargo, me he dado cuenta de que algunas personas se detienen después de unas cuantas frases porque no tienen suficiente conocimiento sobre cómo son.

No deja de provocarme ansiedad el hecho de que haya tantos seres humanos con ese grado de desconocimiento personal tomando decisiones sobre sus vidas, las de sus hijos, las de sus empleados y hasta las de su comunidad entera. ¿Qué herramientas tienen realmente para decidir?

Ya lo dijo Galileo Galilei hace cientos de años: “La mayor sabiduría que existe es conocerse a uno mismo.” Es necesario saber cómo somos, qué nos gusta y qué queremos para poder caminar en la vida hacia ahí. Aunque los seres humanos somos tan cambiantes que no es posible saberlo todo, te propongo cuatro cosas indispensables que debes conocer sobre ti mismo, para poder funcionar en la vida:

1.¿De dónde vengo?

Si yo siembro una semilla sin saber qué especie de planta es, puede ser que la ponga al sol directo y, si la plantita que está naciendo es de sombra, se secará inmediatamente. Así mismo, necesito conocer de qué estoy hecho yo para poder cuidarme mejor. Si en mi familia hay alguna enfermedad que puede ser hereditaria, si hay leyendas de ancestros con destinos complicados, si mi madre y mi abuela viven ahogadas por la angustia, todo eso tendrá influencia en mi vida presente y solamente si tengo la información, puedo identificar el patrón y decidir si quiero seguirlo o no.

Además, nuestro pasado debe servirnos como experiencia de aprendizaje y crecimiento. Si por dolor lo negamos, nos perdemos esa parte tan beneficiosa de las dificultades.

2. ¿Qué me gusta hacer?

¿Qué te sientes feliz haciendo? ¿Qué te hace levantarte en las mañanas? ¿Qué te gustaría hacer si tuvieras todo el tiempo y dinero del mundo? Piensa en estas preguntas porque en ellas está la clave para tu realización personal. Solamente si nos dedicamos a hacer aquello que nos gusta, seremos plenamente exitosos y felices. Hay a quienes les cuesta reconocer lo que les gusta hacer porque les parece algo inútil o vano. Valorarlo como algo único en ti es parte de tu aceptación personal y autoestima. Ten en cuenta que hay muchas personas exitosas y realizadas dedicando su vida a algo que para ti puede ser incomprensible. ¡Esa es la maravilla de ser irrepetibles!

Puede ser que por el momento no te sea fácil dedicarte de lleno a lo que te gusta pero seguramente tienes una o dos horas a la semana en las que lo puedes practicar. Ese es un excelente primer paso que traerá muchos beneficios a tu vida.

3. ¿Cuáles son mis valores?

¿Qué es importante para ti? ¿Qué salvarías en un incendio? Puedes decir que el ejercicio diario, la meditación o la familia son de vital importancia para tu bienestar, la cuestión será ser congruente y dedicarle tiempo a eso que dices valorar. Si te encuentras asegurando que lo más importante para ti son tus hijos y tienes 24 horas sin haberles dado un abrazo o haber tenido con ellos una conversación (los regaños no cuentan) puede ser que necesites revisar lo que realmente consideras digno de tu tiempo y atención.

4. ¿A dónde voy?

Antoine de Saint-Exupéry, autor de El Principito, escribió una frase que ahora las nuevas teorías metafísicas no dejan de asegurar: “El mundo entero se aparta cuando ve pasar a un hombre que sabe a dónde va”.  El punto principal es que para poder avanzar y no caminar en círculos, hay que saber a dónde queremos dirigirnos. ¿Cómo te quieres ver en un año? ¿En cinco? ¿En veinte? Estas visualizaciones pueden ayudarte a elegir el rumbo de tu vida. Será indispensable alienar estos objetivos con tus valores y tus aptitudes para que te sostengan y provean de la motivación que necesitas.

El autoconocimiento es un proceso que dura toda la vida. Podemos evitarlo y seguir creyendo que somos lo que los demás dicen que somos o podemos empezar a descubrir la riqueza que todos tenemos en el interior. Si te atreves a descubrir quién eres, encontrarás tu mayor tesoro y podrás por fin disfrutarlo y compartirlo con los demás.

El mundo entero se aparta cuando ve pasar a un hombre que sabe a dónde va. -Antoine de Saint-Exupéry Click To Tweet

Amor Incondicional Contigo

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Si entráramos a una regadera en la que solamente se nos mojaran las partes de nuestro cuerpo que nos gustan ¿qué porcentaje de nosotros permanecería seco? Y si nos dieran un espejo en el que se pudiera ver nuestra prudencia, egoísmo o disciplina ¿nos gustaría asomarnos?

Nos amamos, es cierto, el problema es que no lo hacemos incondicionalmente. En algún momento de nuestra infancia se nos dijo que para ser amados, había que cumplir algunos requisitos. Lo que esto hizo es que no nos consideráramos dignos de ser amados como somos, por el simple hecho de existir, sino que aprendimos que el amor era producto del esfuerzo y de qué tanto podíamos moldearnos a un ideal determinado.

Para colmo, vivimos en un mundo con esquizofrenia espiritual. Se nos dice que hay un poder infinito y amoroso en el universo, el nombre es lo de menos aunque yo le llamo Dios, pero para poder acceder a ese amor hay que “portarnos bien”. ¡No nos damos cuenta de la enorme contradicción que esto conlleva! Podemos creer que Dios es infinitamente misericordioso o no, pero no podemos creer que lo sea si nos condiciona su amor. Esa locura nos contagia la vida diaria y nos enseña que el amor es exigente y complicado de conseguir.

Y ¿por qué es importante este “amor incondicional” a nosotros mismos? Porque ese es en realidad el único amor que hay. Esa es y será la medida y el límite con el que podremos amar a los demás. Si notas que te cuesta relacionarte de forma profunda, si te sientes solo o distante en tus relaciones o si te molesta el contacto físico y los “apapachos”, puede ser que este sea el freno de mano que traes puesto.

La solución a esto puede llegar en un segundo, o puede tardar toda la vida. Depende de cuánto estemos dispuestos a cuestionar nuestras ideas acerca de lo que creemos que es digno de ser amado. En realidad, todos tenemos razones de sobra para ser como somos. Cuando tomamos en nuestras manos a un bebé recién nacido, no le exigimos que se comporte de alguna manera o que tenga un tipo de cuerpo para poder sentir ternura hacia él. Instintivamente lo tomamos con cuidado y lo acercamos a nuestro corazón y sonreímos. Tenemos la creencia de que los bebés son perfectos como son y que son dignos de amor y caricias hagan lo que hagan. Que maravilloso sería si cambiamos las críticas automáticas y la exigencia hacia nosotros mismos por creer que también somos dignos de amor y ternura así como somos. Es sólo cuestión de sustituir una creencia por otra: mucho más liberadora y nutriente.

Mi invitación esta semana para ti es practicar el amor hacia ti mismo y te propongo esta forma: observa la manera como te hablas y lo que te dices y detén cualquier pensamiento ofensivo o hiriente. En cambio, abrázate, aunque sea a solas,  y piensa con amor lo que te gustaría decirle a un niño pequeño e indefenso en tu lugar. Al hacerlo, se vale reír y se vale llorar… sobre todo, se vale ser feliz.

Gloria y la Codependencia

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Supongamos que se llama Gloria. Ha tenido un matrimonio más o menos rocoso debido a diferentes circunstancias y decidió integrarse a un grupo de ayuda. En él ha aprendido a identificar y empezar a modificar algunas conductas que le estaban ocasionan conflictos constantes, pero al hacerlo…  ¡se siente fatal!

Los reclamos, las miradas heridas, las quejas y demás respuestas de su familia por no seguir haciendo lo que siempre hacía, le causan una culpa que le dificulta cambiar. La duda de si es correcto tomar decisiones de forma independiente, las creencias de lo que es una mujer, la angustia ante la pérdida del control y los juicios de algunos la obligan a regresar a sus patrones de siempre.

El día que inició su curación, me llamó desde una tienda, con una prenda de ropa en la mano que había ido a devolver veinte minutos después de pagarla porque, aunque se la había comprado con dinero fruto de su propio trabajo, se sentía culpable de haberse gastado el dinero en algo que ella quería y necesitaba en lugar de dárselo a algún miembro de su familia para algo que ellos quisieran o necesitaran. “¿No es mi obligación cuidar a los míos? ¿No debo sacrificarme por ellos?” me preguntó muy confundida. Lo más interesante es que después de hablar un poco identificó que, además de culpable, se sentía furiosa consigo misma y con todos.

¿Les parece un caso complicado? No lo es en realidad. Este estado mental confuso entre la culpa, la angustia y la furia tiene un nombre muy conocido: codependencia. Incontables autores han hablado ya sobre este tipo de relación en la que una persona colabora a mantener la inmadurez, adicción o irresponsabilidad de otra u otras mediante la solución de todos sus problemas.

El reto no es nombrar esta condición humana sino entender de dónde viene. En este “mi año de la autoestima” he aprendido algo sobre esto: las personas codependientes viven con la premisa de “si tu estas bien, yo estoy bien”. Así, procurará que la otra persona no sufra, aún cuando el sufrimiento sea justificado o incluso beneficioso. Y lo malo de intentar evitar que otro sufra, es que es imposible. El resultado es un fracaso estrepitoso y conducente a depresión y pérdida de sentido de vida. ¿Cómo podemos evitar esto?

Lo primero que Gloria hizo fue trabajar en el fortalecimiento de su autoestima. Si nos dedicamos a conocernos mejor y crecemos en la aceptación y el amor hacia nosotros mismos, no tendremos la necesidad de que otro esté bien para ser felices. Aprenderemos a cuidarnos y a tratarnos bien, a realizar nuestros sueños, a vivir bien. Seremos inmunes a las manipulaciones o mentiras y no permitiremos malos tratos. Además, nuestra actitud les enseñará a los demás también a amarse y a respetarse ellos mismos y eso puede ser lo que por fin los haga mejorar su vida. Si quieren.

Estos cambios no serán por un tiempo del agrado de quienes comparten la condición de codependencia con nosotros, pero si serán de gran beneficio. Gloria entendió que si realmente necesitaba que el otro fuera feliz para poder ser feliz, liberarse de la codependencia era el único camino. ¿Cómo lo ves tú?

5 Estrategias Para Crear Emociones Positivas

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Piensa en la última conversación que tuviste. ¿Con quién fue? ¿Cómo te sentiste después de dejar a esa persona? ¿Cómo crees que se sintió ella? Si queremos tener mejores relaciones personales, no es suficiente con desearlo. Lograrlo requerirá que tengamos esa conciencia de cómo son nuestras interacciones diarias y qué dejamos en las personas que se cruzan en nuestro camino.

La semana pasada, en el artículo del libro de la semana, prometía hablar de cinco estrategias que propone Tim Roth para incrementar las emociones positivas en las relaciones personales y lo prometido es deuda… Estas propuestas son sencillas de practicar y aún así muy transformadoras si las aplicamos con tenacidad y atención:

Estrategia #1: Evita la negatividad

Piensa de nuevo en tu última conversación. ¿Los comentarios que hiciste a la otra persona incluyeron quejas o críticas?  Si es así, no estás solo. La revista Psychology Today [1] asegura que de los miles de pensamientos que cruzan diariamente por nuestra cabeza, alrededor del 70% son negativos.

Cuando hacemos comentarios negativos de nosotros o de los demás, cuando nos quejamos de cosas que no podemos cambiar o cuando elegimos ver el lado negativo de la vida en general, estamos restando emociones positivas de nuestra vida. El reto será hacer estas revisiones de nuestros encuentros y evaluar la calidad de nuestras aportaciones. Darnos cuenta de lo que decimos a los demás es la clave para poder modificarlo.

Estrategia #2: Ilumina lo que está bien

En las últimas 24 horas ¿has halagado o felicitado a alguien por algo bien hecho? ¿Has ayudado a alguien a ver algo positivo sobre sí mismo? Es increíble lo acostumbrados que estamos a señalar lo que está mal o lo que no nos gusta de los demás o de nosotros mismos. En cambio, señalar lo positivo nos parece a veces superfluo o incluso tenemos falsas creencias añejas de que pueden producirle efectos negativos.

Reconocer y valorar lo que alguien hace bien es una enorme fuente de emociones positivas. Ten presente además, que lo que reconoces en otra persona ayuda a forjar su identidad y fortalece sus futuros logros en esa área. Si quieres ver más de una conducta, date a la tarea de observarla y resaltarla.

Estrategia #3: Haz mejores amigos

Está comprobado que las personas con relaciones personales enriquecedoras tienen una vida más satisfactoria. Convertir a tus compañeros de trabajo o a tus familiares en mejores amigos hará que las dificultades normales sean más llevaderas y simples.

Llamar a las personas por su nombre, reconocer sus logros, interesarte por sus vidas o por sus planes y apoyarlos en su camino son cosas que puedes hacer para convertir a simples conocidos en amigos verdaderos.

Estrategia #4: Regala algo inesperado

Por supuesto el regalo no tiene que ser algo valioso y ni siquiera algo material. Un abrazo, un pequeño objeto o hasta servirle a alguien una taza de café será doblemente apreciado si es inesperado debido al factor sorpresa. Esto llenará de emociones positivas a quien recibe el obsequio y, por supuesto, de quien lo da.

Estrategia #5: La Regla de Oro en reversa

No  “Trata a los demás como te gustaría que te trataran a ti” sino:  “trata a los demás como a ellos les gustaría ser tratados por ti.” Tómate el tiempo de conocer a las personas y saber qué les gusta y qué no. Hay quienes prefieren ser felicitados en público y quienes prefieren unas palabras en privado. Hay quienes prefieren un abrazo efusivo y quienes se sentirán incómodos con esa expresión de afecto. Esta atención personalizada hará que tus interacciones sean más significativas para la otra persona y que se sienta más valorada.

Lograr emociones más positivas es una tarea de todos los días, pero si sigues estas estrategias, seguramente verás más sonrisas felices en quienes te rodean. ¿Qué tal si lo intentas?

[1] https://www.psychologytoday.com/blog/sapient-nature/201310/how-negative-is-your-mental-chatter